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Full text of "Carlos Reyles - Historia sintética de la literatura uruguaya. Volumen 2"

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1 


iSTORiA Sintética 

( DELA 

Literatura Ururuata 


i 


PLAN DEL SENOR^ 

CARLOS REYLES 


iW COMISION NACIONAL 

í. r del centenario 

1830-1930 



VOLUMEN a 




Historia Sintética 

DE LA 

Literatura Uruguaya 

▼ 

PLAN DEL SEÑOR 

CARLOS REYLES 

APROBADO POR LA 
COMISION NACIONAL 
DEL CENTENARIO 
1 830 - 1 930 



Alfredo Vila, Editor - Montevideo 1931 



LA OBRA SE COMPONE 
DE TRES VOLUMENES 


ES PROPIEDAD DEL EDITOR 



S U M I 


Los L í r. i c o s 

POR EUSTAQUIO TOME 


> ( 1 ) 


Los Poetas Tendenciol^^ 

POR CARLOS MARIA PR A[fn)/0 



D e ¡ m i r a A g u s t 

POR EMILIO ORI 


( 3 ) 


Florencio Sánchez 

POR CARLOS MARIA PRINCIVALLE 


Juana de íbarbou rou 

POR FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


Nuevos Narradores 

(Segundo Grupo) POR JUAN CARLOS WELKER 


Las Poetisas 

(Primer Grupo) POR MERCEDES PINTO 


Las Poetisas 

(Segundo Grupo) POR GISELDA WELKER 


La Poesía post- modernista 

(Segundo Grupo) POR RAUL MONES 


> ( 9 ) 


(W5 j 



Los ¡ir icos 




Carlos Roxlo, julio Raúl Men- 
dilaharsu y Fernando Nebel 

Por 


Eustaquio Tomé 




Los líricos 


La florescencia de la poesía lírica en el Uruguay, es 
tyn enorme y variada, que su estudio abarcaría más de 
la mitad de nuestra historia literaria. Desde el incipiente 
cantar de los humildes bardos gauchos del ciclo heroico, 
hasta la inquietud moderna, a menudo desconcertante 
y extraña, desfilan por nuestro espíritu numerosas figu- 
ras, de las más variadas cualidades, y dignas, casi todas, 
de cierta recordación. 

Poetas por incidencia, inspiraciones de un momen- 
to, originalidads fugaces, audacias geniales, deslumbran 
frecuentemente a quien recorre las incompletas antolo- 
gías de que disponemos, y en mayor grado e intensidad, 
a quienes conocen la obra íntegra, o la parte principal 
de la producción, “antologiada”. Claro está que determi- 
nadas figuras se destacan en el valioso conjunto de au- 
tores, y en ellas justo es fijar la atención y proceder a 
su crítica, para despertar en nativos y extraños el ansia 
de conocer sus aladas páginas. 

Dentro de ese gupo privilegiado, forzoso es aún es- 
coger determinados nombres y esperar que los nuevos 
estudios abarquen por igual todas las cumbres y valles 
de la inspiración uruguaya. La presente conferencia, tí- 
tulo demasiado pomposo, pues la reputo un ensayo es- 
quemático de apreciación sobre la obra lírica de algu- 



6 


LOS LÍRICOS 


nos de nuestros escritores, debía abarcar seis de ellos, 
pero la ineludible tiranía del tiempo, tanto para su pre- 
paración como para reclamar vuesta atención, me obli- 
íían a considerar tres de los poetas que figuran en el pro- 
grama del ciclo de conferencias. Reservo para los otros, 
j»or quienes siento marcada simpatía personal, momen- 
tos menos premiosos, y espero hallar, entonces, la mis- 
ma favorable acogida que hoy se me dispensa. 

Roxlo y Mendilaharsu han entrado definitivamente en 
los dominios de la Historia literaria el día en que la 
muerte cerró, implacable, su producción, y esa circuns- 
tancia me determina a tratarlos con antelación a los de- 
más, por quienes he confesado sentir particular estima- 
ción. Junto a los idos, coloco a Fernando Nebel, no 
solamente para juntar al poeta vivo con la poesía 
“inmortal”, sino también porque su sencillez me parece 
el broche más adecuado para cerrar el humilde elogio de 
los grandes desaparecidos. 

Carlos Roxlo, a mi entender y sin que continúe sin- 
tiendo por su obra la apasionada admiración de mis años 
juveniles, reclamaría un estudio detenido, idéntico al 
consagrado a Juan Zorrilla de San Martín y a Julio He- 
rrera y Reissig. Su numen es un momento capital en la 
literatura uruguaya, y aunque ese momento se halle ale- 
jado, espiritualmente mucho más que en el tiempo, con- 
ceptúo con mi ilustrado amigo Mario Falcao Espalter, 
que Roxlo “es uno de los mejores poetas americanos” 
y que “desafía con entereza y altas promesas de peren- 
nidad las atropelladas inculpaciones del momento”. 

Nacido en 1860, era “casi un niño” cuando Maga- 
riños Cervantes, cuyo espíritu crítico estaba dotado de 
singular videncia, acogía “por vía de estímulo”, en su 



EUSTAQUIO TOMÉ 


famoso álbum, los correctos tercetos que Roxlo consa- 
gró a la memoria de Adolfo Berro, y se asombraba de 
la facilidad “con que manejaba la rima en el difícil me- 
tro que había elegido”. 

Bardo naciente, que oficiaba original responso a la 
“esperanza de un gran poeta”, extinguida en hora muy 
temprana, arrancaba de su lira juvenil versos escultu- 
rales que pocos sabrían escribir a sus años. 


“Feliz tú, que borraste del olvido 
con tus cantos las cifras de tu nombre, 
que vuela por la fama repetido”. 

(1878) 


Manuel del Palacio, representante de la España po- 
lítica, y más todavía de la España literaria, donde tuvo 
actuación destacadísima, prologó en 1885 el primer li- 
bro en verso de Roxlo. “Poeta principiante, dijo, princi- 
pia siendo poeta, y sabe pensar y sabe sentir”. 

“Estrellas Fugaces” no fué el meteoro que su título 
indica, fué una aurora de rosados dedos en el heterogé- 
neo y semidesierto parnaso. Un cuento dé Andersen, co- 
rregido, ampliado sin perder su pristina frescura, guar- 
da — en su versión definitiva — el ingenuo encanto del 
cuento de niños. 

“Magna Mater”, sufre depuración idéntica y se enri- 
quece con primores estilísticos, cuando hajo el título 
, “Volviendo de Europa” brilla en las páginas de “Cantos 
de la Tierra”, y en esa depuración, arrebata, ligeramente 
alterados, los postreros endecasílabos de “Las Hordas 
Gauchas”, para dar un fin digno a su canto augural; 



S X.OH l.fllKíOH 

“El noble afán, el srito lemerario 
que el bardo exhala al demandarte ansioso, 
que sirva a su (cadáver de sudario 
tu azul y blanco pabellón glorioso”. 


Contrasta esta repetición de temas y pensamientos, 
ya tratados o expresados, con la producción excesiva del 
poeta, ('uya fecundidad le fiié (ton frecuem ia perjudiítial. 

Las colecciones dirigidas por el propio autor, ado- 
Ictten de ese defecto: la ausencia casi absoluta de espí- 
ritu selectivo. “Cantos de la Tierra”, “Lu(tes y Sombras”. 
“El Libro de las Rimas”, contienen composiciones medio- 
cres, de inspiración pasajíira y a veces de un desconcer- 
tante prosaísmo. Juzgados (>so8 libros por tales páginas 
osíturas, dan una figura del autor, errónea, como es erró- 
nea la figura de Herrera y Ueissig trazada con las tor- 
tuosas líneas de sus extravagancias. Pero en los tres 
volúmenes citados, en algunas páginas de “Flores del 
Ceibo”, libro de tendencia narrativa, y en “El País del 
Trébol”, encuentra el más exigente la demostración in- 
destructible de que las musas ungieron generosas la 
frente del cantor de nuestras glorias. 

Poeta heroico, o si queréis poeta patriótico, Roxlo 
supera a cuantos le precedieron en esa misión sagrada, 
y sus estrofas alcanzan el fulgor de los bordones de la 
Lf'venda Patria. 

Cuando San José, la primera entre nuestras ciuda- 
des, alza un monumento al héroe epónimo, Roxlo le 
entona un salmo de gratitud, desigual, incorrecto a fa- ^ 
tos, ])ero su introducción, por el arrebato y el empuje 
líri(;ü, no tiene rival en los cantos que le anteceden. 
Oídlo: 



EUSTAQUIO TOMf; 


9 


Abrid al bardo errante 

De vuestro hogar la puerta hospitalaria; 

Y os contaré la historia de un gigante, 

¡Una historia sublime y legendaria! 

¡Abrid! ¡transido llego 

¡Y está la noche tenebrosa y fría! 

¡De vuestro hogar sentado junto al fuego, 

Esperaré hasta el día! 

¡Yo traigo de patrióticas canciones 

Un mundo en la memoria! 

¡Yo rimo las nativas tradiciones 

Y rodeo el azul de sus pendones 

Con las verdes guirnaldas de la gloria! 

La ruta está desierta 

Y ¡llora el viento en las agrestes ramas! 

¡Abridme vuestra puerta! 

¡Cededme un escabel junto a las llamas! 

En el segundo canto del poema, nos sorprende por 
su riqueza de expresión y por su tono profético, — con- 
firmado por posteriores investigaciones históricas, — 
este magnífico final: 

¡Despojad su figura 
De toda deleznable levadura 
En el agua lustral de vuestro hechizo 
Que si hay sombras de mancha en su hermosura 
El numen de su edad fué quien las hijso' 

¡Agil turba liviana * 

Que engendró del ayer la nube inquieta. 

Preséntale a los ojos del poeta 
Como será a los ojos del mañana! 



10 


LOS LIRICOS 


Antes que Barbagelata y Acevedo grabaran en el 
cuadro de la historia la verdadera silueta de Artigas y 
el significado de su vida, Roxlo lo expresó con la sen- 
cillez del romancero, en la soberbia estrofa que sigue: 

“¡Todo lo hizo por tí! ¡Por tu ventura 
Ensilló su corcel, esgrimió el hierro, 

Amamantó con sangre la llanura, 

Fué a perderse en las sombras del destierro 
Y encontró en el desierto sepultura!” 

Muchas poesías de la misma índole hallan cabida 
en las colecciones antes nombradas, pero la inspiración 
del poeta — dentro del género — culmina en “Las dos 
Invasiones”, verdadera y colorida visión de las llanu- 
ras cruzadas por las huestes invasoras. Reproducida en 
antologías, en revistas, en cuadernos escolares, esa poe- 
sía de Carlos Roxlo bastaría para asegurarle, junto a la 
inmortalidad, la inextinguible gratitud nacional. ¡Lásti- 
ma grande que el cantor de la Agraciada y Sarandí no 
hubiera también ido a inspirarse en el vencedor de Gua- 
yabo y cruzado de las Misiones, en Rivera, genial y so- 
ñador, que a los 100 años de vida de la patria que libertó, 
aún espera la estatua y el poeta con que el pueblo uru- 
guayo debe honrar su memoria! 

Mas la pasión política no cegó al poeta, como tam- 
poco cegó al orador. Roxlo tuvo por Rivera la admira- 
ción y el respeto que siempre sienten por sus héroes los 
“legítimos” uruguayos. Por eso Papini y Zás, desde la 
tribuna de un Club Político — el entonces prestigioso 
Vida Nueva — no tuvo reparo en tejer, en asiático es- 
tilo, el elogio de “Soledades”, una de las selecciones de 
poesías refundidas en “Luces y Sombras”. 



EUSTAQUIO TOMÉ 


11 


Imparcial en sus juicios y temperado en sus pasio- 
nes, Carlos Roxlo fué quizá el único de nuestros inspi- 
rados que lloró los desastres de la guerra civil: el bardo 
de los viriles anatemas contra Santos, se sobrecoge fren- 
te al horror fratricida y solloza sus sentidos alejandri- 
nos. Escuchadlos, porque ninguna ocasión para leerlos, 
casi para rezarlos, como este ciclo de conferencias, que 
integra la conmemoración del Centenario de nuestra 
Carta Magna: 

¡Lloremos, musa mía, por todos los dormidos 
Del rancho costanero junto a la tapia gris, 

Bajo el sauzal con orlas de musicales nidos, 
y al pie de las barrancas agrestes del país. 

¿Que importan las divisas? ¿Qué importan los colores 
Del trapo de las lanzas de lívido fulgor? 

¡Unamos a las preces de todos los dolores 
El himno de tu pena y el rezo de tu amor! 

¡Lo mismo que la muerte, nuestra piedad ignora 
La cifra y los colores de su blasón marcial! 

¡Sobre el montón anónimo nuestra tristeza llora! 

¡El luto de las madres es luto nacional! 

¿Qué importan los colores? ¡Su tumba, en la pradera 
No tiene más insignias que un manto de verdor 

Y encima de su tumba no cruje otra bandera 
Que nuestra idolatrada bandera bicolor! 

¡Lloremos, musa mía, por todos los dormidos 
Del rancho costanero junto a la tapia gris. 

Bajo el sauzal con orlas de musicales nidos, 

Y al pie de las abruptas quebradas del país! 

(“Luces y sombras”. — “Por todos los caídos”). 



12 


LOS LÍRICOS 


Tampoco le son indiferentes los dolores sociales. De 
un ensayo teatral, gongorino y falto de vida, arranca 
la perla ensangrentada que “Luces y Sombras” alberga 
bajo el título de “El Drama”. 

La piedad por la seducida y la réprobación que la 
conciencia honrada pronuncia contra el seductor, palpi- 
tan en los dolientes cuartetos de “Una Historia Vulgar”, 
repetida con mayor lirismo y menor relato en los dode- 
casílabos “De la Vida”, en “El País del Trébol”. 

Sentimientos, no más hondos ni menos humanos, 
pero más. trascendentales, inspiran otras composiciones 
de nuestro autor. “El Cipo”, cuyas ramas ahogan al árbol 
corpulento y lo visten de verdura engañosa, son para el 
poeta símbolos de su vida anímica, y concluye: 

Señor, que de las dudas el malezaje rudo 
Tejiste sobre el árbol altivo de mi fe. 

Si ya está todo el árbol decrépito y desnudo 

¿Por qué mandas al tronco que permanezca en pie? 

Hasta un eco del panteísmo virgiliano, nada extra- 
ño, pues la cultura del poeta fué grande, pese a lo des- 
ordenado de sus estudios, se encuentra en sus versos. 
Y es en tales pasajes donde la fuente de inspiración es 
elevada, que la musa de Roxlo mantiene su vuelo con 
más firmeza, sin decaimientos, ni prosaísmos. 

La poesía legendaria atrajo, desde su infancia, a 
nuestro autor. Ya recordé su cuento de Andersen, insu- 
perable en su género: en “Cantos de la Tierra” los 
relatos de gran aliento, distan mucho de valer lo que 
valen otras partes del libro y en “Flores de Ceibo”, don- 
de brillan toques magistrales que no puedo detenerme 



EUSTAQUIO TOMÉ 


13 ' 


a señalar, esa inclinación reaparece, pero la joya del 
género está escondida en el “Libro de las Rimas, y no 
deja de asombrarme cuán poco apreciada, y aun cono- 
cida es. En sonoras octavas italianas narra el poeta la 
historia del primer sauce y ése origen misterioso gua- 
raní-colonial, contado en forma dolorosa, con riqueza 
de imágenes nativas, constituye un poema encantador 
y emocionante. 

En el mismo libro se cuenta el nacimiento del maíz. 
Algo parecido al cuento de Darío sobre “El Rubí”, pero 
de un oportuno sentimiento americano, que le presta 
originalidad. 

Junto al patriotismo, otros dos quereres embarga- 
ron el alma del poeta. Sus cantos de amor son numero- 
sos, y parece que lo fueron sus inspiradoras. Hay en 
ellos de todo: las eternas verdades de todos los cari- 
ños, que a fuerza de repeticiones se convierten en ton- 
terías, pero dentro de la originalidad que la tendencia 
del autor permitía, existen estrofas desbordantes de 
poesía: “En Plena Dicha”, “A Solas”, “Imer Bei Dier”, 
“A Tí”, “¿Por qué”, etc., son la genuina expresión de 
los amores del poeta, y de todos los amores, al nacer el 
siglo XX. 

Mayor originalidad, relativa se entiende, tienen los 
cantos inspirados por el amor filial. “El País del Tré- 
bol”, encierra algunas elegías, dignas de Becquer, por 
el sentimiento. “El Beso Errante” es la rima más dolo- 
rosa, más sincera, más punzante que se ha escrito des- 
pués de la inmortal 

“Cerraron sus ojos 
que aún tenía abiertos”. 



14 


LOS LÍRICOS 


Y junto a esa confesión de dolor íntimo, Roxlo pide 
en quintetos triunfantes, para Guido Spano - — el afortu- 
nado poeta argentino que cantara Herrera y Reissig y 
juzgara Rodó — la corona de laurel que merecía haber 
ceñido en vida el poeta de “Andresillo”. 

“Andresillo”; recién he mencionado ese poema, por- 
que quería cerrar con su apreciación este esbozo de 
juicio crítico. “Andresillo” es, de todos los poemas y 
poesías de Roxlo, el que menos ha envejecido, y menos 
envejecerá. Parece, por su realismo, de la estirpe del 
“Lazarillo de Tormes” y de “Rinconete y Cortadillo”, 
si no me ciegan mi patriotismo y mi simpatía por su 
autor. 

“Poema lleno de emoción y simpatía por los humil- 
des”, Andresillo, según lo expresa con acierto el Dr. Nin 
y Silva, es drama lírico vivido; es la poesía realista de 
Coppée, en Francia, de Ferrari en España, trasladada a 
nuestro medio; — Roxlo, según tuve ocasión de apun- 
tarlo. en párrafos anteriores, poseía el corazón y el arte 
necesarios para sentir y expresar los problemas socia- 
les. El canillita, mártir de su generosidad, el héroe hu- 
milde y desconocido, golpeó en el alma del poeta, y éste 
narró su historia en verso sencillo. Roxlo, que era un 
visionario, un imaginativo, rara vez describe con acier- 
to; sus pinturas son idealizaciones, trasuntos de sueños, 
coloreados, pero aquí supo ver la ciudad fiya, inhumana, 
egoísta, y trazó la silueta de “un condenado — de que el 
Dante no habla”. Las lágrimas se transformaron en 
versos, y el poema fué: los niños lo repiten y sus pala- 
bras tienen más elocuencia que los progfamas políticos. 
Mientras vague el canillita por nuestras calles, y la vida 
sea cruel con los humildes, el popular poema de Roxlo 



EUSTAQUIO TOMÉ 


15 


será siempre recordado, y su recuerdo inspirará más de 
una acción generosa. 

Pese a su amor al terruño, acreditado en todos sus 
versos y en composiciones enteras, como las sugesti- 
vas décimas “Carta de Ciudadanía”, Roxlo no tuvo el 
don de reflejar en sus versos los campos de la patria, 
con sus musicalidades y sus paisajes; las continuas re- 
ferencias a la flora y a la fauna nativas, son demasiado 
forzadas y a veces inexactas. La geografía poética no 
había entrado en el dominio del inspirado vate: en cam- 
bio, dominó el idioma hasta el punto de recordar, en va- 
rias ocasiones la maestría de Acuña de Figueroa, y sus 
arcaísmos de “hispanista” dan colorido pintoresco a sus 
estrofas más que el recuerdo del jaguar y del ceibo, 
frecuentemente nombrados en el alarde “criollista” del 
poeta. No deben buscarse en él, ritmos originales ni neo- 
logismos. El mismo lo dijo con cierto desdén: 

“No busco en nuestros libros vocablos de excepción”. 

Enamorado de lo tradicional, cultivó los metros de 
la edad romántica, cuando ya la gran revolución lite- 
raria del modernismo señalaba nuevos rumbos a la ins- 
piración y al verso, pero dentro de los límites elegidos 
conscientemente por el autor — sus estudios críticos de- 
notan una versación poco común en retórica e historia 
literaria, — alcanzó la grandeza que sus temas reque- 
rían, con muchas imperfecciones, pero con tantos y ple- 
nos aciertos, que cabe aplicársele aquellos versos consa- 
grados por su musa a la memoria de Magariños Cer- 
vantes: 


¡Duerma en el seno de la madre altiva 
El que a la madre con el arpa honró; 



16 


LOS LÍRICOS 


¡Entrelazad la verde siempreviva 
Al gajo de laurel que conquistó! 

Julio Raúl Mendilaharsu es de una generación de 
orientaciones netamente distintas a las de Roxlo, y sin 
embargo, las dos simpáticas figuras, reunidas por la 
muerte y asociadas por un capricho del programa de con- 
ferencias, tienen algunos puntos de contacto. 

Mendilaharsu comenzó siendo poeta en su discurso 
sobre Juan Carlos Gómez, el romántico que se reveló 
junto al féretro de Adolfo Berro, la primera inspiración 
conocida de Carlos Roxlo. Mendilaharsu vive una vida 
de intensa poesía, y en prosa o en verso, siente y pal- 
pita y habla como un poeta. Roxlo también, pero el viejo 
bardo llegaba a su ocaso cuando el moderno trovador 
pulsaba la lira con brío .juvenil y fresca inspiración. 
Mendilaharsu canta en los versos vibrantes de franjas 
tricolores, a la patria de Víctor Hugo y de Pasteur; 
Roxlo, en prosa, en medio de una cámara que le es ad- 
versa, defiende con energía a la Germania acorralada 
y que le merece admiración por sus sabios y poetas más 
que por sus guerreros. Los dos versificadores, aunque en 
situaciones distintas, evocan el infierno Dantesco, y los 
dos versificadores se duermen arrullados por la sonori- 
dad de sus bordones. 

La producción de Mendilaharsu es fecunda, pero 
engendrada en una época de mayor reflexión y expuesta 
a las críticas mordaces de los últimos años es, en gene- 
ral, más uniforme y seleccionada que la de Roxlo. La 
antología que compendie, sin alterar ni suprimir nada 
esencial de la obra de Mendilaharsu, es fácil de llevarse 
a cabo con una lectura atenta y serena de su total pro- 
ducción. 



?:USTAQUIO TOMÉ 


17 


“Como las nubes”, con un prólogo de Villaespesa, 
que tuvo cierta resonancia por sus audaces apreciacio- 
nes sobre autores uruguayos, señaló la ruta del poeta 
de juventud, como lo llama con razón Emilio Frugoni, 
y que siempre supo ser joven en sus versos. Por eso 
el Dr. Zorrilla de San Martín dijo que su vida “era una 
serie de relámpagos”, pero relámpagos de grandes tem- 
pestades, y no hechos con fuego de artificio; nuncios 
de algo inaudito que la muerte impidió percibir cuando 
los libros “Deshojando el Silencio”, “El Alma de mis 
Horas”, “Altar de Bronce”, “La Cisterna” y “Voz de 
Vida” habían asegurado la inmortalidad del autor. 

El entusiasmo, la simpatía, el recuerdo de ideales 
copunes, son impotentes para ocultarnos la verdad: “si 
hubiera llegado a poner entero en su obra el reflejo de 
su personalidad, nos habría legado las más interesantes 
páginas de nuestra lírica. La muerte acaso, sin acaso 
decimos nosotros, se lo impidió”. A esta dolorosa con- 
clusión llega el Dr. Frugoni en el prólogo de su selec- 
ción de versos del poeta, y no es posible discrepar con 
él. Su generación perdió el “poeta por excelencia” a 
mitad de su carrera, sin llegar al cénit, aunque adivinán- 
dose los esplendores del mediodía que no llegó. 

“Como las nubes” quizás se resienta de falta de no- 
vedad; el inspirado recién se incorpora a la falanje de 
los servidores de las musas, pero es una promesa que 
se toma en realidad cuando París imprime “Deshojando 
el Silencio”. “Es el libro que esperaba, — escribió Villa- 
espesa, el gran poeta prologuista del volumen anterior, 
pero, lo confiesa, — no lo esperaba tan pronto”. 

Los dos salmos, a la tristeza y a la alegría, mues- 
tran las dos fases del escritor, pero, a nuestro juicio, la 



IS 


LOS LIRICOS 


composición más hermosa del libro es “Tesknota” que 
agoniza con aquel delicado cuarteto: 

Despierta en mi corazón 
Algo que es indefinido, 

Como un gesto del olvido 
Esfumando una canción. 

"El Alma de mis Horas”, impreso en Montevideo, 
se acerca más a nosotros. “La Diana” es la nota he- 
roica que irrumpe en medio de una producción serena, 
más bien filosófica que sentimental: loe laureles de 
Dolívar y de Sucre, los aztecas, y nuestros charrúas, apa- 
recen en la evocación del poeta, que desde Niza anun- 
cia que .América Española será cumbre de la tierra, 
cuando sus pueblos comprendan la verdadera frater- 
nidad. 

Muchos se detuvieron a elogiár la poesía social de 
esta obra: las Inquietudes de la época habían sido vis- 
tas por el poeta en los medios europeos antes de que in- 
vadieran las comarcas rioplatenses; la musa fué así una 
especie de precursora de las agitaciones sociales, y no 
cabe duda que preparó el camino a las mismas con la 
dulzura de sus ritmos. 

"Canto de un convertido” es de otro tono, muy dis- 
tinto, parecido al de Amado Ñervo, pero lleno de pasajes 
íntimos que afirman la sinceridad del poeta. 

Vi morir a mi padre. Fué en Niza 
La ciudad de un país extranjero. 

¡Y mi adiós fué un adiós para siempre 
Con terribles angustias de ateo. 

Yo que nunca exclamé Virgen Santa, 



KUSTAQUIO TOMft 


I» 


Yo qui- nunca gemí Padre Nuestro, 

Yo que nunca expresé con suspiros 
La profunda nostalgia del cielo! 

“La Cisterna”, aparecida en 1919, contiene poesías 
escritas en 1916, 1917 y 1918. Si algún escéptico dudaba 
de la inspiración de Mendilaharsu y creía sus páginas 
ecos de lecturas y sugestiones extrañas, hubo de callar 
ante la aparición del nuevo libro. 

“Voz de la vida” será un conjunto de obras más con- 
cluidas, mas los versos de “La Cisterna” superan en dia- 
fanidad y frescura a todos sus hermanos. 

Al revisar la crítica de la época, nos asombra la 
unánime admiración de los censores, profesionales e im- 
provisados, porque todos sumaron su voz al clamor elo- 
gioso que resonó en los círculos literarios y mundanos. 

La poesía “A Shackleton”, fué considerada magní- 
fica, sencillamente magnífica “por el espíritu selecto de 
Juana de Ibarbourou”. González Martínez encontró en el 
volumen la nota trascendente de la poesía moderna, y 
no faltaron quienes denunciaran en el poeta uruguayo 
la bíblica sencillez del Antiguo Testamento. 

Bíblica es, en efecto, sin dejar de ser moderna y pa- 
risién, “Los Mendigos”, el viejo tema esproncediano, re- 
novado por el escritor del siglo XX, que conoce la mi- 
seria de París 

Les llaman sarnosos, 
les llaman leprosos 
y ruge su ira y su brazo traza 
un gesto que expresa amenaza. 

No tienen familia ni encuentran amigos 
los pobres mendigos 



20 


I.OS LÍRICOS 


que son mensajeros 
de los lodazales y estercoleros; 
que imploran en vano 
el amor cristiano 

y en pago reciben como una ironía, 
sangrientas migajas de filantropía. 

Los faros, los veleros y los puertos cubren con un 
manto de poesía, áridos temas que la musa moderna no 
desdeña, y concreta en páginas “fuertes y marmóreas”. 
Sin desconocer el encanto de otras de las producciones 
del libro, mi admiración se detiene con preferencia en 
“La Nube”. 

La encontré una mañana de un otoño doliente. 

En la orilla del mar. 

Su mirada tenía tristezas de poniente: 

— “Mi existencia, me dijo, es constante viajar”. 

Así fué la vida de Mendilaharsu, un continuo viajar, 
por el mundo físico y por el dominio de las ideas y de los 
sentimientos. La nube, con sus colores cambiantes, con 
su ascensión a los cielos y sus descensos a la tierra, es 
la imagen de aquella musa atormentada que buscaba 
siempre un “incierto más allá”. 

“La Cisterna”, dije antes, consagró definitivamente 
al poeta, y así lo reconocieron en Europa. En el viejo 
continente, todavía logró mejor acogida la obra pos- 
trera del poeta, aparecida en 1923, el año de su muerte. 

Un crítico belga, Francis de Miomandre, llevó su im- 
parcialidad hasta compararlo con Verhaeren, y Mr. Er- 
nest Martineche, alta autoridad en estudios hispánicos, 
encontró en los pensamientos “fuerza y gracia, ternura 
y color”, y en los ritmos “justeza y una variedad emo- 
cionante”. La crítica española, por boca de Cejador, y 



EUSTAQUIO TOMft 


21 


de Munoa, y la hispano americana en las más importan- 
tes publicaciones literarias, confirmaron las apreciacio- 
nes extrañas. Parecía que la gloria, sabedora de la ve- 
cindad de la muerte, quería brindar al poeta la embria- 
guez del triunfo resonante. 

“Voz de la vida” se abre con “Declaración”, ponen- 
cia triunfal del credo artístico de Mendilaharsu. Debo 
leerla íntegra, porque un extracto la estropearía Inútil- 
mente, y el credo estético debe conocerse en su inte- 
gridad. 


DECLARACION 

Surge mi verso, 
rítmico y terso 
fuerte y pujante, 

porque he nacido claro y vibrante. 

Para la estrofa, no tengo norma; 

en un instante, creo su forma 
y ya retórica, 
ya irregular, 

¡que esté pletórica 

de sangre mía, de voz de viento y agua de mar. 

Para la rima, 
prefiero ahora 
el consonante, 

a franco, preciso, bello, cantante; 
el consonante que es disciplina 
en un asalto de inspiración; 
encanta, aprieta, une y fascina, 
con armoniosa revelación. 



22 


LOS LIRICOS 


Para los temas, lo que he vivido 
intensamente; 

¡luz de países que he recorrido, 
sed de justicia que he padecido, 
y amor de ensueños que hay en mi frente! 

Ya estás en libro, ¡oh, verso mío! 

Si con sus páginas sientes hastío, 
bajo un olvido bibliotecario, 

¡grita tu ira, ruge, blasfema, 
con tus orgullos de solitario 
y tus fervores para el poema! 

Sabat Pébet, un verdadero universitario de sólida 
cultura y amplio espíritu crítico, incluyó estos versos en- 
tre las formas modernas que del ritmo y la- rima “dis- 
ponen en forma arbitraria lo que no obsta para que sus 
producciones sean de sugestiva belleza”. 

Como habéis oído en los pentasílabos recién leídos, el 
culto del verso, la musicalidad del consonante; visten 
impresiones de viajes, ideas íntimas, sueños y fervor; es 
decir, sinceridad, ausencia de dobleces. 

¡Un alma romántica se escondía bajo la vida y el 
gesto de un aristócrata modernista! 

Romántico, o neo romántico fué Mendilaharsu, de 
la contextura de un Juan Carlos Gómez, de Zorrilla de San 
Martín, de Roxlo, de casi todos los grandes poetas uru- 
guayos, tierra por excelencia de románticos, en el arte, 
en la ciencia y hasta en la política. Sólo un romántico 
canta a la fraternidad y describe los acorazados, como 
lo hace Mendilaharsu, y solamente un romántico después 
de vagar por París y veranear en Niza, tiene en su co- 
razón aliento y amor para clamar con ternura: 



EUSTAQUIO TOMÉ 


23 


Eres tú 
Paysandú. 

Ciudad que yo recuerdo con húmedo cariño 
porque de tí, mi padre me hablaba cuando niño, 
y porque al conocerte, en un año lejano, 
hogares sanduceros me llamaron hermano. 

También es romántica la idea de juntar en la ve- 
cindad de las páginas la triste inspiración nativa de 
“El Rancho Aislado” con la exótica “Noruega”, de bellos 
y salvajes panoramas que dan lecciones de elevación es- 
piritual. 

Detenido por la muerte el vuelo del numen que, a 
decir de Vasseur, — comenzaba el desdoblamiento aní- 
mico, la profundización espiritual y corporal, — nos 
quedó de su obra, además de los volúmenes impresos 
durante su vida, algunas composiciones inéditas; las más 
valiosas hallaron cabida en la discretísima selección que 
hizo y prologó el doctor Emilio Frugoni. Quisiera dete- 
nerme en alguna de ellas, “Plaza Zabala”, por ejemplo, 
que encubre bajo un tema banal, una poesía penetrante, 
mas temo abusar de la atención de mis oyentes. 

En la evolución de la lírica uruguaya, me atrevo 
a asegurar, que el nombre de Julio Raúl Mendilaharsu 
ocupará siempre más que un lugar preferente, un puesto 
excepcional; no creó escuela, quizá porque era muy 
personal e inimitable, pero a su vez nunca figurjó en las 
comparsas de los vulgares imitadores. 

Manacorda estuvo muy feliz, cuando afirmó: “se 
diferencia de todos nuestros poetas”. Ni precursores, ni 
discípulos, es un mérito poco frecuente, y bastaría a 
consagrarlo gran poeta, sí no latiera en sus versos la 



24 


l.OH IJUU’OH 


Inspiración que los libra del olvido y escribe su nom- 
bre en el Parnaso do la República que lo vló nacer. 

Fernando Nobel, el tercero de los poetas cuya so- 
mera apreciación Intento esta tarde, es la antítesis de 
los ya estudiados. Estos conservan la pompa de los 
antiguos líricos y en algunas ocasiones recuerdan la al- 
tisonancia de los grandes oradores. 

Nobel, es, por lo contrario, parco en palabras y de 
concepciones ultra modernas. Separados por intervalos 
do dos años, vieron la luz pública "El Color de las Ho- 
ras" y "Estampas". En su tranquila residencia de Las 
Piedras, próxima a la siempre verde colina, coronada 
por el monumento a la primer victoria artlgulsta, conti- 
núa el poeta recogiendo armonías que de tarde en tarde 
enriquecen las revistas o las secciones literarias de nues- 
tros rotativos. 

"El Color de las Horas" luce un prólogo presenta- 
ción de la Inspirada poetisa Luisa Lulsl. Considera ésta, 
que su prologado es un poeta sin Igual y le señala como 
carácter distintivo la sencillez admirable y su frescura, 
de "agua clara". 

Así es, en efecto, la primigenia producción de Ne- 
bel. En las primeras páginas un cuarteto, de apariencia 
arcaica, especie de copla hispana, resume la gestación 
de sus poemas; 

Para dar una esencia 
caen mil rosas sin vida. 

¡Así el supremo artífice del verbo 
palabras y palabras crucifica! 


Nebel desdeña los vocablos, su expresión es sobria 



EUSTAQUIO TOMÉ 


25 


y transparente, los términos que escoge expresan su sen- 
tir y sugieren infinidad de pensamientos. Mayor es aún 
él sacrificio en los temas, la enorme capital, la opu- 
lenta metrópoli que deslumbra a otras musas modernas, 
sólo inspira al poeta, demasiado aristocrático para sen- 
tir la poesía de una inmensa urbe, seis versos equivalen- 
tes a una cuidada reconstrucción histórica: 

Ciudad de mis abuelos, 

aquella de las parras de los patios! . . . 

Ingenua campesina: 

¡Cuánto y cuánto has cambiado!. 

Si ahora pudieran verte mis mayores, 
ya no se descubrieran a tu paso! 

En “Los jardines” no es el color de las flores capaz 
de arrancar sones extraños de la lira y producir imáge- 
nes extravagantes en la imaginación: Nebel limítase a 
decirnos que “manos callosas” les “dieron tersuras como 
sedas”. 

Las luciérnagas, los grillos, las hormigas, el perro; 
hallan al poeta, como hallaron a Virgilio y por esa na- 
turaleza animada siente la piedad que culmina en “Com- 
prendiendo”, una parábola infantil de argumento y de 
expresión, pero de hondo y humano sentir: 

Mi hijo hizo una honda: 
quería matar pájaros. 

Lo llevé a ver un nido con pequeños, 

Y se cayó la honda de sus manos. 


En la “Hora Intensa” con el subtítulo de “Poemas 



LOS LlRtCOS 


lm; 

de la Mujer”, se pulsa la lira amatoria, la eterna lira 
de la musa sentimental enamorada, que aún vive con 
ecos de Heine, de Becquer y sus imitadores hispano- 
americanos. “Hasta Hoy”, “Ojos Negros”, valen por su 
brevedad madrigalesca y por la ingenuidad de su sen- 
tir, sin estrépito; por ello concluye el libro con una 
lápida: 


Como las rosas duermen los versos. 

Pero la musa no durmió. Mientras su señor viajaba 
por Europa, dictaba nuevos versos, que colecciona un 
elegante volumen impreso en París, y al cual sirve de 
suntuoso pórtico un juicio crítico de Gabriela Mistral. 

“Esquema de nuestros sentidos”, es para la gran es- 
critora chilena, la poesía, y los sentidos de Nebel que agi- 
tados a su paso por Lisboa, Burdeos, París, Londres, 
rompen en una serie de esquemas de temas europeos, 
pero de origen ríoplatense no disimulado. El beso robado 
durante el sueño, en la noche del viaje en tren expreso; 
la mezquindad y la grandeza de la ciudad sin canilli- 
tas; la “ciudad acústica” que Eugenio Garzón percibió ín- 
tegramente y volcó en un libro maravilloso, deja una 
sensación dolorosa en el alma del poeta uruguayo, a 
quien amargan “la huelga de nidos”, “el sol convertido 
en un viejito”, la torre inexpresiva y disfrazada, y los 
bebés que parecen de porcelana. 

Tal percepción de París es nueva y contrasta con el 
fervor de quienes sólo sienten su luz “violenta”, según 
la califica Nebel, y no ven sus sombras, sus tristezas, sus 
pequeñeces tan distintáis de nuestro sol que alumbra 



EUSTAQUIO TOMÉ 


27 


sin dañar y que protege los sueños sin destruirlos. 

“Otros poemas” continúan espiritualmente el color 
de las horas. “Los Versos” nos dicen del tono general de 
esta segunda parte de la obra. 

LOS VERSOS 

Como un hilo de agua triste 
son los versos. 

Como un hilo de agua triste 
van corriendo. 

Su verdor es del paisaje, 
y su azul es del cielo. 

Alegrías prestadas 
a un espejo. 

Como un hilo de agua triste 
son los versos. . . 

Gabriela Mistral prefiere las composiciones de la 
primera parte, pero en la segunda creo ' que el poeta 
navega con mano más firme. “Erase un príncipe”, tiene 
en su simplismo un alcance político, sugerido a mi mente 
por la fecha de su composición, y “Destinos” y “Fu- 
turo” reproducen el vigor sintético de las coplas, ya 
señalado en los primeros versos que leí de este poeta. 

“Estampas”, es la tercera colección de versos que ha 
publicado Fernando Nebel: apareció el año pasado y 
tiene el frescor de una ofrenda floral inmarchitable. 

Porque el lirismo es la expresión del ser íntimo, el 
verdadero poeta lírico establece entre sus producciones 



28 


LOS LÍRICOS 


un vínculo espiritual que las hermana, pese al tiempo 
que media entre unas y otras. Confirma esta afirmación 
la postrera obra de Nebel y es la más elocuente prueba 
de que su autor ha escrito versos, no por obedecer a 
un capricho o a un pueril deseo de exhibicionismo, sino 
por la vocación imperiosa que impulsa los elegidos a 
cantar. 

“Estampas”, conserva la sencillez de los versos pri- 
migenios: “Fervor”, los ocho exasílabos de “Noche Bue- 
na” lo proclaman con la sobriedad habitual en el autor. 

En la técnica se ha producido una variación: el 
autor no se limita a ver, como en sus primeros cantos, 
fija estampas en los muros para distraer su soledad, y 
previamente ha debido arrancarlas de la vida real, ta- 
les son las tituladas: “El limonero del jardín”, — para 
el poeta prima el perfume del azahar sobre la higiénica 
acidez del fruto, — “El Gallo”, “La Lechuza” y después 
los cuadros nativos, “El Valor Gaucho”, “El Flete Crio- 
llo’,’ “La Tranquera”, apuntes tomados de carbones, — 
quizás de Carlos María Herrera, — y puestos en verso es- 
cueto, de un solo color, pero trazados con firmeza para 
que los lectores coloreen los cuadros a su gusto, o en la 
forma que los perciban. 

Una parte (la tercera) del libro, se titula “Aire Ma- 
rino” y, en verdad que la salsedumbre del océano se 
siente en cada página. El colorido de los versos es ahora 
franco y firme. Leed: 


VERANO 

La playa está orgullosa y asombrada: 
¡cayeron en su bandeja los colores! 



EUSTAQUIO TOMÉ 




Oro y ébano de cabezas infantiles, 
mármoles de mujer y varoniles bronces. 

Y todo gira, se enreda, canta, 

y huyen las gaviotas, y se achican los pescadores. 

Los versos de la cuarta parte, cuyo título “La Mujer”, 
hacen esperar un erotismo desbordante, nos presentan 
al eterno adorador de la belleza, sin sensualismos, de 
sabiduría discreta, pero enamorado sin arrebatos, porque 
sabe llenar su misión de incensador de la beldad. 

Apenas puedo detenerme en “Estampas Grises”, re- 
flejo del gris frecuente en nuestra vida, y reproducido 
fielmente por una expresión vaga, sin sonoridades “gri- 
sáceas” en el estilo. 

“Anillos de Humo”, cierra dignamente el volumen: 
las cadenas pueden cerrarse con anillos de oro o de 
plata, la cadena de las expresiones poéticas, admite úni- 
camente, eslabones de sueño, de humo. El “poder fasci- 
nante de la ausencia”, aumenta el brillo del sol: Nebel 
siente alejarse su musa en “tren burgués indolente” con 
sus “ruedas borrachas de sueño” y la deja ir. Sabe que 
volverá, cierra su libro y espera. 

Esperémosla con él; la ascensión a las cumbres es 
lenta y no florecen las flores del espíritu todos los vera- 
nos; pero, “Estampas”, anuncia la obra próxima, la coro- 
nación de una labor poética que ahora permite contar 
a su autor entre los inspirados de la hora presente, ¿quién 
sabe si dentro de unos años no se le consagra maes- 
tro? 


Eustaquio Tomé. 




Los poetas tendenciosos 

l^or 

Carlos María Prando 




Los poetas tendenciosos 


Esta conferencia, que forma 'parte del ciclo de con- 
ferencias literarias organizadas por la Comisión del Cen- 
tenario y que por circunstancias de distinta índole no 
se ha podido dar en la debida oportunidad que debió ser 
dada, tiene por tema, los poetas tendenciosos. 

Desde luego cabe una rectificación al título que la 
Comisión del Centenario le ha puesto a este tema. 

Si por poeta tendencioso se entiende al que defiende 
en el verso una tendencia social, los poetas que vamos a 
comentar en esta conversación, son poetas tendenciosos. 
Pero la denominación más justa, a mi juicio más acer- 
tada, sería llamarles poetas sociales o poetas civiles, 
poetas que cantan un hecho social tan complejo, tan 
múltiple, tan atrayente como es la rebelión de las mu- 
chedumbres, en sus luchas por las conquistas económi- 
cas. 

No podía escapar a nuestro ambiente tema de esta 
naturaleza y tampoco podía faltar en nuestro ambiente 
la expresión lírica que cantara la epopeya de las muche- 
dumbres rebeldes. 

El fenómeno social de las grandes masas proleta- 
rias, es el fenómeno más significativo del siglo XIX. 
Producto directo de las conquistas realizadas por la 



4 


U)S f'OKTAS TKNDKNCIOSOS 


cUincla. humana, tiene una honda y profunda repercu- 
»i6n Hoíilal. 

Para (;omi)rend(;r el eentldo de ega modalidad poé- 
tica, oh necesario, por lo menos, hacer un cuadro general 
de lo que fué el movimiento proletario que llena el es- 
cenario del mundo en el siglo pasado. 

El vai)or y la electricidad, las dos fuerzas domina- 
das por el hombre, aplicadas a la conquista dé la natu- 
raleza, cambiaron radicalmente los medios y los modos 
de la producción económica. 

Al pequeño taller medioeval, sucedieron grandes 
qslnas, las fábricas modernas. Esta transformación ope- 
rada por la ciencia, tuvo su expresión en el orden social, 
.íunto a las fábricas, como apéndice de las mismas, sur- 
gen las masas obreras; y el antiguo taller en el que 
aprendices, oficiales y maestros comulgaban en una mis- 
ma aspiración, perdió para siempre su aspecto familiar. 
Ese taller se transformó en una formidable concentra- 
ción humana de hombres, mujeres y niños de todas las 
nacionalidades y de todos los credos religiosos, formando 
una masa amorfa que mantiene su cohesión únicamente 
en los Intereses materiales y arranca su pujanza en las 
raíces biológicas del hambre. 

Pero, la gran usina, por una extraña antinomia, 
concentraba y separaba a la vez en una radical diferen- 
cia de clases en pugna permanente de Intereses. Por un 
lado los capitalistas, los jefes de fábrica, los que domi- 
nan la técnica de esa i)roducclón y por otro, las masas 
obreras. 

Al mismo tiempo que se ojjeraba esta revolución 
industrial, en el orden político se lograba la conquista 
más trascendental de nuestro tiempo. Fruto animado de 



CARLOS MARIA PRANDO 


5 


las ideas del siglo XVIII, la revolución del 89 en Fran- 
cia, aseguró el triunfo de la democracia en el siglo XIX. 
Desaparecen los falsos privilegios de la sangre, desapa- 
recen las injustas jerarquías fundadas en esos falsos 
valores; fué proclamada la igualdad de todos los hombres 
ante la ley y a esos mismos hombres, dignificados en su 
cualidad humana, se les dió con el derecho a la ciuda- 
danía, un arma poderosa; el voto. 

La igualdad de todos ante la ley, sin suprimir la 
desigualdad de la naturaleza, cuya aristocracia no hay 
poder humano capaz de destruir; la supresión en el or- 
den social de todas las jerarquías espúreas sin suprimir 
la legítima superioridad de los méritos personales, que 
se fundan en el talento y en la virtud. 

Sin embargo, esas grandes masas obreras dignifi- 
cadas por la ley, ennoblecidas por la democracia, en la 
lucha por sus necesidades vitales, sentían la más terri- 
ble, la más angustiosa opresión social. 

Hay que leer las descripciones de la época para 
darse cuenta de cuál era la vida de los obreros en los 
grandes talleres. Escenas de horror, de depravación y 
de miseria que evocan cuadros dantescos. 

Y era tan irritante y repulsiva esa injusticia, que 
del seno mismo de las clases dominantes salieron voces 
de protesta, haciendo un llamado a la conciencia de los 
hombres honrados despertándolos, frente a la angus- 
tiosa realidad de esas miserias, a los deberes de un no- 
ble sentimiento de solidaridad humana. 

Rebeldías de espíritus selectos, contra el desenfre- 
nado egoísmo de los nuevos opresores" espontáneos 
movimientos filantrópicos de los que, horrorizados por 
esos cuadros de abyección, piden piedad para esos pa- 



6 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


rías del maquinismo que esperan, sufren y mueren en 
la injusticia, agostando sus almas y sus cuerpos, en un 
drama sombrío y anónimo, sin un débil rayo de es- 
peranza; soluciones utópicas de los reformadores, que 
le buscan correctivos al mal, en generosas creaciones 
de la fantasía sin atacarlo directamente en sus causas 
inmediatas y profundas; iras santas de las masas opre- 
sas que gritan su iracundia, brotada en las raíces del 
hambre y su impotente rebelión, en el ulular de pro- 
testas convulsivas y esporádicas que jamás logran que- 
brar el yugo que las oprime. 

Tales los signos, visibles e incoherentes, de la te- 
rrible tragedia provocada por la formidable renova- 
ción de la técnica en la industria contemporánea, que, 
una defectuosa extructura social que exaltaba los va- 
lores del individualismo al conjuro siempre noble de la 
libertad, no supo contener ni encauzar siquiera, los 
avarientos impulsos del lucro, que llevaba, a los mo- 
dernos magnates del capitalismo devorados por la fie- 
bre del oro, a consumir la vida de las masas proleta- 
rias, con la misma indiferencia con que en las podero- 
sas máquinas de sus grandes talleres se consumía el 
carbón de sus calderas. 

El obrero dignificado como hombre en el plano 
abstracto de las fórmulas jurídicas, fué un esclavo sin 
ley y sin amparo en la cruda y sórdida realidad de la 
producción económica. 

He aquí la síntesis, en sus contornos históricos y 
en su hondo contenido humano, del problema social 
planteado por el siglo XIX, como un drama sin prece- 
dentes en la historia de la humanidad y cuyas proyec- 
ciones rebasarán el horizonte sensible de nuestra época. 



CARLOS MARIA PRANDO 


7 


El dolor, la miseria y la iracundia de esos répro- 
bos, fué recogida y condensada en el grito de guerra: 
proletarios de todos los países, unios: nada tenéis que 
perder y podéis conquistar un mundo, con que, en el 
manifiesto del Partido Comunista, se definía la teoría 
de la lucha de clases, verbo encendido del dogma so- 
cialista. A ese soplo mágico el espíritu pretérito de las 
grandes gestas, se ánimo, redivivo, en las organizacio- 
nes obreras que se aprestaron para el combate de su 
redención social. 

Esas corrientes ideológicas llegaron, como llegan 
todas las del universo, a nuestro ambiente' vernáculo, 
y los sentimientos de justicia que las inflamaba, les 
procuraron resonancia simpática y propagandistas en- 
tusiastas. 

Junto a éstos aparecen los poetas, propagandistas 
a su vez, haciendo vibrar su inspiración seducidos por 
la grandiosidad del tema. 

Y así como en las luchas de nuestra independencia, 
en pos de los libertadores de los estados vimos sur- 
gir a los poetas que cantan sus gestas guerreras, 
como Juan Cruz Varela en el canto a Ituzaingó y 
a Olmedo en el canto a Junín; así también en 
pos' de los predicadores de la nueva redención que 
incitan a la lucha a las masas obreras, y anuncian en 
predicciones catastróficas, el triunfo definitivo de la 
justicia humana, surgieron los poetas de esta gesta re- 
dentora. De ese grupo, deben destacarse varios nombres, 
y en el estudio de su obra poética, tengo que prescindir 
de varios de sus aspectos para concretarme únicamente, 
por la exigencia del tema, a encararlos en su faz de 
poetas sociales o como ha querido denominárseles de 
poetas tendenciosos. 



8 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


Proceden todos del romanticismo. El romanticismo 
fué la escuela literaria de más auge en el Río de la Plata 
desde 1850, influyendo desde esta zona al resto del con- 
tinente. Su predominio se quiebra en los albores de este 
siglo, con el triunfo de la tendencia modernista, tenden- 
cia más que escuela, porque, el modernismo que aparece 
c-n América, y que viene del Norte influyendo en el Sud 
del continente, es una combinación de romanticismo, de 
parnasianismo y de simbolismo. 

Esta tendencia modernista se acusa en algunos de 
los poetas que vamos a comentar y en otros se mantiene 
fundamentalmente la característica romántica. Pero, 
románticos o modernistas, todos son igualmente vibran- 
tes, y en todos ellos, a través de sus diferencias 
temperamentales, veremos, en la expresión lírica, ani- 
marse con igual pasión y pujanza el verbo de las re- 
beldías. 

Es fácil imaginarse, el efecto que produjeron en las 
grandes asambleas populares de la época, estos bardos 
vibrantes, cantando en magníficas estrofas a la revolu- 
ción social. Y aún cuando, para el desarrollo de este 
tema sólo se han indicado tres nombres de esos poetas, 
incurriría en una injusticia, si omitiera en estos comen- 
tarios, a uno de los espíritus más selectos de su gene- 
ración, que fué, en nuestro medio, uno de los primeros 
y más aplaudidos cantores de la rebelión proletaria. 

Me refiero a Carlos Zum Pelde, poeta que cultiva la 
poesía íntima en irreprochables y delicados sonetos y 
que apenas si hoy se le recuerda como poeta de las re- 
beldías, que entusiasmaba a las asambleas populares con 
su poema “Insurrexit” que logró tener resonancia con- 
tinental. Es un poema sonoro, a la manera romántica. 



CARLOS MARIA PRANDO 


9 


de hermosos y vibrantes giros, pleno de iracundia com- 
bativa. Más fuerte y expresiva que mi glosa es la belleza 
de la propia composición. 

“INSURREXIT” 

“¡Vosotros, los futuros redentores. 

Alzad las frentes en el polvo hundidas. 

Alzad las frentes y aprestad los músculos 
Vosotros, los cruzados de la vida! 

Llenad los pechos de rencores santos. 

Llenad las almas de fecundas iras, 

Y tornaos vibrantes de coraje 
Para bregar en las supremas lidias! 

Vosotros, los de siempre, los plebeyos. 

La hez rebelde de los grandes días. 

La que en todos los tiempos de la historia 
Tuvo, para el triunfo de la vida. 

Audacia para todas las empresas. 

Piquetas para todas las Bastillas, 

Para todos los viles anatemas. 

Para todos los amos guillotinas. 

Otra vez te convocan a la lucha. 

Echadas a rebato las esquilas, 

¡Retempla los aceros de tus músculos 
Para el recio bregar, canalla invicta! 

¡Ya nada hay que esperar, nada de nadie! 

¡Basta ya de mentores y de guías! 

¡La redención final de las canallas 
Deben hacerla las canallas mismas! 

Y a esa innúmera turba de parásitos. 

De cínicos y estólidos legistas 



l>OS POETAS TENDENCIOSOS 


Que amontonaron código tras código 
Dictando las más grandes injusticias, 
Sancionando los crímenes más torpes, 

Y las expoliaciones más inútuas, 

Y las explotaciones más cobardes, 

Y las usurpaciones más indignas, 

Diles que pronto regirán al mundo 
Unas leyes más sabias e infinitas. 

Sin que haya (jue imponérselas a nadie 

Y sin (pie nadie tenga que escribirlas! 

Y a esos que creen que siempre, eternamente. 
Debe marchar la humanidad, sumisa. 
Sumisa y resignada, bajo el látigo 

De las insoportables tiranías, 

Diles que no es para cambiar de amos 
Tu gesto de sublime rebeldía: 

Y (pie no habrá más amos ni señores. 
Después de la fecunda sacudida. 

De una moral estúpida y suicida, 

(¿ue desterró el amor del Universo, 

Mató el placer y ensordeció las risas, 

Diles que tus ciudades de mañana 
Rebosarán la inmensa poesía 
Del amor sin recato ni pudores. 

Libre y triunfante al resplandor del día 
Que dé jarán, ¡lasando, las parejas 
Entre arrullos y bíísos y (laricias. 

Libres como las aves cuando trovan 
Sus tiernos desposorios en la umbría! 

Y a toda esa canalla perfumada 

Que cuando te oye amenazar, se crispa. 
Temerosa que lleguen tus harapos 



CARLOS MARIA PRANDO 


Y tus sudores a donde ella habita, 

Dile que tú también para el futuro, 

Para el después de la triunfal conquista. 
Cuando la explotación y la ignorancia 

Y la miseria y la opresión, no existan. 
Has soñado una inmensa aristocracia. 
Delicada, gentil, culta y artista, 

Que llene toda la extensión del Orbe, 

E incluya a todos los que el Orbe habitan 
Que todas las excelsas voluntades, 

Y todas las potentes energías, 

Y todos los amores de los hombres 
Fundidos en incólume armonía. 

Y a esa negra falange de impostores 
Que con la creencia de Jesús trafican 
A través de una historia vergonzosa 
De diez y nueve siglos de mentira, 

Diles que tus miserias ayn aguardan 
Aquellas redenciones prometidas 

Por el poeta que murió en el Gólgota, 
Perdonando y amando en su agonía! 

Y a todos esos que levantan himnos, 

— Para ver si desarman tu osadía,^ — 

Al grandioso progreso de los tiempos, 

Al inmenso esplendor de nuestros días, 
Diles que todo lo que llena el mundo 
Que todo lo que vive y lo que brilla. 

Que todo, fué amasado con tus lágrimas. 
Tus sudores, tu sangre y tu fatiga, 

Y que todo ese esplendor magnífico 
Qué llena el Universo y lo ilumina, 

No penetra jamás un solo rayo 



12 


LOS POKTAS TENDENCIOSOS 


Hasta el fondo sin luz de tus bohardillas! 

Y a esos que intentan oponer la valla 

Y bien, a ti, mujer, mujer sagrada, 

Refugio abierto a todas las fatigas, 

A tí, a quien esos mismos te hieren 
Debieran adorarte de rodillas, 

Y n todos los forzados y galeotes 
De la tierra, la fábrica y la mina, 

A todos los pequeños de este mundo, 

A todos los hambrientos de justicia, 

A todos viene a despertar, vibrando. 

El sonar insurrecto de mis rimas. 

¡No améis la patria que os mantiene siervos 

Y os lleva al exterminio, maldecidla! 
¡Desheredados todos de la tierra! 

¡Canalla sin perdón, raza proscripta! 

Si fuistes y eres a través del tiempo. 

Bajo todos los cielos y los climas. 

Bajo todas las leyes y pendones. 

Bajo todas las creencias y doctrinas. 

Bajo todas las formas y sistemas. 

La eterna casta nunca redimida. 

Yérguete audaz y valerosa y fuerte 
En nombre de tus hambres y fatigas. 

En nombre de tu sangre y de tus lágrimas. 
En nombre de tus crueles agonías. 

Yérguete audaz y valerosa y fuerte 
Ante esta vieja sociedad inicua, 

Y tal como otras veces tu denuedo 
Colgó señores y asaltó Bastillas. 

Lánzate al empedrado de las calles 
— “Utlima ratio” de los pueblos, — iza 



CARLOS MARIA PRANDO 


la 


En lo alto de las bravas barricadas 
La enseña roja de los grandes días, 

Y si esos, que diciéndose mentores. 

Te hartaron de promesas fementidas, 

O esos, que rodeados de placeres 
Nunca quisieron escuchar tu grita, 

Pretendieron saber de los derechos 
Con que flameas tu pendón de vida. 

En las horas supremas de la lucha 
Se lo dirán las barricadas mismas! 

¡Avante, pues, canallas insurrectas, 

Hacia la redención definitiva! 

¡Vosotros sois el porvenir del mundo 

Y el porvenir no tranza ni claudica! 

Yo me incorporo a esa columna en marcha. 

Hacia las nuevas tierras prometidas, 

¡Porque quiero pelear por su victoria 
Bajo el rojo flamear de sus insignias! 

Yo me incorporo a esa columna en marcha 
Con todas las canciones de mi lira. 

Todos los entusiasmos de mi numen. 

Todos los raptos de mi fe de artista! 

Vamos, pues, a pisar, ebrios de triunfo. 

El más alto crestón que haya en la cima, 

A recibir la luz sobre la frente. 

De las nuevas auroras presentidas! 

No importa que lleguemos a la cumbre 
Hollando escombros y pisando ruinas. 

No importa! sobre todas las catástrofes. 
Eternamente triunfará la vida!” 

El tono de estos versos, puede darles a uste- 
des, las características de este género de compo- 



14 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


siciones poéticas, las que, por la naturaleza del 
tema, al repetirse en todas ellas, resultan monocordes. 
Naturalmente que, la manera de expresar el ideal re- 
volucionario cambia con el temperamento del autor. Así, 
por ejemplo, Armando Vasseur no tiene la vibración 
juvenil y ardorosa del poeta cuyo poema acabo de leer- 
les, ni tampoco su calor de emoción y de sinceridad 
profunda que lo impulsa a incorporarse “a la caravana 
en marcha” “para la conquista de las tierras prometi- 
das”, su actitud espiritual, es más hierática, más fría, 
más doctoral; desde la altura de una olímpica superiori- 
dad canta su verbo mesiánico con la soberbia del que 
posee la verdad definitiva. 

No hay duda que, el rasgo más saliente de Vasseur 
es el de una enfermiza egolatría; egolatría que se ma- 
nifiesta no sólo en su trato personal, según refieren 
anécdotas de su vida orgullosa, sino que la expresa pro- 
vocativamente en su obra poética. La influencia pre- 
ponderante de Whitman y de Nietzche se hace sentir en 
sus versos. Vasseur es un poeta modernista. Sus com- 
posiciones, leídas después de cierto tiempo, no producen 
la misma emoción que produjeron cuando aparecie'ron 
en su época; ni tampoco su lectura puede darles el vi- 
gor y el ritmo que el propio Vasseur les daba al reci- 
tarlas. 

Era un eximio artista de la recitación. Buscaba efec- 
tos teatrales, la combinación de la luz para el juego de 
la expresión fisonómica y la entonación de la voz para 
los matices de la sonoridad. 

Pero, sus versos, no tienen, en mi concepto, una 
profunda médula poética. Alberto Zum Felde, comenta- 
dor de Vasseur, ha dicho, a mi juicio con razón, que es 



CARLOS MARIA PRANDO 


15 


más didaeta que poeta. Con todo, esas poesías, a pesai’ 
de su léxico rebuscado, de la vacuidad en su énfasis y 
de su tono pedantesco, constituyen una expresión muy 
noble de la lírica nacional. 

En una antología de los poetas uruguayos, no debe 
olvidarse nunca el nombre de Armando Vasseur. Su obra 
poética ampulosa y musical señala un momento y una 
orientación en el proceso de nuestra evolución intelec- 
tual. De un tiempo a esta parte ha enmudecido total- 
mente. Su anuncio de que marchaba hacia el gran si- 
lencio, parece cumplido. Sus más destacadas poesías ten- 
denciosas están contenidas en sus primeras obras “Can- 
tos Augúrales” y “Cantos del Nuevo Mundo”. En “Cantos 
Augúrales” que lo reveló al gran público, precede las 
composiciones poéticas de acápites explicativos. 

Eligiendo en ese libro con cierta selección, a los fi- 
nes de esta conferencia, algunas de sus composiciones 
tendenciosas aparto la titulada “La Tebaida de los Tro- 
vadores”. La Tebaida es para el poeta un altiplano al 
borde de un abismo. En ella viven los trovadores, en- 
vueltos en la ilusión de sus ensueños, indiferentes al ulu- 
lar de las muchedumbres que se eleva del fondo del 
abismo como una protesta con rugidos de tormenta, de 
los que quieren socavar el altiplano para derrumbar la 
torre de marfil, de esos soñadores que no sienten el dolor 
del mundo. Como un profeta de la tempestad, surge un 
desconocido, cantando en las siguientes estrofas la rebe- 
lión de los oprimidos. “Y frente a la torre más alta de 
la soñolienta altiplanicie el Portavoz estalla; 



16 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


“¡despierta, SOÑADOR!” 

“Soñador: La corona de espinas 
Como un regio presente te aguarda; 
Abandona los muelles ensueños, 

Al sol de la Vida, levántate y anda! 

Soñador: Flagelado Ecce homo 
De una eterna vía crucis privada, ' 

Deja al viento gemir en su fuga. 

Tu horror hecho Verbo solivie las almas 

Soñador: Ya la urna está pronta, 
Incinera tus cuitas vedadas, 

Y en el mar sin riberas del Mundo 
Embebe la esponja febril de tus ansias. 

Y retírala plena de sangre 

— Roja sangre de angustias humanas, — 
Plamescente de amor y sapiencia. 

Genial y explosiva cual ígnea granada! 

Y proyéctala inmensa en el orbe. 
Chorreando sus turbias infamias. 

Cual matriz de la chusma rebelde 

Que incuba en su seno viril otra Raza! 

Que se empape de ella la Tierra, 

Los desiertos, los montes, las aguas. 

Los abismos, las urbes, los campos. 

El día, la noche, el tiempo que pasa! 



CARLOS MARIA PRANDO 


17 


Que fecunde las mentes estériles, 

Y las flácidas ubres exhaustas, 

Y las yertas simientes sedientas, 

Y el óvulo exangüe de todas las savias! 

Que enrojezca las fuentes salubres 
Do los héroes libérrimos sacian 
La augural ardentía universa 
Que encrespa y hermana las viles Canallas! 

Soñador; Rutilante querube 
De los cielos de todas las fábulas; 

No confíes en dioses etéreos. 

Por lecho ni presa, talentos ni gracias. 

La lanzada cruel de la envidia 
Te recuerde lo vil de la Casta; 

Y el tajante sosla.yo del odio. 

Que a rudas empresas prepare tus garras. 

Pues es hora de ir por tu riesgo 
— Paladín de inefables cruzadas — 

En honor de los nuevos derechos 

Que forjan los Pueblos rebeldes en armas. 

Que el riente gorjear de la alondra 
Te suscite amorosas nostalgias: 

La infinita visión de las vírgenes 

Que en vano acicalan sus formas intactas! 

No te pierdas al precio irrisorio 
De una breve pasión miseranda; 



•18 


LOS POKTAS TENDKNCIOSOS 


Ni enajenes por goces de un día, 

Augustos designios, tendencias preclaras. 

Sé tu mismo tu guía terrestre. 

Cumplidor de tu propia enseñanza, 

Voluntad depurada en crisoles 

De férrea experiencia, a prueba de lágrimas! 

Que del piélago ingente del Cosmos 
Reasumas la luz increada, 

Y mejor que el llameante Zodíaco 

Tus hombros sustenten la antorcha de tu Alma! 

En este tono Vasseur canta a la rebeldía de las ma- 
sas. 

En la composición a un precursor, homenaje a Al- 
mafuerte, su maestro y su guía de las primeras horas, se 
define claramente su tendencia ideológica negadora de 
jirejuicios religiosos y de la moral fundada en la resig- 
nación y la mansedumbre cristianas. 

Es el nihilismo espiritual de la época, que sólo cree 
en el poder de la fuerza humana en un concepto mate- 
, rialista. 

Luego de reverenciarlo en esta forma enfática y 
sonora: ' 


“Chimborazo tronador 
Del numen continental. 
Cráter inmenso, fanal 
De brillo enceguecedor, 
¿Por qué tu vasto clamor 
No atruena la inmensidad? 



CARLOS MARIA PRANDO 


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¿La super Hurnanidad 
Bien no vale un cataclismo? 

¡Si eres la voz del Abismo 
Anuncia la tempestad! 

¡Ah! Si en tu enorme cantar 
Aunando los elementos 
Aullaras como los vientos 
Gimieras como el pinar 
Si supieras remedar 
En tu cósmico cordaje 
La grandiosa vibración 
De la selva y del oleaje, 

El ronco fragor salvaje 
De la mar y el aquilón.” 

Le reprocha su timidez porque no anuncia la tem- 
pestad, y protesta contra su moral cristiana, porque en 
ella. 


‘‘No has podido inocular 
Como una potente savia 
El extracto de tu rabia 
En la linfa popular; 

Ni has sabido soñar 
En tus horas de utopía 
Una era de armonía 
En que réprobos y electos 
Serían los predilectos 
De la futura Icaria. 

Tu Musa es hiedra que oprime 
El tronco del Ascetismo: 



20 


liOH t’orOTAM TlíNIilONClOMnH 


Jllofli'tt (lo bordo do iildHoio, 

Inttc.oíjfdblo, Hiibllino. 

Mu vano Jadoa y kIoio 
I’ or aac.ondor a la cunibro 
Hlii al(!an/ar la vl«lnmbro 
Do la vlfdfni qiio la Intnola; 

¿Cíii(( liaría, nnirblda y «ola 
liojoH do la rnurhodiitnbro?" 

Y doHjiiKiH do oHia críllca, a la actitud (>Hplrltiial dol 
maoKtro, canta el nuevo verbo, en las Hlgnlontofi eo- 
Irofas: 


"Ya, los n'proboH no van 
A prostornarso en los templos; 
Anhelan otros (>Joniplo«, 

Dejan a (Irlsto por Pan, 
Drmuz dostiorra a Arbitnán 
Do la tradlcbjn fnniíllca; 

Él alma so vuelvo Idílica 
íiO propio (|Uo (d corazf'm. 
íja Natura os la basílica 
lt(' tuda biimanlzacb'in. 

Mas, el pueblo ba moiiostor 
Iluminar su iKnorancla; 

Hor tfHlo porsevorancia 
Para al fin llorar a sor. 
(Vuicb’iicla, audacia, sabor, 

Y heroica Impetuosidad. 
f,,a humana prosperidad 
ÉB niujer, alna a los bravos; 



CARLOS MARIA PRANDO 


¡Mientras existan esclavos 
Nadie tendrá Libertad! 

Yo no predico el sermón 
De la fe ni del sosiego, 

Ni enseño el cobarde juego 
Que llaman resignación. 
Proclamo la libre unión, 

La “buena nueva” ascendente 
Entre la perduta gente 
De cada infierno social. 

Si mi canto es infernal 
También lo es el presente. 

Canto de clase marcial 
Que combate por la vida. 
Himno de casta aguerrida. 
Solemne salmo coral; 

Alarido universal. 

Marea de antiguas penas. 
Explosiones de cadenas 
Que van subiendo, subiendo. 
En tempestuoso crescendo 
Como el mar por sus arenas!” 


“ENVIO” 


“Por el amor de la Tierra 
Abrazaos como hermanos 
¡Oh siervos de los tiranos! 
¡Oh víctimas de la guerra! 
Por el amor de la Tierra 



22 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


Del sol, de la libertad, 

Del saber, de la equidad, 

¡Alegrad con vuestros cantos 
Los mundiales campos santos 
De la vieja Humanidad! 

¡Atreveos! ¡Atreveos! 

Formad los nuevos Zodíacos 
¡Oh plebeyos Espartacos! 

¡Harapientos Prometeos! 

Ecce Hornos: ¡atreveos! 

Clamad, rugid, aprestaos. 

Relampaguead, rebelaos, 

A sangre y fuego imponeos. 

Ante el rojo perihelio 
Os anuncio mi evangelio: 

¡Miserables, atreveos!” 

La expresión de su egolatría sintiéndose el ultra 
anunciado por Nietzche, puede verse en esta composición. 

“¿Sabes la “Buena Nueva”? “Los Dioses ya no existen”. 
Por más que los augures ¡ay! en negarlo insisten; 

¿Sabes la “Buena Nueva”? “Los Dioses ya no existen”. 

Han muerto para siempre de muerte espiritual, 

Y sólo resucitan en cada Carnaval; 

Han muerto para siempre de muerte espiritual. 

“Los Dioses ya no existen”, cada cual lo es de sí, 

Si te juzgas consciente debes creerlo así; 

“Los Dioses ya no existen”, cada cual lo es de sí. 



t'AUU)S MAKIA l’RANDO 


23 


¡El Super. Dios de dioses, divinidad terrestre! 

Nada hay que le supere; si hubiere ¡qué se muestre! 
¡El Super, Dios de dioses, divinidad terrestre! 

¡Somos los Sobrehumanos, las gemas de las gemas! 
¡Supremos reflectores de las Razas supremas! 

¡Somos los Sobrehumanos, las gemas de las gemas! 

La Sublime Energía que vitaliza el Orbe 

Nos yergue sobre el Todo — y luego nos absorbe; 

La Sublime Energía que vitaliza el Orbe. 

Yo soy el Ecce Homo coronado de espinas. 

Sé tú la cruz corpórea que sustente mis ruinas; 

Yo soy el Ecce Homo coronado de espinas. 

El saber me hizo Dios, soy mi divinidad, 

Mi orgullo, mi esperanza, mi fe. mi libertad; 

El saber me hizo Dios, soy mi divinidad. 

¡Favorita del Ultra, novia de Prometeo, 

Embriágate de audacia para nuestro himeneo; 

Favorita del Ultra, novia de Prometeo! 

Deja que cacaree la turba irracional. 

Si quieres merecerme encarna mi ideal; 

Deja que cacaree la turba irracional. 

Mas. si en verdad no sientes nostalgias sobrehumanas. 
Olvídame mujer, t(jrna con tus hermanas; 

¡Ay! Si en verdad, no sientes nostalgias sobrehumanas. 



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LOS POETAS TENDENCIOSOS 


¡En vano es que me tientes, en vano que me invoques! 
Ni te diré siquiera; “¡Mírame y no me toques!” 

¡En vano es que me tientes, en vano que me invoques!” 

La obra de Vasseur no se limita a este solo aspecto 
de poeta tendencioso, es más vasta y más compleja, pero 
no hay duda que, en las características de su obra, este 
aspecto es uno de los más señalados. 

La Comisión del Centenario, al establecer en el ciclo 
de conferencias un sitio a esta clase de poesía, ha he- 
cho bien en colocar a Armando Vasseur como el ini- 
ciador de esta manifestación lírica. 

Distinto de Vaseur y procediendo de otro ambiente, 
aparece la simpática figura de Angel Falco. 

Muchos hombres de mi generación recordarán la si- 
lueta llamativa con algo de mosquetero de este poeta 
soldado. Como militar hizo la guerra civil de 1904. 
Cumplió bien con su deber. Una transformación radical 
en sus ideas lo arrojó a las corrientes anárquicas, las que 
lo conquistaron con el mismo entusiasmo y con el mis- 
mo ímpetu que había puesto en la carrera de las armas. 

Los versos tendenciosos de Angel Falco, son ver- 
daderas arengas líricas. Fué el poeta de las masas popu- 
lares. Cantaba sus rebeldías con acentos tribunicios. Sus 
versos adolecen de una exagerada ampulosidad y de una 
manifiesta falta de medida, pero tienen una vibración 
tan cálida y apasionada, un fuego tan comunicativo y 
tan simpático, que uno se explica, leyendo esas compo- 
siciones, el entusiasmo que provocaba en las muche- 
dumbres. 

Se dice, que Armando Vasseur, mortificado por el 
éxito de Falco, condensaba el juicio que le merecían esos 



CARLOS MARIA PRANDO 


25 


versos, en esta opinión despectiva; “son mis Cantos au- 
gúrales tocados por un clarín de cuartel”. 

Evidentemente, los versos de Falco, son verdaderas 
clarinadas de combate. Los “Poemas Rojos”, donde está 
contenida su producción lírica tendenciosa, son una su- 
cesión de arengas en grito de guerra, proferidas en un 
profundo y ardiente relampaguear de imágenes audaces, 
algunas de ellas de suprema belleza. 

Falco, poeta amatorio, no está a la altura de Falco 
poeta heroico, que canta la rebelión de las masas. Su 
obra poética abarca otros tópicos escritos bajo la suges- 
tión hugoniana. “La Leyenda del Patriarca”, “El Canto 
a la Raza”, “El Hombre Quimera”. 

En esta conversación, debemos limitarnos, a anali- 
zarlo únicamente en “Los Poemas Rojos”. La influencia 
de Santos Chocano sobre Falco, se manifiesta en esa 
obra, de índole francamente romántica. 

El tono de los versos, por el calor, la sinceridad, la 
vibración, recuerdan al “Insurrexit” de Carlos Zum Fel- 
de, más deslumbrantes en sus imágenes, pero inferio- 
res a éstos en sobriedad y gusto estético. “Al pie del 
Aventino”, el poeta evoca al célebre monte, refugio de 
los plebeyos romanos en sus luchas por la igualdad, 
erigiéndolo como símbolo de las rebeldías y acrópolis 
santa del movimiento libertario de las' masas oprimi- 
das, para lanzar su desafío. 

“¡Pueblo! dame tu lira; 

La de arco más potente; la que embrazas 

Cuando sientes más hondos tus dolores! 

¡La que el urlo corea de tu ira, 

Al compás de las torvas amenazas. 



26 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


Y al compás de los odios vengadores! 

¡Dame tu lira, la de acentos broncos, 
Templada al diapasón de los furores 
Que agitan tus entrañas, 

Pero no temas si sus notas oyes 
En los espacios, ulular extrañas. 

Porque si tiembla en mis hercúleos brazos. 
Será con el temblor de las montañas 
Por las iras de un Dios, hechas pedazos! 

No escucharé el clamor de tus lamentos. 

Ni tus duelos que gimen de rodillas.” 

Luego hace su profesión de fe: 

“Yo soy para ei combate; 

Yo soy como esos pájaros extraños. 

Que anidan en las cumbres; cuyas alas 
Necesitan las furias del embate 
De los vientos huraños; 

Que tienen a las nubes por escala. 

Para subir. . . subir hasta perderse 
En la orgía de azul del infinito! 

¡Yo amo la tempestad, como el albatros! 
Cuando en las noches trágicas golpea 
Ahuyentando al Silencio con su grito. 

Siento que de mi yo, se enseñorea. 

Uno a manera de éxtasis bendito! 

¡Yo busco a la montaña que corea 
Con sus rudos tambores de granito 
Mis voces de pelea. 

Las roncas marsellesas de mis cantos! 



CARLOS MARIA PRANDO 


27 


¡Qué desfilan en lúgubre galope, 

Así siempre encrespando 
Del humano oleaje, las espumas. 

Sobre mis iras torvas galopando 

Cuál los héroes de Ossian, sobre las brumas! 

Encordaré mi lira. 

No con reflejos de ese Sol de Mayo 
Que en los tramontos del otoño espira. 

Con suaves languideces de desmayo! 

¡Tenderé como cuerdas de esa lira, 

Los flechazos del Rayo, 

Y escucharé después para templarla. 

La voz de los ingentes cataclismos, 

Los aullidos del trueno cuando gira 
En los espacios, como voz de alarma. 

Para caer más tarde a los abismos. 

Como un derrumbamiento de montañas! 

Y así rugiendo mi canción fremente, 

Mientras la cárcel de los odios abro, 

En torno lanzaré de los perversos, 

Las farándulas rojas de mis versos. 

En un baile macabro! 

Y el Vesubio rugiente de los odios 
Tendrá sus estallidos, 

Y el rudo martillear de mis canciones, 

Tronará con rumor de Ajiocalipsis, 

Del siniestro mandón en los oídos, 

Jamás acostumbrados a los sones 

De la protesta audaz; siempre mecidos 
Por la lisonja ruin de los sayones! 



28 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


¡Y entonces el champagne de sus orgías 
Se tornará quizás en hiel amarga, 

Cuando con voz fatídica a su puerta, 
Llamen soberbias las estrofas mías. 
Preparando del trueno la descarga 
Como el grito supremo de un alerta! 

¡Como un toque de carga! 

¡Pueblo, escucha mi voz; jamás persistas 
En implorar de hinojos tus derechos; 
Preciso es que señales tus conquistas, 

Con regueros de sangre y fuego a trechos 
Con derrumbes y ruinas por jalones! 

Es la historia quien habla; son los hechos 
En la razón de todas las razones 
Apoyando su lógica implacable! 

¡Sigue las huellas que en la fosca noche. 
Dejara como un sol, muriente el Genio; 

Y aparta al torpe que a tus ansias hable. 
Con la fábula imbécil de Menenio! 

¡Caiga la mole pues, de tu Aventino 
Sobre los muros de esta inmunda Roma, 
Como en las llamas del furor divino. 
Cayera un día la inmoral Sodoma! 

¡Pueblo, esgrime la tea del incendio 
Como un hilo de Ariadna que te guíe. 

En tus noches de luto y vilipendio! 

¿No ves cómo la Aurora ya sonríe. 

Su mortaja de niebla haciendo trizas? 
¡Rompe la estrecha cárcel de tu encierro, 

Y renazca otra vez de sus cenizas. 



CARLOS MARIA PRANDO 


29 


El Fénix-Sociedad! ¡Apresta el hierro! 
¡Fuerza es que caigan esos viejos troncos 
A los golpes de un hacha formidable! 
¡Dame tu lira pues, de acentos broncos; 
Yo sabré manejarla como un sable!” 


Con ímpetus belicosos, esgrimiendo la lira como un 
sable de combate se pone al frente de las muchedumbres 
en la lucha redentora: 


“¡Oh, vosotros los parias de la Tierra, 
Ciudadanos sin patria. 

Todos los que sentís en vuestros pechos. 

Subir, el torbellino de las ansias. 

Amores y deseos inefables, 

Dolorosas nostalgias 

De un mundo, todo azul, como en la Anágnosis, 
De las lucubraciones platonianas; 

Que sentís los anhelos de una vida. 

Más hermosa, más amplia. 

Intensa y expansiva, como aquella. 

Que el alma helena de Guyau, cantara. 

Incansable poeta de esa Vida 

Que en plena florescencia soberana, 

Como la triste rosa de Malherbe, 

Viera extinguirse una triunfal mañana! 
¡Vosotros todos los rebeldes hijos. 

De esta implacable sociedad, madrastra. 

Que en el mísero lecho de Procusto, 

De sus prejuicios torpes y sus trabas, 

Y su moral estúpida de esclavos. 

Pretende siempre atar, el alma humana. 



30 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


¡Escuchad las canciones que fulguran, 

Entre el ronco tonar de mi palabra, 

Cual las cárdenas luces del relámpago 
En las tormentas de la noche aciega! 

¡Oh, yo quisiera que los versos míos. 

Donde todas mis fiebres anidaran, 

Tornáranse un Cantar de los Cantares 
Por no sé qué prodigio de mis ansias, 

Que al llevarlos por siempre en la memoria. 
Los entonaran siempre las canallas, 

Nunca, al subir pacientes los Calvarios, 

Jamás haciendo coro a tus plegarias. 

Sino como una diana de entusiasmos. 

Como un himno frenético de carga, 

El día de los hondos despertares, 

El día de las grandes barricadas, 

Entre el lúgubre aullido del combate, 

Y el fiero crepitar de la metralla! 

¡Mis yámbicos también cual los de Arquíloco, 
Han de herir como flecha emponzoñada, 

Y tal como los himnos de Tirteo, 

Resonarán vibrando en las batallas. 

Lanzando sobre todos los corajes. 

Soplos de destrucción y de venganza! 

¡Arriba, pues! vuestras cadenas mismas. 
Podrán serviros de armas! 

¡Dejad las humildades del creyente, 

La quietista paciencia tolstoiana. 

Que pretende llevar las muchedumbres 
A la antigua expiación de la Tebaida! 

¡Entonad la canción de vuestros odios, 

En cambio del sermón de la Montaña, 



CARLOS MARIA PRANDO 


Haya pues una Pascua de conciencia, 

Y en la tarde final de las batallas, 

Bajo un cielo de púrpura triunfante. 

En un tramonto que evocara el alba. 

Queden flotando sobre tanta ruina. 

Los destinos del Mundo, cómo un Arca!” 

Y termina en esta forma: 

“¡Tengamos hoy en los crispados puños. 
Siempre dispuesta a herir, la férrea espada. 
Que en el día final del vencimiento. 

En la gran Apoteósis de las razas. 
Podremos ir en procesión solemne, 

A dejar sobre el ara ' 

Del amor inmortal nuestras miserias 

Y nuestros odios, como ofrenda sacra, 

Y marchando extasiados por las vías. 

Las manos enlazadas. 

Entonando los salmos de la Vida, 

En las nupcias de luz de la Esperanza, 
Iremos a oficiar todos unidos. 

La comunión suprema de las almas. 

Hecho el mundo, una hermosa Filadelfia, 
Brillando al sol de la Igualdad humana! 

¡Entonces los clarines del combate. 

Han de tornarse, jubilosas arpas, 

Y el ósculo de amor, grande, infinito. 
Epílogo será del viejo drama! 

Pero en tanto es preciso que los odios. 
Rujan y estallen con más ruda saña. 



3a LOS POETAS TENDENCIOSOS 

Y sigas, pueblo, a la conquista heroica. 

De la azul Canáan, grada por grada. 

Formando con montones de cadáveres. 

Tus mismas barricadas! 

¡Oh la Revolución! ¿Dónde el Homero, 

Capaz de poemizar, la nueva Iliada? 

¿Y dónde más espléndida epopeya. 

Que la inmortal Cruzada? 

¡Arriba, muchedumbre, que los libres 
Acaban de votar la guerra santa! 

¡Irrumpe como oleaje embravecido. 

No detengas tu marcha. 

Aunque sientas crecer y desbordarse 
La sangre como un mar, bajo tus plantas! 

¡No te amedrentes, no, como el Corsario, 

Cantado por la musa byroniana. 

Tinto de rojo al ver la blanca mano 
De su hermosa Guiñara; 

Sigue adelante, pues!, aunque se arrastre 
Por el suelo tu púrpura sagrada. 

Que tu bandera es roja, 'y como es roja. 

La sangre no la mancha!” 

Cerrando el cuadro de estos poetas tendenciosos, 
aparece Emilio Frugoni. No hay duda que, Frugoni, es 
la figura más completa de los poetas que comentamos 
en esta conversación. Su obra es demasiado conocida 
para que yo me detenga en un análisis de la misma. Mi 
admiración por ella, y mi amistad personal con el poeta 
no serán un obstáculo para que la juzgue con la debi- 
da imparcialidad. Frugoni es un verdadero poeta de 
fina sensibilidad. 



CARLOS MARIA PRANDO 


33 


Sus cantos sociales, no tienen el tono de las arengas 
líricas de Falco, ni la soberbia pedantesca de Vasseur. Es 
más humano, más equilibrado, más sereno y más artista. 
Hay en sus versos un sentido más profundo del pro- 
blema, y en la consecuencia de su conducta, revela ma- 
yor amor y sinceridad en la defensa de la causa obrera.. 

No se limitó a cantar en magníficos versos, la be- 
lleza de la rebelión de las masas, sino que se puso en 
la vida diaria al frente del movimiento socialista, con- 
sagrándose a él como un apóstol. Admirable ejemplo de 
virtud personal y cívica que debe servir de modelo a las 
generaciones idealistas. Polemista, periodista, formida- 
ble orador, parlamentario eficaz, su inmenso talento y 
su vasta erudición los ha entregado sin reservas ni me- 
didas a la causa de la redención proletaria. Cuando se 
leen los himnos donde están reunidos sus versos sociales^ 
se siente otro grado de emoción que cuando leemos los 
“Cantos Augúrales” de Vasseur o los "Poemas Rojos” 
de Falco. 

Es la emoción que produce un alma noblemente irri- 
tada frente a las injusticias. Sin torpes desahogos, ni 
teatrales iracundias, en las estrofas de sus cantos, 
le tiende a los caídos su mano fraterna para lograr en 
la vida el triunfo de la verdad humana sin falsas pos- 
turas mesiánicas. Sus versos son serenos en el ataque, 
fuertes en el apóstrofo y cálidos en la pasión. 

Eos himnos se inician con una sinfonía al pensa- 
miento que crea, al músculo que trabaja, a la voluntad 
que dirige, a todo lo que es dinámico y fecundo. 

Hermoso canto al trabajo y a la acción que es a la 
vez estigma candente para los privilegiados parasita- 
rios. 



34 


L.OS pob:tas tendenciosos 


“Himnos para el esfuerzo 
que labra el bien y para 
el que combate el mal. 

La mano 

que tendiéndose ampara 

al caído, al hermano; 

el pie que aplasta el áspid y el escuerzo; 

la pupila que busca 

una constelación sobre los mqntes; 

la mano, amable o brusca, 

que de cualquiera modo contribuye 

a encaminarnos por la recta vía, 

el genio que hacia nuevos horizontes 

tiende su vuelo y huye 

bajo la noche hasta encontrar el día. . . 

los hombros que transportan 

árboles o montañas; 

los hachazos que cortan 

las silvestres marañas 

de las selvas antiguas 

como el error; las luchas 

de las fuerzas exiguas 

contra la impavidez de los obstáculos; 

la adhesión de los báculos 

que hacen posible muchas 

arduas y salvadoras ascendencias; 

los besos que colocan 

astros sobre las frentes; las caricias 

sacras para el espíritu que tocan 

porque le dan alientos 

para seguir la senda 



CARLOS MARIA PRANDO 


35 


ascensional; y los vientos 

de voluntad y de calor que abaten 

las torres de ignominia; la tremenda 

convulsión de los pueblos que sacuden 

su coyunda y combaten 

por un alto ideal, luz de la historia; 

los que rujan y suden 

sobre el yunque, forjando su destino; 

los que van sin temor por su camino, 

y si deben morir, mueren con gloria. . . ; 

las vidas consagradas 

a un magnífico ensueño; 

las hondas, las sagradas 

aspiraciones de justicia; el ceño 

adusto y desafiante ante la suerte 

de los serviles y los resignados 

— muertos para la vida, vivos para la muerte; — 
la abnegación 

de cuantos hombres por amor al Hombre 

dieron su vida, enhiestos 

ante el Crimen; los gestos 

cotidianos y heroicos, los afanes 

de mártires modestos 

que son vencidos, pero son titanes, 

y en la sombra sucumben 

bajo las ruedas del pesado carro 

que los derrumba sin que los derrumben, 

y cubiertos de sangre, 

y cubiertos de barro, 

sigue su marcha sobre los caídos; 

las tragedias oscuras 

en que se alzan de pie los oprimidos 



36 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


desafiando las duras 

imposiciones de la ley suprema: 

el Hambre, ese instrumento 

de sumisión, de bárbaro tormento 

que usan para acallar el anatema 

los amos, manejándolo a su antojo; 

las agrias rebeliones, 

vientres que paren el ensueño rojo; 

las desesperaciones 

que muerden como tigres la cadena; 

los heroísmos sin laurel ni fama 

que tienen por escena 

el antro oscuro del taller o el círculo 

dantesco de la mina; la oriflama 

que a las hueste convoca 

para el asalto a las bastillas, o 

para el inmenso avance hacia las cumbres; 

el verbo austero que de Jericó 

derrumba las graníticas murallas, 

poniendo a las cautivas muchedumbres, 

a las “santas canallas” 

en pie ante los señores, empuñando 

— de látigo a manera 

y también de bandera — 

su conciencia encendida 

por la noción de históricos deberes, 

para arrojar del templo de la Vida 

a los histriones y a los mercaderes. . . ; 

las naves que navegan 

hacia un mundo entrevisto; 

los visionarios que en su fe le entregan 

el alma al porvenir, y como Cristo 



CARLOS MARIA PRANDO 


3 


tropiezan con la cruz, pero antes llegan 
como Colón a descorrer el velo 
del hondo arcano, a descubrir la ruta 
de un continente oculto bajo el cielo, 
a ensanchar los confines del oscuro 
presente y a violar la virgen senda, 
que tendida al futuro, 
abre paso en la historia a la leyenda. . . ; 
el alma florecida 

de piedad y de amor; la tierna y vaga 

pupila que en el éxtasis sublime 

dice más de bondad que el Evangelio. . . ; 

el bálsamo en la herida; 

el ósculo en la llaga; 

lo que nos purifica y nos redime; 

lo que ayuda a vivir, lo que consuela, 

lo que dá al peregrino nuevo aliento, 

y es a la humanidad que anda y anhela 

lo que al barco la vela, 

lo que a la vela el viento. . . ; 

el arado que surca; 

la mano que difunde la semilla; 

el maestro que pone 

sobre el alma sencilla 

del niño el sol, para que el sol se abra 

como un cáliz precioso, y la palabra 

que fecunda, después se deposite ’ 

en ese cáliz como un polen; todo 

lo que en anhelo de bondad palpite 

y haga siembras de luz sobre el planeta, 

merece un fervoroso himno. 

Poeta, 



38 


LOS POETAS TENDENCIOSOS 


tu corazón levanta 
frente a la vida, y canta!” 

Al describir la caravana de los hambrientos, en sus 
dolores y en sus miserias, Frugoni no recarga las tintas 
con exageraciones de mal gusto. 

“¡Míralos cómo van! . . . Llenos los ojos 
de la imagen parida por su afán, 
mascando el agrio pan de sus enojos, 
a falta de otro pan! 

Dirigiendo a la altura la amenaza 
de unos puños que aprietan con furor. 

¡Las rebeldías todas de la raza 
bullendo en su interior! 


Diógenes son sus ímpetus, que embisten 
a cuanto se interponga ante la luz. 

Cristos de nueva edad, hoy se resisten 
a cargar con la cruz! 

Brilla en sus frentes con fulgor que impone 
de una idea que nace el arrebol, 
cual las cimas enhiestas donde pone 
su beso rojo el sol! . . . 

Les espera la lucha más violenta 
en esa expedición de su altivez; 
pero ellos, a quien hizo la tormenta, 
son tormenta a su vez. . . 

Ola que avanza, la engrandece el viento; 
viento que ruge, sobre todo está; 
muchedumbre que mueve el pensamiento, 
odia la cumbre y a la cumbre va! 



CARLOS MARIA PRANDO 


39 


Hay que verlos pasar; pero es preciso 
que sigamos su marcha al Porvenir. 

Entrevén la visión de un Paraíso. . . 

¡Vamos con ellos donde quieran ir! 

¡Escucha! ... De sus pechos se levanta 
de un rugido la heroica vibración. . . 

Es la protesta universal que canta 
su terrible canción. 

Cuando ese canto su poder despliega 
flota en el aire un estupor que asciende, 
y cuando el canto, a las alturas llega, 

¡ay de aquél que lo escucha y no lo entiende!” 

Canta al primero de Mayo, fecha de los trabajadores, 
con ritmo enérgico, sin perder ia mesura y la justeza. 

Alza la frente y mira: 

¡es el dolor que j)asa! 

tus i)adres, tus hermanos 

y tus hijos... Levanta 

la cerviz, que se dobla 

sobre el trabajo; acalla 

el rumor de los golpes 

sobre el yunque: prepara ^ 

tu corazón; enciende 

la honda luz de tu alma. . . 

¡Descúbrete y contempla: 
es el dolor (¡ue pasa! 

Las banderas tremolan 
bajo el sol y adelantan . . . 



-10 


l-OS l’OK'l'AS l'KNDKNCIOHOS 


Son las ImuiiiH'ruhlí'S. 

oiniilpol.(<ntiís alas 

(|ii(' Inicia la cnhlcsl.a ciinibrc' 

(Icl Ideal airasiraji 

a a(|ii(>l (Miornu* (-iKo po 

(l<< mil cal)(>/Jis (|iic anda 

camino (!(< la vida, 

como nmi caravana 

d(í |)(>Har('H y cnsiu'ños, 

<l(> amores y ('speranzas, 
d(^ aiiKiislias int’initas, 

(!(' ImmarrabU's ansias, 
y (pK' hoy, piK'slos los ojos 
(MI la cnmhru más alta, 
d(>ja. I)('sa,r sus l'renli's 
por ('I sol, por el. aura, 
y afilia al aire» llhrc» 
de las calh's y plazas 
como (MI lina Inipidnosa 
insinmicUHi gallarda 
del vuelo ((ue liberta 
(Minobl('c(> y levanta, 
a despecho (U* todas 
las viles amenazas: 

(!(' lodos los riMicori's 
de la Hob(M’bla (M’ápnla: 
del odio d(> los amos 
sus bandiM'iis, jsns alas! 

Y(M*gne la l’r(Mi((>, y mira, 

¡oh prohdarlo, oh paria! 
es(dav() a (|uI(Mi oprime 
la colosal moni a ña 



CARLOS MARIA PRANDO 


de riquezas ajenas 
que sus esfuerzos alzan. 
Yergue la frente y mira: 
xson tus hermanos. . . Pasan 
y tú también, tú mismo, 
sin saberlo allí marchas. 
¿No es acaso, tu vida: 
tu angustia, tus amargas 
horas de cruel martirio 
en la moderna ergástula 
del taller, tus miserias, 
tus horribles desgracias, 
la sombra de tus días, 
la queja de tu alma, 
el resplandor que pone 
a veces la esperanza 
surgida en lo profundo 
de tu ser, como un alba? 

¿No es eso lo que cruza 
hoy ante tu mirada, 
bajo el vuelo solemne 
de las banderas amplias, 
semejantes a velas 
de una nave fantástica 
que en el viento palpitan 
y la nave arrebatan, 
por el mar proceloso, 
hacia costas lejanas? 

Es por tí, i)or tus negras, 
desolaciones trágicas, 
por la cruz de tus hombros. 



42 


hOS rOKTAS TKNI)KN('I()808 


j)()r IfiH (:an(loni<‘H llugiiH 
(|ii(> huu'nin tus canuiH. 
por laa tinloblas bárbaras 
(|uo aoit'gaii tu ooiiclcncla; 

OH por la Hiioilo aciaga 
(1(^ tus lilJoH Hln pa(lr<‘, 

¡ob ¡)a(lr(> (lo una ra/.a 
tan ruin (|U(^ b<‘Ha ol puño 
(pío la oiirlino y inaltrala; 
tan ruin <pi(( ho Koineto 
traiupiila a hu (b'HgriK’ia, 
conliuila (lol nio/apiino 
iiK'ndrugo (pu' b^ alcanzan: 
tan ruin (pu* no ho atnwo 
a p(‘nHar (pío oh owdava 
y adnilu* ia ((oyunda 
(pío dobta HiiK (‘HpaldiiH 
para (pío iabro (*i Hiinto 
y i)(íH(< lnH KandalliiH 
(to HiiH iniiobt(*H anioH 
a un li(>nip(> inlKino. . . 

I’aria: 

doli'm ol brazo y mira 
ol porvonir (pu* jniHii. 

(birro a poiior tu fronti* 

HiidoroHa y ajada 
a la Honibra propicia 
(!(' biH bandoriiH HiintuH 
(pío tlfu'ron do rojo 
liiH aiiroriiH HoñadiiH. . . 

IncorpiiraU* al vasto oji'rcito ipio avanza, 
camino di* la vida. 



CARLOS MARIA PRANDO 


hacia la luz más alta. . . 
Deja dormir el yunque; 
abandona la fábrica; 
que descanse el arado 
ép el surco: y la máquina 
no alumbre el milagroso 
parto de tus entrañas, 
ella también sumisa — 
ya que jamás cansada — 
a la voz del futuro 
que imperioso la llama 
para hacerla del hombre 
una amiga, una aliada, 
para darle su puesto 
de fuerza sobrehumana 
en medio a la armonía 
de las cosas humanas, 
sin que por más dispute 
su pan al que trabaja 
y realice, en cambio, 
la visión soberana — 
al golpe de su firme — 
energía inexhausta — 
de una ciudad futura 
para todos Arcadia. . . 

Vé a completar las filas 
de las huestes que avanzan; 
sentirás el orgullo 
te apreciarás más digno, 
y al emprender la marcha, 
te juzgarás más fuerte 



44 


LOS PÜKTAS TENDftINCIOSOS 


en acción que en palabras . . . 

Y cuando la tarea recomiences mañana, 

no bajarás la vista, 

como antes la bajabas, 

delante de tus amos: 

de frente, cara a cara, 

con dignidad serena. 

con decidida calma, 

sin alarde, en sus ojos 

detendrás la mirada: 

¡y han de ver en los tuyos 
una conciencia en guardia!” 

La obra poética de F'rugoni no empieza ni se de- 
tiene en los “Himnos”. Sus primeras producciones lí- 
ricas, románticas y acentuadamente retóricas, son poe- 
sías amatorias contenidas en “El Eterno Cantar” y en 
“De lo más hondo”. Posteriormente a los “Himnos”, 
Prugoni se supera en el verso. Adaptándose a las mo- 
dernas corrientes literarias, lo que prueba la extraor- 
dinaria flexibilidad de su talento, ha escrito en “Bi- 
chitos de Luz” breves y delicadas composiciones y en 
“Poemas Montevideanos” y “La Epopeya de la Ciudad” 
hermosos poemas descriptivos. 

De este último libro he elegido para su lectura, uno 
de sus cantos más primorosos y delicados, que pone de 
manifiesto la exquisita sensibilidad de este poeta que 
por algunos, se ha querido tachar de cerebral y de frío. 
Se titula el “Canto del Canillita”, que es un primor de 
emoción y de belleza. El canillita es el pájaro de un ala 
que se le va desplumando en su venta callejera, para 
concluir, vencido por el hambre y el cansancio en el 
triste desamparo de un imrtal. 



CARLOS MARIA PRANDO 


45 


“Ya te encontré 
pájaro de un ala, 
tu ala es de papel, 

a rayas negras sobre una hoja blanca. 

Ya te encontré 

pajarito que corre y salta 

sostenido 

por una única ala. 

Adherida a tu cuerpo 

con rigidez de atleta o de membrana, 

tu mismo a manotones 

grandes girones de papel le arrancas, 

y los esparces a tu paso 

entre la multitud urbana, 

la multitud que cruzas piando 

y eres como un ave 

que atravesase un negro bosque en marcha. 

Sobre un rayo de sol que en el ambiente 
tiembla como una rama 

te posas un instante, y cantas. 

* 

Y tú pregón pregona 
la efímera sustancia 
de tu ala. 

Tus manos la dispersan 
a los vientos que pasan. 

En la ciudad que se abre al nuevo día 
como una flor con pétalos de casas 
eres todo un latido 
vivaz del corazón de la mañana. 

Eres palpitación de clamoreo 



46 


LOS POKTAS TENDENCIOSOS 


desde que el sol se alza 
hasta que en el océano nocturno 
el ascua de oro, el barco iluminado 
de la ciudad naufraga. 

En los umbrales luego 
te acuestas a dormir heroicamente 
sobre el último resto de tu ala. 

Y, maldad de la calle, te salpica 
sus negros salivazos la calzada. 

Pequeño vendedor de hojas banales 

que reflejan la vida cotidiana, 

en tus manos aprietas 

tornada en tinta y en papel el alma 

de la ciudad inquieta y rumorosa 

donde tu grito clavas 

una y mil veces a través del día 

como un puñal de plata. 

Pequeño canillita, 

pajarito de un ala, 

pues que el infecto lino de la calle 

te macula el espíritu y lo apaga, 

yo te veo — maldita la miseria! — 

como una lacra. 

Y pido que los dioses te protejan 
contra el vicio y la crápula 
entre los cuales vives agitando 
tu única ala, 

no por cierto a manera de un escudo 
sino como una vela solitaria 
en la que soplan implacables vientos 
que impulsan yo no sé a dónde tu barca.” 



CARLOS MARIA PRANDO 


47 


No he pretendido en esta conversación hacer un 
estudio completo y profundo de la producción literaria 
de estos poetas. 

Me he limitado simplemente a caracterizar en su 
obra lírica el aspecto tendencioso. Todos ellos son va- 
lores indiscutibles. 

Pero si tuviéramos que pronunciarnos sobre sus 
méritos estéticos, nos pronunciamos por Emilio Fru- 
goni. 

Sintetizando las características de Vasseur, Falco 
y Frugoni en el campo de la lírica tendenciosa, me atre- 
vería a decir que, en el canto a la rebelión de la canalla, 
Vasseur se yergue como una montaña, enhiesta, altiva, 
orgullosa y única; Falco estalla como una llamarada 
devoradora que en su intrepidez todo lo quema y todo 
lo destruye y que de pronto se apaga; Frugoni se des- 
liza como los cursos de agua firmes y serenos que ru- 
gen en los torrentes, se adueñen en los remansos y fe- 
cundan los valles. Montaña, llama o agua, cualquiera 
sea su expresión, estos poetas han sabido, en nuestro 
ambiente, buscarle a la gran epopeya de las rebeldías 
proletarias la bella expresión lírica que merece, por 
ser el poema más hondo y más profundamente humano 
de los siglos. 




Delmira Agustini 
Por 

Emilio Oribe 




Delmira Agustini 


La pocHÍa, (1(> Delmira AKH»llni, ai)are('i(') reimlda 
(m lili Holo voliimi'ii, en IDllt, y eon el título de “IíOH 
(lálleeH VaeíoH". 

Da mlHiiia poetisa realizó mui. revisión, sidec'íd'O- 
uando de sus llliros anteriores un eiert.o número de 
poesías y aKi'eKaiido alfíunas nuevas. Su primer eoii- 
Junto “JOl Llhro Hlaii'co”, es de 11)07, y •‘(laiit.o's de la 
Mañana”, su seKniida obra, de 11)10. JOl libro lll,'ula<lo 
"Los dállees Vacíos”, eon im pórlle^o sin Imporl.anola, 
de Huilón Darío, (voii'lenía lo más duradero de la obra 
escrita basta entonces, y anunclalKi la iirejiamelón de 
“Los Astros del Abismo”, última asiiiraclón de Delnil- 
ra Apmllni, y cúpula (pie Iría «obre el coronamiento de 
sus cantos. Lse deseo no fuó realizado. l’osl,erlormein'l,e 
se cometió el error de iiubllcar, bajo 'títulos (pie había 
dejado la poetisa, toda su iirodiicclón lírLca, compren- 
diendo, no sólo aquello (|ue había (piedado Im'vdMo de 
1t)i:i a IDH, lo c;ual bubbu-a sido lo Juicioso, sino reu- 
niendo las iirlmeras obras, de los años de adolescencia, 
y (pie no a^renan valores al conjunto total. 

Lo únilco (pie se consiguió con eso, fuó revelar (pie 
desde niña, Delinira Afíustlni, escribió alKunas coni|io- 
slclones en revistas, y (|ue “Wl Libro Blanco”, revela- 
ción de BU Keiilo lírico, requirió ese aiirend'lzaje ¡ire- 
vlo e Iniiimso el sacrlflelo de aipiellos ensayos (pie nun- 



4 


DELMIRA AGUSTINI 


ca debieron hacerse conocer, de acuerdo con la misma 
actitud de la autora, que los desvinculó de su destino. 

Debemos desentrañar el secreto de la poesía de 
Delmira Agustini, oonsiderando únicamente “Los Cá- 
lices Vacíos”, publicados bajo la dirección de ella mis- 
ma y que reúne lo que escribió y publicó entre los años 
de 1907 a 1913. Existen algunas composiciones más, 
que entran dentro de la última modalidad de la autora 
y que aparecieron en 1914, a principios del año, y que 
merecen ser tenidos en cuenta en estos análisis. 

Delmira Agustini presenta inmediatamente al que 
quiera estudiar su obra, tres grandes enigmas. Plan- 
téanse tres grandes problemas o ejercicios esenciales: 
el enigma de la creación poética realizándose en pla- 
nos muy elevados de perfección, y en una mujer su- 
mamente joven, que a los veinte años ya pudo expre- 
sar cosas extraordinariamente bellas y originales. 

El enigma de la posibilidad del genio lírico, mani- 
festándose en la poesía femenina, problema que se 
planteó por primera vez por los griegos, al estudiarse 
la personalidad de Safo, y que de tiempo en tiempo se 
renueva. Es decir, la aptitud de la mujer para revelar- 
se en la creación lírica, comunicando en el verso lo 
que particularmente le pertenece como don de su na- 
turaleza y en grado extremo e íntimo. El otro enigma 
es más discutible. Por lo menos no es formulable sino 
concibiéndolo como una consecuencia de los anteriores. 
Se revela, en este caso, en muy raros elementos; en 
aquellos en que la interferencia de las ideas y los pen- 
samientos en la poesía, junto con la emotividad, haya 
hecho posible que el lirismo resultante pueda manifes- 
tarse también, sin experiencia previa, sin apredizajc 



EMILIO ORIBE 


5 


técnico, en formas muy cercanas de la perfección. Es- 
tas formas aquí, son versos, imágenes, dos o tres poe- 
mas breves, nada más; no son vastos poemas progra- 
mados. Esta manera de colocarnos, yendo como flecha 
al núcleo central de esta obra, crea una situación, por 
decir así, de simpatía simbólica, como dicen los este- 
tas alemanes, para valorar la lírica de Delmira Agus- 
tini. Se ha tratado de ir directamente, al mismo tiem- 
po, al problema de la creación poética en un ejemplo 
de los más significativos. Además, simplificando, po- 
dría afirmarse que estas tres perspectivas, en senti- 
do de la exposición de los tres enigmas establecidos, 
nos revela que la obra de Delmira Agustini, breve en 
contenido, va sufriendo aclaraciones y desplazamien- 
tos en la apreciación de sus aspectos más perdurables. 
Lo que en un principio pareció constituir la clave de 
la creación, pasa a ser elemento importante, pero no 
único en la fisonomía espiritual de la autora. Aquella 
visión de la mujer libérrima cantando su intimidad pe- 
euliarísima, y revelando su íntima naturaleza, ya no 
constituye el principal elemento de esta poesía. Lo más 
grave y difícil, lo más sorprendente, es lo otro: la po- 
sibilidad maravillosa de manifestarse el genio lírico, 
poético en abstracto, de hombres y mujeres, el genio 
lírico, que es transparente porque se halla en trance 
de dejar de ser humano, y que en la Agustini se rea- 
liza en poesías que son de la belleza y nada más; son 
del tiempo, de la duración, y no de tal hombre o mu- 
jer, de tales pueblos o de tal época. Los tres aspectos 
que se perciben en esa poesía no se hallan separados 
entre sí. Es decir, no hay grupos de poesías escritas 
en tal época, en las que se realice la creación siguien- 



6 


DELMIRA AGUSTINI 


do determinada corriente. En realidad, eso indicaría 
una coordinación buscada, y de acuerdo con la realidad 
poética y la externa, no fue posible que sucediera así. 
Lo que ocurre es que en mucbas poesías existen re- 
velaciones de las tres tendencias, o que en otras, apa- 
recen en forma larvada, o en otras predominan unas 
con sumisión a las demás. Son como franjas de mate- 
ria lírica, que se extienden a lo largo de toda su crea- 
ción; como esas franjas de luz móvil que el viajero 
va siguiendo sobre el lomo de los ríos. 

La última advertencia y de carácter fundamental, 
es que estamos comentando un temperamento espon- 
táneo y originalísimo. Nada de lo que aquí se mencio- 
na debe atribuirse a influencias de lecturas, o debi- 
das a una cultura superior indeterminada y rica a la 
vez. Nada de eso. No fué posible esa confusa interven- 
ción. Se trata del análisis de un lirismo auténtico. Las 
influencias de las lecturas o estudios en Delmira Agus- 
tini,- fueron externas e insignificantes y se revelan en 
algunos giros o vocablos sin mayor valor, que se caen 
del resto de su obra. 

El hecho es que, de pronto, con “El Libro Blanco”, 
Delmira Agustini, reveló su genio lírico, certeramente, 
con un cierto grupo de poesías que no había de supe- 
rar después. Esto nos obliga a considerarla, desde ese 
momento, incluida entre los grandes inspirados. La ins- 
piración, en el sentido del diálogo platónico, sólo po- 
dría explicar ese milagro. El Dios que comunica al ba- 
rro sus pensamientos y músicas, para que aquél las 
trasmita a los hombres y se formen las imantadas ca- 
denas. Aunque nuestra razón no se complazca en afir- 
marse estrictamente en la vieja experiencia socrática 



EMILIO ORIBE 


7 


a que fué sometido el rápsoda triunfador de Epidauro, 
nuestra interpretación de esa época de Delmira Agus- 
tini d'ebe intentar auxiliarsie en esas creencias u otras 
afines. Ovidio, el romano, cantaba por un Dios que lo 
habitaba, dictándole a los demás hombres la armonía 
pagana de sus poemas. Ocurre que el elegido trasmite 
la voz del cielo, y dictámenes incomprensibles en deli- 
rio sacro, y ahí andan la« revelaciones proféticos y los 
vaticinios de las pitonisas y de los santos. La poesía 
entonces es revelación, santidad, éxtasis y música. To- 
do puede trasmitirse en los momentos del trance, y el 
poeta, en esta circunstancia ha sido definido por uno 
de ellos, que fué poeta en grado absoluto, como Shel- 
ley, cuando decía: “la poesía actúa de una manera di- 
vina e instintiva, depasando y dominando la concien- 
cia.” “La poesía salva de la muerte las visitas de la 
divinidad en el hombre”. 

Nos quedamos con estas tentativas de explicaciones, 
porque dentro del enigmático mundo de la creación, pre- 
ferimos seguir creyendo en el testimonio de los poetas 
y además, porque invocar la intuición y el subconsciente 
es escamotear el problema. 

El subconsciente es el escamoteo del Dios sentido 
o imaginado: escamoteo que intenta en vano realizar 
hoy la teoría. 

Delmira Agustini se coloca inmediatamente en esta 
categoría de creadores. Creación inspirada y directa, así 
es la suya. Lo más notable es que, en sus fuentes, la 
creación no es apasionada ni violenta. No está estre- 
mecida por la turbulenta música verbal y anímica que 
la dominó después. Las experiencias de un lirismo pro- 
fundo se realizan a través de ella, sin perturbarla ni en- 



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DEL.MIRA AGUSTINI 


ceguecría. Con sublime diafanidad, su carne trasmite la 
palabra suprema y el canto lleno de idea, se corporiza 
en formas definidas y claras. He aquí, pues, que dentro 
de este misterioso modo de revelación lírica, hay anida- 
da y confundiéndonos, una contradicción. Ese debió ser 
el momento en que el titubeo o la pasión, o la experien- 
cia rectificándose, debieron diotar a la poesía de Delmi- 
ra Agustini, una expresión estremecida o delirante en 
extremo. 

El hecho lírico, el milagro auténtico, se revela, co- 
mo en la santidad precoz de que están llenos los oríge- 
nes de las religiones, integrando la sabiduría inmedia- 
ta, la serenidad y en ciertos momentos la perfección. 

Puede considerarse que la mayoría de las composi- 
ciones de “El Libro Blanco” de 1907 participan de estas 
virtudes. Queremos en este momento detenernos más 
aún ante la obra de Delmira Agustini, que desde ya se 
anuncia por ser exclusivamente lírica, como sucesión 
de estados, cuyo argumento se desarrolla en la intimi- 
dad de su ser y nada más. 

Si hay ideas, son ideas poéticas, tan fugaces de 
definir o de captar como las ideas musicales. Lo creado 
en estos ejemplos de lo que la lírica, logra concretar 
en ciertos seres predestinados, que, por una modalidad 
especialísima, adquieren la virtud angélica, doblemente 
angélica por su claridad y eu pureza que la logran 
hacer perder las patricuiaridades carnales o humanas 
de tal mujer o tal hombre. 

El bagaje material de esa poesía es casi nulo; el 
limo de la carne, especie de pecado original, que trae 
cada poeta en su destino, se ha transfigurado total- 
mente desde ya, haciéndose luz o música. Hay una voz 



EMII^IO ORIBE 


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que canta así en la Edad Media y es aquel joven Dante 
de los sonetos y las canciones. Hay otros que lo su- 
peran por momentos y con Keats y Shelley. 

Oigamos estas poesías, de Delmira Agustini, ahora, 
y notemos como no hay disonancias en tales aproxi- 
maciones. La poesía inicial de toda su obra se titula 
“El poeta leva el ancla": 

El ancla de oro canta ... la vela azul asciende 
Como el ala de un sueño abierta al nuievo día. 
Partamos, musa mía! 

Ante la prora alegre un bello mar se extiende. 

En el oriente claro como un cristal, esplende 
El fanal sonrosado de Aurora. Fantasía 
Estrena un raro traje lleno de pedrería 
Para vagar brillante por las olas. 

Ya tiende 

La vdla azul a Eolo su oriflama de raso . . . 

¡El momento supremo!... Yo me estremezco; ¿acaso 
Sueño lo que me aguarda en los mundos no vistos?. . . 

¿Tal vez un fresco ramo de laureles fragantes. 

El toisón reluciente, el cetro de diamanites. 

El naufragio o la eterna corona de los Cristos? . . . 

Se trata de una poesía lírica en su más definida 
esencia. No es la voz de una mujer, ni la de un hom- 
bre; participa de ese carácter angélico, con que vienen 
revestidas las mejores revelaciones del lirismo. La poe- 
sía, de un solo trance de inspiración se ha revelado 



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ni'lLMIRA AC.IISTINI 


dirH(?tamont(3 oon una creación ((uc ae deavincula de la 
vesUdura luimana. Ea una inioiKinada aventura viajera, 
de cairácler altígórico, como es en último tórmino la 
poesía (pií' la imap;liim>ción <ir(>a, más allá de los datos 
de la realidad o de la experienicla interna. El elemento 
líricO' lo (lue la imaginación diáfana y difluyente crea, 
se tiene (pie ajioyar, para per|>etuars(' en la Idea ale- 
górica. la Idea v(!cina de la idea iiura, que es más 
poética cuanto más vaga y mimkíal se vaya manlfee- 
lando. 

El ])ensamiento <lel filósofo también ¡mira soate- 
nersí'. en «u a-scenslón haeda (íI círculo de las ideas eter- 
nas necesitó apoyarse en las alegorfais que siembran y 
cmbeliecen el coloíiuio platónico, y lo mismo suc;edió 
con ios místicos en ios tratantc's de la sublimación in- 
finita d'(' las palabras. 

Aquí el ]>oeta, díctenos: 

El ancla de ore» canta. . . la vela azul asciende. 

En el oriente ciaro, corno nii cristal espiende 

el fanal sonrosado del allra. 

Se realiza la inis¡)iraclón con exaedos tractos y de- 
finidos contornos. Las palabras, bien ajustadas en la 
explicación, dibujan nn i>anorama de mar por donde se 
desllaa unai nave scrcmamente. La matización de los 
estados de alma, está bien construida. Si la idea ini- 
cial está hábllmcmte irenisada, «u reallzaclcVn formal se 
va desenvolviendo como en un poeta de experlenc'la y 
dominio de los recursos artísticos. 



EMILIO ORIBE 


11 


Llega un momento, sin embargo, en que la expec- 
tativa se confunde con un estado de emoción vivísima. 

El momento supremo. Vo me estremezco, ¿acaso 
sueño lo que me aguarda en los mundos no vistos? 
Tal vez un fresco ramo de laureles fragantes, 
el toisón reluciente, el cetro de diamantes, 
el naufragio o la eterna corona de los (Iristos?... 

Si nos detuviéramos en los primeros versos, po- 
dríamos comslderarlos integrantes de un canto de poeta 
de una civilización como la griega, o un inglés de aquel 
romanticismo helenizante de prinicpio del siglo XIX. 
En la antigüedad, sin embargo, habría, que ubicarlo, 
en caso preciso, y concretarlo en un joven que se ha- 
lla dispuesto a atreverse a una aventura. Sin embargo, 
en las viisones últimas, hay un elemento, de índole más 
moderna, un estremecimiento de duda y de presagio, 
que nos induce también a pensar que ese canto puede 
ser un canto de un alma cercana de nuestros tiem- 
pos. 

Pero, como hemos identificado a eiste instante de 
lirismo de Delmira Agustini, con los trances angéli- 
cos de revelación y adivinación, pensemos también que 
el final de la poesía bien puede encerrar la clave del 
destino de la mujer que la escribió. Leyendo este poie- 
ma, muchas veces he pensado, que entonces la poe- 
tisa apareció ya con el privilegio maravilloso y trá- 
gico a la vez de aquella Casandra de Esquilo, que po- 
seía el don de la adivinación y que, aun cuando el amor 
la conmovía, al mismo tiempo iba leyendo su destino. 



12 


DELMIRA AGUSTINI 


por anticipado, bebiéndolo como un vino amargo, an- 
tes de vivirlo, mientras él tendía a realizarse, a pesar 
de todo lo que hiciera ella por impedirlo. Gomo Ca- 
sandra en la proa de su nave Delmira Agutsini desde 
ya se estremece en esa simbólica oomposición y adi- 
vina lo que le preparam Eros y la muerte. Oontrasta, 
en efecto, la feliz ligereza con que ese viaje se inicia, 
y se desarrolla el tema en los cuartetos, con lumino- 
sidad pagana, para cambiarse en ese final lleno de pre- 
sagios en donde el poeta, inconscientemente, nos„des- 
cribió su futuro destino “más allá del cetro de dia- 
mantes. El naufragio, o la eterna corona de los Cris- 
tos”. 

La otra poesía que sigue, entre estas primeras, se 
titula “Por Campos de Ensueño”. 

Pasó humeante el tropel de ios potros salvajes 
Feroces los hocicos, hirsutos los pelajes. 

Las crines extendidas, bravias, tal bordones 
Pasaron como pasan los fieros aquilones. 

Y luego fueron águilas de sombríos plumajes. 
Trayendo de sus cumbres magníficas visiones 
Con e)l isereno vuelo de las inspiraciones 
augustas, con soberbias de olímpicos linajes. 

Cruzaron hacia oriente la limpidez del cielo; 

Tras ellas, como cándida hostia que arranca el vuelo. 
Una paloma bianoa como la nieve asoma. 

Yo olvido el ave egregia y el bruto que foguea, 
Pensando que en los cielos solemnes de la idea, 

A veces es muy bella, muy bella una paloma. 



KMIUO OaiHK 


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Aquí, el elernenUj propliaanente lírico, #e halla mez- 
clado cotí Ideae o m&» bien, la poenía arranca en el 
alma del lieotor una reeotianicla de Idean. Diríamoe que, 
también eeta poenía, nln poseer el don angélico de la 
primera, por el het;ho de intwniairse Intuitivamente en 
las Ideas, ha perdido mi individual raíz humana. Todo 
lirismo superior se eleva más allá del cuerpo. En cuan- 
to empieza a d'c»dibujars<} el contorno del hombre, el 
poeta muévese con más alegría. Este prwHiso que con- 
duce a la ld(a de la deshumanización, no implica la 
deshumanización de la poesía, sino que señala un pre- 
dominio de ciertos elementos, alejados de lo corporal, 
I)ero que en su exlstcmda llevan Implícitos los más 
altos atributos. Ideas atistracjtas o sentimientos muy 
exquisitos del alma huim'aina. 

Analizando esta poesía de Üelmlra Agustlnl, tene- 
mos que confirmar que aquel csjiíritu era sumamtmte 
raro y qi*e <'on»tltuye un tsaso de verda<lera exiierien- 
<;la lírica. Piuíde notarm; en el ejemplo, como de la 
suma de una serie de imágenes y de antítesis se llega, 
como quien construye un edlfkdo, a la exposición de 
ima Idea jKiétlca, únicamente. 

Üe la misma éi>oca, y participando de Idéntica par- 
ticularidad reveladora, son las composhdones "Racha 
de Cumbres”. "El poeta y Ja diosa”, "Amor”, "El intru- 
so", "Desde l..<!jos”. 

Por momentos, en una poesía, como "MI Oración", 
la inspiración, que se mantiene al principio en xtn tomo 
de fantasía y lirismo, como un juego desprevenido, va 
paulatinamente transformándose, para llegar a un ins- 
tante, graduado admirablemente, en que las imág^nus 



14 


PSUbMIRA AOUMTINI 


y lo» iientlml«Dto«, »e int»l«otuallzan, rev«l&n4oi^o« un 
concepto lii«aperado. audaz y Krande qu« noa a«u>mbra. 

MI templo eatá «dlá tnui de la a«lva huraña. 
Allá «alvaje y irliRe mi altar «a la monCafta, 

Mi cúpula loa cleloa, mi cáliz d de un lirio: 

AVlá, cuando «n la« lardea lentaa, la mano extraña 
Del <n*e|)úa<nilo enciende en cada eetrella un cirio. 

I\)r entre loa fantaamaa y laa calmaa del monte. 
Va mi muea errabunda, abriendo un horizonte 
£}n cada ademán . . . Hija del Orgullo y la Sombra., 
Con loa ojoa máa fienta e intrlncadoa que el monte, 
Dana, y el alma grave de la aelva ae «uaombra. 

Y allá en lae lardea trkitea, al pie de la montaña, 
S<n*cna, blanca, muda, con eapiendorea de antro. 

Erige la plegaria au torre de alabaatro. . . 

Y oa la oración máa honda para mi muaa extraña. 
Tal vez porque hay en ella la voz de la montaña 

Y el homenaje mudo de la natura grave . . . 

Ba la oración del alma, flor grandioaa y huraña 
De loa grandea deaiertoa. En loa temploa no cabe. 

La obra de entoncea, noa ofrece, ademáa de eatoa 
poemaa, uno definitivo, y que hace que nueatro aná- 
Hala «e encuentre frente a lo máa aaomhroao que ae 
pueda oom*blr. En ©feoto, en eae libro a«i encuentra 
la |K>0aía "Mia Idoloa", que conjuntamente con la "Ple- 
garia de Eroa", encierran k) máa <mlminant« de Del- 
mira Aguatini. y que deliberadamiente, dejaré para el 



EMILIO ORIBE 


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final, cuando estudie la presencia de las Ideas en su 
obra. La investigación en este sentido de poesías, puede 
continuarse a través de la obra posterior. Sin embargo, 
al final, según confesión propia, en “Los Cálices Va- 
cíos” surgidos en un bello momento hiperestésico, esa 
poesía es sustituida por otra, turbulenta, apasionada y 
dominante. La suplanitacilón se realiza poco a poco. 
Es curioso oonsitatar que el amor, al ser cantado por 
la poetisa, fué transformándose. Siguió la marcha in- 
versa al camino de los enamorados del concepto gentil 
y reverente del amor, los cuales, partiendo de la carne, 
se van haciendo más puros, inteleotualizándose, en 
igual grado que el alma del que experimenta se eleva 
y purifica. Ruta ascendente, de reverencia y renun- 
ciación, cuya trayectoria se sigue en Dante, desde el 
principio de la Vida JTueva a la última parte de la Di- 
vina Comedia, en que el aimor, transformándose, de 
sensación a sentimiento, y de éste a inteligencia de 
amor, se hace más sublime aún, hasta consagrarse en 
idea teológica. 

Nuestra poetisa en planos distintos, y en grado 
más limitado, hace la transformación de la idea poé- 
tica del amor, en embriaguez de los sentidos, en entu- 
siasmo inmediato y fugaz y engrandecido por el roce 
de la muerte. “Los Cantos de la Mañana”, de 1910, 
anuncian ese cambio. Por momentos, en la desnudez de 
ese desborde amoroso, aparecen, como especies de lla- 
madas de la poesía angélica superior, algunos poemas 
que marcan un lirismo indeterminado, pero riquísimo. 
¿Qué sentido tiene esta composición, que intenta de- 
tener el movimiento que ha tomado la poesía de la 
Agustini? 



16 


DIOLMIRA AOUSTINI 


llacíi tiempo, aljíún alma ya borrada fué mía. . . 

Se nutrió de mi sombra. . . Siempre que yo quería 
El abanico de oro de su risa se abría, „ , 

O su llanto sangraba una corriente más; 

Alma que yo ondulaba tal una cabellera 
Derramada en mis manos. . . Flor del fuego y la oera. . . 

Murió de una tristeza mía. . . Tan dúctil era, 

Tam fiel, qm; a veces dudo si pudo ser jamás. . . 

Da imaginación, plástica en general de la autora, 
se complace en una ensoñación vaga, con reminiscen- 
cias brumosas. Tal vez antes de ser absorbida por el 
clesborde jiaslonal, la clara armonía poótic» que en su 
alma luchaba aún, es derramó en esa confesión mu- 
sical, en que alegoría y sueño se confunden. Pero es 
una exquisita visión terminal, que va a ser sustituida 
por más concretas sensaciones. El alma angélica ha 
huido para dar lugar a los raolmos de palomas de 
Eros. Estas están desde ahora presidiendo la inspira- 
ción de Delmira Agustinl y a su lado brlllain los ra('l- 
nujs generosos y las («’áteras del amor. 

ija (;ame enciéndese, y un aroma esi>eso embriaga 
a la miijeir. Es ei instante en que debemos estudiar el 
segundo enigma de la poesía de Delmira Agustín!. 

Ante todo, este aspoí-to en aqucdlo que tiene de 
corporal y dominador, es menos imjKmtante que el otro. 
Fué el más imi)re8Íonan.te, y para muchas personas la 
I)oi’SÍa de ella está toda definida por esta modalidad. 



EMILIO ORIBE 


17 


lo cual es Incompleto y errónea a la vess. En este Jui- 
cio colaboran muchos elomonitos Impurbs, extra poéti- 
cos. Elementos que se incorporan a la poesía de la 
Agustlnl, debidos a los hechos determinantes de su dra- 
mática muerte, ha, vida dominó por un tiempo a la 
poesía, penetró en ella y la Imaginación de las gen- 
tes armonizó en un solo aspecto, los ríos diferentes 
de la vida, el amor y la poesía, y enturbió así a esta 
última. Además, entre otras contribuciones más Impu- 
ras 'aunque se mezclaron, están las relacionadas con 
la individualidad femenina en general, y su aptitud 
para revelar con entera libertad sus sentimientos con- 
tenidos por las costumbres o el pudor. Tanta fuerza 
adquirieron estos argumentos, que no pertenecen a las 
leyes de lo poético y que ensombrecen la calidad de 
un temperamento excepcional, que han llegado hasta 
enturbiar los otros valores de la obra y construir una 
figura de mujer, sobre la imagen de la poetisa que, 
es seguro, tenderá a Ir desvaneciéndose con el tiempo. 

En gran parte, la generalidad obedecía a una es- 
pecie de prejuicio, muy divulgado jior la fuerte fiso- 
nomía do algunos románticos, cuyo representante más 
conocido es a] mismo Myron. La vida del autor va es- 
coltando a la obra, más allá de los tiempos, como un 
tiránico fantasma y a veces entre ellos se enitabJa una 
tiránica lucha por perdurar. 

La jioosía de la Agiwtlnl se confundió en general 
como una Imagim reiiresentativa del amor, del amor 
oonfTeto, del erotismo, con sus iiromesas o frutos que 
dejan el amargo salior en la lengua y la ceniza, al fin, 
entre los dedos. 

En otra serle de composiciones que existen en la 



IS 


DELMIRA AGUSTINI 


obra, d'&sde el principio, pudo la mujer expresar un 
lirismo encendido. A propósito he escrito la mujer y 
no el poeta, pues paira éste, ya he trazado una zona de 
esferas fijas, más universal y que aunque sea a riesgo 
de irla a confundir con una abstracción, es sabido que 
se ha podido describir en determinados ejemplos. 

La impresión que deja este dominio erótico de la 
obra, es que también participa de la intensidad de lo 
que es hondamente lírico. 

Lo que sí, es diferente de la anterior categoría ya 
especificada. 

Lirismo significa efusión de intimidad; lo más in- 
dividual y oculto, se manifiesta en formas bellas. El 
individuo capaz de esta confesión- debe darse total- 
mente y lo hace incorporando un nuevo modo de sen- 
tir lo bello, un matiz, un sentimiento, un ente vivo, 
en fin, al arte de los tiempos y en especial a la poe- 
sía y a la música. Pero observando bien, podríamos 
hallar también varias categoría de lirismo. El del poe- 
ta como tal, indeterminado y eterno, que no tiene apa- 
rente carnal vestidura, y que es santo, ya músico, ya 
solamente lírico. 

Después el lirismo, llamaríamos diferenciado. El 
lirismo varonil y el lirismo femenino, que cantan con 
un tono distinto, con sus particularidades enérgica- 
mente definidas, como las voces graves de los hom- 
bres y las agudas de las mujeres y niños en la alter- 
nancia de un salmo litúrgico, y hasta hay más; existe 
el lirismo genérico, el lirismo de raza, el lirismo le 
escuela, que se manifiestan de muy distintas formas. 

Las escuelas, en cierto grado potencializadas en 
un poeta, destilau un producto lírico, artificial, pero 



EMILIO ORIBE 


19 


muy valioso en último término. Una alquimia lírica, 
difícil, muy exquisita e intelectualizada delicadamente, 
como ocurre con el estilo nuevo de la época de Guido 
Cavalcanti y la poesía del Renacimiento y del simbo- 
lismo, épocas terminales, de perfecciomamiento, espe- 
cies de culminaciomes de artes, enrareciendo a la poe- 
sía lírica en su afán de hacerla más elevada. Castigo 
horrible éste, como el qne sufre quien se elevara a 
la vecindad de la etérea esfera, con el afán de edifi- 
car allí su castillo y poder respirar bellezia más pura y 
más libre y que solamente logra caer en enigmas o en 
fracaso. 

Así como las almas, en su fábrica íntima, pueden, 
con elementos no cognoscibles o inconscientes, produ- 
cir una poesía que llamaríamos lírica, los poetas y 
las escuelas, a modo de organismos vivos, o en ma- 
nejos de alquimistas, pueden también, combinando teo- 
rías, palabras o conceptos, destilar una sutilísima 
esencia lírica: el lirismo indeterminado y puro de los 
alejandrinos o de Mallarmé, por ejemplo. 

Pero el lirismo que corresponde atender aquí es 
el que se desprende de la mujer que escribió aquellos 
cantas eróticas de “Los Rosarios de Eros”. La mujer 
tiende a la intimidad. No ha expresado casi nunca su 
verdadera naturaleza lírica al artC'. Por muy diversas 
causas y entre ellas, una no ocultable: por la inca- 
pacidad que supone el pudor. En tomo a esta aptitud, 
se complican los problemas de la intención o el deseo, 
y la realización artística. El nombre de Safo, perfuma 
la antigüedad greco-romana precisamente porque do- 
minó esO', porque expresó un lirismo' personal dife- 
renciado del varonil y logró cristalizarlo en revelado- 



20 


DKLMIRA AQUSTINI 


nes eternas. Pero, para ese ejemplo, se requieren sa- 
orificd'OB enormea. La publicidad de los sentimiento® 
de las grandes poetas, en la mujer está vedada por 
ser ésto^ absolutamente íntimos, y además, porque aun 
cuando se expresen bien, pueden no «er representati- 
vos de todas Jas almas, sino de una limitada alma, 
que hallará correspondencia afectiva o eco en otro ser, 
I>ero nada más, y esto no llega a interesar a la poe- 
sía, la cual realmente empieza a vivir desde el mo- 
mentó en que todos los que la leemos nos reconoce- 
mois en ella, es decir, cuando se abre aquella puerta 
del laberinto cuya clave posee el Dios que habla a 
través de nuestra carne, o cuando lo reconocemos en 
la llama que ha dejado allí al nacer, nosotros. Ero®, 
por si solo, no llega a ser ese Dios; nos puede dictar 
insignificancias. Lo único que puede hacer es encami- 
narnos al encuentro de aquel Guía inseguro, además, por 
su ceguera. No quisiera alejarme más, en torno de lo que 
impura o secundajriamente aparece incorporado a la 
poesía femenina. El hecho es que ella existe, expre- 
sando cistadíí de alma muy origínalos y poderofeos, 
directamente, sin apoyarse nada más que en la oculta 
psique de la mujer inspirada, y que, desde Safo a la 
Agustini, como ángulos enclavadas en la carne, cerca 
de la tierra, hasta Teresa de Jesús, como vértice li- 
berándose en el cuelo, ha dado oreacñones, que se ase- 
mcíjan en muchas modalidades, además de ser únicias 
y difícilmente superables. 

En primer término en la Agustini hay que no- 
tar que el lirismo ercítico es directo. 

Expresado, en efusión plásticamente realizada, con 
riqueza de ritmos y colores, pero sin apoyarse en la be- 



icMii-io oium üi 

¡la compllclda/l <l<i la naiimihizn. No palBaJe, pro- 
picio para «Imbollzar o «ntretcncr al amor. J^a fuer7.a 
pánica de lo« boK<iiieH o de lo» ríOK no acompaña con m 
rumor al ritmo do la mánUai de KroH, í|ue la embriaga 
y d<i«vaneí5e prrr hu niágloa y <5Xtraor<llnarla fuerza, 

Hf algún elemento da la realldaxl aparexje, lo bacx* 
con la máua^ra del aueño, o ataviado a manera <le Ima- 
gen o aímbolo, con el único fin <lie que el llrlamo He 
apoye y encuentre rein*<iftenta<dún «>ncret,a. No vlú 
atímUmentc Iom varladÍHlrnaH fonuaH y e,| valor díM*- 
m*IpfcIvo de km temaiH de la naturaleza, y hu amor tío 
«e detuvo a contemplarla con>o truaparentándíHíe o 
confunxllúndíjMe cmi ella, íajH i«il»aJíiH (juc pmMlen ai)a- 
reeer en lan ;)oeHÍaJH, no non vlntoH, non relámiíagíX» 
mcntabíH irt'eaílOH en la eml»rlaguez del amor o exitre^ 
HadoH en vlHUrnen, 

Todo, piUíH, Híí ínanlfííHl/) etj ella como c-onirlbu- 
clón lírica i»erHonal; por eno ch torrencial a vecen, deli- 
rante y confuHa otraH, con apariencia de lan Imágenen 
del enmieño, creadan en entupor dlonlníaco y confinando 
pf/r eafo último detalle, en la noción Intuitiva <le nwiH- 
tra fuga<!lda<l y <le la muerte. 

A manera de conflnnaclón de lo dicho, vayan ch- 
toH víiTHOH, Kn el prlmíu’ lll/ro ya m conflena: 

Imagina mi amor, amor que quiere 
vida ImpoHible, vhia Hohreliumana; 

Tú que Haben ni pcHun, mí eoiiMiimen 

alma y Hueño de Olimpo en carne humana. 

Al amor lo comdbló «oñándolo; 

y 

^ImpetttOMO, formidable y ardiente. 



22 


DELMIRA AGUSTINl 


Hablando el impreciso leng^uaje del torrente.” 

Luego, lo soñó “triste, 

como un gran sol poniente, 

que doblí» ante la noche su cabeza de fuego”. 

Este torrente, y este sol que cae, son creados, en- 
trevistos en la urdimbre de la imaginación construc- 
tiva, salidos de stu delirio imaginativo; no tienen su 
correspondencia en paisajes terrestres, no son torren- 
tes vistos o soles de la naturaleza, que la poesía se 
complace en vinoular con los estados emotivos cuando 
el amor se identifica con los paisajes de la tierra. 

“Amor, la noche trágica y sollozante, 
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura, 

“Tu forma fué una mancha de luz y de blancura” 

Esta forma, esta luz y esta blancura, son imáge- 
nes subjetivas, apoyándose sobre las otras, pero sin 
tener correspondencia en el mundo exterior. 

Otro ejemplo: 

“No valen mil años de la idea 
. lo que un minuto azul del sentimiento:” 

Más adelante: 

“Erase una cadena fuerte como un destino 
sacra como una vida, sensible como un alma.” 



EMILIO ORIBE 


23 


Totalmente distanciadas de la realMad externa 
son estas imágenes, que por contradicción, se apoyan 
en elementas de esai propia realidad. 

Unía cadena, sí, pero fuerte y sacra, que tenía una 
debilidad grandiosa, la de ser sensible como un alma. 

Esto, tan ilógico, sólo puede concebirse en el me- 
canismo de los sueños. 

En Delmira Agustini, pues, la poesía lírica no se 
adonia ni se apoya en ios elementos del mundo exte- 
rior, tampoco en los de la cultura y la experiencia, por- 
que le fué imposible, tampoco en lo accidental del tiem- 
po o de determinado país. 

Si estriba en la objetividad, lo hace para hundirse 
más rápidamente en lo que es del sueño. Casi diríamos 
que no hay variedades en estas poesías, o mejor, no 
hay variación panorámica. Es un tema único el del 
amor, en su triunfo, sí, pero en su aniquilamiiento tam- 
bién y naufragio. 

El transcurso se hizo cándidamente primero, se 
concretó después sobre la felicidad y la miseria del 
cuerpo, allí entonó deliciosos y mágicos cánticos, y por 
fin, desembocó en la idea y el hecho de la muerte. 

La mujer de la poesía griega, pudo contentarse 
desde su isla de Lesbos, con ser la sacerdotisa del do- 
ble culto del amor y la belleza. Sus ojos se detuvieron 
y sus manos pudieron acariciar, sobre diáfanos mares 
y colinas, la frente de los efebos. Por eso pudo ador- 
nar la embriaguez de su canto, con rosas y jacintos y 
congregar a su alrededor a los elementos de los ríos 
y de las aguas. Un fragmento de Safo, dice; “Enlaza 
con tus manos delicadas, o Digké, las guirnaldas alre- 
dedor de tu cabellera; bellas flores ayudan a la gra- 



DIOI.MIIIA AClUS'l'lNr 


uno Nopiira lii vista «lo una fronto sin o(»rona «lo 
ÍI«h-oh”. 

líjiy u(|uí linorom, gpiwíloiHo niovliniíMilo do oxprc- 
oionoB (í iniániMiioH «mo no env«íj«'<’'’n non Iob bIkIoh. 

‘M']l amor nio tortura, 4l<«iiiai1or «Lo mis nilonibros, 
dulco y amarK'o a la vok, monstruo Invonolhlo”. EbIuh 
l'rafíiiKMiloiB y lo's «|n<* «íkiioii nívolati ol (loniiniintí' im- 
piilHo (lol juiior, en V()lvl«yn;(l<) a hi nitij<vr «'ii una <íS|>(íc,í<‘ 
(lo rínKlioicui a^;rui(lal»lo «Uí «'‘«(a, «luo al inisimo tiempo híí 
vlnoula y adorna (X)n loa tcHoroH ti(í Ja Morra. No exls- 
1(\ i)osll>lli(la(l 'do («xinparar '«ihUi forma d'«' oapll iilaoiíHi, 
con iJKiU'olla inaiHüra d<‘ «roiUMiblr ol amor, «^oii Kljíii'do 
('XdlMsivisino, (|uo oxproiai) la AkiimUiiI, on dondo on ca- 
da. iiiMiatilo «o ascKdan o Im-lian la miiorLc' y ol I lempo. 
Ma n (oh do C/aijltulaídfni, ap«)yáni(k>H«' Hol)r«í «d ou('rj»o o 
HoUrcy HÍ inlHinos, ai«lánd'OS(í de lo (¡xleirn'o, pai'a l)uacar 
la (Huiipafiía 'de ku limiKon. y «d Hontimiealo, nada mfíH. 
Idri'smo (jiK! so eoníent.ra y apoya on su propia soin- 
Iwa, jMura Intoiitar liaccyrse v<u*da'doranu'nttí «rroador y 
más denso y Urrrlblc'. 

No bay expan&hni ni c.omplleld.ad dcd sor indivi- 
dual con ol inundo oxterno y su fiosta, sino por «jI oon- 
(rarlo, una pormaneuü! fklididad do oso sor (rtm su oson- 
< la fundamontal. 

JlcíHitaíjiiomos (ystos «íjiMnidos: 

“; Aohso fud on un inaroo (l<j ÍIus1«mi 

on ol profundo ««sp(«J«> «loi «Losim, 

o fiid divina y siniploiiionto on vida 

<1110 yo lo vi volar mi siioño la otra n«)olior* 



^I<in riil alroha a^raiulada da saladad y miada, 
taciturna a mi iada aparacista 
cama un iiaiiKo k'ÍK'iiii 1<S miiarta y viva, 
brotada an laH rincanas da la nacha. . 

Eh la vi'Hióii i(l(>inina.iil/(‘ on la ol)m de; l>(!lm¡ini 
AKUMtini; an (wo, (lijáraw; (|iii(í »u alma vivió onalaniH- 
trada ■an hí miiBina. (lomo una natiurala/ia madloaval, 
con l'ois ojos (•(ürrajdoH al mundo inanimado, jmvi'o coji la 
j)(‘rc(!j>ción la-Kiiidísima de siiis propios dominios y do lo 
(pío pcMliría ol’nHMüf ol mislívrio dcí aípiol otro oiKi'rjK) 
ek'KÍdo o adivinadlo, liara su oxoiusiva dominación. En- 
toiHXíis di(;(>: 

Ki amanta idaai, ai asfiiipido 
Kn prodiK'ioH da aimas y <ia cuariios; 

Italia sai* vivo a fiiar/a da soñado, 

(jila sanara y alma sa ma va an los siiaños; 

Ha da nacer a dasliimlirar la Vida, 

Y ha da sar un dios niiavo! 

Las ciilaliras a/iilas da sus vanas 
Sa nutran da iiiilaaro an mi caraliro... 

Si allauna voz dosouliro liolioztm on (d munido, liu«- 
caró, lo más raro y torriliio, luira oisclavizarlo a su jion- 
samlcnito y ontroiíanlo al sor (|uo olla lia ol'owido. 

En osa <-|)ooa sus moJonos liimnos son jiara aialiar 
la iiorfoooión o la KTa-iidoza do los otros liutnanos o 
liara oomplacorso on la adoración dol liomliro (juo amó 



2G DELMIRA AfUJSTINI 

y isoñó. Pero esta modalidaid se alterna con el culto o 
el análiisiis de su propia individualidad, destacándola, 
potente y orgullosa sobre todo lo que en la tieirra exis- 
te. Tal característica se encuentra completa en dos de 
la;s más extraordinarias poesías que dejó esta moijer. 
A propósito las hemos dejado jmra este instante. 

Bs el momento en que el lirismo de la Agustini 
realiza el completo milagro de asociar el sentimiento 
y la idea en la más adecuada forma. 

Aun cuando el 'tiemjpo destruyera o envejeciera 
('xpresiones, o que la concepción del amor o de la mis- 
ma poesía se transformara, y nuevos inspirados seres 
nacieran para expresarlos en muy distintas formas, ja- 
más podrán perecer los tesoros que se hallan reunidos 
en la “Plegaria a Bros”. 

Pero, lo curioso es que esta composición conquista 
esa grandeza y esa transparencia de lirismo precisa- 
mente porque el elemento lírico amoroso tiende a ha- 
cerse menos determinado. Ya no es el motivo del can- 
to, un amor; aquél que la hizo confesar antes: 

“Mi ulma es frente ii tu hIiiih romo 
el iimr frente al rielo”. 

o 

“Engastada en mis manos fulguraba 
romo extraña presea tu raheza!” 

No. Aquí el canto está dirigido a Bros, al mito, al 
Dios, y la expresión, al descentralizarse se diafaniza y 
se torna de nuevo lirismo de todo tiempo y alma a la 
vez, y hasta ecnimén feamente de todo ente poético. Dos 
veces se realiza ese transfigurador milag;ro: en la “In- 



EMILIO ORIBE 


27 


vocación a Eros”, pieza injustamente olvidada que 
abre el libro “Los t'álices Vacíos” y en “La Plegaria” 
la mayor altura de poesía alcanzada por Delmira Agus- 
tini. 

La invocación es ésta: 

A EROS 

Porque haces tu can de la leona 
Más fuerte de la Vida, y la aprisiona 
La cadena de rosas de tu brazo. 

Porque tu cuerpo es la raíz, el lazo 
Esencial de los troncos discordantes 
Del placer y el dolor plantas gigantes. 

Porque emerge en tu mano bella y fuerte, 
Como en broche de místicos diamantes 
El más embriagador lis de la Muerte. 

Porque sobre el Espacio te diviso, 

Puente de luz, perfume y melodía, 

Comunicando infierno y paraíso. 

— Con alma fúlgida y carne sombría. . . 

Nótese cómo paralelamente a la elevación del te- 
ma, la forma adquiere ajustado perfeccionamiento y 
riqueza. 

Los elementos materiales expresivos se han afi- 
nado exquisitamente. Las imágenes son justas, deno- 
tando un dominio certero de los versos y el torrente 
subjetivo contenido por la admirable ciencia, obedece 
sabiamente, y de un solo impulso, a las invencibles le- 
yes de la armonía. 

Pero esta armonización se ha realizado, dije, de- 



28 


DEL.MIRA AGUSTINI 


íendiendo a la poesía diel perecedero destino de aque- 
llo que en otros es puramente inspiración, y no ha ha- 
llado la forma helada, pero divina y segura, que la sal- 
ve. Shelley dice en su “Elogio de la Poesía”, que ésta 
es “una espada de luz, siempre desnuda, que consume 
la vaina que intenta contenerla. 

Si con esto, que intenta contenerla, Shéliey quiso 
referirse al concepto externo qhe intente definirla o 
explicarla, tall vez tenga razón. Hay una poesía que no 
puede ser reducida a concepto. 

Pero si hemos de aplicar la frase al problema de 
la poesía, en realidad la poesía será siempre la espada 
/de luz, 'desnuda en sí, pero que no consume jamás a la 
forma que la contiene, es decir al verso que la limita 
y la concreta en espada, y no en resplandor que se es- 
fuma en el espacio. 

Pero la altura conquistada en la Invocación es su- 
perada por el milagro realizado en “La Plegaria”. 

Señalemos la perfección de este prodigio lírico 
realizado sin titubeos. En aquella Plegaria, que es au- 
téntica plegaria, hay idieas; Vaz Ferreira las vió ya en 
el “Libro Blanco” y se detuvo asombrado ante la fa- 
cultad de tal poesía, de plasmar por anticipado y de 
un sondeo, lo que la inteligencia sólo puede conseguir 
por procesos sucesivos. En la invocación recientemen- 
te citada notemos aquello que, en lo psicológico, tiene 
valor de dato de estudio 

Porque tu cuerpo (el de Eros) es la raíz, el lazo 
“esencial de los troncos discordantes 
del placer y el dolor, plantas gigantes”. 



EMILIO ORIBE 


29 


Termina esta breve poesía como lo suelen ha- 
cer los grandes simbolistas, estableciendo una suges- 
tión: Por todas las causáis que enumera dedica el li- 
bro, 

Con alma fúlgida y carne sombría. . . 

Se sabe que lo dedica. Ella, en un gesto maestro 
de la expresión no lo dice: de modo que ha llegado a 
lo más difícil! de lograr en el poeta: ahorrar términos, 
simplificar medios, decir lo más hondo con el mínimo 
de recursos de vocablos y giros. La materia lírica cul- 
minó en la perfección, no hay que tocarla más; si la 
tocamos se deshace. Después de esto, la Plegaria, es 
un paso más. ¿Quién habla aquí? Puede ser una som- 
bra de la antigüedad. Puede representar ese canto un 
fragmento lírico, arrancado de una tragedia de Sófo- 
cles. Una voz lírica no determinada de figura huma- 
na, ni soñada, se acerca a Eros, para interceder en fa- 
vor de los que no han sentido el amor, por muy diver- 
sos y tristes motivos. Los identifica con los viejos már- 
moles. El ruego no es exaltado ni violento y, sin em- 
bargo, es de una emoción profunda. Desde el primer 
momento el canto toma altura bruscamente como una 
inspirada columna, y después reinan la gradación y el 
equilibrio, manteniéndose ambos sobre la sinuoisidad 
evanescente de una plegaria. Da oración se eleva con 
belleza; casi diríamos que, para confundirnos más, la 
persona que se dirige a Bros, que lo ha gozado y que lo 
lleva en sí, como en su sangre para cantar, se ha tor- 
nado en apolínea. No es una plegaria inocente. La. voz 
que la levanta, por la manera sabia de expresarse, de- 
muestra que ha realizado aprendizaje y experiencia de 
amor. A pesar de ello, los sacudimientos se han sere- 



niCLMIRA AOIIHTINI 


:i() 

na/ílo, al volcarse en la fonna dúctil y soberbia y el 
<an(.o s(> exhala lentamente, matizado de Imágenes e 
Id't^as, • Ideas ante las que uno se detiene; Imágenes que 
por sí solas son unidades de polivalencia lírica, por su 
denso valor 


PLEdAIlFA 

- -lOros: ¿acaso no stuitlste nunca 
Piedad de las estatuas? 

He dirían <?rlsálldas de piedra 
De yo no sú quú formidable raza 
ICn una ('terna esp(?ra Inenarrable. 

Dos c.rátores dormidos de sus bocias 
Dan la ceniza negra del Hllenclo, 

Mana de las columnas de sus hombros 
Da moiibaja copiosa de la (lalma, 

Y fluye <le sus órbitas la no(;he: 
Vícdmas del Futuro o d(‘l Misterio, 

En capullos terribles y magníficos 
Esperan a la Vida o a la Muerte. 

Eros: ¿aca.so no sentiste niiiwa 
Piedad de las (ístatuas? 

Piedad i)ara las vidas 
CJue no doran a fuego tus l)onanzas 
Ni rlíigan o desgajan tus tormentas: 
Piedad para los cnierpos revestidos 
Del anniño solemne de la Calma. 

Y las frentes en luz (|ue sobrellevan 
(IrandíüH lirios mannóreos de puníza. 
Pesados y glaciales como témpanos; 



EMILIO ORIBE 


31 


Piedad para las manos enguantadas 
I>e hielo, que no arrancan 
Los frutos deleitosos de la Carne 
Ni la» flores fantásticas del alma; 

Piedad para los ojos que aletean 
Eispiirituales párpados: 

EJscamas de misterio, 

Negros telones de visiones rosas. . . 

¡Nunca ven nada por mirar tan lejos! 

Piedad para las pulcras cabelleras 
— Místicas aureolas — 

Peinadas como lagos 

Que nunca airea el abanico negro, 

Negro y enorme de la tempestad; 

Piedad para los ínclitos espíritus 
Tallados en diamante, 

Altos, claros, extáticos 
Pararrayos de cúpulas morales; 

Piedad para los labios como engarces 

Celestes donde fulge 

Invisible la i>erla de la hostia; 

— Labios que nunca fueron. 

Que no apresaron nunca 
Un vampiro de fuego 

Con más sed y más hambre que un abismo. — 

Pied'ad para los sexos sacrosantos 

Que acoraza de una 

Hoja de viña astral la Castidad. 

Piedad para las plantas imantadas 
De eternidad que arrastran 



32 


DELMIRA AGUSTINI 


Por el eterno azur 

Las sandalias quemantes de sus llagas; 

Piedad, piedad, piedad 
Para todas las vidas que defiende 
De tais maravillosas intemperies 
El mirador enhiesto del Orgullo: 

Apúntales tus soles o tus rayos! 

Eros: ¿acaso no sentiste nunca 
Piedad de las estatuas? . . . 

Es imposible desentrañar los antecedentes del 
proceso que guió la creación de este poema. ¿En dón- 
de pudo la Agustini, contemplar estatuas, así, blan- 
cas en ordenación de selva de museo? Imposible ha- 
cerlo en nuestro medio donde no las había y no las 
hay. El elemento plástico de partida, las estatuas de 
un taller o jardín no pudo sino adivinarlas. Más raro 
aún es la originalidad de la primera imagen. 

Se dirían crisálidas de piedra, 

De yo no sé qué formidable raza 
En una /eterna espera inenarrable 

originalidad bellísima, concreta y del rango de lo pu- 
ramente inteligible, se me presenta a mí, en ordena- 
das imágenes de orna sala de estatuas de algún museo 
grandioso. Pero en ella ¿cómo se pudo manifestar ese 
estado? ¿Dónde pudo contemplar estatuas sino en su 
mente, y elevadas por la escala de su milagrosa in- 
consciencia? 



EMILIO ORIBE 


33 


El resto de la poesía se presta a consideraciones 
análogas por su originalidad, perfección y armonía. El 
conflicto de fondo y contenido desaparece en esta poe- 
sía. La imagen encuentra su adecuación formal en 
una hipótesis preestablecida realizada antes de con- 
cretarse en el verso. Es una creación instantánea y 
perfecta, anterior a toda labor que al mismo tiempo 
establece un índice o timbre de jerarquía espiritual. En 
Delmira Agustini, la integración más bien es plástica 
e ideativa; no es nunca musical. La sorpresa que uno 
experimenta ante estos hallazgos es inmensa; no pue- 
de sin embargo el juicio estético adormecerse en el éx- 
lasis, sino que el carácter superior, el arrebato, el im- 
perio de la belleza creada por esta mujer, tienen la 
propiedad de imantar y provocar inquietud, como si nos 
halláramos frente a un abismo adivinado. Aquí hemos 
llegado a la culminación de la obra de Delmira Agus- 
tini. La ascensión de su lirismo femenino, de nuevo se 
ha volcado en el lirismo absoluto del primer tipo que 
se mencionó y estudió al iniciar este análisis y ambos 
se han unido como dos serenos. 

Además do estas revelaciones en que se armoni- 
zan sensibilidad y lucidez, hay en Delmira Agustini una 
forma de poesía, que aparece, predominantemente, re- 
cargada de ideas. Es decir, hasta ahora notamos lo 
que podríamos llamar el lirismo puro, en sí, pero con 
algunas imágenes, ideas, solidificaciones de ¡'oesía en 
él; después señalamos el lirismo humano, el lirismo 
erótico dionisíaco, a veces corporal, encendido y tur- 
bulento. Quedan en la obra algunas composiciones que 
escapan a estos estados. Se las encuentra en todos los 
libros de la autora. 



34 


DELMIRA AGUSTINI 


Para establecer grados, diremos que se inicia este 
ejemplo de poesía, en la Agnistini dO tiempo en tiem- 
po y por imágenes perdidas en las composiciones. Imá- 
genes inteligentes. 


Ejemplo: “El silencio, se diría, la 

voz de Dios que se explicara al mundo”. “El extraño 

dolor, 

de un pensamiento inmenso se arraiga en la vida de- 
vorando alma y carne, y no alcanza a dar flor.” 

¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida, 
que os abrasara enteros y no daba un fulgor?” 

Las noches son caminos negros de las auroras. . . 

Ah, tus ojos tristísimos como dos galerías abiertas al 

! poniente” 


Yo tenía dos alas, fulmíneas, 

como el velamen de una estrella en fuga”... 

Mis alas; Yo las vi deshacerse entre mis brazos: 

Era como un deshielo” — 

“Yo vivía en la torre inclinada de la melancolía 
Las arañas del tedio, las arañas más grises 
en silencio y en gris tejían y tejían.” 

Todas estas imágenes son inteligentes. I.ia imagen 
en los mejores poetas, asocia la espontaneidad y la per- 
fección. pero en los más grandes une también la pro- 
fundidad. Hay imágenes de gran belleza, como ángeles 



EMILIO ORIBE 


35 


caídos d'e las esferas fijas de la razón. Al caer en eO 
verso han traído un celesite resplandor que las nimba. 
Hay imágenes, ideas, sumamente diáfanas, que se es- 
fuman en las alegorías, como existen aquellas imáge- 
nes, que dice, que vienen del sentimiento puro, y que 
naaifragan en la música. De éstas no son las de Delmi- 
ra Agustini; sus imágenes se presentan de pronto nim- 
badas de un resplandor de divina inteligencia. Están, 
eso sí, en estado incandescente y 'puro; no tienen ma- 
terial subalterno o aleaciones y no pueden ser utiliza- 
das por el razonamiento o la lógica. No sirven nada más 
que para la belleza, en aquella zona en que está se pier- 
de gradualmente en la inteligencia. 

El valor de la imagen en ella, consiste en su exac- 
titud poética: las semejanzas más remotas son expre- 
sadas de un sólo intento y maravillosamente. Se al- 
canza la analogía de las diversas form'as del mundo 
con el hombre y la belleza de esa analogía nos las re- 
veló como creándolas de su propio ser. Pero las imá- 
genes-ideas mejor que las imágenes sensaciones, tie- 
nen otra exactitud que nunca pudo ser notada por na- 
die hasta el momento en que el vidente o el poeta lo 
hizo. Y sucede esto, porque el material, por llamarlo 
de algún modo, de la imagen- se revela como creado 
por el espíritu y después de revestido con una forma 
bella, el verbo lírico, es incorporada al patrimonio de 
los hombres. Todos bailan en ella, elevación y belleza 
¿porque? no se sabe, pero el certero sentido de lo be^ 
llo inteligente lo afirma y lo goza con fruición estéti- 
ca. DeeaiToHando más estas imágenes llegaimos a la 
elaboración de los símbolos, las alegorías y de ciertos 
poemas que no son filosóficos pero que contienen ideas 



36 


DBLMIRA AGUSTINl 


muy superiores. La obra de Delmlra Agustín i desde el 
principio apareció densiificada por un poema enigmá- 
tico y trascendente que se titula “Los Idolos’'. No se 
r/uede uno explicar como se pudo llegar a este poema, 
a no ser que nos humillemos y volvamos a Invocar la 
teoría platónica en su forma más exigente. Los dioses 
eligieron aquí el cuerpo de una niña, la embriagaron de 
luz igual que a los coribantes que sólo danzaban cuan- 
do estaban fuera de si mismos, como se dice en el Ion, 
y la hicieron entonar un himno ascendente en el senti- 
do de un divino amor, personificado en un ídolo único, 
mientras iban desapareciendo y extinguiéndose idola- 
trías subalternas o bastardas. Claro, que se puede ar- 
gumentar que ella cuando escribió no se propuso de- 
cir eso, pero la otra resultó tan completa de forma y 
sobrepasa todo lo que conscientemente hubiera queri- 
do realizar, y el proceso de la adoración primaria de lo¿ 
ídolos, desarróllase con tal riqueza y sinceridad en sus 
detalles, lo mismo que su caída, y la elevación de la 
única forma adorable está tan magníficamente expre- 
sada, que interpretamos allí por fuerza un sentido de 
religiosa trascendencia. Pero, despojándola de esto, en 
si, la poesía es juntamente, con la “Plegaria a Bros”, 
una culminación. Si la Plegaría es la Summa de todo 
lo que pudo expresar el lirismo erótico de DelmJra 
Agustini, la poesía “Los Idolos” de golpe, constituye en 
su obra lo que con más intensidad y sapiencia órfica 
pudo expresar su otro lirismo, por decir así, angélico, 
ciel que se hizo mención al principio de este estudio. 

Las formas más incorpóreas del lirismo, por su ca- 
rácter de indentificarse con aspiraciones verticales o 
lenguas de llamas, han sido interpretadas como esta- 



EMILIO ORIBE 


37 


dos de evasión. Rupturas de cárceles de cuerpo forza- 
das por almas que inítentan «migrar antes de tiempo y 
para ello se expresan en las obras poéticas. La poesía 
en Delmira Agustini no es evasión. Para que eJ poeta 
quiera evadirse de la realidad tiene que conocerla, y 
después de la experiencia inmediata o lenta, pero al 
fin desafortunada de sí mismo o de lo que lo circunda, 
nácele un ala incipiente y divina; el deseo de evadirse 
hacia una creencia, el sueño o la creación artística. En 
la Agustini el proceso es inverso; más que huir de la 
realidlad, ella quiere permanecer. Su canto es una des- 
esperación por no desvanecerse, permaneciendo en la 
afirmación de su individualidad. 

Tan intenso es este deseo de permanencia, que 
se dedica a realizar la transformación de los mismos 
elementos inasibles de su fantasía o de su delirio, en 
concretas realidades. Muchas poesías suyas son eso. 
Cristalizaciones ardientes del material de ensueños de 
que está tejida la vida en un afán supremo de que esos 
valores imponderables sean trasmutados en realidades 
de belleza primero, y en realidades tangibles y adora- 
bles, después. 

Poemas e imágenes más allá, cuerpos y labios be- 
llos, más aquí, toldo oreado por ese proceso interior más 
bien que desprendido de lo externo concreto. 

Agregar es justo que además de estas revelaciones 
en la poesía de Delmira Agustini hay oscuridades y ar- 
tificios. Hay poesías esteramente oscuras, delirantes y 
son las de la última época. El amor se halla enturbia- 
do por una intensidad obsesiva; los sueños diáfanos se 
oscurecen en pesadillas. El ángel malo ha empañado 



DBL-MIRA AfíUSTiNI 


la carne y la sangre articula algunas expresiones y can- 
tos, que podrían ser dictados por las furiosas vírgenes 
condenadas. 

Tales son por ejemplo, “Mis Amores”, “Mi plinto”, 
“Serpentina” y otras. L.a forma se ha destrozado, resis- 
tiéndose por el caudal de la emoción trágica o del tirá- 
nico deseo. De ahí en adelante la poesía se torna áspera 
y sibilina, perdiendo su equilibrio y su transparencia, 
por derroita de la alerta censura del número y el ritmo, 
para tornarse en una delirante motivación en que se 
identifican el dolor, la muierte, el orgullo y el caos. 

Entonces, el humo que se levanta sobre la piedra 
en que se sacrificaba su carne ardiendo en mirra- hace 
que muchos versos o poemas no tengan sentido o lo 
tengan muy ambiguo y hasta grosero y de mal gusto. 

Delmira Agustini adquirió la perfección lírica en 
un momento temprano decisivo de su vida. ¿Boiscó el 
artificio después? 

No es eso. Ella se tornó así al seguir fielmente el 
ritmo de su personalidad agitada por horribles tormen- 
tos Su virtud poética se hizo can de la leona de 
los impulsos. Da sinuosidad de su orquestación crecien- 
do llegó hasta hacerse espasmódica y entonces el men- 
saje trasmitido por los dioses, se hizo ininteligible, por 
la turbación del cuerpo y el alma. Lo duradero de su 
obra no está precisamente en lo que creó al final de 
aquel período de su vida que ella denominó el más hi- 
perestésico. Aunque parezca contradicción lo mejor de 
Delmira Agustini, debemos buscarlo en aquellos mo- 
mentos en que, azorada e inqiiieta, contenía los lati- 
dos de isu sien y de su pecho, para equilibrarse, enage- 
nándose en la música apolínea, que es en la tierra la 



EMILIO ORIBE 


39 


resonancia y la equivalen'cia de la música de los orbes. 
La poetisa, demasiado m'ujer, demasiado humana, en 
sus últimos años, no pudo detenerse ante ©1 serenísimo 
rumor de estos movimientos que, como es sabido, son 
provocados también por el mismo amor que la sacudió 
tan furiosamente a ella. 

Pero lo que no logró hacer, lo hará el tiempo) que 
irá rodeando su obra con una diafanidad poética, ni- 
velándola con el lirismo que realizó en los momentos 
más felices de su vida, cuando el amor se le presenta- 
ba en el misterio de la irrealidad soñaba y no en la des- 
nudez de su tristísima verdad. 






Florencio Sánchez, 
su obra y el Teatro Nacional. 

Por 

Carlos M. Princivalle 




Florencio Sánchez, su obra 
y el Teatro Nacional 


En las olimpiadas de la antigua Grecia, después de 
los juegos gímnicos, se realizaban los altos juegos del es- 
píritu, quedando así cerrado el ciclo olímpico. Era la 
perfeccióp del círculo, dentro del cual un gran pueblo 
forjaba su destino histórico. 

Terminado nuestro ciclo deportivo, se inicia este pro- 
grama espiritual, que ha de cerrar el círculo en nues- 
tras olimpiadas centenarias, de pueblo sano y culto. 

Este programa, la Comisión N. del Centenario, lo 
patrocina; don Carlos Reyles ha trazado su esquema 
con mano segura de maestro, y los encargados de des- 
arrollarlo, gozamos, como cumple, de libertad de juicio, 
pero tenemos una difícil consigna: síntesis. 

Circunstancias más que títulos, han hecho recaer 
en mí el doble honor de abrir este ciclo y desarrollar el 
capítulo consagrado a Florencio Sánchez. A fin de dar 
mayor claridad a mi exposición, he creído necesario 
intercalar en su desarrollo algunas brevísimas escenas 
que sirvan de apoyo a mi comentario; escenas que se- 
rán interpretadas por los jóvenes Ramón y Aparicio 
Otero, distinguidos alumnos de la sección arte dramá- 
tico de la Escuela N. de Declamación, quienes gentil- 
mente, prestan su concurso. 



6 


FLORENCIO SANCHEZ 


Florencio Sánchez, su obra y el Teatro Nacional 

Para apreciar en forma integral la obra de Flo- 
rencio Sánchez, fuerza es empezar por considerarla 
dentro del cuadro histórico. Tiene esta obra doble va- 
lor: el intrínseco y el de relación dentro del Teatro 
Rioplatense, donde marca una altura. Desde ésta, va- 
mos a echar una ojeada hacia atrás. Aguzando la vi- 
sión, aparecen los primeros atisbos de teatro propio, 
en el lejano y ya brumoso horizonte colonial. Hay, em- 
pero, quienes no reconocen en esos antecedentes his- 
tóricos, los indicios natales de nuestro Teatro, para el 
que quisieran reivindicar algo así como el privilegio de 
una generación espontánea. Pero el absurdo biológico, 
no lo es menos aquí. En cambio, si no es posible una 
absoluta originalidad en el acto creador de nuestra dra- 
mática, podemos invocar una ascendencia esclarecida: 
España. Esto no significa en modo alguno, que nuestro 
Teatro sea ün capítulo o prolongación del Teatro Espa- 
ñol. Equivaldría a negar su existencia. No. Nuestro Tea- 
tro no es español, como nosotros no somos españoles. 
Las artes literarias nacen de la originalidad y el carác- 
ter de una civilización, de una. raza, de un pueblo, y 
puede afirmarse que entre todas aquellas artes, el Tea- 
tro es la que más necesita de dichas condiciones para 
manifestarse y existir, sin duda porque entre todas, es la 
más corpórea, la más viva y la más social. 

En lo accidental, primero; en lo espiritual, des- 
pués, el hijo de América debía ir diferenciándose del 
padre hispano. Nuevas tierras, nqevos frutos. Política- 
mente, esa diferenciación debía llamarse Revolución de 



CARLOS M. PRINCIVALLE 


7 


Mayo; etológicamente, el ropaje de los viejos usos y 
costumbres españoles debía teñirse en tintas genuinas, 
a que un nuevo sol prestaba nueva coloración. Y hasta 
el lenguaje, el gran lenguaje de Cervantes, sufre el in- 
flujo de esta ley de modificación, inexorable y potente. 
Es que una vida y un espíritu nuevos, necesitaban de 
nuevas palabras y nuevos ritmos de expresión. 

El genio español, forjador de las Indias Occiden- 
tales, había de forjar, también, uno de los más grandes 
Teatros de la cultura occidental. A su conjuro, dos nue- 
vos mundos se alzaban sobre la tierra: uno real; otro, 
ideal. El primero de esos mundos es América, teatro 
de sus hazañas inverosímiles, con héroes reales que pa- 
recen ideales: el otro, es el mundo de su Teatro, verda- 
dero y genial, con héroes ideales que parecen reales. 

Y apenas se afirma bajo los pies del conquistador, 
el suelo movedizo y receloso de Indias; apenas se vive 
la relativa normalidad de la existencia colonial, cuan- 
do en ese suelo recién sedimentado, los españoles le- 
vantan su casa de “comedias famosas”, su Corral de 
la Pacheca. Y en tierras de América resuenan los ver- 
sos del genio de Calderón y la gracia de Tirso. 

Cuentan antiguas historias, que cuando los grie- 
gos fueron deshechos frente a los muros de Siracusa, 
los vencedores siracusanos, descendientes coloniales de 
los vencidos, les perdonaron la vida y dulcificaron su 
cautiverio, porque habían oído en boca de los prisio- 
neros los versos de Sófocles y de Eurípides. Era que 
la madre común, la lejana Grecia, envolvía en su abra- 
zo armonioso y racial, al hijo de la metrópoli y al hijo 
de la colonia. Tal los versos del gran Teatro Español 
del Siglo de Oro, confunden a españoles y americanos 



8 


FLOIUONCIO SANCHIÍZ 


en el mismo ardor artístico. Con el tiempo, los nativos 
se harán actores; escribirán también sus obras. Pero 
la diferenciación que viene poniendo toques enérgicos 
en la arcilla nativa, empieza a manifestarse. Y mu- 
cho antes que el grito de libertad brotara del pecho del 
patriota, el tea4;rillo nativo, vaciado en moldes espa- 
ñoles, balbucea sus primeras originalidades. Desgracia- 
damente para el arte nativo, éste da sus primeros ale- 
teos cuando el Teatro Español, bajo el peso de su pro- 
pia grandeza, cae en el caos del Siglo XVIII: loas, en- 
tremeses, sainetes de un chocante y bajo realismo, que 
forman la escuela espiritual y práctica de nuestros os- 
curos precursores teatrales. 

La pieza criolla de la época colonial, tenida por 
más antigua de cuantas se conservan, es un sainete de 
autor desconocido, titulado "^El amor de la estanciera”, 
título americanísimc si los hay. La acción se desarrolla 
en un rancho, a pleno campo, y sus personajes son pai- 
sanos que viven su vida y hablan su lenguaje. Tome- 
mos al azar, un diálogo, entre Juancho y Cancho: 

Juancho. — ¡Loao sea Dios! 

Cancho. — Apéese no más. 

Juancho. — Todo el día he caminao, 

y ya me buelbo hazia traz. 

Cancho. — ¿Ha encontrao un alazán, 
un bayo y un zebrunito, 
un tordillo y un picaso, 
una yegua malacara, 
con una potranca overa 
y un redomón gateao? 

Juancho. — Sí, señor. Según las señas 



CARLOS M. PRIN'CIVALLE 


9 


que su mercé ha relatao, 
he encontrao esa manada, 
allá abajo en un bañao. 

Cancho. — ¿Reparó, amigo, en el yerro? 

Juancho. — Sí, señor. Era redondo 

con un calamonsito al lao, 

* y otro metido en el fondo. 

Cancho. — Mire usté, mi yerro es éste: 

(hácelo en el suelo con el dedo) 
Tiene aquesta raya aquí, 
otra tiene a modo de arao, 
y un calamonsito al lao. 

Este producto del primitivismo criollo carece, co- 
mo sus modelos, de todo valor artístico, pero presenta 
para nosotros, el valor de las primicias. Ved, si no, 
cómo empiezan a entremezclarse con palabras y giros 
de la más pura casticidad castellana, los modismos y 
terminología rioplatenses, así como las cosas genuinas de 
la tierra. 

Modestas, insignificantes casi, estas producciones 
pudieron ser, sin embargo, la cuna directa del Teatro 
Rioplatense. Más grandes Teatros tuvieron cunas más 
pequeñas. Pero la línea recta y visible del desarrollo de 
nuestro Teatro, debía romperse para reaparecer, con 
la apariencia de un nuevo punto inicial, casi un siglo 
después. Las cosas tienen a veces curiosos juegos con- 
tradictorios, dibujan caprichosas contradanzas. Así, 
vemos que cuando los pueblos rioplatenses conquistan 
con las armas su nacionalidad, el Teatro, que se había 
anticipado en manifestaciones afirmativas del carácter 
y del sentimiento de la tierra, cae en una incolora y 



10 


FLORENCIO SANCHEZ 


desfronterizada generalidad literaria, en vez de hacer- 
se más nuestro. Es que el poder español, en este campo, 
se hacía sentir aún, por inercia. He aquí la causa. A 
fines del Siglo XVIII, víspera de la Independencia, la 
descomposición estética y moral del Teatro Español, 
tocaba el colmo. Y a tal punto subieron las aguas tur- 
bias de esos desbordes, que una Real Orden debió t)0- 
nerles dique, creando un Corrector de Comedias, “en- 
cargado de corregir y arreglar a mejor forma, las com- 
posiciones antiguas” (Textual). El instituto de censura 
así creado, aconsejó algo más que correccciones; acon- 
sejó la prohibición absoluta de más de seiscientas obras. 
Verdadera revolución de públicos y cómicos, desata este 
saludable y expeditivo dictamen. Pero el Gobierno lo 
hace suyo, y amenazó con considerar reo de conspira- 
ción, a quienes lo resistieran. 

La inmensa brecha abierta en los repertorios, la 
había de llenar un género tan desusado como neutro: 
el melodrama, especie de soso connubio imaginativo- 
musical, que presumía, no obstante, de altísima estir- 
pe: la tragedia griega. Y la bebida fuerte de un realis- 
mo bajo y picante, se reemplazaba por el agua de azú- 
car de una ñoña y presuntuosa imitación. El incipiente 
teatrillo colonial, diminuto satélite que gravitaba en 
la órbita del Teatro Español, — único conocido y au- 
torizado en las Colonias — al ser apartado también 
del realismo, se apartaba necesariamente de toda fuen- 
te de carácter y color local. Esto equivalía a no dife- 
renciarse, es decir, a desaparecer. ¿Se había apagado 
para siempre la pequeña tea hecha con una rama de 
árbol nativo y encendida en el gran fuego del Teatro 
Español? No. Quedaba una chispa del alma de la raza. 



CAKLiOH M. PRINCIVAU.K 


11 


Y debía guardarse a través de las décadas de nuestra 
vida Independiente, animando una iabor literaria que 
significa, por io menos, una aspiración de Teatro 
propio. 

Aunque uruguayos y argentinos se asocian en ia 
obra, desglosaremos aquí de ia historia comón, el ca^ 
pítulo uruguayo, por bastar a nuestros fines y porque 
— esto lo dice un historiógrafo argentino — "Monte- 
video es quien produce en todas ias épocas, más auto- 
res y más obras". 

Ya en ei año 1832, es decir, en ios aibores de nues- 
tra vida Indcpíindiente, el doctor ('arios Vlliademoros, 
escribe "Los Treinta y Tres". El Teatro se hace patrio- 
ta. ¿No es ésta una forma de hacerse nacional? Es más. 
Quiere Inspirarse, si no en la psicología y las cosas na- 
cionales, en asuntos muy de la tierra, y don Pedro P. 
Bermódes, en el año 1842, Iba a liuscar, con la antor- 
cha del Romanticismo, a las oscuras canias de ias tra- 
diciones indígenas, un tema autóctono. Nos trae de allí, 
“El Charrúa”. En la portada de este drama pseudo in- 
dio, se lee esta quintilla puesta por el Censor teatral 
de la época: 

¥ 

Apruebo c^mo Censor, 
y aplaudo como oriental, 
a "El Charrúa" y a su autor, 
y ambos logren prez y honor 
en el Teatro Nacional. 

El funcionarlo poeta, firmante de la quintilla, es... 
Don Francisco Acuña de FIgueroa, autor del Himno. 

No son los citados dramaturgos, casos esporádicos. 



12 


FLORENCIO SANCHEZ 


Si así fuera, carecerían de significado, pues sus obras 
poco valen en sí mismas. Son representativos de una 
aspiración tradicional que no ha muerto, que se mani- 
fiesta errando los caminos, pero que existe. 

Estamos en el año 1880. Ved surgir, no lo que po- 
dríamos llamar una pléyada, pero sí un grupo de auto- 
res que estrechan filas y coordinan esfuerzos, llenos de 
fe en la causa: Orosmán Moratorio (padre), Ricardo 
Passano, Ferreira y Artigas, Gordon, Pérez Nieto, Var- 
zi y otros, “que forman — dice el ya aludido histo- 
riógrafo argentino — el mayor número que se ha visto 
hasta entonces en el Plata”. Paltos de compañías tea- 
trales, hacen actores criollos, y con tal fin fundan so- 
ciedades académico-recreativas: la Talía, la Estímulo 
Dramático, la Romea. Verdad es que las producciones 
de estos autores no pueden considerarse estéticamente 
nacionales, es decir, que no nacieron en la atmósfera 
de nuestras costumbres, de nuestras preocupaciones y 
de nuestros espíritus. Pero, ¿acaso el Romanticismo, en 
cuyos modelos se inspiraron, hunde sus raíces en tierra 
alguna? La nacionalidad de las literaturas dramáticas 
no era, a la sazón un acento, un ritmo, un carácter. Era 
una bandera. Y había Romanticismo español, francés, 
italiano, sin ser español, francés ni italiano, en el sen- 
tido esencial del arte. El chaleco rojo de Gautier se des- 
plegó sobre una obra de contenido español: “Hernani”. 

Después vienen Samuel Blixen, espiritual y deli- 
cado; Nicolás Granada, Alfredo Duhau. El sentimiento 
y la aspiración de Teatro propio, no habían muerto, 
pues, en el Plata. Como la tea de los antiguos juegos 
sacros, la pequeña tea del arte nativo, encendida en 
los tiempos coloniales por oscuros precursores, venía 
pasando, a través de las décadas, de unas manos a 



CARLOS M. PRINCIVALLE IS 

Otras. Iba a caer, apagada casi, en el, picadero de un 
circo, donde su llama se reavivaría. 

II 

En el año 1884, actuaba en el Politeama Argenti- 
no, de Buenos Aires, una gran compañía ecuestre nor- 
teamericana. Las pantomimas estaban, a la sazón, en 
agudo y epidémico Renacimiento, y constituían el obli- 
gado “final de fiesta” de los espectáculos circenses. La 
epilepsia mímica era una enfermedad, que como el mal 
de San Vito, venía del fondo de la Edad Media, y sus 
cuadros reproducían intriguillas y personajes de otras 
latitudes, poco elocuentes para los públicos criollos. 
Pero una noche, la del dos de Julio de 1884, la farsa con- 
movió a los espectadores en grado tal, que las crónicas 
de la época reflejan el frenesí de un público delirante, 
desbordado sobre el escenario, para estrechar contra su 
corazón a los intérpretes. ¿Qué había ocurrido? Peque- 
ñas causas, grandes efectos. El novelista argentino 
Eduardo Gutiérrez, padre literario del criollísimo y po- 
pularísimo Juan Moreira, había propuesto a la Empresa 
del Circo, la representación mímica del más vulgari- 
zado de sus folletines, para salir, se ha dicho, de cier- 
tos apurillos económicos, muy del gremio. Acepta la 
Empresa. Pero falta el intérprete del personaje central, 
el intérprete criollo capaz de dar una nota verista, al 
diapasón con cosas y tipos harto familiares al público. 
Sin embargo, no fué menester buscar mucho. Se ha- 
llaba próximo; en otro Circo. Y a él se dirigió Gutié- 
rrez. Se llamaba. . . Pepino el 88. Era un payaso. ¿Có- 
mo el novelista podía pensar en un clown, para intér- 
prete de su trágico gaucho? Es que no era un clown 
vulgar; tenía su genialidad: había sabido poner en las 



14 


riAmmcio manoiikz 


bolMaM d<f) ciowri In^IéN, Mabroao« (íhUihñrronm arlolUm, 
para uHar una («xpreiitón muy auya, Y v.on efbiacia In' 
Itnkabb*, l'<‘,|ilno «1 HH dibujaría, d«ínf,ro diíl marco cir- 
cular dcl picadero, tIpoH inconfundlblcN dcl pueblo rio- 
pialen Mt, ptMie a loa alributoN del oficio; laa al>«urda« 
bombachaa, el Jincie bonetín, «1 tizne y la tiza de la 
mázcara. 

Im propoMlckm de l^uanlo (iutldrrcz debió Iw^ar 
laa máz ínilmaz flbraz del popular artlzta, puez l'cplno 
no vacila en abandonar el «zcenarlo de zuz trlunfoz, 
para ten lar la nueva y zeducAora avenliira, fJn herma- 
no zuyo le acompafka. Kztoz hermanoz Z4: llaman Jozó 
y Jerónimo l'odeztá, doz uruKuayoz, <julenez, conjun- 
larnenie con un Initenlo argentino — zlmbóllco auz- 
piclo van a deierrninar, zln proponórzelo, una rec^tJ- 
flca/'lón en loz equivocodoz derroteroz de la produo 
(Jón teatral del Plata, que enfoca dezde eze jalón, el 
verdadero horizonte, 

ruando el póblU;/) vló a zu Juan Moreira en el tln- 
glaxlo de loM mitnoz, fuó la ovaxdón. Verdad que Juan 
Moreira había perdido el uzo de la palabra, pero el pú- 
blic,o lo había rectonocido a travóz de zuz ademanez zl- 
lenclozoz, gezihnilanlez y frenóthviz, (;4imo laz zf'ñalez 
de un náufrago, e Iba a acudir en zu auxilio. IJoz aftoz 
tnáz larde, loz luu'manoz Podeztá r<H;orren la campaAa 
de üuenoz Airez, con un circo propio, y en el pueblo de 
Arrecifez, repr«fz<mlan la ya un tanto olvidada panto- 
tnltna Juan Moreira, Al día ziguiente, uno del público, 
que era el propietJU’io del hotel donde ze hoz|tadaba Po- 
deztá, pregunta a zu huózpitd; 

¿Quó le dice el miliciano al aUalde, (hizpuóz que 
va a ver quión llama a la puerta? 



CARLOS M. PRINCIVALLE 


15 


— Le dice: — Señor, a.hí está Moreira. 

— ¿Y por qué no lo dice con palabras? ¿Por qué 
no hablan? 

El mesonero había parado un huevo. De ese hue- 
ro iba a salir impiume, pero aleteando, el drama crio- 
llo. ¡Parla! — dijo el pueblo a su héroe, como el ^n 
artista del Renacimiento a su estatua. Y Podestá fué 
el instrumento de este imperativo popular. Tomó la no- 
vela de Gutiérrez, espigó los diálogos, hizo el consa- 
bido “arreglo escénico”, y devolvió el uso de la pala- 
bra a Juan Moreira, quien nacía así a la vida del arte 
dramático, donde la palabra es el medio esencial de 
expresión, como en la vida. 

Juan Moreira, drama, fué estrenado en Chlrilcoy, 
en Abril de 1886, con un éxito de anunciación. 

Pero el Teatro Nacional, en su nuevo y más cer- 
tero rumbo, no iba a alcanzar vitalidad basta tres años 
más tarde, cuando los dos hermanos Podestá trasladan 
su Circo a su ciudad natal: Montevideo. Como el héroe 
mitcdógico, los dos uruguayos debían tocar la tierra, 
para cobrar nuevos bríos. Es Octubre del 89. En la es- 
quina de las calles Yaguarón y San José, se levanta 
el barracón de los espectáculos circense-teatrales. El es- 
treno de Juan Moreira, única obra del repertorio, al- 
canza hondas resonancias en todas las capas sociales 
de la capital uruguaya. Noche a noche, el circo Podes- 
tá-Scotti, congrega tai cantidad de público, que llega 
ai monopolio “ya que una célebre compañía de opere- 
taus que actuaba a la sazón en el Politeama, se ve forza- 
da a suspender sus funciones por falta de público”. Los 
espíritus más coitos no desdeñan confundirse entre los 
entusiastas y sencillos espectadores que aplauden, no- 



16 


FLORENCIO SANCHEZ 


che a noche, las proezas de Juan Moreira. Es más. Elias 
Regules, cuyo espíritu hoy silencioso, vibraba como la 
guitarra del payador, con las cosas de la tierra, — el 
doctor Regules escribe los versos del contrapunto en 
que se “trenzan” los payadores del drama. Luego, Elias 
Regules, padre, tan Elias Regules como el hijo, en el 
amor de las cosas de la tradición, aconseja que se bai- 
le en la obra, en lugar del Gato, un baile más airoso, 
más espectacular y . más . . . uruguayo : el Pericón. Y 
el propio Regules padre, da las correspondientes leccio- 
nes coreográficas a los actores. El doctor Alberto Pa- 
lomeque aporta a este baile un cuadro nuevo, que ha 
conocido en Tacuarembó, y que resulta uno de los epi- 
sodios de más éxito: el de los pañuelos. Y así, quien 
más quien menos, da su idea, aporta su grano, mete 
su cuchara en el drama que, día a día, se enriquece. 
Más tarde ha de entrar a su reparto, el pintoresco Co- 
coliche, también bajo la sugestión del propio público. 
Y tantos han puesto su mano en la obra, que se puede 
decir que no es de nadie, sino del pueblo; que es anó- 
nima, cualidad ésta de alto timbre, que le da legítimo 
derecho a ser la fuente de toda una literatura. Así, de 
antepasados anónimos, han nacido las artes de todos los 
pueblos, y esos antepasados no son más que el propio 
pueblo. 

Hemos nombrado a Cocoliche, el pintoresco na- 
politano de la obra, cuyo nombre es ya del léxico rio- 
platense. ¡Cocoliche! He ahí un tipo nacional, valga 
la paradoja: tipo nuestro, que no conocieron los oscu- 
ros precursores coloniales del teatro genuino. Es que 
España, impermeable a las corrientes extranjeras, que- 
ría para sus colonias americanas, mayor impermeabi- 



CARLOS M. PRINCIVALLE 17 

lidad aún, como padre tiránicamente celoso de la edu- 
cación de sus hijos. Era absorbente, por obra de su 
propia fperza de gravedad; por capacidad de sus for- 
midables fronteras morales y materiales. Pero con la 
libertad política de las colonias, se abren todos los 
puertos a todas las rutas, y un nuevo agente empieza 
a actuar con rapidez en la coloración del carácter ame- 
ricano. Es el cosmopolitismo, a través del cual se re- 
fractan sobre estas tierras ávidas, los más variados to- 
nos del prisma étnico, lingüístico y otológico. Estos 
nuevos colores aparecen, sin mezclarse todavía, en el 
teatro primario del gauchismo romántico, donde alter- 
nan con los tonos peculiares del terruño. Y aparecen 
en el cuadro, con estrépito, dando origen a la nota chi- 
llona, discordante, de donde surge fácilmente el efecto 
cómico, tan explotado por el género. Más adelante, to- 
dos los tonos irán entremezclándose y combinándose, 
para fundirse en la unidad del tornasol, sobre el fondo 
del carácter nativo. 

Cuatro años hacía que reinaba Juan Moreira en 
la escena criolla, sólo y sin rivales, cuando fueron sur- 
giendo tímidamente, en torno suyo, otros héroes pseu- 
do legendarios como él, proto-gauchos como él; anti- 
policiales como él, y transmigrados también como él, 
de novelas y poemas gauchescos, por obra y gracia de 
los “arreglos escénicos”. A Elias Regules corresponde 
la gloria de haber escrito la primer obra original para 
el Teatro naciente. Se titula “El entenao”. Luego, Oros- 
mán Moratorio, padre, evolucionando de su incoloro 
teatro, estrena su “Juan Soldao”, en 1890. Y como ellos, 
otro culto espíritu, salido de ambientes superiores, tie- 
ne la visión del futuro, y no desdeña poner a contribu- 



18 


FLORENCIO SANCHEZ 


ción SU vena creadora, en tributo de ese Teatro tosco, 
pero lleno de fuerza, como hecho a cuchillo, en un 
tronco de tala o algarrobo. Es el doctor Víctor Pérez 
Petit, quien estrena en 1894, “Cobarde” y “Tribulacio- 
nes de un criollo”. 

Una legión de obreros llenos de fe, debían seguir 
a estos pionners uruguayos, que rompen el prejuicio 
y abren el camino. 

El público ama y estimula el nuevo Teatro. Apén- 
dice, parásito casi, complemento al principio de otros 
espectáculos, poco a poco se van invirtiendo los tér- 
minos, y el drama criollo termina por ser la gran atrac- 
ción del Circo, a punto de que payasadas y acrobacias, 
se vuelven para el paladar del público, algo así como 
el aperitivo extranjero, el cocktail, antes del jugoso 
asado criollo. Ya puede, pues, el drama criollo, sacu- 
dir la tutela; ya puede independizarse, vivir por sí mis- 
mo, sin el apoyo de otros números que atraigan al pú- 
blico. La taba está echada. Y el drama criollo arroja 
sus muletas, y va a atar su pingo a la puerta de un 
teatro. Es el Apolo de Buenos Aires, donde entra el 
drama criollo haciendo sonar sus espuelas, el 6 de Abril 
de 1896. El saltimbanqui de ayer, ha dado el gran salto 
del picadero al proscenio. 

Desde que el Teatro Nacional se hace sedentario, 
trocando su errante carreta por la tienda bien plantada, 
la producción se intensifica, y las obras llueven en se- 
cretaría. Pero otro personaje entra entonces a la esce- 
na criolla, disputándola al gaucho, quien, habiendo de- 
jado a la puerta su caballo, ha dejado también su fuerza 
primitiva de centauro. “Gaucho de a pie, gaucho , des- 
graciao”, dice un refrán criollo. Y esto fué verdad tam- 



CARLOS M. PRINCIVALLE 


19 


bien en el teatro. Ya no estaba el picadero de tierra, 
donde hacer “rayar” los poderosos y relucientes redo- 
mones, aperados de plata, que, caracoleando, escarcean- 
do y haciendo sonar la coscoja, eran por sí solos un 
espectáculo. Y el gaucho tiene que luchar de a pie, con 
el nuevo rival. Este nuevo muñeco de la farsa, está en 
su pago, viene hecho una S, taconeando fuerte y balan- 
ceándose en un perezoso vaivén de tango. Es el com- 
padrito orillero de las urbes rioplatenses; ese tipo pen- 
denciero y amoral que la fuerza centrífuga de las ciu- 
dades, en depurador movimiento, arroja a los suburbios. 

Con el tipo orillero, el Teatro Nacional luce nuevas 
tintas, pero tomándolas siempre de la misma paleta 
pintoresca y localista. En la ciudad procede como en el 
campo. Es que de una incolora generalidad literaria, 
la producción teatral de los nativos cae en el extremo 
contrario: el regionalismo. 

Pasan unos quince años del estreno de Juan 'Mo- 
reira, y el Teatro Nacional, que sigue su línea, alcanza 
un volumen enorme. Pero el crecimiento fué demasiado 
rápido, y ha tenido que sufrir, necesariamente, grose- 
ras deformaciones. El crecimiento armónico es rítmico 
y pausado; laborioso pero lento. La armonía es como 
un árbol que crece. El Teatro Nacional, prematuramen- 
te desarrollado, es a la sazón un cuerpo monstruoso y 
sin espíritu. Lleva en sí el principio de su muerte, que 
sobrevendrá fatalmente, si no llega el remedio provi- 
dencial. 

III 

Habiéndose distanciado los Podestá, de una, se ha- 
cen dos compañías teatrales. Como la célula, la primera 
troupe se reproduce por división; y ésta será una ley 



20 


FLORENCIO SANCHEZ 


que, parodiando la biológica, presidirá en adelante la 
formación de los elencos nacionales, con muy malas 
consecuencias, porque origina la dispersión de los me- 
jores. Pero la primera discordia de los hermanos Po- 
destá, fué fecunda. Trajo la rivalidad y el afán de supe- 
ración. José queda en el Apolo; Jerónimo dentro de 
la misma ciudad de Buenos Aires, pasa al Teatro Co- 
media. Es a la puerta de este último teatro, que cierto 
día del año 1903 llega un joven de silueta magra, larga 
y arqueada como un arco indio; metido en sí mismo, 
bajo entornados párpados; y con el rostro temprana- 
mente hollado por el paso de dolores físicos e inquie- 
tudes espirituales. Trae luz de triunfo lírico en sus ojos; 
y en sus ropas, la derrota práctica. Un portero le cie- 
rra el paso. 

— Soy el autor de la obra que están ensayando, dice 
el desconocido. 

Pero el portero era de esos que no conciben la per- 
sonalidad humana, si no acaba de salir de la sastrería, 
y mostró dientes de cancerbero. 

La obra que ensayaban dentro, se llamaba “M’hijo 
el dotor”; el desconocido, Florencio Sánchez. Un des- 
conocido podía ser entonces un autor. El Teatro Na- 
cional no había salido aún, en tal aspecto, de su pe- 
ríodo de pureza. El autor podía venir directamente del 
anónimo. Su obra era título suficiente para que se le 
abrieran las puertas al estreno, y en consecuencia, al 
triunfo, cuando ese desconocido se llamaba Florencio 
Sánchez. Bolsa de cuantiosos intereses, el Teatro Nacio- 
nal es hoy una puja de influencias y de valores de car- 
tel, no siempre legítimos, a punto de que la revelación 
de un nuevo Sánchez no sería la revelación pura y sim- 



CARLOS M. PRINCIVALLE 


21 


pie impuesta por la fuerza natural de las cosas, tal como 
aconteciera con nuestro desconocido de “M’hijo el do- 
lor”. Oigamos, si no, a don Joaquín de Vedia, ilustre 
introductor del dramaturgo: “Fui al Teatro de la Co- 
media, y hallé al director artístico, don Ezequiel Soria, 
conversando con don Enrique García Velloso. Creo, les 
dije, que tengo en mi poder la mejor obra dramática 
escrita hasta ahora en Buenas Aires. Pensaron que les 
iba a hablar de una cosa mía”, comenta don Joaquín 
con mucho gracejo. Y agrega: “Les disuadí bien pron- 
to, dándoles el nombre y las señas del autor, a quien 
Velloso sólo conocía relativamente. Pues a leerla en 
seguida, me dijo Soria. A los pocos días, el estreno, el 
triunfo.” Tal cuenta el periodista argentino. ¿Queréis 
algo más simple? Veni, vidi, vici. 

El desconocido de entonces fué durante el resto de 
su vida el más popular de los autores rioplatensos, y 
después de su muerte, el nombre teatral más ilustrado 
por la biografía y la anécdota. Nació Florencio Sán- 
chez, de padres uruguayos, en Montevideo, el 17 de 
Enero de 1875. Su niñez florece en pueblos del interior 
de la república, recibiendo, aquí y allá, las cosas ele- 
mentales de la instrucción. A los quince años revela 
sus primeras literaturas, en el periódico del pueblo, don- 
de el adolescente se permite ensayar algunas sátiras 
sobre la quisquillosa epidermis lugareña. Tan tempra- 
no como se despierta en él su don literario, que formará 
en adelante toda su vida, se despierta también esa avi- 
dez de cambio y de libertad que le hará empuñar, para 
no dejarlo ya, el cayado de un perpetuo peregrinaje ba- 
jo el cielo estrellado de sus ideales y de sus quimeras. 
Y niño casi, deja la c^isa paterna, el pueblo, el departa- 



22 


FLORENCIO SANCHEZ 


mentó, el país. Suíre el vértigo de las andanzas. A du- 
ras penas el biógrafo puede captar algunas etapas. En 
1893 aparece en La Plata, empleado de una oficina dac- 
tiloscópica; el 94 se le halla en Montevideo, ya perio- 
dista profesional. En “La Razón” se leen sus crónicas 
policiales, escritas en diálogos llenos de sabor, de vi- 
vacidad, de teatro. . . Cierto día, al verle salir, dice Car- 
los María Ramírez, maestro de periodistas, a Aurelia- 
no Rodríguez Larreta: “Ese muchacho tiene talento”. 

Ese muchacho tenía también carácter. Y a los vein- 
tidós años, le encontramos con las armas del soldado. 
Es la revolución del 97. Fuerte y apasionado en todo, 
Florencio siente con fuerza su pasión partidista, su 
tradición de familia, y sigue la bandera revolucionaria. 
Peleó con ardor en todas las acciones de aquella gue- 
rra intestina, pero cuentan que al terminar la san- 
grienta jornada de Cerros Blancos, donde se batiera 
como un hombre, lloró como un niño. ¡Ese niño era el 
verdadero Florencio! Vaso de incontenible ternura, su 
corazón se desborda al ver en medio del campo de ba- 
talla, ensangrentada y deshecha, la flor de la juventud 
de ambos ejércitos hermanos. 

Y en ese angustioso instante, su espíritu va a sal- 
tar de uno a otro polo del mundo ideológico: de parti- 
dista y tradicionalista ardiente, se hace intemacionalis- 
ta y ácrata. No os extrañéis. Era lógico, con la lógica 
férrea de su honradez. Y convencido de que el dolor hu- 
mano es una cuestión, le encontraremos poco después 
afiliado al Centro Internacional de Estudios Sociales, de 
Montevideo, entrando en el nuevo y antagónico campo, 
con el mismo ardor que pusiera en sus aventuras revo- 
lucionarias. Ocupa la tribuna, escribe el artículo doctri- 



CARLOS M. PRINCIVALLE 


23 


nario, hace teatro tendencioso. . . Sí, el teatro se ma- 
nifestó en él, primeramente, como un medio, como un 
arma más, y la punta de esta arma la veremos asomar 
después en sus obras más puras. El Centro Internacio- 
nal posee su cuadro filodramático, y con éste, Floren- 
cio estrena su primer ensayo, “Ladrones”, que ha de 
reencarnar más tarde en “Canillita”. 

Pero no era hombre de residencias fijas. Y des- 
pués de ese período relativamente largo, de estancia 
montevideana, le vemos nuevamente presa de su sed 
de movimiento. Se entrega, en revancha, a un verda- 
dero zig zag migratorio: Buenos Aires, Rosario, nue- 
vamente Montevideo, de nuevo Rosario y Buenos Aires. 
Entre tanto, el periodismo sigue siendo el medio de 
vida de Sánchez; pero ese medio, ya precario de suyo, 
en sus manos indisciplinadas y rebeldes al trabajo me- 
tódico de las redacciones, apenas si es un medio de no 
morir de hambre. Pero Florencio es un hombre de ex- 
tremos. Y después de su memorable primer triunfo, se 
entrega a un trabajo de creación, intenso y febril. En 
seis años hace veinte obras con un total de cuarenta 
actos. Escribía con anhelante urgencia, sin tachar, sin 
volver atrás, en espontánea y hasta alegre, pero dolo- 
rosa tortura creadora. Se diría que presintiendo su pró- 
ximo fin, el imperativo de una predestinación lo espo- 
leaba im7)lacable. Las obras se suceden a las obras, los 
estreno a los estrenos, los triunfos a los triunfos. Se 
ha dicho que este paroxismo creador se originaba en 
preocupaciones económicas. No lo creemos. Por dinero 
no se trabaja así. No. Florencio Sánchez hacía la obra 
por la obra misma. El fuego sagrado suele quemar las 
entrañas. Nacido con el don del teatro, la concepción 



24 


FLORENCIO SANCHEZ 


artística era iiara él una crisis imaginativa donde veía 
a sus personajes tejer sus dramas; donde los oía ha- 
blar. El acto de escribir la obra no era para Florencio, 
como para ningún dramaturgo nato, la creación mis- 
ma. Escribía como al dictado, vertiginosamente, este- 
nográficamente, sin cambios ni rectificaciones, pues to- 
do afluía a la punta de su pluma, cabal y hecho, armado 
de todas armas, como Palas Atenea de la cabeza del 
dios. Ese es el secreto del arte que en vano se empeña 
en arrebatar el artificio: esa es la suprema técnica del 
arte de hacer comedias. 

Sin embargo, se insiste que escribió “por y para el 
adelanto”. Hablando de un artista, esto es una injuria. 
Quizá alguna vez hizo cálculos, pero éstos nacían de 
otra fuente tan pura como la de la inspiración artística: 
la del amor. Porque Florencio Sánchez amó tan pro- 
fundamente a la que fuera su esposa, que hasta era 
capaz de volverse previsor y razonablemente burgués, 
ante el presupuesto doméstico de su hogar. Este fué el 
mayor tributo que pudo ofrecer un bohemio como él a 
la que hoy lleva en el corazón el duelo de las antiguas 
viudas, y mantiene encendida en el ara del artista, la 
lámpara de las devociones más profundas y de los do- 
lores más crueles. 

La biografía, que es a veces una abuela amorosa 
pero regañona, ha mentado con cierto disgusto, su ta- 
baco, su café, su alcohol. Pero no eran, en él, vicios con- 
suetudinarios, factores de envilecimiento. Los necesita- 
ba para sus crisis creadoras; eran como éspasmódicos. 
No fué un bohemio a lo Murger, bellamente trivial. Pasó 
por la vida recogiendo frutos amargos, y vivió para los 
otros, y sobre todo, para la representación ideal de los 



CARLOS M. PRINCIVALLE 


25 


otros, por predestinación de su sino artístico e ideoló- 
gico. Murió en Milán, el 7 de Noviembre de 1910, a los 
treinta y cinco años. Había ido a Europa por su cuerpo 
enfermo y su espíritu ávido. No empañaremos la limpi- 
dez de su gloria, ya serenada, con la evocación de una 
vía crucis de enfermo condenado a término angustioso, 
sin recursos, en país lejano y extraño. Hablaremos, en 
cambio, de lo que no murió de él; hablaremos de sus 
obras. 

IV 

“Florencio Sánchez no es un hombre de letras; ha- 
ce las letras”, dice Joaquín de Vedia. Sí, puede consi- 
derársele un fundador dentro de nuestro Teatro. A su 
arribo, éste no es una literatura; ha degenerado en un 
medio de que se sirven los públicos inferiores para 
matar el tiempo y el sentido del gusto, dormido como un 
instinto, en el alma popular. Hay, empero, en ese caos, 
elementos primarios que pueden ser fecundos. De la na- 
da, nada sale. En arte, un fundador, es, como en cien- 
cia, un inventor. Ambos necesitan para la obra, de esos 
materiales acumulados, que, hasta su arribo, parecían 
estériles acopios. 

El 13 de Agosto de 1903, es la noche memorable 
de^ “M’hijo el dotor”. En la misma guitarra del Teatro 
criollo ha resonado un nuevo acento; con los mismos 
colores, se ha pintado un nuevo cuadro. Los muñecos 
de la vieja farsa circense, ya tienen alma; en el hueco 
de sus cabezas ha sido puesto un pensamiento, y la ar- 
monía reina donde imperaba el capricho. 

Desarróllase “M’hijo el dotor” en la campaña uru- 
guaya y en Montevideo. Don Olegario es un estanciero 
gaucho,' de recia y simple contextura* moral, a semejan- 



26 


FLORENCIO SANCHEZ 


za de los de su especie, forjado en el contacto de la 
naturaleza. Su hijo, fué enviado, de niño, a la ciudad, 
donde se ha hecho hombre y se ha doctorado en leyes. 
“Dotor en trampas”, para el padre; “dotor”, así, a boca 
llena de ingenuo orgullo, para la madre; “dotor” en 
ensueños e ilusiones, especie de doctor Fausto, para 
esta Margarita silvestre, que es Jesusa. Psicológicamen- 
te, don Olegario es el padre tiránico, celoso de su pa- 
tria potestad, que no prescribe sino con la muerte; el 
padre absoluto y casi teocrático, el pater familias. Es, 
en sumai el padre gaucho, rústico retoño del austero 
padre español, señor feudal de sus hijos. El hijo de 
tal padre, se ha criado lejos de la férrea jaula hogareña, 
y sus alas se han desarrollado sin tropiezos, estimula- 
das por el ejercicio de la libertad. Vuelto al campo, el 
choque es inevitable. Pero lo que da trascendencia ar- 
tística y grandeza dramática a este simple episodio fa- 
miliar, es que el símbolo anda aquí mezclado con la 
vida. No son solamente padre e hijo en conflicto. Con 
ellos chocan el campo y la ciudad; el espíritu viejo y 
el nuevo, la acción y la reacción. El padre es la inmo- 
vilidad de la roca; el hijo, la ola que socava, pero no 
sin estrellarse en continuo y jadeante esfuerzo. Huma- 
namente, se puede decir: de tal padre tal hijo. Y la obra 
hubiera alcanzado su plenitud artística, si se pudiera 
decir del mismo modo, simbólicamente, de tal ayer tal 
hoy. Para ello, fuera menester que ambos adalides lle- 
vasen, con el mismo derecho, su bandera. No es así. 
Don Olegario ha permanecido en el goce de su salud 
moral, respirada en los limpios aires del campo; Julio, 
por el contrario, perdió su pureza moral en la ciudad, y 
trae de allí una alforja de sofismas, adormecedores de 



CARLOS M. PRINCIVALLE 


27 


conciencia. Son como su jeringuilla. Julio, ya hombre, 
vuelve a encontrar a la antigua compañera de sus jue- 
gos infantiles, su prima Jesusa, ya mujer. Aquellos jue- 
gos van a tomar otro sesgo. Y tras el idilio, ambos rue- 
dan en un abrazo de amor sobre las flores del campo. 
Vuelto a la ciudad, Julio va a casarse con otra, porque 
así le place y le conviene. Bien. Esto se llama egoísmo, 
y no puede sorprendernos en el hombre, Pero he aquí 
que Julio, emplazado a las inevitables explicaciones, 
sostiene la causa de su egoísmo, con argumentos, ante 
los ojos llenos de lágrimas y de asombro de la infeliz 
Jesusa. “Aquello fué un accidente”, dice en su descargo. 
Don Juan ha leído someramente a Nietzsche, boga del 
día. Pero Florencio Sánchez sentía demasiado la justi- 
cia inmanente, para no oponer a los estériles sofismas 
de uno de sus personajes, el mentís más rotundo de la 
vida, puesto en Jesusa, esa dulce y simple mujer, por 
cuya boca habla, no obstante, la conciencia del mundo. 
Y el propio autor, acabando por triunfar de sus ideolo- 
gías juveniles, conduce la obra a un final humano y 
hermoso. Julio, doctor en sofismas se ha humanizado, 
y su figura crece en medio de ese cuadro de luz y som- 
bra, proyectado por el padre que muere y el hijo 
que nace. 

Da acción dramática de esta primera obra, ya tiene 
la movilidad y el ritmo de la madurez en el oficio. Es 
el oficio mismo. En esto, Sánchez no conoció las vaci- 
laciones del novel. El colorido fresco y justo del pri- 
mer acto y de algunas escenas del último, son el arte 
mismo. Mas para alcanzar el equilibrio de la obra con- 
sumada, ha faltado la visión completa de los caracte- 
res y del juego interior del drama. Este equilibrio lo 



28 


FI.ÜRKNCIO SANCHEZ 


alcanzará plenamente en “La gringa”, su segunda obra, 
campesina, estrenada un año despuás, pasando por dos 
ensayos urbanistas, que hay que clasificar entre su 
producción menor; “Cédulas de San Juan” y “Pobre 
Gente”. 

También el símbolo y, la vida andan entremezcla- 
dos en “La gringa”, y esta vez en tan perfecta conjun- 
ción, que el concepto es' a la obra lo que el alma al 
cuerpo. Esta admirable comedla es una geórgica, con 
zumbidos de colmenar, donde el trabajo es alegre por 
ser sol y esperanza; donde todo sería plácido y feliz, 
virglllano, si no cruzara ese campo luminoso, asoleado, 
una franja de sombra. Es la lista negra del poncho de 
don Cantalicio, el antiguo dueño criollo de esas tierras 
donde ayer mugía su hacienda casi cimarrona, y donde 
hoy todo es actividad y alegría de vivir. Como eco de 
aquellos lúgubres mugidos, resuena hoy la voz de don 
Cantalicio: 

"Mire, compadre. Toda esa pampa ha sido nuestra, 
de los González, de los viejos González, ¡Cordobeses 
del tiempo de la independencia, amigo! Y un día un pe- 
dazo, otro día otro, se la han ido agarrando esos na- 
ciones pa meter el arao!” 

En vano invoca el gaucho su cualidad de criollo, 
como título inalienable a la propiedad y al goce de la 
patria tierra. Es que la libertad no es más que una pa- 
labra, si el esfuerzo no la fecunda. Dentro de la so- 
ciedad humana, hoy solidaria en la gran lucha por la 
existencia y la civilización, sólo el trabajo da derechos 
plenos y efectivos. Y así vemos que un extranjero, un 
gringo, desaloja a un viejo criollo de las tierras que 
sus mayores conquistaron con sangre, pero que él no 



CARLOS M. I'RINC’IVALLK 


2'J 


supo conservar con sudor. Este es el drama histórico 
dt la colonización pacífica rioplatense. De un lado, la 
epopeya del inmigrante; de otro, la melancólica salmo- 
dia del alma tradicional, que se hunde en el pasado, pe- 
ro que tiene, de cuando en cuando, sobresaltadas rebel- 
días, como estertores de jaguareté. Esa alma está en 
don Cantaliclo, noble pero fatalista, indómito pero ven- 
cido, desolado e inmóvil, mientras en torno suyo zum- 
ba la vida y se agitan esos enjambres venidos des<le 
más allá de los mares, en osado y magnífico vuelo ha- 
cia lo desconcKÚdo. Don Nicola y su familia, forman 
uno de esos enjambres. ¡Don Nicola! Bellísima figu- 
ra, en su tosca rusticidad, cuyo lenguaje bi-lingiíe no 
tiene la comicidad de Cocoliche; al contrario, resuena 
gravemente, como el rudo acorde de dos cuerdas inar- 
mónicas, arrancado al duro instrumento de la voluntad 
humana. 

Un eglóglco idilio florece sobre ese fondo de dora- 
das espinas. ¡Oh, Ruth, tú eres inmortal! La hija de 
don Nicola, la gringa, como la apodan los criollos, y el 
hijo de don Cantaliclo, el gauchlto, como le apodan los 
gringos, se han entendido. El amor habla una sola len- 
gua. . . Y el gauchlto roba de las próvidas siembras de 
don Nicola, la más preciosa fruta: su hija. ¡Estás ven- 
gado, Cantaliclo! Pero el gaucho viejo, no comprende- 
rá nunca, esta dulce venganza de las que fueron sus 
tierras, hasta que no acaricia las rubias cabezas de sus 
nietos. . . El símbolo no puede ser más completo y pal- 
pitante; es que esta obra, es más que una comedia re- 
bosante de vida, de ternura y de poesía: es una encru- 
cijada llena de sol, donde convergen pasado, presente 
y porvenir. 



30 


FLORENCIO SANCHEZ 


Año 1905, tercero de la producción de Florencio 
Sánchez. Estamos en su ciclo trágico: “Barranca Aba- 
jo”, “En familia” y “Los muertos”. Espiritualmente, las 
dos últimas derivan de la primera. Pero “Barranca Aba- 
jo” es la tragedia pura; las otras dos, las tragedias es- 
pirituales del hombre. 

Tiene por escenario “Barranca Abajo”, un alejado 
campo de Entre Ríos, quizá en el propio corazón de 
las selvas de Montiel, para que la tragedia -se desarro- 
lle en toda su pureza. Sana y pura como el campo, es 
el alma de don Zoilo, Sobre ella va a clavar su garra la 
tragedia, para que todo sea pureza en este drama del 
misterioso porque sí que dispone en los humanos des- 
tinos. Desde los primeros momentos de la obra, una ad- 
versidad implacable toca su única y obsesora nota. Los 
sucesos, enhebrados en el negro hilo de la fatalidad, se 
suceden y repiten como las negras cuentas de un collar, 
y fueran sombríamente monótonos, si la magia del arte 
no pusiese en esas cuentas, irisaciones de vida. 

Todo se confabula contra don Zoilo: los instintos 
de sus semejantes, producen su ruina y deshonor; el 
cielo envía la peste a sus últimos animales, como a las 
ovejas de Job; y como a Job, le hiere en los suyos, en 
el amor y la honra de los suyos, y en la vida de su más 
querida hija, su único oasis, el dulce lazo que todavía 
lo ata a la tierra. 

Hay un momento en la obra, de enorme condensa- 
ción: Evoquemos la escena. Como terrible saldo de sus 
cuentas con la adversidad, ésta le ha dejado al viejo 
Zoilo, las tres mujeres de atroz inconciencia, que for- 
man el resto de su familia. Pero don Zoilo es la sombra 
de la arnera, y esas tres mujeres van a abandonarlo 



CAKUÍH M. l'HINfUVAr/Mí ¡ti 

Umblén, No Ih/H ilollono, Al oooiriirlo, Ihh ciriituja, HIn 
onilmrxo, oHaw ímitiráti <|u« oír aiilcw hi itDiifnhlón k«’ 
ttoral do don Zoilt», y liquollu ulmtt pura, Ioh dfon; 

"Jm ftulpa lih Olía. Con v(»« íiií malo «lompro. No 
lo ((ulBe, y no to eri¡»ofid a Hor buona ma4re, «obro lo- 
do! , , , Con voH Larnblí^n, bormana, mo porld mal. No Lo 
di un buen ootiHoJo, onipoñao on baoorte do^raolada. 
UoaiiiidH dorroo.hd la intrLo de Lu borencda, como un per- 
dulario cualqulora, , . ¡y mía pobroa hljael Blompre me 
opUHo a la feUclda;d de l'rudencla. , . Kn cuanto a la 
otra, aquel aniíollto del cielo, la matd yo,,,! 

K1 aarcaHino no pije/le eer máB Hangrante, Jfle ol ^rl- 
i.(} de la vida (pie Hc vuelve (toutra la vida itilama; el uri’ 
U) (íontra todon y (tontra nadie; contra Lodo y contra 
nada, lía (d ret<j d(f Job! Al (drio, aquel laa pobrea mu- 
Jerea que van a huir, aíenUui la tragedia como una re- 
velación, y ae qtpídan allí. Junto al viejo Zoilo, doloro- 
aaa y extátlcaa, (Ui mudo bomenaje, Jfla que eae dolor 
buniano Impone c(ui la majeatad de au purexe; ea la 
(iorona de eaplnaa aobre la cabe/.a del Juato, 

"Kn familia” y "Ivoa muertoa” aun tambli^n deamo- 
rímamlentoa' vidaa que tambli'ui riiedon barranca aba- 
jo, tCn la primera, el alcohol y el envilecimiento apa- 
reíien como efcído, en "hm muertoa”, como (tauaa, Ce- 
ro cato ea exterbu', Ca verdiwjera cauaa de entrambaa 
tragedlaa (^a la abulia, la, debilidad de, e,aró,cter do aua 
reapectivoa prol4igontataa; íion Jorge y Idaandro, ber- 
manoa morab»a, lion Zidlo, el de "Ilarranca abajo”, no 
pudo evilar la tragedia, a peaar de oponer au fuerte 
peebo al lorrente, Con Jorge y Idaandro, de reverao, ae 
dejan llevar voluptuoaamente por la onda vlacoaa de 



32 


FLORENCIO SANCHEZ 


SU propia tragedia. Esa voluptuosidad se resuelve, tea- 
mente, en comicidad. Tiempo atrás, existió cierto género 
teatral a base de terribles asuntos, que hacía surgir, por 
arte de tramoya, un dios que arreglaba las tragedias. Y 
el público salía satisfecho de un horror. Os recue do 
al célebre dens ex machina. En estas terribles obras de 
Florencio Sánchez, ese dios es Baco, pero es un dios 
demasiado verdadero para que su mueca cómica pueda 
escamotearnos la tragedia que a su espalda, sigue su 
implacable línea. Y si ésta no tiene la grandeza artís- 
tica de “Barranca abajo”, es porque en “Barranca aba- 
jo” nos hallamos dentro de los círculos fatales más pu- 
ros, en tanto que en “Eos Muertos” y “En familia”, es- 
tamos dentro del campo de la sociología, quizá en las 
lindes del campo psiquiátrico. De ahí el carácter do- 
cumentarlo de estas dos obras, cuadros francamente 
realistas, sin estilizaciones ni símbolos. Sólo aspiran a 
transcribir con terrible fidelidad, sombríos capítulos de 
la vida cotidiana, desarrollada en la más asfixiante at- 
mósfera de las ciudades rioplatenses. La sugestión artís- 
tica y moral fluye de su fuerte objetividad, no de su 
espíritu. Es un arte de quirurgo. 

Con “Barranca abajo” cerró Sánchez su producción 
campesina, tres obras que forman el triángulo básico de 
una pirámide, en la totalidad de su Teatro. Del regiona- 
lismo campesino pasa al regionalismo urbanista, con 
“En familia”, “Los muertos” y esas numerosas piezas en 
un acto, escritas a lo largo de su actividad productora, 
entre una y otra obra grande, y que aparecen esparcidas 
como asteroides, en su cielo dramático. Son pequeños 
cuadros donde predomina el colorido popular: llenos de 
vivacidad casi todos; con puntos de sátira algunos, como 



OARLOS M. PRIN01VALL15 




“Mano santa”; con rasgos de aguafuerte, como “Moneda 
falsa”: con piadosa ternura los más, como "Canillita” y 
“El desalojo”: y todos ellos amasados con dolor de mi- 
seria social, trascendiendo á un vago olor de apostolado. 

El Teatro regional ista de Sánchez, tanto urbano co- 
mo campesino, es de observación directa, es realista 
Pero construye el autor con tanto arte, y suele conse- 
guir, valga la paradoja, tan bellas estilizaciones dentro 
del realismo, que su Teatro adquiere un acento especial 
que lo eleva sobre sus propios escenarios y su pro- 
l)ia materia. Literariamente, ese Teatro se caracteriza 
por el vigor de la concepción; por una unidad de ac- 
ción, pocas veces rota con episodios dispersivos, como 
el Idilio sentimental de “Barranca abajo”: así como 
por el firme trazo interior y exterior de las figuras. El 
diálogo es ceñido y vivo al mismo tiempo, y en cuanto 
al lenguaje, es justo en su color urbanista, y luce en 
el campesino, el más rico y oportuno refranero riopla- 
tense. Pero el carácter de este lenguaje campesino está 
más en la exterioridad del modismo y en la deforma- 
ción prosódica del léxico, que en la construcción mis- 
ma del lenguaje, ese tropológico lenguaje gaucho, apo- 
yado más sobre la imagen, que sobre el sentido recto de 
las palabras, como es común a los pueblos i)rimitivos. 

Técnicamente, ya lo hechos dicho, es el don inna- 
to, el oficio mismo, la cicuicia no aprendida, como eil 
cantar de las aves de Fray Luis. 

Año 1906. El 22 de Octubre, Florencio Sánchez es- 
trena “El pasado”. Y en “El pasado”, sin juego de pa- 
labras, está su porvenir estético. Ya conocemos la inquie- 
tud del dramaturgo, constante impulsora de sus despla- 
zamientos ideológicos, espirituales y físicos. Tenía que 



34 


PLOHBNCIO 8ANCHK54 


acabar por sentir estrechez en las formas reglonalistas, 
donde tan brillantemente triunfaban sus poderosas fa- 
cultades naturales, y va a ensayar el vuelo por más am- 
plios horizontes. Además, había sentido el espolazo de 
una crítica que lo emplazaba hacia otras realizaciones, 
para las cuales no había madurado aún, pero que Iba 
a atacar con todo el fuego de su espíritu creador y el 
brío de sus conviccions ideológicas. Aquí aparece nue- 
vamente el hombre de extremos que hay en Florencio. 
De la obra pura salta al drama tendencioso; del regiona- 
lismo, a la literatura dramática de asuntos universales 
dentro de formas también universales, sin más carácter 
rioplatense que el tomado en una amblentaclón acciden- 
tal, donde los personajes aparecen como esos viajeros 
que toman el matiz del país por donde pasan. Estos per- 
sonajes no pueden ser sino ideas dentro de esquemas 
psicológicos. De ahí el drama de conflictos mentales, de 
tesis, que forma su nuevo Teatro, que Inicia “El pasado”, 
y sigue con “Nuestros hijos”, “I>ob derechos de la sa- 
lud” y “Un buen negocio”, última de sus obras, estre- 
nada tres años después de “El pasado”. 

Son obras de lucha, de entusiasmo y de retórica. Por 
un curioso rebote, la crisis espiritual del artista, lo ha 
retrotraído a sus primeras actividades de luchador, con 
mayor bagaje, con armas mejor templadas, pero como 
si atjuella crisis buscase dar al artista el mismo punto 
Inicial de su jjrlrnera y brillante etapa, para ésta, su se- 
gunda y quizá definitiva etapa de su producción futura. 

Teatralmente, el dibujo de la acción de esas obras 
de crisis, es fírme y neto, como de su mano. Pero han 
dejado de ser pn;ductos naturales de su espíritu, el trazo 
de las figuras, la visión de los ambientes y sobre todo. 



(rARIXJa M. PRINCIVAIXK 


36 


el estilo de la palabra dramática. En “Nuestros hijos”, 
el lenguaje abunda en efectos verbales, elocuentes, pero 
tribunicios; en "Los derechos de la salud”, llega hasta 
la preocupación verbalista, con puntos de arcaizante, sin 
necesidad artística. No se rec.onoce a Florencio Sánchez, 
ei gran artista de io simple, diciendo avezar por acostum- 
brar. 

Al cambiar de modalidad, Florencio Sánchez entró 
en uno de esos agudos períodos de crisis artística, que 
sólo conocen ios grandes, y la pirámide de su obra tea- 
tral va a precipitarse hacia su vértice, pues la muerte 
le ha de sorprender en plena evolución. Adónde pudo 
llegar en su nueva concepción del arte teatral, es cosa 
que escapa a nuestra capacidad inductiva. Pero si nos 
es dadé hacer cálculos de posibilidad, con datos tan exac- 
tos y seguros, como oran la potencia de su talento creador, 
su espíritu penetrante y su maravillosa aptitud de asi- 
milación, no dudamos que hubiese alcanzado la pleni- 
tud en su segunda creación estética. 

El reloj de arena de su vida se ha roto, pues, por el 
tenue cuello que une las esferas. Pero basta para su gloria, 
lo que realizó: un mundo de belleza, de emoción y de ver- 
dad, donde puede asentar sus cimientos con firmeza, el 
Teatro Rloplatenso. 

Se va a consagrar esa gloria, con el bronce de los 
monumentos. 

El genio francés, gran maestro, ha levantado a Mo- 
llére, excelso padre de su Teatro, bellaa estatuas. Pero 
ha querido sintetizarlas en el monumento de los monu- 
mentos, levantando la Casa de Moliére. Ha dado así un 



:m Ki.oiiWNcio hancmikz 

ciiurpo a (!H(! <!f4j)írll,ii Inmortal, para slj^a en la hii- 
(!(!hIóii <l(!l llr-mpo, florocPüido. 

(loiiHlrnyatnoH laml)ir'ii hh (lana al |tá(ln; dal Teatro 
KIoplaLotiHo. llaKamoH la (íana de l'’loron(do Sánchez, kI 
levantar hh verdadero monuuKmto, vivo y fe- 
cundo c,oino Hii genio creador! 







Juana de Ibarbourou 

Por 

Francisco Alberto Schinca 




Juana de Ibarbourou 


Señoras y señores; 


La profecía de Alfonso Seelif;, que en las |)OStrlm(!- 
rías de la pasada centuria se aventuró a vaticinar (|ue el 
siglo XX sería el del advenimiento de la mujer a todas 
las esferas de actividad que, por Imposición de la cos- 
tumbre y casi ])or consentimiento universal, parecían re- 
servadas al hombre, ha empezado a cumplirse. Un há- 
lito de feminidad, y de feminidad victoriosa, pasa hoy 
sobre el mundo. Y la que primero vivió reclusa en los 
glneceos voluptuosos y luego confinada en los cenol)ios 
austeros y sombríos, no desdeña hoy de exhibirse bajo 
la luz Cegadora del sol, en los certámenes de la energía 
humana, en las palestras de la acción y en las del pen- 
samiento, no ya tan sólo para decorarlas y embelle- 
cerlas con la gracia suntuosa de sus actitudes, ante 
las cuales la rudeza viril se rinde en la reverencia y la 
lisonja de los homenajes humildes, sino para asumir 
un gesto nuevo, para proferir una palabra reveladora, 
para avivar el fuego de- la voluntad que crea y (jue eje- 
cuta, o para encendc.r sobre los horizontes dctl arte y de 
la vida una flamante luz de esperanza y de hlealldad. SI, 
no cabe negar que es ésta la edad de oro de la mujer, 
y también se me antoja Indudahh* (pie, como se; detdara 
en la predicción del escritor galo a que más arriba 



6 


JUANA DE IBARBOUROU 


aludí, es en los dominios de la poesía lírica donde aqué- 
lla deja más hondamente impresa y grabada la impron- 
ta de su sutil sensibilidad, que sigue siendo, por fortu- 
na, su cualidad más excelsamente característica y domi- 
nante. Es a ella acaso a quien corresponde, en esta épo- 
ca de predominio del deporte y de exaltación de las 
aptitudes subalternas, la misión altísima de salvaguar- 
dar y defender los fueros del espíritu, de atemperar la 
violencia de la lucha diaria y acerba, de predicar la to- 
lerancia y la piedad sobre el desenfreno de los apeti- 
tos y el incesante choque de las pasiones desencade- 
nadas. Y, por predestinación singular, acaso sea ella 
la llamada a salvar indemne de la invasión de las no- 
velerías barrocas y de los snobismos estridentes el te- 
soro de las viejas emociones humanas, de las eternas, 
de las que no se extinguen ni declinan, de las que 
son como la eflorescencia misma de nuestra per- 
sonalidad, porque se engendran en los sentimientos 
primordiales y forman con su sustancia la trama irrom- 
pible de la realidad dolorosa y decepcionante en que 
nos agitamos y debatimos. Esas emociones son las que 
la mujer, instintivamente, prefiere para encarecerlas 
y fijarlas en las duraderas creaciones del arte y de la 
poesía, porque sabe que es en aquellos veneros inex- 
haustos donde ha de abrevar siempre la pobre alma de 
los hombres, transida de pena o de esperanza, y que 
bajo la magnificencia de las formas externas de la es- 
cultura, de los ritmos musicales alados y ágiles, y de las 
palabras expresivas y las figuraciones y alegorías de 
los poemas, se estremece la angustia de ser y de vivir, 
tema dilecto del artista, que gusta de envolver la mise- 
rable y torva verdad en maravillosos cendales de púr- 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


7 


pura, que son las líneas armoniosas, los acordes per- 
fectos y los vocablos hechiceros, para brindar así a los 
desencantados y a los tristes los mágicos filtros y los 
adormecedores nepentes de la ilusión consoladora! 

Si la poesía lírica es, por sobre toda otra cosa, efu- 
sión de la personalidad y espontánea fluencia del senti- 
miento, no puede darse más eximio poeta que la mujer, 
en la que personalidad y sentimiento se conjugan e 
identifican por modo único y peculiar. Y por ello, sin 
duda, ha podido afirmar Antonio Machado, en reciente 
comento a un libro profundamente femenino, que hoy 
cuando la poesía se inclina a ser un puro deporte del 
intelecto, tal vez sea empresa de mujer su necesario 
complemento en una lírica de alma, rica de intimidad. 
Dictamen que no difiere mucho del de otro autorizado 
crítico español, el certero Cansinos Assens, que pon- 
deraba la actividad literaria de la mujer y se gloriaba 
de que en lo presente cuenta España con una brillante 
pléyade de mujeres, salidas de las Universidades y de 
las Academias artísticas, que han recobrado la natura- 
lidad perdida, el tono sin énfasis, el sencillo gesto fe- 
menil. “Y estas mujeres — agregaba — que han susti- 
tuido la religión por el arte y la coquetería por la sin- 
ceridad, y que están suscitando un gran movimiento de 
amor en nuestra vida y en nustra literatura, represen- 
tan nuestra más fundada esperanza”. 

El toque está en que la mujer que escribe no se li- 
mite a hacer de su obra una mera rapsodia de la ya eje- 
cutada por el hombre, y que acierte, en un magnífico 
alarde de sinceridad y de abandono, a entregarse por 
entero en sus producciones, para que nos sea dado, al 
fin, escrutar y desvelar el temeroso enigma del alma 



8 


JUANA l)K IMAflHUUUUtt 


fomonina. Haita ahora, y eata obiorvación no ea ya un 
hallazgo de la crítica poraplcaz de Cantlnoa Aaaena, - - 
liabíamoa Interrogado en vano a la ««finge de ojoa te* 
nobroNON y de labioa hermdtleoa, Hólo en muy conta<laa 
oeaMlonea obtuvlmoa la confidencia apaaionada de una 
pura alma de mujer, deanuda y clamante, í,,aa poetlaaa 
de todoa loa tlernpoa noa conmovieron con aua gemldoa, 
noa deaorlentaron con aua Ingenuldadea, noa inquieta* 
ron con au aparente complicación eaplrttual, Pero caal 
todNH (torraron celoaamonle a nueatraa mlradaa analo- 
aaa e Inquiridoraa el huerto aromado de' su Intimidad, 
y aólo lutrnoa podido oíKtimhar, en mueboa algloa de 
atención oapectante, unoa po(;oa gritoa de pasión au- 
tóntlca, de confesión eapontánca y de lirismo Inconte- 
nldo y de buena hay, Uu. poesía femenina moderna tien- 
de a expresarse con valentía y hasta (ton audacia, y noa 
pone así cual en poa(*«ión del retiro seguro y deleitoso 
de a(|uellaa almas fraternaleu que nos vedaron hasta 
hoy todas las ofuaionea y traías las dádivas, con tan 
extremado y pudoroso ro(;ato, qtu! una palabra de sin* 
(terldad sonaba a pecado inexpiable y una metáfora po- 
co común Huartltaba, aun sin trasponer loa límites de lo 
consentido y discreto, el escándalo, la protesta y la ad* 
monhtlón, Y, sin embargo, ¿<jómo ha de rertonvenlrae 
a la mujer porque nos hace; libre do velos encubridores, 
la ofrenda esplríudlda de su alma, y cómo hemos de cen- 
surar en ella la tendencia a poner en las palabras do 
aua versos y en las imágenes do aua poruñas loa estre- 
mecimientos y las fiebres do la ansiedad que la domina, 
del afán (|ue la mueve, dtd desasosiego que la posee, del 
dolor que la tortura, del desencanto que la contrista y 
hasta de la pasión que la enajena? 



rUANCIHCO Al.m<;i(T(> SCIIINrA 


II 


II 

TlJ’rra jiroplcla al floroclnili'nlo de owa poi'HÍa ff- 
m<inlna. lírica jxir aiitoiintnaHia, es doclr, llami'aulo do 
«Inooridad, onforvoroclda por el Jdbilo o la IrlHlo/.a do 
vivir, poblada do grltoH. nnirooorlada do «UHplroH, oh 
niioBlra Amórloa. y muy parllonlunnotito ol liniKuay, 
Aquí nacloron Doluilra AkuhIIiiI. María líugoniu Va/, 
Korrolra, .luana do Ibarbourou. La prlmora oompuHo 
BU» canclonoH como on una alucinada atniÓHrora do 
doHlumbramloiilo, con ol alma como arrobada on un lar- 
go óxtasl». y MU poi'MÍa proco/, y fulguranlo mo iioh a pa- 
recí' oonio oncomlbla on la boguora do todaH laM jia- 
Hloni'H bumamiH, en la ipio acabó jior ardor, al fin. la 
vida do aquella jiortallra gonlal, prodcHlInada a la 1ra- 
giHlla. La Hcgtmda. María lOugonla Va/, Fi'rroira. tmiH 
corobral y menoH emotiva, fuá ardorona y voraz, on la 
oxproMlón de hiih houI ImlenloH, iraducldoH en oHlrofaH 
culdailoHamenle clncoladaH. .luana do Ibarbourou ho uoh 
proHonta como la iuiVh Monctlla y natural, oxonla do ata- 
víoH. llliro de iirencnpacloncH. onviieltn, cotno on un velo 
cándido y pudoroHo, on mu oHpontanoldad magnífica y 
Hoborana. VIone de biH HoloadaH cainpifuiH tiataloH, con 
el 0H]ifrltu como macerado en Ioh puroH aromuH do la 
tierra, goneroHatneole favorecida, por i'l Inigualable don 
del canto, prcMcnle InoHporado y funoMio, al (|ue loM 
iingldoH y agracladoH Huelen deber a la ve/, la gloria 
que connagra y ol Inforliinto que Hubllma. Había jia- 
Hoado con ol alma donnuda por jiradoH y vorjoloH, y un 
día, como cu una revelación, babía llegado a jiorclblr 
la» ooullaH armonían do la naluralc/,a. la» iiercgrlnaM 
im'iHlcnM del arroyo, la canción qucrelIoHa do Ioh árbo- 
loH on el boMque, el fugitivo rumor de la brlHa, Iiim ce- 



10 


JUANA DPI IBARBOUIIOU 


lestes sinfonías de las estrellas. Acaso en su infancia 
ajtacible tuvo como el presentimiento vago de que po- 
seía una aptitud excepcional, de que la divinidad estaba 
en ella, y de que, en algún día no lejano, esa inquietud 
que la dominaba en ocasiones hasta ajenarla, acaba- 
ría por traducirse en palabras sutiles y como hechiza- 
das, que habían de ordenarse en el verso, florecer en 
estrofas, agruparse en poemas de suprema belleza. Era 
soñadora y salvaje, y gustaba con fruición de la poesía 
ruda de los crepúsculos, teñidos de rojo por el sol que 
se desangraba al morir, entre púrpuras y pompas ce- 
sáreas, sobre la remota línea del horizonte. Se compla- 
cía también en los suaves amaneceres y en los corus- 
cantes mediodías, y no era insensible a ningún espec- 
táculo de la naturaleza eterna y mudadiza. La embria- 
gaban los perfumes fuertes del campo, el humilde y 
casi desvanecido de la retama, y el áspero y cordial de las 
manzanillas curativas que ella evoca en uno de los 
poemas .de “La rosa de los vientos”, en los que parece 
haber querido eludir las sugestiones de la vida rústica 
y campesina que colman sus libros anteriores, impreg- 
nándolos de indlsipables esencias balsámicas. 

Escribe sus primeros versos a los catorce años de 
edad, y justo es advertir que aquéllos revelan una pre- 
cocidad que confina casi con el milagro. Los he encon- 
trado en una selección de sus mejores poemas que aca- 
ba de publicar en Chile la benemérita editorial Naci- 
mento. La autora, acaso excesivamente celosa de su 
celebridad, se rehusaba a consentir en que esa compo- 
sición, en la que su genio ensayó los primeros tímidos 
vuelos, fuera incluida en la colección, que podría re- 
sultar desmerecida. No había por qué negar hospitali- 



FRANCISCO ALBERTQ S(;H1NCA 


11 


dad en el libro a ese soneto, que está muy lejos de ser 
un mero balbuceo de la musa, sin que ello importe afir- 
mar su imposible impecabilidad. Se titula “La corriente 
de cristal”, y en él se denuncia el amor indeclinable de 
la poetisa por todas las cosas de la naturaleza, en este 
caso por el agua clarísima y de absoluta limpidez que 
ella compara con un cristal y con la que anhelaría ha- 
cerse un vestido de novia, como homenaje a su trans- 
parencia, emblema de pureza y bondad. La novia rubia 
que usara ese traje habría de ser buena, hermosa y vir- 
ginal. ¿Es que se concibe acaso nada más bello que el 
agua clara transformada en la tela de un vestido nup- 
cial? La autora se duele luego de la desaparición de las 
hadas y de que no puedan ser verdaderos, en estas épo- 
cas de escepticismo y descreencia, los milagros y he- 
chicerías de la fábula oriental, que la hubieran permi- 
tido realizar su capricho de tejerse un simbólico traje 
de novia con el cristal incontaminado de aquella agua 
corriente, dechado de transparencia y limpidez. El tema 
puede ser tildado de simple y la forma resulta imper- 
fecta, pero es innegable que el sentido de la versifica- 
ción musical y ajustada a ciertos cánones no está del 
todo ausente de esa primigenia labor, que promete más 
cumplidos florecimientos. 

Como experiencias y tanteos anteriores a la pu- 
blicación del primer libro de Juana de Ibarbourou, he- 
mos de recordar aquí las composiciones que aquélla 
prodigó en diarios y periódicos con el seudónimo de 
“Jeanette D’lbray.” No habían de ser labores de tan 
menguado valimiento cuando una de ellas atrajo sobre 
sí la atención y los comentarios de la crítica y ^de lo^T' 
entendidos. Juana de Ibarbourou dejó de ser pronto 



12 


JUANA DE IBARBOUROU 


la escritora obscura que se prearaba en silencio para 
la empresa definitiva y consagratoria, y adquirió sú- 
bitamente la notoriedad que el público concede gustoso 
a los que aciertan a conmover su sensibilidad y a comu- 
nicarle el propio fervor por la hermosura. 

La gloria llegó hasta ella con la publicación de 
su primer libro, “Las lenguas de diamante”. Ella misma 
ha afirmado que es el que prefiere entre todos. Un pe- 
riodista que obtuvo de ella esa confidencia osó pregun- 
tarle qué fin había perseguido al publicarlo. Y Juana 
de Ibarbourou le dió esta bellísima respuesta: “Ningu- 
no. Me di en él como se da en la flor cualquier matita 
de hierba. Uno no sabe nunca, al florecer por primera 
vez, si la corola será una cosa mínima o algo hermoso. 
Tampoco se piensa en ello. La gente se encarga de de- 
círselo después. Y uno tiene así sorpresas maravillosas. 
Por eso, mi primer libro ocupa el mejor lugar en mi 
corazón”. 

Libro bien logrado, en efecto, éste que llega a nos- 
otros para hacernos conocer el alma infantil, nostál- 
gica, apasionada, cordial y múltiple de una de las más 
extraordinarias mujeres de nuestro tiempo. Todo en él 
seduce y cautiva, y así puede darse el caso singular de 
que, siendo esa obra la primera florecencia del ingenio 
privilegiado de la poetisa, tiene todos los caracteres de 
una creación definitiva, fruto exquisito y depurado de 
la madurez del talento y de la plenitud de la inspira- 
ción. Mufchos compartirán el juicio de la poetisa in- 
signe, y creerán, de seguro, que ese primer intento de 
captación de la belleza verbal — para casi todos los 
que escriben el primer libro es un conato no pocas ve- 
ces demasiado ambicioso — no ha sido superado por 



niANCIKfíO AbJTOIlTO MCUINdA 13 

loít IHífOM po«ffiflof*íK. «I íiflrmarííi^ íjijb eti 

ttlf(uno9 de ('■ftfoe se exhiben aepeeioe nuevo» de la per- 
ííonttlldttd eximia de la ya «lorloea eacrllora. No liny en 
"La» lengua» de diamanto" nmla que de»«!oníderte, 
NI Itt veralflettclón, ni el l^ixleo, ni lo» tema» NI hd»- 
queda afanoaa de la originalidad ni pretenalone» de 
eonqulatar para la poe»la tierra» y continente» Igno- 
to», Tópico»; lo» mA» íiorrlente», humano» y elementa- 
le»; el amor ardoroMO por la nattirale;«a, la gloria de 
vivir, la trlatextt do aaberae caduca y pasajera, el ho- 
rror de morir, el vArtlgo y el frenesí de amar, de amar 
con todo» lo» sentido» y con toda el alma, ¿lí« cato 
todo? Wí, c» cato, y nada mA», Y todo esto cstA ya en 
mucho» anteeeaorc» de nuestra poetisa, H31 amor de la 
naturales, en Virgilio y en lo» bucólico» de todo» lo» 
tiempo»; la gloria de vivir, en llorado; la tríatela de 
saberse perecedera, en Honaard; el horror de morir, 
en Lucrecio y cu Ornar KayAn; el ímpetu amoroso lle- 
vado hasta la locura Inebriante, en Marc-cllna Desbor- 
de» Valmorc», en la Condesa de Noallle», en Delmlra 
Agustlnl, y en tanta» otra». . , Pero e» que eso» tema» 
eterno», monótono "lelt motlv" de todo» lo» cantó», 
de t(^» la» oda», de toda» la» elegía», han sido tro- 
tado» en "\Mti lengua» de diamante" por una musa 
(pie, entre otra» virtudes suya» pecullaríslma», po»ee 
la de saber trasmutar la materia de la meditación de 
lo» fllósfrfo» y de la Inspiración de lo» poeta», y haí;er- 
no» la ofrenda de su propia alma con gracia tan suya 
y cautivante que todo parece como remojado en su» 
mano» y en su Imaginación, y se no» antoja que escu- 
chamos por primera ve», en el silencio de nuestro mun- 
do íntimo o en el bullicio ensordec.edor de nuestra» clu- 



14 


.(UANA Dlí IBAUUOIIROU 


da(l(!8, t'HOH humaruiB aficntoB da amor, esos sollozantes 
clamores de angustia, esos fí'írvldos himnos al gozo de 
vivir y esos salmos ardientes a la esperanza y a la fe. 

No es lo raro lo (|U(í nos seduce en esos versos, 
como en los de María Eugenia Vaz F’errelra. “Entre lo 
raro y lo bello prefiero lo raro”, había exclamado aqué- 
lla, deseosa de dar una definición de su propio genio. 
Pero Juana de Ibarbourou, entre lo raro y lo bello, pre- 
fiere lo bello, y lo bello expresado con decoro y con senci- 
llez, que es lo único que tiene asegurada la perennidad 
en el conjunto de las empresas y las obras humanas efí- 
nuiras y perecedcsras. Ella sabe muy bien que lo natural 
suele s(>r en poesía lo bien dicho y, en general, la solución 
más acertada dtd problema de la expresión, según el decir 
de Antonio Machado, que agrega todavía: "Los tropos, 
cuando superfluos, no aclaran ni decoran, sino compli- 
can y (‘nturbian, y las más certeras alusiones a lo hu- 
mano se hicieron siempre en el lenguaje de todos”. 

SI queréis saber cómo tuvo la poetisa conciencia 
de su admirable don de soñar y de escribir, en un pla- 
neta áspero en el que la mayoría de los hombres no 
conoce ni la delicia de imaginar ni el placer de can- 
tar, leed la composición “El dulce milagro”. Es la 
exaltación embriagantí; por haber asistido al prodigio 
de que sus manos florecieran en magníficas rosas. 
“¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. — llo- 
sas, rosas, rosas a mis dedos crecen. — MI amante besó- 
me las manos y en ellas — ¡oh, gracia! brotaron rosas 
como estrellas”. Deslumbrada, va clamando por los ca- 
minos su Inesperada felicidad, y se aroman de rosa las 
alas ligeras del viento. La gente la supone loca. ¿No va 



FRANCISCO ALBERTO SCIIINCA 


15 


diciendo acaso que en las manos le han nacido flores 
y no las va agitando como mariposas entre risas y 
llantos de perturbada? 

“¡Ah, pobre la gente que nunca comprende — un 
milagro de estos y que sólo entiende — que no nacen 
rosas más que en los rosales — y que no hay más trigo 
que el de los trigales!” 

Desafiando la creencia común, levantada en las 
alas potentes de su ilusión, dueña absoluta del cielo 
azul, del campo sin límites, de las estrellas inaccesibles 
y del jardín que se desborda en rosas, ella prosigue, 
como enajenada, su marcha por el mundo y continúa 
floreciendo entre el asombro de los hombres vulgares 
e incomprensivos. Personifica, así, a todos los poetas 
de la tierra, locos de ensueño y de melodía, que convier- 
ten en el oro magnífico de sus quimeras las más viles 
sustancias y los metales más plebeyos y deleznables. 

“Cantaré lo mismo: mis manos florecen — rosas, 
rosas, rosas a mis dedos crecen. — Y toda mi celda, ten- 
drá la fragancia — de un inmenso ramo de rosas de 
Francia”. 

Esta obsesión del florecimiento lujurioso de las ro- 
sas aparece también en otras composiciones. Casi po- 
dría afirmarse que la flor gaya, simbólica y carnal de- 
bería figurar en el blasón de la poetisa si fuera posible 
que los poetas tuvieran una heráldica propia, como fi- 
gura en los cuarteles de Rubén Darío, como cifra y 
compendio ele su lírica, el cisne de albura impoluta y de 
elegancia aristocrática. “El amor es fragante como un 
ramo de rosas”, prorrumpe Juana de Ibarbourou en su 
HjetTÓ poema "Amor”. Y en otro, clama; “Silencio en 


Iti 


JUANA DK IIIAIlHOUltOU 


miüHlroH labloH una roaa ha florUlo”. La cotilíunplanlón 
(1(‘ un H(ít,o cuhlorU) da roaan la ha l.matornado d« ala- 
Krfa y la liac.a aoñar con diilcoa dallquloa anu)ri>Hua. 

Ol.raa pr(‘dllc(!clon(ía da cala axqulalta portallra: 
Jíl aRua pura y cantarína, la pcíiuafia llama m.jvlhl»! y 
tcmhloroaa, la luna alta y como fantaatnafíórica, loa 
aroniaa (ainipcaírca, y, por aohro toda otra coaa,* loa 
traaportca de la paalón y loa boBoa qucrnanitea del 
amado. 

SuRoatlón do la luna irreal, "vbOo y eft'rno lampa- 
dario", ((utí contempla Impaalble loa Idllloa que tienen 
por teatro la tierra: 

"Hajo la luna cobre, taelturnoa amant(>s, 

(U)n loa oJoH glmamoa, con loa ojoa hablemoa. 

Serán nueatraa pupllaa doa lenRuaa de* diamantea, 
movldaa por la magia do dlálogoa aupremoa". 

lOn "La pcqucíía llama" db-e: "Yo alentó jjor la luz 
un amor de aalvají!". Y en loa veraoa de "La buena 
criatura" noa revela au fraternal amor al agua, el pro- 
dlgloao elemento vivo y mi'Utlple, "aanta, mllagroaa y 
aonellla’’, "Yo alentó jmr el agua un cariño de her- 
mana”. 

Deaearía a((r deapuáa de muerta una pequeña y tem- 
blante llama, una lengua ígnea de dulzura Infinita que 
iluminara laa largaa nocliea ilel amanten deaolado y dea- 
conaolado. 

Sbmte profundamente la anguatla del agua quieta, 
(|U(* ea la pupila ciega del pozo viejo y abandonado: 

"Aumim! corran laa nubea, aunque traigan loa 
vienloa pátaloa d(í roaalea y hoja» de penaamlentoa, 



FRANCISCO ALRKUTO SCIIINCA 


17 


— aunque pasen amantes coronados de hiedra, — esta 
agua siempre fija, sin reflejos, tranquila, — en el fondo 
del pozo es la ciega pupila — muda y desesperada en 
su cuenca de piedra”. 

El sentimiento del amor se expande siempre en 
ella mezclado a sensaciones de naturaleza y de vida. 
“Amémosnos”, exciama, en ardiente deprecación que se 
cierra con estos versos admirables: 

“Y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos, 
— con estremecimientos breves como destellos — de 
vagas esmeraldas y extraños crisolampos'”. 

Su alma es roja y blanca, de rosal y de lirio, y es 
ella, no su carne frágil, la que sufre el martirio y se 
exalta en extraña ansiedad de ternura (“Pasión”). 

En los arrobos y deliquios del amor, gusta de ofren- 
dar al elegido su alma desnuda. “Desnuda con el puro 
impudor — de un fruto, de una estrella o de una flor. — 
De todas esas cosas, — frutos, astros y rosas, — que no 
sienten vergüenza del sexo sin celajes — ya quienes 
nadie osara fabricarles ropajes”. 

Ella, tan jovial y reidora, como todos los que gozan 
sin reservas del presente envidiable de la salud plena, 
se siente a veces ahogada por el llanto, pero disimula 
su aflicción y su Inquietud cubriéndose el rostro con la 
alegre máscara de la risa cordial. “Mentira, no tengo 
ni duda ni celos, — ni inquietud, ni angustias, ni penas, 
ni anhelos. — SI brilla en mis ojos la humedad del llan- 
to — es por el esfuerzo de reirme tanto!” 

Peregrina nota, por cierto, en este libro en que todo 
es claro, natural, sonriente y optimista, al punto de que 
ha podido escribirse que son artificiosas, falsas y retó- 
ricas las efusiones de tristeza o de melancolía filosófica 



18 


JUANA DE IBAIinOUROU 


con que la autora ha querido matizarlo y como ensom- 
brecerlo. ¿Pero qué mucho que el fugaz desencanto, la 
amargura desesperada y la nostalgia vaga de lo inal- 
canzable ganen también por momentos esta alma joven 
y radiosa, embriagada con todos los elixires y beleños 
del amor y del arte, si así también se mezclan en la vida 
las exaltaciones del júbilo y las lánguidas querellas de 
la desilusión y el pesimismo? 

La escritora genial que compuso este libro bellísi- 
mo siente en ocasiones la pesadumbre del hastío, del 
tedio de su vida monótona y triste. Envidia a la Magda- 
lena y daría su alma por los mil esplendores de sus amo- 
res innumerables. Vestiría después el sayal pardo o gris 
de los penitentes. Transcurridas las noches de la orgía, 
barro dorado por el que está dispuesta a cambiar el in- 
menso bostezo de su paz, ofrecería a Jesús un gran vaso 
colmado de balsámico ungüento de nardos, al igual de 
la bella pecadora que supo arrepentirse después de haber 
embriagado a los hombres con el aroma capitoso de su 
cuerpo y con el hechizo diabólico de sus caricias. En 
otro poema, en el que es, sin duda, más sincera consigo 
misma, santifica a Thais, la cortesana convertida, en 
cuya boca floreció un exquisito lirio de oro y a cuyos 
pies se ovillaron, vencidos, el leopardo de la tentación 
y los chacales rojos del pecado. 

A veces piensa, en interminables noches de insom- 
nio, en esa monja negra a quien los hombres llaman la 
Muerte. En las urgencias del amor, pide a su amante 
que la desciña, y le promete surgir bajo su mirada como 
una estatua vibrante sobre un plinto oscuro, hasta el 
cual se arrastra, como un can humilde, la luna. Experi- 
menta a veces los acuciamientos y zozobras de la inquie- 



FIIANCISCO AI^IIKUTO SCHINCA 


19 


tud, que no pueden mitigar los labios encendidos del 
. amante. Aspira a fundirse con ei elegido de sus sueños, 
ligando sus dos almas con un lazo sobrehumano que ni 
la muerte romperá. Es olla la Samaritana de sus versos, 
que brinda al Habí que clama piedad su cuerpo moreno 
y palpitante, para saciar la sed inextinguible. “La sed 
era en su boca como un largo rubí, — y yo el cántaro 
vivo de mi cuerjio le di”. 

El tema d(! la futracldad irremediable de todo placer 
y de todo amor reaparece en las estrofas de “La inquie- 
tud fugaz". Siente que su carne se irá desmenuzando en 
quietud y silencio bajo la tierra negra, mientras oirá zum- 
bar la vida encima de sus tristes despojos, como una abe- 
ja ebria de ambrosía y loca de luz. 

La noche es una monja sombría y taciturna, condes- 
cendiente y i)ladosa i)ara los tristes como si fuera her- 
mana de Francisco de Asís. Suele odiar la melancolía 
de la luna, que la entristece con su faz de bruja. Cele- 
bra el magnetismo de los ojos del amado y exclama; “Yo 
quiero el mal de tus i)upilas. Dame — ese mal que hace 
bien al alma mía”. 

En la última parte del libro, que se rotula “La clara 
cisterna”, hay también indudables aciertos de tema, es- 
tilo y concepedón. En la “Siesta durante el viaje”, delira, 
bajo el sopor estival, con la dáíJlva del reposo y la som- 
bra, y siente un deseo (deciente e imperioso “de la ca- 
ricia fresca de; tu maaio”. 

Sueña con i)asar un buen día de camjjo, vestida de 
blanco y aromada de rosas, corriendo por las rufas que 
huelen a tomillo. Cuando retorne a la ciudad, tendrá 



20 


.(UANA t)K IBAtlHOtritOri 


todavía, on Iob o}ím aleKr«R y ftxtaHladoH, "una Impro- 
vl»f.a llama do bondad na/aronu”, 

MuKnífbra buoóllra la quo llova por rótulo una pa- 
labra ónlca y Himplo: “Cuadro". Aquí ho «nHanrban Ioh 
pulmonoH (on la tonificante fraKancla del aKro, y el alma 
enloquece de libertad. Aquí tamblón ríe la mañana pla- 
centera y aml^a "bajo el hoI que madura la» coae- 
cbaH del año". Una parva ea para ella un lecbo que 
amor aroma y mulle, y el aol, como un amigo cómplice, 
entibia y dora. íiUego, una vlatón de la plácida vida 
de la aldea, en que ella y el amado irán, cogldoH do la 
mano, por lo» campoH r!Hpaclí>HOH, "a travón de ioh boa- 
(jiieH y loH trlgoH, ■ entre rebafion cándIdoH y amlgoH, 
Hí)bre la verde placidez del llano”. 

"Y en IttH rnóglcoH noclir-H entrelladan, 
bajo la calma axul, entreluzadan 
laH manoH, y Ioh labloH tembloroHOH, 
renovaremoH nuoHtro muerto Idilio, 
y Hísrá como un ver»o do Virgilio 
vivido ante lo» antro» lumlnoHOH". 

lín "La caricia”, una fruición qulntaenenclada: 
"Con paHo cauteloHO te acercante, 
por Ion ojon la roña me panaHto, 
y yo nentí la nennaclón del bono". 

En "Fugitiva", nlente tran ni, en nu frenó* lea ca- 
rrf>ra de ninfa a travón de la nelva, el c.cn d»;! pono fur- 
tivo de un fauno que la pernlgue en la perfumada pe- 
numbra. Y bay algo de pagano y Juvenil en ena ana- 
crónica evocación del ner fantántlco, imaginarlo y re- 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


21 


divivo, símbolo de la despreocupada lujuria y de la li- 
bertad incoercible. 

La melancolía y la desesperanza velan a veces la 
voz jubilosa y moceril. Y la filosofía escéptica, sin gri- 
tos y vociferaciones, le dicta entonces algunos versos, 
no los menos afortunados. Ved, por ejemplo, en “Me- 
lancolía”: “Lunes: movimiento, trabajo, alegría,— sólo 
tú, alma mía, — siempre con tu peso de angustia som- 
bría — ¡siempre con tu fardo de melancolía!” En “Ba- 
jo la lluvia”: “Y voy, senda adelante, — con el alma 
ligera y la cara radiante, — sin sentir ni soñar, — lle- 
na de la voluptuosidad de no pensar”. — Y siento, en 
la vacuidad — del cerebro sin sueños, la voluptuosidad 
— del placer infinito, dulce y desconocido, — de un mi- 
nuto de olvido”. 

Y en “Cansancio”: “Oh, este eterno anhelar, — 
oh, esta eterna inquietud! — ¡cómo a veces te sueño, 
— sueño del ataúd! — ¡Oh, tenderse en el polvo! — 
¡oh, ser polvo y no más! — ¡Oh, ser polvo, ser tierra, 
— disgregarse, volver — a la nada que ignora - - la fa- 
tiga de ser!” 

En “La cisterna” se plañe de que su vida presente 
se asemeja a un pozo, a una angosta cisterna, profunda 
y circular, en la que no ha de dar nunca la mirada de 
Dios. Luego, algunas poesías en que, humanizada y 
vuelta hacia el dolor común y universal, celebra y exal- 
ta la piedad y la misericordia. En “La canción” pro- 
mete cantar en adelante para todos los hombres, para 
aplacar la ajena angustia. En “Tregua del campo” se 
compadece de las mujeres que tienen el alma estru- 
jada por la ácida y torva vida de la ciudad. Les acon- 
seja la cura sedante de la soledad y el silencio, en el 



22 


JUANA DE IBARBOUROU 


campo extasiado bajo el sol generoso o embellecido 
por el sortilegio de la luna. En “Cementerio campe- 
sino” invierte el tema y se conduele de los muertos 
que han sido enterrados en el árido camposanto rural, 
entre piedras y bajo la sombra de una palmera inmen- 
sa: los pobres muertos, hermanos de los otros que duer- 
men para Siempre en el fondo del mar inconquistable 
y a quienes nunca turba el rumor de la vida honda de 
las metrópolis modernas. En “La arboleda inmóvil” se 
compadece de los árboles quietos y pide al pampero que 
los sacuda rudamente y los llene de inquietud y de ruido. 

Parece, pues, una enamorada ferviente de la agi- 
tación y de la vida activa y estruendosa, pero de pronto 
la asalta la nostalgia y el vivo anhelo del silencio, y 
quisiera tenderse a soñar en la playa una noche de 
luna, para entregarse a la sortilégica mudez de la na- 
turaleza en sombras. Desea, en una palabra, “dar el 
cuerpo a los vientos sin nombre — bajo el arco del 
cielo profundo — y ser toda una noche silencio — en 
el hueco ruidoso del mundo”. 

Y luego, otra vez, en un incesante alternar y fluir 
de sentimientos y emociones contrapuestos, el amor jo- 
cundo a lo que vive y la pagana y casi supersticiosa 
adoración del sol. Aconseja al hombre de faz sañuda que 
dé al viento del alba el agrio afán nocturno que lo 
atormenta y que participe del júbilo de las horas cla- 
ras que llegan, de las horas sin mácula que bajan tem- 
blorosas a la tierra grisácea para encender en lumbre 
nueva y en renacidos optimismos las angustiadas al- 
mas humanas. Saluda, en otra composición, a la nue- 
va esperanza, que vuelve a ella, promisora y cordial, 
como un ramo de hierbas olorosas cortadas a la hora 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


23 


del alba. Ella la acoge, plegadas las manos, con un 
gesto asombrado de mendiga. A pesar de sentir que 
la claridad aumenta en su espíritu, está amargada y 
vencida todavía, y no puede darse entera al milagro 
de resucitar a nueva existencia. 

Son bellos y sugestivos los versos de “El ciprés”, 
grito cuajado en árbol, ciudadano de todos los cemen- 
terios de la tierra. Tiene pasta de asceta, de solitario, 
de abstraído. Ignora la risa, la plenitud, la primavera, 
la alborada, y es como un gran dedo vegetal que acalla, 
alzándose imperioso, las turbulencias inoportunas del 
ruido y vela por los fueros del silencio inviolable. 

En “La cuna”, realiza Juana de Ibarbourou «no de 
sus frecuentes prodigios: el de convertir con unos po- 
cos versos felices, un tema humilde en tópico trascen- 
dental, de graves resonancias humanas. Ante la cuna 
de su hijo, discurre de qué selva lejana pudo provenir 
el cedro que dió la madera en que fué aquélla fabricada 
y torneada. Quisiera bendecir su nombre exótico y adi- 
vinar bajo qué cielo creció, pausado y lento, preparán- 
dose para el glorioso destino de trocarse en lecho di- 
minuto para el sueño plácido del infante. Se da enton- 
ces a forjar historias bellas y encantadoras, y a supo- 
ner que aquel árbol predestinado debió de ser tan alto, 
tan erguido, tan fuerte, que contra él nada podrían ni la 
borrELSoa ni el granizo. Era un gigante bueno y reto- 
ñaba en las primaveras primero que ninguno. Y re llega 
así a la estrofa final, en la que el sueño candoroso se 
torna en profecía y cobra la voz un tono más grave y 
desusado: “Arbol inmenso que te hiciste humilde — 
para acunar a un niño entre tus gajos: — has de me- 
cer los hijos de mis hijos, — toda mi raza dormirá en 
tus brazos!” 



24 


JUANA DE inAKDOUROU 


En la composición “El Juguete”, una de las últi- 
mas del libro magnífico y hechicero, hay una evocación 
de la muerte, que un día alzará del camino el Juguete 
vivo y multicolor, al compás de cuya música danzaba 
un día el alma despreocupada y alegre de la poetisa, y 
lo desmenuzará para siempre entre sus dedos duros e 
implacables. 

No sé si valen como crítica estas anotaciones fuga- 
ces y estos traslados a la prosa árida y sin relieve, de 
lo que la autora estampó en las musicales y a veces 
insustituibles palabras de sus poemas; pero priva aho- 
ra esta manera de comentario que es, en cierto sentido, 
una profanación irreverente, sólo cohonestada por el 
afán de la fidelidad y de la exactitud que impulsa y mue- 
ve a los que practicamos esta suerte de exégesis, deva- 
neo de devoto lector más que trabajo de Aristarco ana- 
lítico y minucioso. Sólo puedo acusarme en el caso 
presente de haber dado preferencia en la glosa a los 
poemas que son, sin duda alguna, los hitos admirables 
de esta producción lírica extraordinaria, las gemas per- 
fectas para la inmarcesible corona de gloria de la mu- 
sa. Los mejores poemas de “Las lenguas de diamante”, 
los más característicos, los más singulares, los defi- 
nitivos y ya clásicos, son, en mi concepto, “La hora”, 
“Rebelde”, “La Estrella”, “Melancolía”, Redención”, 
“Vida garfio”, “Laceria”, "Salvaje”, Panteísmo”. Vi- 
bran en ellos, no los gritos de la pasión exacerbada, 
(porque, como alguien advirtió y anotó con acierto, esta 
poesía no es de clamores y de vociferaciones, y asom- 
bra que crítico tan penetrante como Julio Silvio haya 
hablado de “la convulsa” Juana de ibarbourou), sino 
los acentos en que se traduce el sentimiento auténtico 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


25 


y hondo, que a veces se agudiza, es verdad, hasta el 
paroxismo, sin caer nunca por ello en el mal gusto del 
desentono y la estridencia. En “La hora” hay, como 
ya lo expresé en otra oportunidad, un eco del viejo y 
renaciente Ronsard, una excitación al placer y al gozo 
de vivir, engendrada en el convencimiento de la bre- 
vedad y fugacidad de la vida. La poetisa desea ser 
amada en el esplendor de la juventud, que declinará 
prestamente y marchitará para siempre la gracia y el 
sortilegio de la carne. Tómame ahora — clama — 
ahora que es temprano, ahora que mi planta ligera cal- 
za la sandalia viva de la primavera, ahora que tengo 
la mano rica de nardos, ahora y no más tarde, “antes 
que anochezca — y se vuelva mustia la corola fresca”. En 
este ardor de los sentidos late como un prenuncio de 
desilusión, de fúnebre pesimismo. Es necesario apurar 
el placer antes que la carne sufra el vejamen del tiem- 
po y se torne en sombrío ciprés la enredadera vivaz 
enguirnaldada de flores y borracha de sol. Ya lo había 
dicho, con menos exaltación y con menos tristeza, el 
suave Ronsard de la clásica oda; 

“Ah, mira cuál breve un instante — bastó a doblar 
agonizante — breve el capullo de la flor. — ¡Oh, qué 
madrastra es la natura, — pues que la flor apenas du- 
ra — de la alborada a la oración! Así, si tal piensas, 
graciosa, — en tanto te florece hermosa — la edad en 
verde novedad, — apura, apura tu ternura: — como 
a la flor la edad madura — hará se empañe tu beldad”. 

A los recatados eufemismos del francés preferimos 
la valiente y desenfadada osadía de nuestra poetisa, tan 
simpáticamente presurosa en el disfrute de todos los 
dones de su fragante y alucinada juventud. 



26 


JUANA DE IBARBOUROU 


En “Rebelde”, que se inicia con un verso un tanto 
imperfecto, pero decididamente magnífico: “Caronte, 
yo seré un escándalo en tu barca”^ — anuncia que atra- 
vesará la fatídica Estigia, el río de ondas negras de la 
muerte, cantando como una alondra y derramando su 
perfume salvaje, entre el terror de todos los que cru- 
cen con ella, sobre el mismo navio empavesado de luto, 
el agua amarga y fúnebre. 

En “La Estrella”, habla de su ilusión, dulce mun- 
do celeste que se refleja siempre, dorado y tembloroso, 
en su charca interior: 

“Y yo que asisto a la lección y llevo — en mi charca 
interior la dulce estrella — de una ilusión que se re- 
trata en ella, — ansiar la realidad ya no me atrevo. — 
Y como hipnotizada por el loco — afán de no ver roto 
mi tesoro, — hago guardia tenaz al astro de oro, — lo 
miro fijo, pero no lo toco”. 

Magnífica concepción la del soneto “Melancolía”, 
en el que la poetisa compara su obra sutil con el encaje 
obscuro que teje con amorosa paciencia la araña: esa 
tela leve en la que suspenderá sus diamantes el rocío 
de la mañana y que será amada por la luna, el alba, el 
sol y la nieve. Y exclama la autora: “Amiga araña: 
hilo cual tú mi velo de oro, — y en medio del silencio 
mis joyas elaboro. — Nos une, pues, la angustia de un 
idéntico afán. — Mas pagan tu desvelo la luna y el 
rocío. — ¡Dios sabe, amiga araña, qué hallaré por el 
mío! — ¡Dios sabe, amiga araña, qué premio me da- 
rán!” 

En “Redención” canta a su alma rendida por el 
dolor, que es al mismo tiempo aflicción y gloria, tor- 
tura y apoteosis, obscuridad tenaz y súbito y milagroso 
deslumbramiento. 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


27 


El poema-cumbre, perfecto y significativo por ex- 
celencia, es, sin duda, “V ida-garfio”, del que se ha di- 
cho, con verdad, que har^ pasar, triunfando, de la indi- 
ferencia y del olvido, a las antologías universales. ¿L/o 
recordáis? La poetisa ruega al que la ama que cuando 
ella muera no la conduzca al camposanto, sino que abra 
su fosa junto al riente alboroto de una pajarera o la 
voluble y encantadora charla de una fuente. Ha de 
ser sepultada a flor de tierra, para sentir sobre sus 
huesos que se disuelven entre la greda húmeda las 
caricias calientes del sol. Sus ojos, alargados en tallos, 
han de poder así subir de nuevo para ver arder sobre 
los horizontes incendiados de púrpura la lámpara sal- 
vaje de los ocacos rojos. Presiente la lucha de su car- 
ne para volver hacia arriba y sentir la frescura del 
viento. Sus manos, que fueron siempre ávidas en la 
captación del placer, no estarán nunca quietas, y ara- 
ñarán la tierra en medio de las sombras frías y apre- 
tadas, tenazmente deseosas de apresar de nuevo la fe- 
licidad. Y luego la estrofa última y decisiva, grito in- 
mortal que no podrá ser superado como expresión del 
inextinguible anhelo amoroso: 

“Arrójame semillas. Yo quiero que se enraicen — 
en la greda amarilla de mis huesos menguados. — Por 
la parda escalera de las raíces vivas — yo subiré a mi- 
rarte en los lirios morados”. 

En “Laceria”, otro salmo desencantado a la cadu- 
cidad de la carne y a lo que hay de perecedero en los 
dones de la juventud y el amor, la boca de la mujer di- 
lecta es de ceniza, las manos de polvo, los cabellos de 
tierra, los senos de arcilla deleznable, y es en vano 
que el amante tienda hacia ella los brazos codiciosos 



28 


JUANA DE IBARBOUROU 


y largos de deseo. ¿Quiere éste la carne mentirosa, 
“que es ceniza y se cubre de apariencias de rosa?’’ Pero 
el instinto vital triunfa sobre las filosofías desencanta- 
das, y la mujer desilusa que desdeña su propia belleza 
se rinde una vez más al llamamiento imperioso del 
amor y a los ineludibles reclamos del sexo. “Bien, tó- 
mame, ¡oh, laceria! polvo que busca el polvo sin sentir 
su miseria”. 

En “Salvaje” canta sin circunloquios la compla- 
cencia de vivir, el gozo pleno de sentirse libre, sana, 
alegre, juvenil y morena. Su cuerpo está impregnado 
del aroma ardoroso de los pastos y el cabello destren- 
zado esparce el olor eglógico del heno, de la salvia y 
hasta del sol. He aquí a la poetisa en su prístina gra- 
cia, en su bella impetuosidad de faunesa, en su irre- 
sistible encanto de mujer que se embriaga con los zu- 
mos y filtros de la vida primordial y selvática, libre 
de toda traba y de toda coerción. Ella es así cuando se 
muestra sin veladuras y sin fingimientos, en una es- 
pecie de desnudez púdica, osada y adorable. 

En “Panteísmo”, el horror de la muerte y la nada 
que es, según dictamen de la crítica, una de las notas 
distintivas de la poesía de Juana de Ibarbourou se ate- 
núa con la esperanza de una metempsícosis que trans- 
figurará su cuerpo ardiente y lo convertirá, dentro de 
una miríada, en pebetero que esparcirá a los vientos 
las más embelesadoras fragancias. Es, acaso, el mismo 
sentimiento obscuro de la perennidad de la materia y 
del alma que la hace emanciparse de la medrosa su- 
gestión de la muerte y del temor al eterno desapareci- 
miento, para proclamar, en “Raíz salvaje”, que su cuer- 
po está hecho de sustancia inmortal. 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 

* 


III 


29 


Muestra otra faz de esta personalidad de tan ex- 
traordinario relieve en América, el claro y admirable 
libro que se titula “El Cántaro fresco”, obra también 
de poeta, igualmente apto para la égloga versificada y 
para la bucólica en prosa. Se ha dicho de él que es lo 
mejor y lo más sugestivo que ha producido, en ese gé- 
nero, la literatura continental, y hay algo de verdad 
indudable en esa hiperbólica afirmación. Pocos libros, 
en efecto, tan profundos, amenos y sustanciosos, y po- 
cos asimismo en que la sencillez del concepto hondo 
trascienda tanto a la forma galana y se exhiba casi sin 
ornamentos, pero de una manera seductora que escla- 
viza y subyuga la atención del lector. Acaso ello se 
deba a que, como lo observó perspicuamente Fran^ois 
de Miomandre, la autora está próvidamente dotada de 
la facultad tan pocas veces concedida a los hombres, 
pues parece reservada a las hadas y a las encantado- 
ras, de transfigurar todo cuanto toca, aun lo más hu- 
milde y aparentemente desposeído de belleza. Para ella, 
las cosas tienen un alma, en cuya intimidad penetra 
siempre con su seguro instinto de mujer y de artista. 
¿Habrá que admitir que en algunos de esos poemas, 
como lo asevera el crítico colombiano Eduardo Casti- 
llo, gravita la influencia de Prancis Jammes, otro ar- 
tífice de la prosa poética? Por mi parte, me rehusó a 
aceptarlo, y me aventuro a suponer que este linaje 
de poesía en prosa es, si no una creación de la autora de 
ese libro precioso, un hallazgo feliz de su vocación de 
escritora que gusta de salirse de los angostos cauces 
del verso para traducir sus sueños en la forma más am- 
plia y libre de la prosa. La sustancia de este libro es 



30 


JUANA DK IBAUnOUROU 


poesía y lirismo puros, y de los do buena ley. Poesía 
la ideación, y poesía también el lenguaje, pulcro, fi- 
gurativo y afiligranado. No ha de sorprendernos, por 
lo tanto, que un comentarista sagaz lo dispute por me- 
jor y más perfecto que “Las lenguas de diamante”, 
por ser en él la expresión más directa y menos figura- 
da, y por encontrar en sus páginas el mismo fervoroso 
amor a las cosas de la naturaleza, a la vida sana, al 
agua, a las flores y al campo. 

Claro está que este género de composiciones ofrece 
muchos' riesgos y contingencias: se cae fácilmente, al 
cultivarlo, en la ñoñez sentimental y en la simplicidad 
pueril. Juana de Ibarbourou sortea y elude con habili- 
dad aquellos peligros, y por eso sus páginas esplenden 
por lo común como joyas lucientes, y son con mucha 
frecuencia perfectas y ejemplares. ¿Queréis conocer al- 
gunas que pueden reputarse como modelos insupera- 
bles, ya que en ellas han sido vencidas con gallardía 
todas las dificultades a que más arriba se aludió? Una 
de ellas, “Selva”, es algo así como una diminuta obra 
maestra. La autora ha trasladado al papel, en pocas lí- 
neas ágiles y armoniosas, toda la frescura, la música, 
la humedad y la secreta y pululante vida del bosque. 
No parece sino que nos rodea, al leerla, la fragante 
penumbra nemorosa.' Dice así: 

“Selva: he aquí una palabra húmeda, verde, fres- 
ca, rumorosa, profunda. Cuando uno la dice, tiene en 
seguida la sensación del bosque todo afelpado de mus- 
gos, ruruneante de píos y de voces, lleno de quitasoles 
apretados y movibles de las copas de los árboles, bajo 
los cuales las siestas ardientes son tan dulces y donde 
es tan grato, tan grato, tenderse a soñar. ¡Selva! ¡Oh, 



KllANdlStn» Al^riKIlTO KCIIINdA 


;u 


DIoh mío, qiió palabra laii alogrií y (an fniHca! ¡qufí 
l)alabra jiara mí tan liona do r<!mlnÍHcenclaH! I lucio a 
oucallptUH, a álamoH, a HauccH, a grama; suima a vien- 
to, a agua que corro, a pájaros que cantan y i)ían, a 
roce de Insectos y croar de sapitos verdes; evoca re- 
dondeles do sol sobre la tierra, frutas silvestres de una 
dulzura áspera, caravanas de hormigas rojas cargadas 
de hojltas tiernas, penumbra verdosa y fresca, soledad. 
¡Oh, Dios mío. evoca mis quince años y toda mi ale- 
gría sana, inconcbmte y salvaje!” 

En “La mariposa”, dialoga con una pequeña y ama- 
rilla (|ue ha Ido a re,volot(*ar en torno a la luz, y afirma 
que Juraría (pie (d Insecto tiene olor do campo en las 
alas. El canto chillón de los grillos lo trae evocaciones 
de la InfaiKua bíjana, y la entristece en las noches cá- 
lidas de enero. El i)a8o de un carro colmado de trigo 
tiene la misma virtud de suscitar en su espíritu el re- 
cuerdo de los plácidos tiempos en (pie era una chlcuela 
salvaje y alegre y en (pie sus ojos no lucían esta ex- 
presión de hoy, ávida y trIsUí. En “Presentimientos”, 
otra abreviada maravilla, dice, sin disimular su nos- 
talgia y su melancolía: “Siempre suspiro por tí, ¡oh, 
boscpie! y por tí, ¡oh, campo! y por tí ¡oh, agua! Es- 
toy convencida de (pie en una vida ancestral, hace ya 
miles de años, yo tuve raíces y gajos, di flores, sentí 
l)endlentes de mis ramas, (pie eran como brazos Jugo- 
sos y verdes, frutas tersas, pesadas do zumo dulce; yo 
estoy convencida de (pn? luu-e un gran puñado de siglos, 
fui un arbusto humilde y alegro, enraizado a la orilla 
montuosa de un río. Por oso siempre suspiro por tí, 
¡oh, bosque, por tí ¡oh, campo! y por tí, !oh, agua!” 

En “El cerco azul” se revela y dcísctdjro como una 



32 


JUANA DK IBARBOUROU 


moralista que emplea, para darnos una alta lección de 
ética, la, delicada alegoría y la bella ficción. Nos dice, 
en otra de sus prosas, que el alma del huerto está en 
el viejo armario en donde se han puesto a madurar las 
manzanas, y que es un alma que se esparce en aromas 
cuando alguien abre el vetusto mueble familiar. Cele- 
bra, en otra, el gesto habitual suyo, el de la poetisa in- 
saciable de sueños, que no es otro que el de tender 
siempre las manos hacia las cosas imposible. El 
amor al agua cantarína y a la noche hechizada está 
dicho y expuesto en dos páginas bellísimas y sugestivas. 
El agua tiene para ella el . encanto de la más completa 
caridad. “Yo acudo a ella como a un sér consciente y 
estoy convencida de que es una criatura con el alma 
como la nuestra; y que habla, sueña, canta, besa, con- 
suela, igual que nosotros. ¡Es que ignoramos tantas 
cosas! Y no admitimos que posean nuestros dones es- 
pirituales sino aquéllos que están hechos a imagen nues- 
tra. Yo creo, sin embargo, que el agua es en el mundo 
algo así como una buena monja, atenta siempre a pro- 
porcionarnos consuelo y ayuda. ¡Si los vegetales su- 
pieran nuestro idioma! ... Si cada herida fuera una 
boca que hablara. . . En lo íntimo de mi corazón yo le 
llamo al agua “Sor Caridad”. Hoy he sentido sus bue- 
nos dedos frescos rompiendo, en mis sienes, la fiebre. 
¡Y hasta el corazón me llegó su dulzura!” 

En cuanto a la noche, la emociona, y antes de ren- 
dirse al sueño, junto a la ventana abierta, abismada 
en la contemplación de las constelaciones remotas, vive 
siempre una hora de conmoción espiritual conjtante- 
mente renovada. La obsesiona de nuevo la idea de una 
posible transmigración que ya la había como inquie- 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


33 


tado y consolado en sus versos, y se complace en pen- 
sar que un árbol arraigará en ella cuando su sér se 
halle desvanecido para siempre en la muerte, y que 
volverá a sentir el familiar rumor del viento y el rego- 
cijado piar de los pájaros. ¡Con qué emoción recogerá 
entre sus átomos el agua, el rocío, el calor del sol, la 
luz de la luna! Será material para las raíces del árbol 
y del pasto que crezcan en torno de ella, y si hubiera 
de mezclarse con la arcilla que sirve a los alfareros 
para hacer sus vasos, le agradaría trocarse en un ja- 
rrón brillante que soportará las flores que engalanan 
la mesa del poeta en el instante en que escribe sus 
versos. Y ella, que los ha forjado también, sentirá una 
inmensa curiosidad por conocer los que fluyen del co- 
razón y de la sensibilidad de aquel hombre, y luego 
una infinita tristeza por no poder florecer ya, tam- 
bién ella, en canciones! 

Todo el libro podría ser comentado así, y se pon- 
drían de relieve los innumerables aciertos de concep- 
ción y los muchos seductores hallazgos del estilo. Cam- 
pea en él hasta una plausible intención docente, capaz 
de desentrañar la enseñanza que surge de las cosas 
menudas y de los sucesos que carecen de trascenden- 
cia. Dice, por ejemplo, en “Los árboles”: “Ese trans- 
formar de los árboles en muebles, ¿no es un suplicio 
monstruoso? El árbol hecho leña va a poseer el alma 
multicolor y maravillosa del fuego; va a concluirse 
más pronto, pero antes sentirá flamear su espíritu en 
las lenguas inquietas de la llama y en las estrellitas 
de las chispas; saciará su afán de ascensión y de cielo, 
subiendo hecho humo, hecho nube, él, que siempre es- 



34 


JUANA DE IBAIIUOUROU 


tiraba la verde cabeza de su copa a las nubes. Pero, 
convertido en naueble, no es más que una momia, la 
forma más horrible de perdurar”. 

En las noches de lluvia, cuando la casa le parece 
“el único refugio tibio e iluminado del universo”, tras 
disfrutar de su comodidad beata en la alcoba caliente 
y hospitalaria, la sobrecoge el pensamiento de que son 
muchos los que a esa misma hora padecen hambre y 
frío en pobres ranchos agujereados, y se duerme aver- 
gonzada de paladear un gozo que atormenta a milla- 
res de seres humanos. 

¿Para qué continuar? Basta con encarecer la lec- 
tura de todo el libro, verdadero florilegio de poemas en 
prosa, en cuya elaboración impecable participaron por 
igual la fantasía fértil, la sensibilidad sutil y e! acriso- 
lado buen gusto. Todo en él tienta a la degustación 
pausada, unas veces con el hechizo de una descripción 
magistral y otras con el artificio de un apólogo en el 
que el fondo moral aparece envuelto en mágicos cen- 
dales de palabras. Oíd el poemita “La luna”, y anotad, 
si podéis, como al vuelo, todos los aciertos de la expre- 
sión y la admirable figura final: 

“Esta noche, la luna, redonda y brillante, está, de 
una manera casi matemática, encima del pozo, de mo- 
do que se refleja precisamente en el centro de la oblea 
negra del agua. Aprovechando su claridad, el jardinero 
prefiere regar las plantas a esta hora. Y ese espectácu- 
lo no lo perdemos nunca nosotros, porque el jardín y 
el huerto son hermosísimos en estas claras noches de 
Enero, y la frescura del agua da a las flores una belle- 
za limpia y alegre que nos llena de paz el alma. Mi 
hijo fué el primero en descubrir la luna en el pozo. Y 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


35 


sobre el brocal cubierto de musgos y culandrillos nos 
inclinamos los dos, con ganas de estirar la mano hasta 
el oro fugaz de esa imposible moneda de luz. Pero al 
ruido áspero de los zuecos del jardinero nos retiramos 
un poco. Juan va a regar... 

El viejo desata la cuerda, alza pausadamente el 
balde y lo arroja, luego, al agua. Inconscientemente, en 
un impulso simultáneo, nos inclinamos de nuevo sobre 
el brocal. El balde sube ya, rebosando, brillante, fres- 
quísimo, con una multitud de ondulaciones doradas en- 
tre el agua oscura, estriada de blanco. En el pozo la 
luna ha desaparecido y sólo queda de ella una multitud 
de hilos de luz. El jardinero ha deshilachado la luna. 
Y, tranquilo, como un tosco dios inconsciente, se va 
por el caminito musgoso con su balde lleno de luna y 
de agua, mientras en el fondo del pozo, de una negrura 
temblorosa, vuelve a cuajar, lentamente, la moneda 
blanca”. 

Difícilmente me resisto ahora al deseo de leer, 
para rematar esta exégesis, la página imponderable en 
que la autora se lamenta de la inutilidad de ciertos bri- 
llantes destinos, y, desdeñando el cáliz labrado en la 
plata más pura por los dedos pacientes y morosos de 
un monje artífice, — cáliz que irá a descansar, al fin, 
sin que nadie lo haya sumergido en una fuente y sin 
que haya servido para saciar la sed de nadie, entre 
las joyas primorosas de un museo, — alaba el humilde 
vaso de barro que cumplió con modestia su misión de 
contener agua cristalina y de llevar un poco de fres- 
cura a los resecos labios de los hombres. 

IV 

En su tercer libro, “Raíz salvaje”, vuelve Juana 



36 


JUANA DE IBARBOUROU 


de Ibarbourou al cultivo de la poesía. Es ese su do- 
minio propio y natural, en el que se mueve con particu- 
lar desenvoltura, como si sólo hubiera nacido para 
cantar y para deleitar. Pué Raine María Rilke quien 
aseguró que “para escribir un solo verso es preciso 
haber sentido cómo vuelan los pájaros y qué movimien- 
to hacen las pequeñas flores abriéndose en la maña- 
na”. Lo que importa decir que el poeta ha de estar 
consustanciado con la naturaleza, al punto de haber 
penetrado, vigilante y alerta, en todas sus intimidades 
y secretos. Juana de Ibarbourou conoce más que nadie 
el vuelo de las aves campestres y la vida efímera y fu- 
gaz de todas las flores que decoran y esmaltan nuestras 
praderas. Lo ha demostrado en “Las lenguas de dia- 
mante”, y ha de denotarlo más aún en este otro libro 
suyo, matinal y florido, dorado de sol y sabroso de zu- 
mos agrestes. No temáis que se muestre inconsciente 
con su primera modalidad poética, infiel a su inspira- 
ción primitiva. Todo lo contrario. Ella tiene un con- 
cepto propio de la poesía, y no ha de olvidarlo en los 
momentos de la creación apasionada y milagrosa, en 
las horas de la pugna heroica y candente entre el pen- 
samiento fluctuante e impreciso y la palabra que lo 
traduce y que lo fija para siempre, con la colaboración 
de la alegoría y de la imagen, en el verso incorruptible 
y triunfal. Lo que ella estima poesía está dicho en una 
página agregada, entre otras, al “Cántaro fresco”, en 
aquélla que se titula “Zurai - zurita”, eufónica y gra- 
ciosa denominación de una especie de cantar popular 
peruano, de ascendencia incaica, semejante, por su es- 
pontaneidad y por su tono, a nuestra melancólica vi- 
dalita criolla. Nuestra poetisa dice: “Allí está la poe- 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


37 


sía verdadera, la honda, la intensa, la viva, el manan- 
tial. Entre ella y la que hacemos nosotros, cazadores 
de imágenes, llenos de pretensiones y de avideces, hay 
la diferencia que existe entre una botella de agua mi- 
neral y una cachimba”. 

Por mucho que se rebaje a sí misma, calificándose 
de mera cazadora de imágenes y tropos, la genuina 
Juana de Ibarbourou será siempre la que cultiva la 
poesía exenta de artificios de sus primeras composicio- 
nes, odorantes como un ramo de flores silvestres y es- 
maltadas por el fresco rocío que las enjoyecen y que 
mantienen su lozanía perenne e intacta. En “Raíz sal- 
vaje” hay menos literatura, menos exaltación y más 
gravedad de pensamiento que en “Las lenguas de dia- 
mante”. El lenguaje se ha hecho acaso más ceñido. 
Menos sensualidad, más realismo. La añoranza del cam- 
po y la nostalgia de la niñez desvanecida campean en 
muchos de estos versos, que con frecuencia han sido 
redimidos de la esclavitud de la rima. No se prodiga 
tanto en este libro aquella nota de voluptuoso exotismo 
que hizo decir a Gálvez, en un prólogo que resultó ser 
una afortunada profecía, que en algunas páginas de 
“Las lenguas de diamante” está difundido un ener- 
vador perfume de Oriente, perturbante y lascivo. 

Tracemos también al margen de algunas compo- 
siciones de este volumen ligeras líneas de comentario. 
He aquí la cuarteta inicial, la que abre la magnífica 
sinfonía, la que da razón del título significativo y su- 
gerente: “Si estoy harta de esta vida civilizada — ¡si 
tengo ansias sin nombre de ser libre y feliz! — ¡si 
aunque florezca en rosas nadie podrá cambiarme — la 
salvaje raíz! 



38 


JUANA DE IBARBOUROU 


En la primera composición, grave y austera medi- 
tación de la muerte. Ha ardido un pino inmenso y ha 
quedado de él, que fuera árbol próvido y vigoroso, un 
montón de leves cenizas. ¿Qué quedará de ella, tan pe- 
queña y delgada, cuando muera? 

Ufana de su juventud, habla con orgullo del olor 
frutal de su carne, y recuerda al amado que entre las 
mil mujeres que besará con sus labios ávidos e insacia- 
bles, ninguna le dará esa impresión de arroyo y selva 
que ella le brinda. En la composición siguiente, un gri- 
to de ingenuidad y de orgullo: “El olor que sientes es 
de carne fresca, — de mejillas claras y de sangre nueva. 

— Te quiero y soy joven, por eso es que tengo — las 
mismas fragancias de la primavera”. ¿Advertís cómo se 
prolonga en este libro la exaltación juvenil del primero, 
que era algo así como la apoteosis del amor primitivo 
y sin veladuras? 

En “Noche de lluvia”, insiste en presentarse como 
una fiel enamorada del agua, “La hechizada hermana 

— que ha dormido en el cielo, — que ha visto el sol de 
cerca — y baja ahora elástica y alegre — de la mano 
del viento, igual que una viajera — que torna de un 
país de maravilla”. 

Abreviemos aún más, si es posible, la glosa volan- 
dera. Nostalgia de la edad infantil en que la autora se 
sentaba en la calle a jugar con el lodo (“Melancolía”). 
Afirmación de que en otra vida ancestral, antes de ser 
de carne, fué acaso cisterna, fuente o río (“Las lagu- 
nas”). Bello soneto descriptivo en el que llamó la aten- 
ción de un crítico, por lo gráfico y sugeridor, este verso 
admirable: “La mancha oblonga y negra que pinta la 
piragua” (“La Pesca”). Maravillosa pintura de un día de 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


39 


fuego y de las carretas que cruzan en el camino bajo 
un sol quemante e inexorable (“Sol fuerte”). Exaltación 
del verano en que todo, agua, viento, alondras y abejas, 
parece cantar en plena embriaguez desbordante de vida 
y de locura: “Y cantar, cantar, cantar, — de mi alma 
embriagada y loca — bajo la lumbre solar”. Unos ver- 
sos magníficos a los pinos, que llevan a sus oídos ru- 
mores de selva y frescura de fuente silvana. Anhelo de 
dormir una noche en el campo, en los brazos del ama- 
do, “bajo el techo alocado de un árbol”, porque es la 
misma muchacha salvaje (forzoso es disculpar la rei- 
teración de este adjetivo) de otros días (“Raíz salva- 
je”). Piedad para la luna, que no tiene un árbol, ni 
una brizna, ni una mujer ni un hombre que se quieran 
en ella, “ni un puñado de polvo que dance en remoli- 
nos — ni un río que haga ruido saltando entre sus pie- 
dras”. La luna, pobre vieja desposeída, frente a la tie- 
rra millonaria de dones! Ansia de andar y ver (“In- 
movilidad”). Anhelo sombrío de la muerte, por cuyas 
dos alas de gamuza negra quisiera ser rozada (“Fie- 
bre”). Ansia voluptuosa del beso fresco del amado, que 
cae en los labios implorantes como una piedrezuela del 
río (“La sed”). Glorificación de la carne que se sabe 
imperecedera y del cuerpo que ha de trocarse en fértil 
abono de raíces y savia ardiente de algún árbol futuro 
(“Carne inmortal”). Una voz que clama por la quietud 
y la paz del remanso: “Río elástico y largo — ensé- 
ñale a mi alma — a formarse un remanso”. Anhelo de 
arrancar a la selva o al bosque el secreto de la codi- 
ciada perfección moral: “Vieja selva que miras cómo 
nos marchitamos — sin encontrar la clave para, rever- 



40 


JUANA DE IBAUHOUROU 


decer: — dlme si siendo humildes, dime si siendo pu- 
ros, — lograremos tu fuerte y gallarda vejez”. 

En “El sendero nuevo”, el afán de que el camino 
verde no se vuelva viejo y trillado por la profanación 
del tránsito, que lo torna ocre a fuerza de huellas y 
de rastros. ¿Es quizá una Incitación a consen^ar la 
frescura y la virginidad del espíritu? 

Un verso admirable: “Estoy ebria de tarde, de 
viento y primavera” (“La tarde”). Piedad maternal por 
la fealdad desdeñada y humilde (“La higuera”). Su- 
gestiva invitación al amigo para que pruebe el gusto 
de verdad del agua, del agua brindada en las manos y 
no en la pulida copa de cristal. Alabanza de la since- 
ridad y de la pureza originarla, ¿En “Mañana de falsa 
primavera”, no hay acaso, en aquella alusión a alguien 
que la ha despertado alegre, 

“Con ansia de empolvarme — y de subir a ese nú- 
mero 38 — que corre hacia la playa”, un conato de 

poesía vanguardista, prosaica de forma y ayuna de 
emoción? 

Y otra vez el «fervoroso amor al agua, que es en 
ella como un irremediable y lejano atavismo. Es ahora 
la loa del agua corriente, la que circula por los ner- 
vios pardos de la cañería, la que el grifo derrama y 
está henchida del hondo misterio del cauca del río, del 
viento y la grama. Ella, la poetisa, la mira con ansioso 
anhelo porque la juzga fraternal, como que proceden 
ambas de las mismas remotas praderas y tienen las 
dos el mismo origen eglóglco y agreste. Se le antoja 
entonces que siente sobre ella, por virtud de esa arcana 
hermandad, la mirada fraterna de los mil ojos claros 
del agua. 



FRANCISCO ALBKRTO 8CHINCA 


41 


Una voz que pasa cantando un tango de arrabal, 
por la calle, una voz trémula y como nacida de un al- 
ma ardorosa y huraña, sufriente y suspirosa, la abis- 
ma en el ensueño, y le parece entonces, sólo por la 
sugestión de ese cantar nocturno y lánguido, que la 
acompaña por “un montón de noches” un amigo Invi- 
sible y leal. 

Desearía ser hombre, renunciar a la tnadiclonal 
servidumbre de su sexo, para darse un hartazgo de 
luna, de sombra y de silencio, para satisfacer así su 
vocación andariega, su Instinto vital del vagabundeo 
lírico y alocado, por todos los caminos del mundo. El 
tema del hastío de la vida monótona y del franco an- 
helo de la aventura, tratado ya en “Las lenguas de 
diamante”, ha de repetirse todavía en el libro futuro 
de la Insigne escritora, cuya significación esencial está 
ya por entero en el título expresivo y meteorológico de 
“La rosa de los vientos”. 

En “Otoño”, recuerda las violetas humildes de an- 
taño, que circundaban las fuentes, lejos del celoso cui- 
dado del jardinero urbano. En “El nido” reaparece la 
devoción por las cosas elementales, y, sobre todo, por 
el árbol, lleno de nidos y sonoro de cánticos. Ella duer- 
me en él como en un nido hondo y blando, acurrucada 
junto al amante como un ave medrosa, mientras afuera 
gruñe la lluvia y rezonga el viento vanamente. Quiere, 
en “La invitación”, ver cómo reverdece el amor en el 
campo, y bajo la Inmensidad del cielo. ¿No será eso 
como un baño de salud y optimismo? Dos notas ama- 
blemente tendenciosas, con un como sabor de predica- 
ción revolucionaria: la alabanza de los fragantes y mo- 
destos frutos del huerto, que la poetisa no cambiaría 



42 


.JUANA DIO IHARUOUJIOU 


jamáB por los diamantes de Aladlno ("Merienda”), y 
la sátira oasl eruel contra el millonario opulento y 
obeso cfue no podría comprar con todo su oro deslum- 
brador y deleznable, ni un gramo del tesoro supremo: 
ser flexibles, ser jóvenes, estar llenos de amor! 

La poesía con que finaliza este libro es la celebra- 
ción del nuevo sentido de la manida palabra "nostal- 
gia”, que es para la poetisa el olor a naranjas que pro- 
yocia en su espíritu el surgimiento de Imágenes y re- 
membranzas de la niñez feliz, y el soplo do viento que 
asalta con perfumes do monte y arboleda. Visión del 
pueblo tranquilo y distante, de los naranjales prietos 
y embermejados, de los azahares blanquísimos. ¡Siem- 
pre la canción del ayer, y el dolor de la vida tristona y 
pausada, y el ansia de volver a la Incoercible libertad 
y a la virginal Inocencia, a los deleitosos vagares por 
el campo, sin rumbo y sin objeto! 

V 

líe aquí ahora el libro en que se resumen y conden- 
san todo el saber y toda la experiencia de la poetisa, 
el de la plenitud triunfal, el verdaderamente múltiple y 
mlllunanocbesco, el que desconcierta, seduce, arrebata, 
subyuga y persuade de manera definitiva de la pre- 
sencia del genio en el espíritu de esta inspirada, señora 
en el reino qulmórlco de las palabras, de las Imágenes 
y de los ritmos. He aquí "La rosa de los vientos”, obra 
de culminación que disuena con su novedad, pero que 
atrae al fin el Interós apasionado y la curiosidad ávida 
del comentador. No puede ser analizado como los otros, 
porque el contenido es, en cierto modo, esotérico, y lo 
que en él cautiva son los sorprendentes hallazgos de 
la expresión y el desfile suntuoso de los tropos, figuras 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


43 


y alusiones poéticas. Entráis en él como en una tierra 
encantada. Y es que todo parece inmóvil bajo la fan- 
tasmagoría del sol y de la luz, y faltan aquí los per- 
fumes y relentes de la obra anterior, y los balbuceos 
confidenciales, y las exaltaciones pánicas, y los júbilos 
dionisíacos, y las tristezas prematuras, y hasta aque- 
lla fresca sinceridad adorable con que se exhibí.si carne 
y alma en una entrega fervorosa y total. No sabríamos 
declarar si este libro es mejor o peor que los que lo 
precedieron en la labor magnífica, decisivamente con- 
sagratoria, pero cabe asegurar, eso sí, que desde él se 
otea un panorama desconocido, acaso porque la autora, 
en su constante ascensión, ha llegado a regiones que 
sus plantas no habían hollado todavía y que bien po- 
drían ser las planicies de la serenidad a que aludió 
alguna vez Amado Ñervo en uno de sus emocionantes 
poemas. Porque para escribir “La rosa de los vientos”, 
era necesario tener el alma exenta de perturbaciones 
pasionales y la imaginación libre y desembarazada tam- 
bién para toda suerte de asociaciones de idea<? y de 
malabarismos y prestidigitaciones que muchos tomarán, 
equivocadamente, por retorcimientos y juegos de des- 
treza de la retórica novísima. Creíamos muchos que 
Juana de Ibarbourou había caído en éstas sus últimas 
producciones en las sirtes y los artificios del vanguar- 
dismo, seducida por la extravagancia de los nuevos 
cantos y por el reclamo de las flamantes escuelas’ pero 
echamos de ver en seguida que si en “La rosa de los 
vientos” algo concede, en su legítimo afán do reno- 
vación y superación, a las influencias predominantes 
y acaso Inesquivables, pone en ello tanta discreta me- 
sura y tan circunspecto acatamiento a las leyes Intras- 



44 


JUANA DE IBARBOUROU 


gredibles del buen gusto, que no puede reprochársele 
el incurrir en la exageración deformadora o en el ex- 
ceso criticable. No es esto decir que no haya nada digno 
de reparo en el libro y que la glosa haya de complacer- 
se siempre en el encarecimiento y la alabanza; pero 
es tal la opulencia y abundancia de las imágenes lo- 
gradas, que olvidáis al punto las observaciones peque- 
ñas y sin trascendencia para deteneros a admirar el 
prodigioso florecimiento de las metáforas sobre las 
formas ceñidas y casi austeras, y aquella riqueza fa- 
bulosa de figuras poéticas que convierte el libro en 
un cofre de joyas rutilantes y enceguecedoras. Porque 
el parangón con un jardín viciosamente florecido se- 
ría aquí inoportuno y falso. Más bien diríamos, com- 
partiendo las predilecciones de la poetisa por el mar, 
que todo el libro es como un navio empavesado de púr- 
pura, urgido de vientos y cargado de tesoros, que llega 
de no sabemos qué lejanas islas de ensueño o de qué 
indecisos horizontes, hendiendo el agua verde o ne- 
gra, entre una viva canción de marineros. ¡Qué lejos 
estamos de las efusiones cálidas del amor y de aque- 
lla como frescura de égloga matinal que nos acari- 
ciaba rostro y alma en los primeros libros de Juana 
de Ibarbourou! 

¿Deseáis conocer algunas muestras de lo que hay 
de peregrino y desusado en esta última obra? Se advier- 
te en ella tan sorprendente prodigalidad y despilfarro 
de belleza, que se corre el riesgo de la transcripción li- 
teral, y es preciso saber sustraerse al hechizo de tan de- 
leitosa tarea. 

El libro se inicia con un verso que fija, desde luego, 
la atención del leyente: “Alba: columna de nardos en 



FRANCISCO ALHKKTO SCMINCA 


45 


el día”. En esta misma primera composición, habla la 
autora del “lazarillo tembloroso de los sonidos”, do 
"los caminos blandos del sueño”, del “perfume violen- 
to que trae la túnica de la luz”, del “braserío de la pri- 
mera claridad”, de “la noche que duplica la esperanza”, 
de “la necesidad de matar la vigilia enemiga”. El alba 
se transforma luego, bajo su pluma encantada, en “la 
torre de plata de la mañana”. Admirad estas Imágenes 
maravillosas: “(!on la hoz lunar sobre los hombros, se 
va la noche por la pradera celeste de la madrugada. — 
En la rama musgosa del tiempo — un nuevo día abre su 
flor de plata”. — “Corazón dolido de sueños desnudos, — 
aligérate en la luz y vístete con la Inocencia del alba”. 

En “El afilador”, alude la poetisa a las tijeras de 
oro, los puñales de acero y las espadas de hierro del 
día, y habla del dolor heroico de hacerse para cada no- 
che un nuevo par de alas. En “La noche” se lee — y ob- 
servad cuánto hay de sugestivo en estas Imágenes fas- 
tuosas: “Ríos del atardecer, — ríos de músicas y silen- 
cio — por los que llega el navio de la próxima noche, — 
todo empavesado de banderas azules — bajo el signo 
geométrico de las constelaciones”. 

Y luego: “Ningún amante de ia tierra sería capaz 
de darme — el brillante puro de Aldebarán — ni el cin- 
tillo claro f}(! las Tres Marías”. Y después: “Durmamos. 
— No hay que sustraerse — a las matemáticas saluda- 
bles de la luz plena. — La noche es arbitrarla y es tó- 
xica. — Sólo el día puede salvarnos”. 

El mediodía es una piragua roja, y la autora ha 
descubierto las islas de la alegría sin causa. El sol es un 
remero Indio que la llevará por los ríos en declive de 



4G 


JUANA DE IBARBOUROU 


la tarde. Llegará a la colina de la mañana nueva con “la 
sensación maravillada de haber dormido apoyando la 
cabeza en las rodillas de la luz”. Hay mares de basalto y 
de turquesa. El viento suena sus crótalos de cobre. Exis- 
te el mirasol giratorio de los sueños. La poetisa ha arro- 
jado al mar el collar de la vida. La barca del sueño tiene 
doce remos, y el mullido país de la fábula posee doce is- 
las. Estará deshecha a sus pies la torva gavilla de la fa- 
tiga. La autora conoce un color nuevo, un matiz inédito: 
“el color del deseo de ir por países desconocidos a ciu- 
dades lejanas”. 

De pronto, una osadía retórica: “Trompo alucinan- 
te de sol — sobre la cintura exacta del día — y los cuer- 
nos verticales del caracol”. Por los caminos “arrastra 
su vestido de cola la pereza”. Los guijarros “hacen me- 
nudos guiños de lámparas”. El día lento es una hormiga 
roja; el corazón del otoño es bermejo. En la poesía “La 
esCtella” dice: “Puño cerrado de la tormenta — contra 
la clara mejilla de la luz”. “Ramazón ardida del relám- 
pago sobre el despeluzado cardal del mar”. Una estrella 
tiene “cinco pétalos menudos”. Hablando del Creador, 
exclama: “Alfarero de los días — que apenas rompes 
un vaso contra la puerta azul del crepúsculo — ya empie- 
zas afanoso a redondear el del alba próxima. — Bendi- 
ción para tus manos que siempre lo hacen distinto y úni- 
co”. Ella espera un día que será ágil como un gamo sin 
sed, y otro claro y puro que ha de tener lo dorado de 
la miel intacta. Observad esta imagen: “El halcón de la 
noche hizo presa sangrante de la última paloma de la 
luz”. Ella sabe ir recostada en el hombro de los vientos, 
y apoyar la cabeza en las rodillas de lo desconocido. Tie- 



FRANCISCO ALBERTO SCHINCA 


47 


ne los hombros fatigados de muertas alas. Es una anhe- 
lante ladrona de lámparas. Las campanas son para esta 
alucinada genial “Granadas de bronce, abiertas para de- 
rramar granos de música lenta en los surcos de la 
noche”. 

Podríamos continuar indefinidamente, pero hemos 
de resignarnos a dar término a esta tarea desmesurada. 
Hay magníficos versos destinados a la exaltación de 
América en este libro maravilloso. Una composición res- 
tituye a la poetisa al medio bucólico en que nació, y en- 
contramos en ella, nuevamente, el amor de la tierra y 
el deseo lírico de los peregrinajes inacabables. Dice así: 
“Mi río nativo lleva en su entraña — todos los colores 
del mundo. — Los que han probado de sus aguas — se 
han hecho soñadores y vagabundos. — Porque este río 
de mi pueblo — se ha bebido el crepúsculo y el alba, — 
el mediodía y la noche — para calmar no sé qué ansias. 
— Y ha quedado hechizada el agua. — Yo que de ella be- 
bí siendo pequeña — tengo el mismo embrujo en el 
alma”. 

Queden aquí, como resonancia última de mis pala- 
bras, esos versos que también parecen hechizados, como 
la mujer eminente que los escribió, tan poseída por la 
sagrada embriaguez del numen. Por la virtud y por la 
maravilla de esos versos preclaros, encontramos de nue- 
vo a la verdadera Juana de Ibarbourou, para quien ha 
sido siempre, con singular y significativa unanimidad, 
entusiastamente favorable la crítica, y cálido también 
el aplauso del público, que en un día inolvidable la pro- 
clamó, ungiéndola entre todas las que poseen el don en- 
vidiable del talento, la más alta cumbre poética de Amé- 



48 


JUANA DE IBARBOUROU 


rica, enalteciéndola por la voz de muchos admiradores 
suyos que han sentido profundamente la emoción de su 
obra y han acertado a ver en ella a la incomparable sem- 
bradora de ritmos, gloria del Uruguay, blasón de la es- 
tirpe y ornamento del mundo! 

Francisco Alberto Schinca. 





Nuevos Narradores 

( 2.0 grupo ) 

Por 

Juan Carlos Welkcr 




Nuevos narradores 

( 2.0 t;rupo ) 


SI toda la litoral tira novolada. prestmiara un carát’- 
ter uniformo, si on (día. no so nninloran nn'iltiplos facv 
tores, y variados lomas, donuls habría ("slado la iutoll- 
gonte distribución en distintas conn'remdas, (|uo i)ara 
Ilustrar dlobo tenia ha betdio la (’oinlsión Nacional del 
Centenario. JOs así. como con un criterio sutil, ba sa- 
bido diferenciar por ejemplo: la novela de Acevedo Díaz, 
de la de Zavala Munlz, a ('>ata do la de Javier de Viana 
y de Pérez l’etit, y de entre todas estas distintas for- 
mas de expn'sión, destacar la narración, como formando 
un grupo aparto. 

SI heñios do atenernos al sentido histórico de la jia- 
labra narración, venunos que se trata tal vez del gé- 
nero más antiguo de literal lira. Y es así como encontra- 
mos en lo más remoto de la civilización y de las religio- 
nes. esiiecialmmili' entro las razas orientales y eslavas, 
ya sea en forma do ajiólogos, leyendas o relatos, tengan 
tastos carácter ladigloso, heroico, o simplemente narra- 
tivo. las jirimeras manifestaciones de una literatura ru- 
dimentaria y fresca, cuna de todas las otras manifesta- 
ciones post('riores literarias de un país o de una cul- 
tura. 

Iva infancia os la gran cap! adora, no de cultos co- 
nocimientos y sensaciones reflejas, sino de la directa 
emoción cerebral que ella resiento ante cualquier as- 
pecto presentado a su sensible retina. ;,Y cuál es la 



8 


NUEVOS NARRADORES (2.' grupo) 


cir, de lo interior, de lo subjetivo que hay en cada ser 
humano. 

En nuestro país, rico en tradiciones y leyendas 
populares, con un campo casi virgen de influencias ciu- 
dadanas, lleno de ásperas filosofías y cuyo pintoresco 
siempre refleja un revés de amargura y tragedia, des- 
graciadamente ha servido, salvo excepciones honrosí- 
simas, que ya comentaremos en su debido tiempo, para 
que sólo su lado objetivo y pintoresco se viera tratado 
por personas que miraban la vida de nuestro pueblo, 
tan interesante para un observador profundo y sensi- 
ble, bajo el punto de vista de un coleccionista de mates 
y de chiripaes, venido de cualquier ciudad de Europa. 
Y lo que es peor, gentes que cuando han querido ha- 
cer obra universal y tratar temas de otros países, lo han 
hecho con el criterio estrecho de un ciudadano de al- 
guna de nuestras más atrasadas capitales de departa- 
mento. 

Entre los que han sabido ver ese algo enorme y 
misterioso que palpita en el espíritu de lo gaucho. Jus- 
tino Zavala Muniz, a quien difícilmente por el carácter 
histórico y casi filosófico de su obra intensa, racional y 
fuerte, se podría incluir en el número de los narradores, 
es tratado en capítulo aparte en estas Conferencias del 
Centenario, conjuntamente con estos jóvenes escritores 
de gran talento que se han especializado en la narra- 
ción autóctona; Paco Bsipínola, Víctor M. Dotti y V. 
García Sainz, quienes serán tratados también por el 
ilustre hombre de letras don Carlos Reyles. 

Alguien, que como los antedichos, representa toda 
una excejKíión y todo un valor en materia de narración 



JUAN CARLOS WIÍLKRR 


9 


gauchesca, es un joven escritor uruguayo, radicado casi 
siempre en la Argentina, cuando no se halla en Euroi)a, 
a donde va con frecuencia, o en sus campos del Salto 
uruguayo. De una fecundidad literaria extraordinaria 
en un hombre que apenas roza los treinta años, ha sa- 
bido Enrique M. Amorlm, hacer lo que muy ¡¡ocos es- 
critores, especialmente novelistas y cuentistas hacen. 
Esto es, escribir mucho y muy bbui. Si observamos en 
nuestro derredor veremos que difícilmente (rentamos con 
literatos de obra muy numerosa que sea buena en la 
totalidad de sus asp('<rtos. Y no sólo en el as])Ccto de la 
cantidad, sino en el de la variedad de lemas. Pues quien 
no ha visto (lue hay muchos literatos en cuya obra una 
manifestación, un espíritu, el asjjecto aucrtóctono j)or 
ejemplo, era discivdo, y que al salirse de ól queriendo 
tratar temas ciuldadanos, modernlzantc's o bumorístl- 
cos, han fracasado lamentabbmKuite, dando a conocer 
así la poca versatilidad, la abrumadora monotonía de 
su numen. Amorlm ha j)referldo (d tema campero i)or 
que lo ha sentido más, y mejor. Ibu-o en los cuentos en 
que ensaya nuevas fórmulas o toca temas completamen- 
te distintos de los de sus queridos campos, está a la 
misma si no a mayor altura literaria que en estos úl- 
timos. Su obra literaria es vasta. En 1920 iniblica en 
Buenos Aires un volumen de versos titulado "Veinte 
años" con un j)rólogo de .lullo No('! y un voto del j)oeta 
argentino Fernández Moreno. Es este un libro Mono de 
frescura y de gracia, donde (d Intenso poeta revela el 
alto temperamento artístico de quien habría do darnos 
tan hermosos cuentos en tan |)OÓtlca y fuerte ju-osa. 
En 1923 edita en Montevideo bajo la c'iglda de la edito- 
rial "Pegaso” el rá])idamente agotado volumen de cuen- 



10 


NIJIOVOH NAUIUní)KKH xrupo) 


toH que (ú titula con bu gallardo apellido: “Amorlm”. 
Kn 1925 publica en Bueno» Aire» la novela “Tangaru- 
pá”, Heguida de tres cuento»: “El pájaro negro”, “Los 
explotadores de pantanos” y “La» Qultandera»”, capí- 
tulo de la novela del mismo nombre que pronto verá la 
luz. Este último cuento dló lugar a un curioso suceso 
literario. A. de Falgalrolle, ed conocido escritor fran- 
cÍH traductor de numerosas obras escritas en lengua 
castellana, tuvo ocasión de que Pedro Flgarl le prestase 
el libro “Tangarupá” de Enrique Amorlm. Al prxio tiem- 
po publicaba en el Tomo 56 de “L’Oeuvre Libre” una 
novela titulada “La qultandera”. Ríjglstró título. Amo- 
rlm lo acusó en “LMntranslgíiant”, en “domedla”, en 
“Fandldí!”. El escritor Falgalrolle contestó en “(Ihlcago 
Tribuno”, en “New York ITerald”. Pero había caído en 
la trampa, pues el sentido que daba Amorlm a la pa- 
labra “qultanderas” era Inódlto; qultandera» no signi- 
fica prostitutas ambulantes. El leyó el capítulo, vló, 
además, la exposición que hizo Flgarl, única y exclusl- 
vamcinte d(! qultanderas. Inspirado en la narración de 
Amorlm, y cníyó que ósLas eran una casi Institución na- 
cional, como “les gauchós”. Creo que es el primer caso 
de un escritor sudamericano plagiado por un francós. 
I’ero cab(! suponer esto. ¿Cayó P’algalTolle en la tram- 
])a, o sólo buscó produídr un escándalo lucrativo? Lo 
cierto es que la pintoresca novela del francés alcanzó 
un éxito de librí'ría realmente fabuloso! . . . Otro de los 
cuentos Incluidos en esto volumen, el titulado “Los ex- 
plotadores de pantanos”, es admirable y fuerte. Uno de 
los míijores. Este cuento es de una Intensidad subjetiva 
tal, que por momentos, trasporta el cerebro a la misma 
reglón Irreal donde otras veces ha sido llevado por las 



JUAN CARLOS WKLKKH 


11 


alucinaciones de un febriciente cuento de Andreleff. Hay 
en él, para explicar el parangón, la misma realización 
subjetiva de un relato basado en elementos puramente 
objetivos y explicables. Es la misma impresión de tras- 
posición de realidades a imágenes del sueño, que se 
siente al leer la obra inquietante del gran ruso. Es todo 
eso que hace de un episodio real, no su crónica exacta, 
sino su reflejo y que extrae de lo puramente episódico 
lo puramente anímico. 

En 1926 publica también en Buenos Aires el libro 
de cuentos, “Horizontes y bocacalles’’. Este libro es de 
la ciudad y del campo. Tal vez lo mejor del libro en el 
aspecto campero de éste, sea el cuento titulado: “Sau- 
cedo”, que es el que comienza la serie. A dicho cuento 
le dedicó Sanín Cano, un artículo entero de elogio en 
“La Nación” de Buenos Aires. Es este cuento una visión 
trágica de miseria campesina y es aquí donde encontra- 
mos el punto de contacto de Amorim con Panait Istra- 
ti. Lo mismo que el rumano, Amorim no necesita de 
retórica ni de frases despampanantes para dar una fuer- 
te sensación de angustia. También hay en este cuento 
una gran sutileza de estilo. El cuento, escrito en prime- 
ra persona, hace que el rancherío que tiene un nombre 
como si fuera un pueblo, cuente el mismo la visión dan- 
tesca de su vida monótona atravesada por el escalofrío 
amarillo de un vuelo de langostas que se abate sobre su 
miseria. 

En este aspecto de campo, otros de los cuentos que 
más se destacan en este libro son los titulados: “La 
chueca” y “Florentino”. Cualquiera de estos dos cuentos 
pertenecen a esa literatura sin ubicación geográfica, que 
puede llegar hasta cualquier sensibilidad, y es en estos 



]2 


NUEVOS NARRADORES (2.» grupo) 


cuentos en que recordamos súbitamente a Pirandello, 
no el de las comedias psicológicas y de trama retor- 
cida, sino al fuerte cuentista siciliano de sus primeros 
tiempos. El mismo velo rojo de locura y tragedia que 
envuelve algunos pasajes de la obra del genial italiano 
flamea sobre el cuento “La chueca” de Amorim. Todo 
nos hace recordar este parecido: el ambiente rústico, los 
agrios personajes, y la muerte que acecha y vence, des- 
de atrás de la siniestra risa de la locura; a la vez que 
en “Florentino”, se nos viene a la mente otro aspecto 
del mismo autor: la desolación pasiva y resignada de 
muchas tragedias que frente a la inmensidad de la 
tierra y a la rudeza de la vida cotidiana pasan desaper- 
cibidas hasta para los mismos que las sufren. 

En la parte de este libro titulada: “Bocacalles” o 
sea la parte cuya acción se desarrolla en la ciudad, se 
puede observar otro aspecto igualmente interesante del 
joven escritor. El mejor cuento, tal vez, sea el que se 
llama “Lps tubos de la risa”. Es sorprendente, extra- 
ño, y su obsesor recuerdo permanece por mucho tiempo 
en el que lo ha leído. Un cuento de una elegancia ex- 
traordinaria es el llamado “El cuento de la Avenida 
Alvear” en el que todo lo finamente perverso de la aris- 
tocrática gran ciudad se ve sutilmente trazado. Ter- 
mina el volumen un agudo relato “Malhumor y heroís- 
mo”, que es toda una sátira a las interpretaciones erró- 
neas y los falsos prestigios creados por los sentimientos 
colectivos. En él se ve trazada con tintas humorísticas 
de un efecto extraordinario, la vida de una familia ve- 
nida a menos, llena de pretensiones y malhumorada por 
las estrecheces y claudicaciones que se ve obligada a 
soportar. Uno de los miembros de esa familia, arries- 



JUAN CARLOS WELKER 


13 


gado por testarudez y hasta por espíritu de contradic- 
ción, muere en un incendio y se ve así convertido en el 
héroe civil de toda una nación. El final de este cuento 
merece transcribirse por encerrar en süs pocas líneas 
la agudeza de todo el relato: “Un vecino la felicitó por 
la acción de su hijo: — Puede estar contenta, señora, 
ha muerto como un héroe... ¿Contenta? Podía si, es- 
tar satisfecha, pensaba, pero su hijo se iba para siem- 
pre, heroicamente, pero para siempre . . . Los amigos 
parecían alegrarse de que Pedro se fuera así. . . La 
viuda lo notaba en cada rostro. Y por momentos, ella 
también sentía la suerte de tener un héroe en la familia. 
Después, volvía a avergonzarse: pero entonces llegaba 
algún conocido con el pésame-felicitación y la trastor- 
naba. Cuando el féretro le arrancó el hijo de su casa, 
la señora Durañol desanudó un sollozo apretado en su 
garganta. A la semana del entierro, aquella mujer pa- 
seaba sus ojos orgullosos por las páginas de las revis- 
tas ilustradas donde campeaba el retrato del héroe.” 

Esto si que es humorismo, tal como lo debe conse- 
guir un escritor que se respeta, y que no cae en paya- 
sadas ni en extravagancias para conseguir sonrisas con- 
sagratorias. 

En 1928 publica “Tráfico”, notas de ciudad. Bue- 
nos Aires vertiginosa, convulsa, atravesada de gritos vo- 
ceantes las últimas noticias en los rotativos monstruo- 
sos, Buenos Aires elegante, adornada de sonrisas y pi- 
ropos, deslumbrante de vidrieras, de avisos luminosos, 
estremecida de bocinas de automóviles y de rojos refle- 
jos de crímenes pasionales. Buenos Aires, cuyos habi- 
tantes parecen siempre ocupados en alcanzar algo in- 
imaginable, en cuyos subterráneos, autobuses, tranvías. 



H NUEVOS NARRADORES (‘¿.f grupo) 

se cruzan las opiniones sobre la situación política, o 
sobre las fluctuaciones de la bolsa, sobre el último par- 
tido de football, o la última trompada del ídolo del 
boxeo, o el tiempo record marcado por un caballo en 
la última carrera de Palermo. Todo esto visto a través 
de las páginas dinámicas de este libro periodístico y 
rápido. Un cuento, “El últ4mo accidente” es el que da 
más carácter literario con sus finas observaciones a 
este libro inquieto y vivaz. 

Poco tiempo después, en el mismo 1928, se publica 
“La trampa del pajonal”, libro de novelas cortas, que 
como “Horizontes y bocacalles” otro de los libros de 
Amorim, presenta relatos de ciudad y de campo. En 
los relatos “Morir” y “Relato para 1999”, se presenta 
la manera personal de metamorfosear la realidad que 
en “Horizontes y bocacalles” comenzara con “El caso 
del teatro Imperial”. Por ese camino, Amorim ha que- 
rido hacer algo nuevo a fin de dar a su inquieto es- 
píritu mayor expansión que la de los temas reales que 
le ocupan en sus relatos de ciudad y de campo. Dentro 
de esta manera, creemos que el mejor sea “Morir” cuya 
desconcertante filosofía, es fruto de un profundo y amar- 
go conocimiento de la comedia humana. En la parte 
campera de este libro se destaca “La perforadora” aca- 
so uno de sus cuentos más intensos. 

En su último viaje a Europa, es decir, en 1929, re- 
imprime en París, en las ediciones de “Le livre libre” 
su novela “Tangarupá” esta vez sin acompañarla de los 
tres relatO'S que con ella integraban la edición ante- 
rior. 

Esta novela que puede considerarse como la obra 
más seria de Amorim, es tal vez, la concreción de todos 



JUAN UAKUOH WKLKKK 


16 


los frutos de su honda experlencln campera, lili campo 
en esta obra de Amorlm, se muestra tal cual es en la 
realidad: pobre, Áspero, inmenso en su dolor, árido y 
seco. Sin este campo de Amorlm, no exhibe sus floreos 
el pintoresco pericón, ni ensayan sus gracias los gau* 
ohos dicharacheros o las chinas coquetonas y felices, 
filste campo es el verdadero, el rudo, sensual, supersti- 
cioso campo nuestro; sin nada que lo eleve, ni amor, 
ni religión, ni afán de progreso o de Ideal. tOste aspecto 
de dolor, que casi nadie ha sabido encontrar, tamblón 
davala Munlz y filspínola lo han contemplado. Kn Amo- 
rlm resulta Interesantísimo ver como ól ataca directa- 
mente en su novela "Tangarupá" uno de los más tre- 
mendos problemas de nuestra campaña; el problema 
sexual, filn el paisaje árido, sin mujenn», que pinta Amo- 
rlm, la pasión sensual se vuelve en el hombre, como 
esos juncos resecos y calcinados por el sol, que al me- 
nor contacto se (|ulebran estallando con áspero, ruido, 
lün las páginas de "Tangarupá", toda la tragedia de esas 
vidas sin lux, llena de fealdad y de miseria, aun en 
donde los bienes materiales alivian la pobrexa tangi- 
ble, pero no alcanxan nunca a disimular la pobrexa In- 
terior, tanto más grande cuanto que no sabe hacerse 
del bienestar material un medio de mejorar la existen- 
cia diaria. Toda tragedia desfila por los párrafos In- 
teligentes de esta novela de Amorlm. hos episodios se 
siguen desarrollando hasta culminar en el fin, que de 
tan lógico en medio de tanta tragedia, llega a parecter- 
nos absurdo. Amorlm ha sabido traxar en esta novela 
cuadros de un realismo brutal sin que nunca pierda ca- 
lidad, la elegancia de su estilo. Algunos tapítulos, como 
el capítulo once de esta novela, capítulo que en la prl- 



16 


NtllflVOH NAIlUAliOHKH (2." grupo) 


mor adición Ilovura el título d« "La l»!Htla del «ollta- 
ido", cH da íjna fiiar/.a do r<!alli5ac,lón tan IntonHa qna 
llaxa a tanií'rHa por al doHa<|iiillbrlo del conjunto. Pero 
Hii autor, Malva admlrablaraenta el obMtáculo y mantiene 
todo en un tono de perfecta armonía. Hay momenit>« 
•m que laH rraweH candenteH de huh deHcrljKdoneH pa- 
recen babt'r Mido trajiadan por un Zola o un HarbuMMC. 

I5n otro aMpetíto totalmente diHtInto, ch decir, en 
una forma d(! narración <|ua máa partlc.l|)a de la poeaía 
y de lo ttbHtracto, (|ua de la traamlHlón de hecho» rca- 
1(!H o reallHta» a la literatura. He dcHtaca el nombre 
de un (‘wrltor fino y Hutll. de eapírltu eleKantÍHimo y 
(Milto: íiUlH (llordano. K»te Joven a»<Tltor, luego de ha- 
bar publicado eHcaHa» colaboracloncH llterarlae en revl»- 
ta» y perlódlíío» de arte, publica en 11126 tan conjunto 
de cuentoH corto» titulado: "Kl rioMal". E» CHte un libro 
en í|ue el autor embriagado por la rica tradición lite- 
raria del mil doHclentoH italiano hanta el mil caiatro- 
clentoH, Miente podaro»amente el elegante Influjo de 
loH prlmf’roH narradora» florentino», narradores qtae or- 
naban MU» relato» con la misma exquisita gracia con 
que lo» itrlmltlvoH ijlntore» de Italia ornaban la» dora- 
da» ImágencM de vírgene» y ángeles adolescente», en 
los templo» y lo» convento» florentino». Hay en todo el 
libro una sorprendente Mutile/.a de observaciones y una 
fina y culta Ironía que apunta en casi toda» la» ftase». 
Alguno» de huh cuento» tale» como el titulado: "El 
Hlstema de Huido", "La deHpodlda”, "La» burladora» bur- 
ladas", y otro» de cMta índole, están saturado» de un 
legítimo humorismo "iKM’aceHCo", |)lcare»co y galante. 
Despunta «ui ello» tal fina comicidad que uno cree de 



JUAN CARLOS WELKBR 


17 


buena fe verse transportado al tiempo de las galantes 
veladas del Decameron, cuando no se evoca el espíri- 
tu de Voltaire. En otros aspectos este libro reúne as- 
pectos filosóficos e ideas muy interesantes, siempre con 
el sello de ironía que le es característico. Uno de los 
más bellos exponentes de esta manera, es el supuesto 
diálogo entre Giorgio Vicarini y Lorenzo Glordano. Hay 
en él un desarrollo de ideas, tan dialéctico y sutil que 
uno se ve envuelto en su fina trama lamentando el rá- 
pido fin de este diálogo tan lleno de elegancia. Uno de 
sus párrafos, en el que trata la descripción de las sen- 
saciones que preceden al sueño es de gran intensidad 
cerebral y la exacta reproducción de las vagas e inasi- 
bles representaciones anímicas. 

A mediados del año 1929 Luis Glordano publicó 
en limitada edición ornamentada por interesantes gra- 
bados en madera de Castellanos Balparda, su cuento 
“Suicidio frustrado”. Este cuento de esencia auperrea- 
lista es un intento de su autor que deja de ser tal, para 
convertirse en una realidad brillante. Todo él se sitúa 
en una atmósfera de abstracción s/ubjetiva que hace que 
su desarrollo se vuelva fabuloso con elementos pura- 
mente reales tal como sucede en los sueños construi- 
dos con los episodios cotidianos vueltos fabulosos por 
la cerebración inconsciente. 

Este cuento se ve reproducido en el nuevo libro de 
Glordano, titulado “Luciano y los violines” que inclu- 
ye la novela de este nombre, dicho cuento y otro cuen- 
to breve titulado "Salomé”. “Luciano y los violines" 
que recién acaba de aparecer, es una obra escrita en 
el mismo tono literario que la precedente, es decir, 
la trasposición de la realidad, en la realización subjetiva 



18 


Nl'KVOH NAItRADORIOS ( 2 /' Knipo) 


de los fenómenos sensoriales y anímicos. Parece per- 
cibirse entre la dislocada atmósfera de sueño que en- 
vuelve todo lo episódico de esta noveia, el refiejo de 
paisajes extranjeros vistos a través de la refinada sen- 
sibilidad del autor. Imágenes suj)erpue8ta8 que produ- 
cen riquezas cromáticas sorprendentes. Desarrollo sub- 
jetivo nunca atenido a lo exterior. Es esta obra de 
Glordano una de esas manifestaciones dei espíritu de 
introspección que ha venido cundiendo en la nueva 11- 
tera4;ura universal desde la aparición de IVIarcel IVoust 
en las letras. Este autor presenta contactos con algu- 
nos de los autores franceses modernos y me recuerda 
especialmente al .lean Cooteau de “Le grand Ecart”, de 
“Orfeo” y de “Los niños terribles”, su última novela. 
Es Glordano uno de esos autores cuya obra está hecha 
toda “hacia adentro”, concediendo muy poco o casi nada 
a los grandes públicos incapaces de sentir emociones 
subjetivas y cerebrales que son las más nobles y las 
únicas que pretende lograr la obra para minorías que 
es ia de Glordano. 


Manuel de Castro, a quien conocimos hace muchos 
años entre aquella pintoresca bohemia que se reunía 
en las viejas salas del café Británico, siempre se nos 
había revelado como poeta de selticclón y exquisito es- 
píritu. Era Manuel de Castro en aquella época, el mu- 
chacho vibrante de ideales y estremecido de inquietu- 
des ante todo lo que aportara una riqueza más a su 
cerebro saturado de belleza. En esa época era cuando 
tenía amores con la que os hoy su esposa y fué la ins- 
piradora de aquellos finos poemas que él llamó: "I.A8 
gracias de Berta” y que Imprimió en su volumen de 



JUAN ('AIII.08 WICM<I-¡R 


19 


poeBÍaB: "Lub oBLaiu'.laB «BpIrlIuahíB” (|uo fueron publl- 
cadaB en 1920 con prólogo de Alberto Znm Feble y edl- 
tadaB por el viejo y (pierldo editor don OrBlnl IJerlanl 
(pie tanto bien ha heeho a la Juventud literaria de otras 
ápoeas del Uruguay y sigue aún bafdúndolo a la do hoy. 
Es puoB, bajo BU aspecto de poeta (pie Hlempre nos llegó 
el espíritu de Manuel de Castro y es bajo el aspecto de 
novelista (pie liemos conocido baite poco su más fuerte 
manifestaxdón. En I92H y luiígo de mucho trabajar en 
ella publbtó Manuel de ('.astro su novela ■‘Illsíorla do 
un pequeño funcionarlo" (pie mereció la sanción oficial 
del Premio para prosa en el comuirso del Ministerio de 
Instrucción Pública. Esta novela ha dejado establecido 
a su autor como uno de los más fuertes escritores nues- 
tros, pues es esta una novela (pie si bien refleja un 
aspecto tíjilco de nuestra vida ciudadana, es decir, el 
de la admlnlstraidón burocrática, do la vida en las ofi- 
cinas del Estado, con tintas Inconfundibles que ubican 
nacionalmente al espíritu de su obra, podría ser, dada 
su amplitud, un libro de cualquier país y do cuabiuler 
clima. 

I^a Ironía más difícil, es (b^clr, la Ironía fina, (pie 
apenas apunta entri* sus páginas, es la (|ue Impera a 
través de toda la obra, (lomo dice muy liTtellgentomen- 
te el iioeta .lu venal Ortlsí Saralegul, en una crónica 
suya sobre Manuel de (lastro, aparecida en "Alfar", la 
dinámica revista (pie dirige Julio J. (lasal, "aijuí no te- 
nernos estopa, teiKUUos oficinas" y es así. Ningún escri- 
tor hasta Manuel de (lastro había sabido sentir la In- 
finita y opaca tragedia del empleado público, que se 
ve. en este país de vida cara y de apariencias suclaloB, 
puesto entre la espada y la pared. El empleado público 



20 


NUEVOS NARRADORES { 2 .'> grupo) 


que día a día anula las facultades intelectuales de su 
cerebro entre los monótonos escritos de su oficina y 
que ganando a veces menos que un obrero debe soste- 
ner su situación decorosa y hasta, si se quiere preten- 
ciosa. 

Eduardo Dieste, en una de esas crónicas agudas e 
intensas que él sabe hacer, dice de la novela de Manuel 
de Castro: “Es una obra perfecta. Lo primero que uno 
piensa después de leerla, es que estará precedida y le 
seguirán otras varias; tal maestría ostenta en su des- 
arrollo y en su estilo; más claro: parece la obra de un 
novelista llegado a la sazón que asegura la producti- 
vidad”. 

Y es este un juicio exacto. No parece ser “La his- 
toria de un pequeño funcionario” la primer novela de 
un autor. Todo lo que de poca madurez ostentan ge- 
neralmente esta clase de obras, se halla desterrado de 
esta novela de Manuel de Castro. Tal vez esto obedezca 
al criterio que de la literatura tiene el inteligente au- 
tor. El creer que sólo se salvan las obras trabajadas 
con humildad y paciencia de hormiga. Se que Manuel 
de Castro se consideraría muy feliz dejando aunque no 
fueran más que tres obras lo más perfectas posibles. 

■ Manuel de Castro piensa reeditar próximamente 
“Historia de un pequeño funcionario” actualmente ago- 
tada, aprovechando esta circunstancia para intercalar 
tres nuevos capítulos que darán más densidad a la novela 
sin mengua del carácter definido que ya tiene según se 
desprende de los juicios unánimes de la crítica. El sólo 
ampliará la visión de la novela proyectándola hacia un 
nuevo ambiente, como ser el carcelario, que aparece sólo 
como mera indicación en “Historia de un pequeño fun- 



JUAN CARLOS WELKER 


21 


cionario”. Además en breve aparecerá en Dresden (Ale- 
mania), la traducción de esta obra al idioma alemán, 
hecha por el escritor Neuendorff, el mismo que tradu- 
jera al español la obra de la guerra titulada: “Camino 
al sacrificio”, siendo la “Historia de un pequeño funcio- 
nario” la primera obra de autor uruguayo que se 
traduce al alemán. Actualmente el autor trabaja en una 
nueva novela “Caminos del cielo y de la tierra”, de ca- 
rácter autobiográfico, bien que encarna la acción en ter- 
cera persona, por parecerle más libre el procedimien- 
to. La acción de esta novela, se desarrolla en la Ar- 
gentina, Chile y Uruguay. El título responde a un con- 
flicto místico del personaje central. Para terminar este 
breve comentario citaré nuevamente unas líneas de Or- 
tiz Saralegui pertenecientes al ya nombrado artículo 
aparecido en “Alfar”: “Novela de vida, esta historia 
de un pequeño funcionario: hace más poeta a su autor, 
que ha pasado sobre ella, altas las pupilas, como pa- 
san los espíritus superiores sobre la realidad, aunque 
den la sensación más nítida de la realidad en sus obras”. 

Un escritor más conocido por su obra teatral, pres- 
tigiosa y fina, es Germán Roosen Regalia, quien con 
espíritu de verdadero intelectual, ha cultivado siempre 
las letras, aunque casi siempre lo ha hecho para su 
propia expansión, desdeñando los que para él debieron 
ser fáciles triunfos de la publicidad y la actuación ac- 
tiva en ambientes literarios. Si he hetvho referencia 
a que este autor era más conocido por sus obras tea- 
trales, es porque dado el carácter de éstas y su con- 
creción en forma de obras realizadas y representadas 
por compañías de valor, son las obras que más han 



22 


NUEVOS NARRADORES (2." grupo) 


llegado al conocimiento del público. Todas ellas, acu- 
san la inquietud espiritual del temperamento de su au- 
tor, lleno de un sutil refinamiento y de aguda psico- 
logía. Uno de sus dramas se titula “La otra muerte” y 
es una obra de tesis audaz y de realismo, que, a pesar 
de su crudeza y del atrevimiento de sus situaciones, 
tiene un fondo de alta moral. Otro drama suyo titulado 
“Carne del pueblo”, es manifestación de la versatilidad 
del talento de su autor, ya que éste varía totalmente 
su forma y desarrolla su acción entre los personajes 
de los bajos fondos sociales. Es un drama intenso y 
fuerte. Otra de sus comedias, que lleva por título “Em- 
pezando a vivir”, es una comedia de costumbres, fina 
y elegantísima. Su drama “Las últimas hojas”, que fué 
estrenado, en 1926, por la compañía de Linares Rivas, 
ha trascendido bastante sus altos méritos hasta todos 
los ambientes, para que nos detengamos en analizarla. 

Si hablamos de las obras teatrales de Germán Roo- 
sen Regalía, es para situarle en la condición literaria 
que inás definida impresión ha causado en el público, 
por ser su aspecto más conocido. Pero el que nos ocupa 
es el Roosen cuentista, cuya obra dispersa ha sido pu- 
blicada en revistas y periódicos de aquí y de la Argen- 
tina, y a la que su autor, por descuido o por injustifi- 
cable modestia, no ha dado forma en volumen. Algu- 
iLos de los títulos que recordamos de sus cuentos pu- 
blicados hace años, son éstos; “Horas fáciles”, “Donde 
no se ama”, “La noche de San Silvestre” “Más allá”, 
“Musgos y hiedras”, etc. En todos estos cuentos, siem- 
pre ha hecho gala su autor de ese sutil instinto lite- 
rario que siempre ha aparecido en sus obras y que ha 
hecho de él, ya el narrador amenísimo, ya el drama- 



JUAN CARLOS WELKER 


23 


turgo de garra, ya el periodista hábil. Solamente por 
su despreocupación hacia una gloria que no hubiera 
tardado en brindársele de haberlo él querido, ha per- 
manecido Germán Roosen Regalia, conocido solamen- 
te por pocos que han sentido las finas sensaciones pro- 
vocadas por la lectura de su obra. 

Otro novelista de vasta e interesante obra, es Ma- 
nuel Acosta y Lara, escritor recio y valiente, e intelec- 
tual de mucha cultura. Sus numerosas obras han teni- 
do siempre la más franca acogida por parte del público 
y de la crítica, tanto aquí como en Europa, donde Ma- 
nuel Acosta y Lara ha residido durante mucho tiempo, 
y a donde se dirige en sus frecuentes viajes. Su obra es 
extensa, prueba del amor que su autor profesa por las 
bellas letras, en su incesante trabajo creador. Muchos 
serían los valores a analizar de esta su extensa pro- 
ducción, si comentáramos una por una sus numerosas 
novelas. De ellas recordamos algunos de los nombres 
más famosos, entre las más conocidas: “Mónica”, “Un 
divorcio entre argentinos”, “La dicha inculta”, “Pas- 
cualito”, (esta de ambiente español, donde están her- 
mosamente tratadas las costumbres de la vida entre to- 
reros), “Sangre extranjera” y sobre todo “Los Aman- 
tes de Granada”, que ha merecido los honores de ser 
traducida al francés por Francis de Miomandre. Esta 
obra será puesta en ópera dentro de breve tiempo, y 
además será publicada por la “Ilustración Francesa”. 
Este fecundo autor tiene en prensa actualmente su úl- 
tima novela, titulada: “Solariega”, en que trata, con 
sus dotes intelectuales, un tema desarrollado en el am- 
biente colonial. 



24 


NUEVOS NARRADORES ( 2 .'> grupo) 


**« 

En años bastantes anteriores a la actual produc- 
ción literaria, merece señalarse la parte de novela in- 
cluida entre la obra del crítico y ensayista Alberto Nin 
Frías. Este intelectual, luego de haber publicado en la 
editorial Sempere, de Valencia, cuatro libros de crítica 
y ensayos sobre literatura, religión y estética, publica 
una novela, “Sordello Andrea”, que el autor rubrica 
con el subtítulo: “novela de la vida interior”. Esta 
novela, de carácter introspectivo, es una obra autobio- 
gráfica, bajo la apariencia casi novelesca de su forma, 
siendo un documento del alma humana, del auto-aná- 
lisis. Henchida de ideas y de conceptos sobre diferen- 
tes tópicos, tiene el valor, no ya de la novela de interés 
puramente pintoresco y descriptivo, sino una novela 
que viene a ser la esencia de su espíritu. Además pu- 
blicó Nin Frías “La fuente envenenada”, de igual’ esen- 
cia que la que hemos comentado y que viene a ser 
parte integrante de ésta. Más tarde, este escritor vuel- 
ve a dedicarse al análisis crítico y es así como hace 
poco tiempo ha publicado ensayos de crítica sobre li- 
teratura inglesa y norteamericana, con mucho éxito y 
que no han hecho más que afirmar su bien cimentado 
prestigio. 

En otro caso se presenta el mismo fenómeno que 
en el anterior. El de un crítico que abandona el en- 
sayo para dedicarse a la novela, aunque el que comen- 
tamos anteriormente lo hace sólo temporalmente, vol- 
viendo luego a la crítica y este que ahora tratamos, 
Salterain Herrera, la ha abandonado al parecer defi- 
nitivamente para consagrar su actividad mental exclu- 



JUAN CARLOS WKLKICR 


25 


sivamente al tema de la narración novelada. Este escri- 
tor, después de haber publicado los dos tomos de “Los 
comentarios”, volúmenes de ensayos sobre ética y lite- 
ratura, y de sus “Cartas fundamentales”, ensayos de 
crítica epistolar, inicia la serie de su obra en forma de 
relatos o novelas, con el volumen de cuentos titulado 
“Ansiedad” y que reúne quince cuentos breves revela- 
dores de un gran conocimiento y observación de la vida 
real, entre los cuales merecen destacarse “Los trajeci- 
tos negros”, “El sol”, “En la escalera” y en otro aspecto, 
“El fuego sagrado” con sus delicadas tintas humorísti- 
cas. Este volumen ha sido publicado en 192Ü. En el 
año 1927 publica “La casa grande”, novela de ambiente 
ciudadano muy bien trazado, en la que, a fuerza de 
ser reales, parecen vivir algunos de sus personajes. Ul- 
timamente ha publicado otro libro titulado “Fuga”, 
que confirma todo lo dicho sobre la manera sobria y 
fuerte de este autor. 


Si he dejado para lo último el análisis de la obra 
de dos interesantes mujeres novelistas: Mercedes Pin- 
to y Laura Cortinas, ello es debido a que, dentro de 
la novela en nuestra literatura, la obra de ellas dos en- 
carna un aspecto de novela de tendencias, que debe 
ser considerado aparte. Comenzaré, pues, respetando el 
orden cronológico, por analizar la producción literaria 
de Mercedes Pinto, cuya primer novela, la titulada “El”, 
fué publicada en Montevideo en 1926. Dado el carácter 
autobiográfico de esta novela, me permitiré hacer al- 
gunas incursiones en la interesante vida de esa audaz 
y fuerte mujer que es Mercedes Pinto, por considerar 



•¿li 


NIJIOVOH NAItKADOKICH 12/' Kiiipo) 


«sLt! conocimiento Imprescindible i)ara juzgar con ecua- 
nimidad BU obra, íntimamente ligada a su azarosa vida. 
Mercedes Pinto naf:ló en la Isla de Tenerife, en las Ca- 
narias, de una familia cuyas dos ramas representaban 
las dos aristocracias de dicba Isla: es decir, por parte 
de |»adre, la familia Pinto era la verdadera encarnación 
de lo más granado de la Intelectualidad canaria, y por 
parte de la madre, la familia Clos y Idquizabal ora la 
rejjresentaclón más |)ura de la aristocracia de la san- 
gre. K1 padre de Mentedes Pinto era un hombre de le- 
tras, liberal y re|)ubllcano, como (;asl todos los de su 
lamilla; y cuando óste murió, la pequeña Merce>des fué 
ll(!vada al seno de su familia materna, quien, siendo 
esencialmente católica y conservadora, trató de imiiedlr 
todo contacto de ésta con la familia de su padre, cono- 
cida |)or sus Ideas avanzadas. A los 16 años y a raíz 
de un conflicto sentimental, Mercedes Pinto tuvo una de 
esas crisis de misticismo, nada (íxtraña, dada su crian- 
za en un ambiente de rigidez religiosa como el de los 
suyos; pero esto pasó i)ronto, y a los 19 años y cuatro 
meses la casaron con un hombre que le llevaba veinte 
años de edad, pero que satisfacía los anhelos de la fa- 
milia materna de Mercedes, al ser un hombre riquísimo 
y perteneciente a la más rancia nobleza de España. De 
e.ste e|)lsodlo comienza la vía crucis de esta mujer es- 
tupenda. Llevada al matrimonio con los ojos cerrados, 
se encuentra frente a un sádico; dfís<!ubre en él a un 
“raro” hasta la más refinada crueldad, uno de esos te- 
mibles loc;os cíon, aspecto de hombres normales, que 
constituyen la más peligrosa e8|)ecle de anormales. 
Los largos años de sufrimientos atroches, de Incompren- 
sión |)or parte de la sfKledad, del clero y de los médl- 



JUAN ('AlíUOS WIOUKtOU 


coB. que no sabían o no querían ver la enformedad de 
aquel ser, aparenteniente anormal; la tragedia de aopor- 
far todo por sus tres hijos, constituyo la nénosis de la 
novela "El". Novela esta, humana si las hay. y que por 
exactitud elentífiea puede constituir el documento de un 
caso interesantísimo y vivido. Autoridades en psiquia- 
tría, sociología y ciencias, como nuestro doctor Santín 
l'arlos Rossl; .lalme Torruhlano y lllpoll; el talentoso 
Marañón, en España, han sancionado con su aproba- 
ción ferviente este documento de una vida destrozada 
por las conví'iiciones, loa j)reJulcloH y la ignorancia de 
la verdad científica. 

La parte de la vida de Mercedes IMnto, posterior 
al período con (lue termina el libro "El", no es menos 
interesante {pie la primera, ya (jue en esta fase vemos 
a la mujer (pie se ha liberado a medias, puesto que en 
BU país s(^ admite legalmente solo la separación de 
cuerpos. Se halla, jiuos, Mercedes en Madrid, abando- 
nada por tcKlos, luchando denodadamente para mante- 
nerse junto con sus tres hijos jHupieños. Es en ese jie- 
ríodo en qiní ella actúa francamente entre los liberales 
y los reinibllcanos y comienza su verdadera vida inte- 
lectual, dando conferencias, colaborando en las princi- 
pales revistas y jierlódlcos madrileños y donde publica 
a instancias de sus amigos IntehM'tuales su primer vo- 
lumen de versos titulado "llrisas del Telde". En medio 
de la terrible lucha, se luicuentru con el (pie es hoy su 
esposo y juntos emprenden la ardua tarea de conseguir 
la libertad pura legalizar su noble e intenso amor. Es 
entonces, cuando ambos conociui a nuestro gran pin- 
tor Rafael Burradas, (pilen les habla del Código del 



28 


NUEVOS NARRAnORES { 2 .‘‘ grupo) 


Uruguay, con bus amplias leyes del divorcio y de dere- 
fdios de la mujer. 

Luego de pasar por muchas dificultades, causadas 
I)or las leyes españolas que no permiten viajar a una 
mujer casada, sin autorización de su marido, consiguen 
llegar a i’ortugal, donde, en vísperas de conseguir el 
supremo bien de la ansiada liberación, una nueva he- 
rida desgarra su espíritu: el hijo mayor de Mercedes, 
que tenía en ese entonces quince años de edad, muere 
pocos días antes de embarcarse rumbo a Montevideo. 
Ks en nuestra patria donde Mercedes sigue valiente- 
mente luchando y desarrollando sus altas facultades 
intelectuales, y entre el fárrago de sus múltiples tareas 
I)erlodÍ8tlca8, continúa ahincadamente su obra literaria 
ejemplar y audaz. Actualmente prepara la publicación 
de otro libro, tamblón de carácter autobiográfico, que 
se titulará: “Ella”, del cual conocemos algunos (capí- 
tulos y sabemos que encerrará tanto o quizá más Inte- 
r(')8 literario que su gran novela "El”. Tiene, además, 
Mercedes Pinto, varias obras teatrales de vital trama 
y de desarrollo espléndido. Es ella, en suma, uno de 
los más firmes prestigios de la actual literatura uru- 
guaya. 


La otra mujer de quien hablaré es Laura Cortinas; 
quien en 1927 logró el premio de prosa en el Concurso 
del Ministerio de Instrucción Pública que se ha venido 
llevando a cabo anualmente. Su primer novela “Carml- 
ta” es una obra de sano romanticismo y de un gran 
fondo moral. La síntesis moral de la obra tal vez se 



JUAN CARLOS WELKMR 


29 


halle encerrada en esa frase de Kant, que la autora 
pone en boca de la protagonista al final de la obra: 
“Dormía y soñé que la vida era Belleza, desperté y ad- 
vertí que ella era deber”. Ya en esta novela se encuen- 
tra revelado el sutil temperamento de su autora, quien 
analiza finamente todas las situaciones, con criterio 
reposado; pintando ambientes familiares con excelen- 
te precisión. En esta novela apunta el eterno conflicto 
entre el amor y ese deber, tal vez falso, creado por los 
convencionalismos y los prejuicios de una religión mal 
Interpretada por los hombres. "Carmlta” es el relato 
desgarrador del sacrificio de un corazón juvenil y puro, 
ante las Imposiciones de una sociedad cruel. Por esto 
camino ha seguido Laura Cortinas trazando su obra, 
cuyas últimas manifestaciones han sido las obras tea- 
trales que de ellas conocemos. Siempre en su obra apa- 
rece la Insinuación de una duda: ¿Es fértil el sacrifi- 
cio? A este enorme interrogante planteado por la vi- 
da misma, no se sabe que responder, y es en los hechos 
reales con sus resultados positivos o negativos, donde 
Ijaura Cortinas busca la solución del enigma. De esta 
manera, ha llegado ella basta la construcción de una 
fuerte novela (lue en breve verá la luz y (pie st' titula 
"Mujer’\ Podenjos hablar de esta obra que conocemos 
y que ha de sorprender por su fuerte tendencia revolu- 
cionaria y audaz. En ella I^aura Cortinas, eleva un pos- 
tulado vejHladeramente feminista, que en nada parti- 
cipa de los ridiculos derechos conctnlldos por una par- 
te a la mujer, y que por otra le son negados, dada la 
construcción de las leyes de la sociedad. En esta no- 



30 


NUKVOS NAItHAlíOniOS f2.' (crupo) 


vela, Laura Cortinas plantea el caso particular de un 
hombre político, de grandes éxitos oratorios y amo- 
rosos. Uno de esos hombres que aparentemente son 
defensores del feminismo, pero que para su Interior 
sonríen de laa pretensiones de la mujer. Este hombre, 
en vísperas de casarse con una frívola criatura, que 
no se ha enamorado de su Integridad física y moral, 
sino de sus éxitos mundanos, conoce a una joven mu- 
jer, también perteneciente al gran mundo, y se siente 
atraído hacia el fuerte temple, la belleza y la hones- 
tidad de la joven. Pasan los años, y el hombre dellu- 
slonado y amargado por su matrimonio basado en tan 
frágiles cimientos, vuelve a encontrarse con la mujer 
que debió haber sido su esposa, de tener lógica el des- 
tino, y ella se entrega a él por amor. Pasa el tiempo, 
y ella comprende que será madre. Ante las proposicio- 
nes de sus amigas que le aconsejan eliminar al hijo 
antes de que el tiempo agrave su situación, ella tiene 
una entrevista con el hombre qiie ama y le convence 
que el deber estriba en criar juntos el fruto de su amor, 
pese al desprestigio social y la pérdida de sus posicio- 
nes. Huyen, pues, juntos a la Argentina, y desde allí, 
en magnífica síntesis del espíritu que anima a esta 

t 

singular expresión del alma femenina, el hombre res- 
ponde a sus correligionarios que le llaman para ocu- 
par un alto puesto en su país, que él no actuará en la 
legislación de una nación, donde la que es su verdade- 
ra esposa, por su grande y noble amor, sería desconsi- 
derada por todos, y donde su hijo adulterino no podría 
llevar su nombre sino mediante un reconocimiento hu- 



JUAN CARLOS WIOLKKR 


31 


millante. Es así que termina la obra de Laura Corti- 
nas, en páginas vibrantes con su deseo de justicia y 
de amor humano. Además de esta obra, prepara Laura 
Cortinas la reimpresión de su novela “Carmita”, que 
le ha sido solicitada por la Editorial Juventud, de Bar- 
celona, para ser incluida en la colección' de “La Nove- 
la Rosa”. Esta editorial imprimirá, además, en un vo- 
lumen, sus obras teatrales. 


He aquí, pues, con estos dos nombres femeninos, 
terminada la lista de narradores que habían sido con- 
fiados a mi análisis. 


Juan Carlos Weiker. 




Las poeiisas 

( l.er ijrupo ) 


Ofelia Machado, Sarah 
bollo, Luisa Luisi, María 
Kii^fenia Vaz Lcrreira. 

Por 

Mercedes Pinto 




Las Poetisas 

( l.cr ) 


Si'ñoruH: ScfioniH: 

ilubltir (l<> (Miairo iiocMIhiih y coiniMiliir hmh |u>(:h(uh, 
('H lii liinai ({lie H(‘ me luí l‘ll(■<un('ll(lIl(l(>. Difícil liiriNi hI 
Kc coiiKidcni la talla de alKiiiuiH, iiiudiinidaH ya (ui 
flonu'lóii dcl(>nultiada, y la capcraii/.a liu|iilclaiili>, a.ii- 
t(a)ladu 011 pliicoladaH proinotcdoraH d(> olniH, (IIkiuih 
tal voz do mayor IiiIc‘p'>h. por cuanto do la Jiivonliid 
jauído (! 8 porarHo lodo. 

(’on dí'voclón Hlimora lio do dar puoH mi ImproHión 
Hobro UiH pootiHaH (|uo bo d(> tratar: mi iiartlciilar Im- 
proHldn, hIii aHomo do crítica ni pndoiiHlom^H do doK- 
mallHinoH, (>bH<‘rvaclon('>H ipio no lon(lrfi.n otro im'u’llo 
(|m' aipud ipio alguno pudiera Heilalar como inconve- 
nleiilo: (d no babor naotdo yo oii omío paÍN. Y oh proel- 
Hainonfo ohIo (pn' pareciTÍa dificultad ¡lara el aiderlo. 
('11 lo que tal v(íz (‘Htrlbo hu mayor o(|ulllbrlo. l'or 
no babíT nacido yo en (íhI(í ¡laÍM. l’or no ner ni mnoHlra, 
ni diHcípula, ni compafK'ra (b^ e^HludloH do ninguna d(> 
(dlaB. !’or(|ue mi mirada viono do afiu'ra, H(> alarga 
(b'Hde el balc.fin exterior d(í la lllítralura amblonlo, y 
puiMle a«í ver hIii Ioh v(*1oh do la amlHlad ('xof^Hlva, d(í 
la líratltiid o del compañoriHiiio (pío bac(‘ fralcrnoH Ioh 
eHpírltuH. . . y lambl(''n hIii la Hombra do roHonllmlen- 
toH, de rozaduraH o aHperozuH (pi(‘, (‘ii la ^ravltacb'in 
unÍHona alrocbulor de la nilHimi lumbre, marca biH iil- 



4 


LAS POKTISAS (l.er Krupo) 


mas, quitando a la opinión la límpida claridad de las 
lejanías, el claroB<!uro y el contorno, que se confunden 
en los cuadros contemplados demasiado de cerca... 

Sírvanme estas palabras como de prólogo para abor- 
dar de inmediato la labor que se me ha encomen- 
dado, que trataré de realizar como si hiciese sonar mi 
voz musicalmente: primero los arpegios ligeros, los 
motivos delicados, la trama armónica, sugerente y pro- 
metedora, para culminar después en el apasionado mo- 
mento en que toda la inspiración del artista se sella 
en un trémolo. 

Comenzaré, pues, a hablar de Ofelia Machado de 
Benvenutto, que es de las cuatro poetisas que me toca 
tratar, la que tiene menos obra realizada, para termi- 
nar la conferencia con el nombre de María Eugenia Vaz 
Ferreira, flor en todo su desarrollo, mayestática flor 
solitaria que quedará arriba del búcaro, extendiendo 
hacia todas las cumbres sus brazos alcanzadores de 
soledad . . . 

I 

OFELIA MACHADO 

Ofelia Machado de Benvenutto, es desde luego un 
espíritu de selección, con todas las facetas de esta clase 
de almas, tímida, reconcentrada y, si la frase me fuera 
permitida, diría que modesta hasta el orgullo... 

Su temperamento ascético, tal vez la hubiera lle- 
vado ya — de no atravesarse en su camino el amor — , 
hasta las batallas más rudas que libran contra la mi- 
seria moral los apóstoles de la nueva conciencia. Y de- 
cimos ya, porque sobre temperamentos como el de Ofe- 
lia Machado Bonnet no es fácil profetizar, cuando cau- 



MKRCKniía PINTO 


5 


sas momentánoaB sumergen en letargo su vitalidad es- 
piritual. Una veintena de años, un hogar constituido 
legaimente y un hijo, son lazos más que suficientes 
para detener la carrera de la gacela en su cruce veloz 
por la llanura. . . 

La vida espiritual de Ofelia Machado Bonnet, pasa 
hoy por una nueva faz. Si se tratase de otra clase de 
espíritu, podría decirse, que ésta se había perdi- 
do para la causa de las justicias y las reivindicacio- 
nes. Pero en la clase del que nos ocupamos, estos pa- 
réntesis en las vidas de acción, provo(;ados por causas 
sentimentales, sólo pueden ser espacios librados para 
un recogimiento de actividades, y un mejor resurgir 
cuando a través de una detenida inspección íntima, pue- 
dan delimitarse la orientación, la fuerza concéntrica 
y la plenitud do sensibilidades. 

La primera juventud de Ofelia Machado Bonnet, 
nos permite esperar el mayor desarrollo de una vida 
de acción, que ella llevaba en germen desde la adoles- 
cencia. Su espíritu liberado de prejuicios, anhelaba lu- 
char contra la sui)erstición, los prejuicios, las costum- 
bres absurdas, la inmoralidad, la ignorancia, y com- 
prendiendo que sólo una clase estaba preparada en hu- 
mildad para recibir la enseñanza, pensó en la mujer 
obrera, tan irredenta espiritualmente como la de clase 
elevada, pero más apta para las nuevas ideas, como la 
tierra yerma recibirá más fácilmente la hendidura de 
la reja y el arado, que el bosqueicillo inculto, pero po- 
blado de duras malezas y espinosas zarzas valetudi- 
narias. . . 

y reunió Ofelia Machado Bonnet, en torno suyo, a 
un grui)o de señoritas, estudiantas como ella, y como 



6 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


Presidenta de una Comisión Femenina dentro de la 
Institución de estudiantes “Centro Ariel”, dedicó mu- 
chas de las horas que sus estudios la dejaban libre, 
para dar clase a muchachas humildes, carentes de cul- 
tura; irles comunicando calor de ideas, claridad de co- 
nocimientos, y luz para diferenciar, para distanciar, 
para estudiar con exactitud facetas de la vida del es- 
píritu, útiles también para la existencia material coti- 
diana ¡más llevadera mientras pueda ser más justa- 
mente comprendida! En una carta que Ofelia Machado 
Bonnet me escribió un día, decía así en uno de sus 
párrafos: “Tengo un gran dolor en lo que se refiere a 
la parte femenina de la vida: la frivolidad espantosa 
de la mujer de alta sociedad”. Como es fácil de com- 
prender, cuando una mujer de talento escribe esto a 
los 18 años, es que lleva en sí misma el germen divi- 
no de los más altos ideales; y la mirada de los que 
aman la fortaleza de espíritu puesta al servicio de los 
credos solemnes, podrá declinar el interés sobre el 
puente lanzado entre la adolescencia de Ofelia Macha- 
do Bonnet y la juventud plena de Ofelia Machado de 
Benvenutto; pero la esperanza queda en alto, como un 
verde pendón, en espera de la madurez de esa vida, 
que será cuando ha de dar el fruto de humanidades que 
la Humanidad hambrienta necesita, en su miseria de 
reivindicaciones. . . 

Ante la poesía de Ofelia Machado, como un pórti- 
co revestido de pámpanos olorosos, ha de colocarse su 
acción social frente a la mujer obrera, en su amor a 
la causa del feminismo consciente y en su enseñanza 
práctica desde aquella entidad de difusión de cultura, 
y ha de colocarse como una seguridad de acogimiento. 



MKUtIlínKH l'INTO 


7 


lítmío una «arantía <ln aKasaJo ífOíHllal, como una l)len- 
venlda promisora, anUta du panar al refuKlu iníallco, 
dunda en panorama de díai-anela», «xUende el ala de au 
arlatoeraela el ave que cania para el reducido Ki’upo de 
loa eleuldoa, , . 

Porque la poeaía de Ofelia Maidiado no tiene la 
dulzura de loa vlnoa que eomunlean ealoríaa e7Tioí,lvaa 
a laa venaa vltalea, ni exalta en laa ('(^lulaa matrleea la 
fuerte preponderancia de loa «eatoa rotundoa, , , Ka una 
poeaía extraña, deade lue^o original, no uaada frecuen- 
temente por laa poetlaaa de Amñrica, Poeaía de aentl- 
mlentoa qulutaeaencladoa, de aenaadonea aeciindarlaa 
para la aeualhllldad aenaorlal, pero fundatnentalea para 
laa aaplraítlonea metafíalcaa que deaarrollan aua aíttlvl- 
dadea máa lejoa del plano del áureo y la aemllla. con- 
fuudldaa allíl, en laa auperficlea Inabarcablea, con la aa- 
plracldn auprarreallata del clrrua y la eatrella.,. 

Poítaía (jue tiene el frío de laa diatanclaa y el cen- 
telleo de kw deatlnoa; poeaía aenalllva y no aenalble; 
poeaía que eacijclia máa que dk-e; que eleva allencloaa- 
mente y uiueatra el movimiento aln movimiento de laa 
horaa; <jue noa avejenfan aln makraiarnoa, lahrAndo- 
noa aurcoa de aotnbraa con dedoa IxnoUa», carentea de 
aenalbllldatl, . , 

Oe laa eac.aaaa poeaía que ttfella Machado ha pu- 
blicado, leerí'í doa, "Ilaatío" y '‘Acción", (pie parecen 
completarae en un rmalo ónico, aplicando cata última 
fórmula para deatruir la araña de mal vivir <jue ea "(*1 
haatío". Olee aaí: 

IfAHTIO 

liaatío, 

reaaca del río 



8 


LAS POETISAS (l.er «riipo) 


de mal vivir. 

Araña, la más opaca. 

Cuando en un leve descuido, 
en todo rincón te agazapas, 
múltiple, 

invades luego como un río, 
ávida sólo de migajas; 
aunque después no respetas 
ni aún las fortalezas de la casa. 

Te entras lentamente como un río. 

Vuelves endebles 
los cuerpos violentos, 
pues tu agresión constante 
. desequilibra todo instante; 
esculpes sombríos fantasmas, 
manchas silencios 
y nos abanicas con tu pantalla 
de desaliento. 

En el sótano vives 
y desde allí atisbas 
lo que pasa. . . 

Tus estratagemas tientan 
al centinela de la casa, 
y entonces tú te entras 
esquivando batallas 
y ríes 

del Valor y la Esperanza. 

Esta poesía tiene una gran belleza y un fondo ri- 
co, extrañamente bordado en un encaje propio y sutil. 

Hastío — dice — resaca del río de mal vivir”. Her- 
mosa frase, llena de enseñanzas. Del vivir que no ha- 



MKRCKDKS PI.VTO 


9 


ce útiles las horas; del vivir en medio de placeres que 
terminan pronto, dejando en el alma la Araña más opa- 
ca, que entra como en un descuido por una hora de la- 
xitud, por una repetición de gestos o de alegrías, y 
luego, fuerte y poderosa se acrece con los detritus de 
las vidas inútiles, y devora sólo las migajas, es decir, 
lo inútil de las horas, las sobras de los días, pero lue- 
go, ¡ah!, luego invade toda la casa, todo el corazón, 
y no respeta ni las fortalezas de ella, ¡ni el más hondo 
amor! ¡ni las más profundas emociones! ¡Te entras len- 
tamente como un río!, no grita, ni llora, ni ruge co- 
mo el Desengaño o el Abandono; pero penetra sorda- 
mente y “vuelve endebles los cuerpos violentos”, aque- 
llos cuerpos que sabían gozar y se Iluminaban de vida, 
caen “desequilibrados por su agresión constante”, “es- 
culpe sombríos fantasmas” en los que nunca se creyó 
ni se temía, y “abanica el calor de las vidas henchidas 
de fuego con la “pantalla fría del desaliento...” 

Vive el Hastío en el sótano; en las horas sobrantes 
y en las cosas que no importan nada; pero como desde 
allí “atisba lo que pasa”, puede entrar, esquivando ba- 
tallas ¡porque el Hastío no lucha, ni discute, ni gasta 
energías ei. batallar ni en desarraigar convicciones. No 
batalla, pero triunfa sin gastar fuerzas y ríe luego del 
Valor y de la Elsperanza, que nada pueden contra la 
terrible victoria ganada. 

La otra poesía, “Acción”, dice así: 

ACCION 
Perfilas las figuras 
en vigoroso y vivo 
bajo relieve 

y aunque me quitas con usura 



10 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


mis panes y mis vinos, 
te pido que me lleves. 

Adormeces la honda angustia 
con tu arrorró violento, 
y deshaces en tu boca adusta 
todo lamento 

Enderezas tu bandera victoriosa 
sobre el bostezo y la duda, 
y vuelcas, turbulentamente, tu tinta roja, 
desde tu vida inmensa y dura. 

Martilleos alcohólicos de incendio 
contra el yunque difuso del espíritu. 

Adivinación de fuerza destinada 
como la de una mano que agitase 
la rica pasividad del Sol. 

Perfectamente definido el perfil de la figura, la 
poetisa sabe que la acción le quitará su pan y sus vi- 
nos. Le ha de robar seguramente lo más dulce y feliz 
de su alma: la paz; le quitará sus ilusiones mejores: 
la serenidad de los pinares y el perfume de la fronda 
en quietud: la arrebatará de su soledad y de la armo- 
nía de las noches silentes empapadas de voces de lo 
alto; pero, sin embargo, la poetisa le pide que la lleve, 
porque sabe morir en calma y prefiere la vida herida 
de amores a la silenciosa paz de los destinos sin norte y 
sin fe. . . 

La acción adormece la honda angustia y deshace 
en su boca adusta todo lamento. ¡Cómo conoce la poe- 
tisa, en su juventud, el enorme regalo de la acción a 
las vidas dolientes, y cómo comprende que en su boca 
dura queda sellado el grito de dramatismo que se quie- 



MKIK’Kim:» IMN'I'O 


II 


|)m «uíJor, Hol»r« (^| pámiiio plílM iiikihI riiH fiM^i'- 
/,»!« |»U,rit «II K‘‘*'i>ilin<'<'l‘)ii«w . .! 

Iwt ()M«HÍii, (1« Of«llit Mik'IhuIo hh viu'oiiII, nIii «i «m 
flM*l"/.0 l1« MlItl'lllllllHIllllH llllpl'Ol'«(|«lll«H, Hll vll'llllliul l'OII- 
wlwlM «ti wii fomlo iiiii.í'«i'ii/ílo «11 iiH(’«l IwiiioH y i1«m(ii'o- 
vIhIo ( 1 « h«iimiiii,I|(1M/(I«m; «ii mu iiiiiii«t’ii (J«('|i1l(1ii y ('ii«i'- 
l«; «II MU fullii, (1« vii<'llii«lou«M y «ii «I pudui'íii m«i'«iio d« 
MU fundo iu«duliii' y wniui'iido d« iiiiii M«i’«iildii.d y d'« 
lina M«Kiii'idnd, (|u« mI no fu«i'ii iinii fi'aM« d«iiiaMliido 
itti'«vldii, yo in. liiutiaidii «oiiio unii. «m|i««I« d« flIoMofíii 
v«K«iii.l, < !ono«linl«nlo d« Ium «omiih «ii i'«li«v« luiliiml; 
dond« no luí, y itnli«loM ni «»fiu»r'/oM dlnáiiil«oM, ni Miifrl 
nil«nloM, nt d«M«M|i«mní<itM. li'lloMofíii v«H«lnl, i|ii« iinli«- 
la Miiii«m«lou«M, MUj«lii, n, lo« «au<’«M d« lii, v«i'dii/d Min iil«- 
(«OM d« liiiitoMllil«M, «Ino iju« M« «oiniilii('.« «n oliM«i'vai', 
y d«lluillar mu ii«('I<'ui «ii «onvlvoni’la «on lii Nal iii'iil«/ii, 
«on «I «M(i(i'llu iiiIm'Iiio d« lita «omiim 

II 

NAItAII llOI/ldf 

lat olii'ii d« la Jov«ii |»o«llMa Harali Uollo, o«uiiai'A 
ahora nu«Mli'a al«n«l<'ui, ihildla/) Harali Mullo, «n Hi«7, 
un llhi'o i|u« Hliili'i "I)I4 íokom d« Iiim Iu««m p«i'dldaM'', 
<|u« in«i'«('l('i d« la «i'lll«a una M«i’la al«n«li'in y un Jiil 
«lo dlKiio, <|ii« d««(ii lil«n «lai'aiu«nl« d« la «M|i««la«li'ui 
i|u« (ii'odiada la ll«Ka,da d« una nu«va alondra al hoa- 
<|ii««lllo pohiado d« av«M «iiiiloraM, 

"I dóloHOM <1i« Iiim Iu««m iiordldaM" «M, «n nu«Mlro 
«on««plo, iiIko iiUím i|U« un jirlui«r llhro da iiiii«lia«lia 
d«inaMliKlo Jov«n; «otiMllluy« una niaKníflon. vo/ «n «I 
«on«l«rio d« laa vo««m ariiionloMiiM, y hay d««ldldaiii«n 



12 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


te motivo para detener el paso, y prestar a la nueva 
armonía que viene de lejos, un oído de cristal que pueda 
percibir sus más finas modulaciones. . . 

Sarah Bollo, en su poesía primera se nos presenta 
como un espíritu dirigido hacia planos superiores, don- 
de las potencias materiales se han convertido ya en 
cenizas por la fuerza indestructible de las del alma... 
Esta tendencia espiritualista llevó a la eximia poetisa 
Juana de Ibarbourou a decir al final del prólogo con 
que se avalora el pórtico de “Diálogos de las luces per- 
didas”, de Sarah Bollo, estas consideraciones: “Un 
ideal abstracto y confuso, para nosotros, parece guiar 
a la poetisa. Quizás mientras su alma habla e interroga 
a las luces dispersas, ya se esté levantando para ella 
el alba resplandeciente a que tiene indiscutible derecho 
toda muchacha de veinte años, por más amiga que sea 
de la metafísica y la filosofía”. Sin embargo de este 
pronóstico, la nueva poesía de Sarah Bollo, la que vie- 
ne publicando de 1927 hasta la fecha, y la que en con- 
junto veremos en su libro en preparación “Los noctur- 
nos del fuego” (por lo menos los que de este libro co- 
nocemos) no ha hecho proféticas las palabras de Juana 
de Ibarbourou. 

Dejando a un lado la situación sentimental del co- 
razón de la poetisa, podemos asegurar, sólo atentos a 
la poesía, que ésta no ha cambiado más que en la for- 
ma, puesto que en la esencia y en el fondo mismo, con- 
tinúa siendo la misma poetisa misteriosa y con aro- 
mas de la espiritualidad elevada de tierras donde el 
Loto deja caer sus flores deshojadas, que se nos mos- 
tró en el libro “Diálogos de las luces perdidas”. 

Yo no he encontrado nunca confuso ni impenetra- 



MERCEDES PINTO 


13 


ble el verso de Sarah Bollo; para mí al menos, su clari- 
dad resbala en mis pupilas como la radiosa del ama- 
necer, pues si en algún momento el hilo de oro de su 
verso parece que se pierde a mi comprensión, y se en- 
reda en apretados nudos, me sucederá como en la dul- 
ce armonía que sigue nuestro oído musical en su entu- 
siasmo, que si pierde a veces la unidad armónica para 
nuestra particular comprensión, continuaremos un po- 
co más adelante la cadencia del ritmo, comprendiendo 
que el momento que escapó a nuestro compás, debióse 
a la inspiración del compositor, que así pudo sentir y 
realizar su obra. 

A nosotros nos ocurre esto con la poesía de Sarah 
Bollo: la comprendemos, la sentimos, la amamos. De 
pronto se hace turbia, escapa como un ave en ligeros 
escarceos a nuestra mente, pero estamos seguros de 
volverla a encontrar, y con la mirada fija en el espa- 
cio — que esta vez es el verso — , la idea regresa, se 
hace perceptible, dulce, consoladora, confiándonos có- 
mo su repentina huida fué para posar en el corazón 
de la poetisa, ocupando el hueco que le estaba destinado, 
y que sólo ella, tenía derecho a conocer. . . 

En la poesía de carácter metafísico, suele encon- 
trar, a menudo, la crítica, profundos caos en que se 
pierde temerosa la mente profana; y es que para com- 
prenderla bien, no basta que el cincel sea de oro, lo que 
es preciso es que sea de la misma materia que el verso;’ 
que sienta su inspiración, que sueñe con sus sueños, y 
sus ideales sean los suyos, y entonces todo le será fá- 
cil al crítico o al lector, porque el verso no tendrá para 
él más secretos, que, como dijimos antes, las pequeñas 
huidas hacia las grutas particulares, en que la con- 



14 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


ciencia guarda sus frutos más sabrosos y sus céspedes 
más intocados. , , 

La poesía que habla a los sentidos, es siempre ab- 
solutamente comprensible para la generalidad. El crí- 
tico sapiente marcará los grandes aciertos, y señalará 
sus elevaciones y descensos; pero el lector, de cualquier 
clase que sea, sentirá latir su corazón con el verso 
que les canta en sonrisas o en lágrimas, las mismas 
sensaciones vitales que sacuden sus nervios y hacen 
circular más de prisa el cálido torrente de la sangre... 
¡Amor, dolor, celos, ansias, esperanzas, ausencias, des- 
víos, arrepentimiento y venganza! ¡todos los senti- 
mientos del corazón! ¡todos los llamados de la mate- 
ria! ¡todo lo que sacude, lo que agita, lo que es llave 
de nuestro vivir y losa de nuestro morir, ha de encon- 
trar eternamente un eco resonante en este anhelar ac- 
cidentado y lamentable, que sólo encuentra realidad 
en el estremecimiento de la carne, y habla de frialdad 
y de muerte en el descanso místico de las largas en- 
soñaciones. . . 

Por eso la poesía de Sarah Bollo ha levantado 
una aspiración de regreso en algunos críticos. Una lla^ 
mada hacia su hora; un gesto de simpatía a lo que 
consideran un extravío momentáneo, mientras ponen 
un compás de espera a su vuelta al canto unísono de 
los vivos problemas sentimentales... 

Pero nosotros creemos que Sarah Bollo no ha de 
entrar nunca en este recinto donde extienden sus ho- 
jas fuertes las rojas flores de la pasión. Sarah Bollo 
es un alma mística, de un misticismo demasiado ele- 
.vado y abstracto para titubear en su camino, aunque 
el sentimiento le llenase de frutos el corazón. En al- 



MKIUMíDICS PINTO 


Ki 


gunos poetaH, la» cueHtlonPB Hentimentales son la baan 
de 8u insplraolóti y así Ioh loemoH fogosoH y ardieriteH 
en la primavera y verano de la vida; decaído» y efl- 
céptlcos cuando las grises brumas del Invierno hacen 
amistad con sus cabelleras. . . 

El poeta de sensibilidad quintaesenciada y meta- 
física, tiene el estro alejado del corazón. Y no es que 
no sea apto para el amor, y aun sepa amar y ame In- 
tensamente; pero el amor y todas las pasiones de la 
tierra, no acertarán seguramente a llenar el caudal de 
su Inspiración ni a satisfacer los anhelos de su espíritu 
que, como dijo una poetisa española, “sabe dejar so- 
bre la tierra lo terreno” y elevar hada un más allá, 
librado de toda atadura carnal, las alas del alma... 

Sarah Bollo siente el divino mareo de las distan- 
cias; su pluma vuela como si fuera en realidad arran- 
cada de un ala glgantew^. . . Para ella, los astros son 
peldaños para el escalar de su deseo, y la Eternidad 
el salón magnífico para pasear sus anhelos ante el 
estrado luminoso de Dios. . . ! 

La mística esperanza de Sarah Bollo se nos mues- 
tra bien claramente en esta poesía de su primer libro. 
Se titula la poesía “Camino de Soledad y Eternidad”. 
Dice así: 

Mujer, no llores. Nunca, por la terrestre senda, 
se oyó la voz del bronce clamar: “Eternidad”; 
porque el errante globo es hueco y la tremenda 
distancia se traspasa en honda soledad. 

Si ante tus oj(« ciegos se rompen las cadenas 
una Invisible mano las volverá a anudar. 



16 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


El alma es en la muerte como la nave; apenas 
se pierde en lontananza halla otro inmenso mar. 
Yo sé que todo vive más allá; que la Muerte 
es breve y engañosa como un sueño; que el fuerte 
latido reverbera en la llama sin paz. 

Mujer, no llores. Cuando se alargue tu sendero 
sobre tierras y mares, hallarás al viajero 
y tendrás soles nuevos para siempre jamás. 

La idea de otros mundos mejores, donde el alma 
encuentra ascendencias luminosas, se determina con 
viva fuerza, y alrededor de la semilla matriz, 
los puros brotes de esta poesía interesantísima, 
se extienden afanosos en busca de aspiraciones 
y deseos, que son innatos en el ser místico, en un con- 
tinuo anhelar perdido, entre las sombras que aún lo 
detienen y los deseos a realizar de una visualidad dis- 
tinta y un resurgir sin carga detrás. . . 

La hermosa poesía “Viajero perdido”, llora exac- 
tamente la huida de un ser querido hacia derroteros 
de perdición. Examinemos qué manera más fina y be- 
lla tiene la poetisa de contarnos su angustia en la 
contemplación de la pérdida de su amigo, y cómo le 
ofrece los dones de su mente, el agasajo cordial y rec- 
to de la confidencia y de la amistad, al que no supo o 
no quiso hallar el sendero recto de su corazón, que se 
le ofrecía generoso. . . 

VIAJERO PERDIDO 

Tan honda era la noche que se perdió tu alma, 
como un ave viajera por los inmensos cielos. 



MERCEDES PINTO 


17 


Yo quise alzar la antorcha azul de mis anhelos 
para guiar tus pasos, pero murió en la calma. 
Grité entonces tu nombre a los nocturnos vientos 
para que lo llevaran sobre sus negras alas; 

Grité entonces tu nombre a los nocturnos vientos 
pero sólo el espacio lo escuchó y aún resbala 
con su túnica blanca desgarrada en lamentos. 

Y me vestí de ensueños, maravillosamente, 
esperando tu ofrenda para mi joven frente 
ya que te fué imposible hallar mi corazón 

Y apacentando estrellas en las noches sin horas 
fui la más solitaria de todas las pastoras 
porque te vi perdido en la desolación. 

En esta poesía, el grito místico de la poetisa se 
hace más perceptible y toma una fuerza más segura: 
“fui la más solitaria de todas las pastoras, porque te 
vi perdido en la desolación”...! ¡No porque se per- 
dió para su corazón! ¡No porque no la ama o la olvi- 
da! ¡sino porque lo vé perdido en la desolación! ¡per- 
dido para la vida interior, perdido, en fin, para lo que 
a un poeta místico debe interesarle más que nada: ¡El 
camino del espíritu! 

En esta otra poesía se observa la pureza de pen- 
samiento que lleva a viajar en dulce desvarío, sin qye 
un solo latido carnal turbe la transparente música del 
sentimiento espiritual. Se titula “Barcarola vesperti- 
na”, y dice así: 

Unge tu oscura barca con ensueños azules 
y boga en el traslúcido zafiro de este mar. 

La dulce tarde tiende sus soñolientos tules 



18 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


y abismo en el silencio su vagabundo aduar. 

Boga, barquero, boga. Los solitarios vientos 
y las olas propician anhelos de viajar. 

El sol, que es confidente de todo firmamento 
ampara nuestros sueños en su lejano hogar. 

Oye: cruzan legiones de coros vespertinos; 
tiembla en la brisa el nuncio de cándidos destinos 
que impelen a la isla nuestro peregrinar. 

Somos dos almas locas sin triunfo ni derrota. 

Quizá sólo soñemos ser dos blancas gaviotas 
y sobre el mudo arcano volar, volar, volar. . . 

Ya no se trata en estos versos del ser al que hay que 
buscarle un consuelo, ni del amigo o amado, extravia- 
do en las sombras de la duda o de la desolación. Aquí 
la poesía toma ya caracteres más íntimos, y tiene por 
confidente a Ig noche y a la soledad, la cordialidad de 
dos viajeros que bogan impelidos por los mismos sue- 
ños, llevados en la misma barca hacia unísonos des- 
tinos a los que los lleva idéntica arrolladora fanta- 
sía e iguales aspiraciones idealistas. Brazo con brazo, 
tal vez cuerpo con cuerpo, se aprietan dos seres, hom- 
bre y mujer, en una barca ungida de ensueños azules, 
y en el calor de la inspiración, cuando a los poetas se 
les tornan cálidas las imágenes, y toma cuerpo la fan- 
tasía, y los labios se crispan en un estallar de besos 
que caen sobre las páginas, dando a su albura clari- 
dades de incendio, la inspiración de esta poetisa, en 
cambio, permanece empapada en místicos aromas, y 
pide para término de su viaje el lejano hogar del Sol, 
o sueña igualando a las aves el inestable futuro de vo- 
lar, volar. . . 



MERCEDES PINTO 


19 


La poetisa encierra en este libro un amor: el del 
mar. . . Y yo, también en esto encuentro el eterno afán 
de inmensidad que arrebata su alma de entre las co- 
sas deleznables. 

No tanto como consideración de una posible 
orientación espiritual, sino por creerlo un bello ro- 
mance de dulce armonía, leeré su "Balada del mar", 
que puede compararse con los más musicales de los 
clásicos españoles, y que, al mismo tiempo tiene toda 
la intensidad de sentimientos que imperan en los ver- 
sos de la elevada poesía de Sarah Bollo. 

BALADA DEL MAR 

¡Oh mar, que besas las naves 
y no abandonas jamás, 
llévame sobre tus sendas 
por toda la eternidad! 

La tierra está solitaria: 
me mata la soledad. 

Tus almas de tenue espuma 
me saldrán a acompañar, 
y nos iremos canta.ndo 
un largo canto triunfal, 
el sol sobre nuestras frentes 
y los ojos sin afán, 
como en un divino sueño. 

¡Mar y cielo, cielo y mar! 

Todo el amor del abismo. 

La luz de la tempestad. 

El estupor de la huida. 

La apoteosis sideral 
bajo guirnaldas de eslrellus 



20 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


que me vienen a abrasar. 

Allá lejos, oh, tan lejos 
que ni mi voz llegará 
en una playa perdida 
los pescadores dirán: 

— -Pobrecita la muchacha 
que se la ha llevado el mar! 

Y yo sonriente y tranquila 
no querré volver jamás. 

Y seguiré por tus sendas 
por toda la eternidad 
como un albatros viajero 
libre y rauda, oh dulce mar! 

La tierra tiene demasiado fango para la via- 
jera, y el mar liberador, sin alimañas y sin zarza- 
les, le abre el horizonte como el suave preludio de un 
mundo más ajustado a sus anhelos de inmensidad. . . 

#*« 

Ahora la joven poetisa tomo un camino nuevo so- 
bre el mismo rumbo metafísico; cambio de forma, de 
escuela, que la distancia un poco de los espíritus sen- 
cillos que buscaban, a,l calor de su lámpara, un mismo 
camino de sensibilidad... Ahora, más depurada tam- 
bién en su poesía, Sarah Bollo forma con imágenes sus 
versos, y quintaesenciando la expresión, se ha elevado 
sobre la masa de corazones que la escuchaban, y planea 
en otras esferas el globo de plata de su cantar. . . 

Veamos la diferencia existente entre lo poe- 
sía de ayer, de Sarah Bollo, y la de hoy. 



MIOIKWOUIOH PINTO 


21 


LETANIA LA VILTOIIIA TIIONCHADA 

Aiiírla rola flt; la oHppru; 
lámpara roja dol onHuoña; 
puerta de bronee de la alearía. 

El tiempo H(! detuvo pura unir uueHtraH vldan; 
el tiempo dfiHcetiHo de los uíhItoh, abejan d(‘ finido, 

HO'brí! la extendida violeta dormida del eHpaelo. 

Anida rota de la eapera 
EH¡)eranza duleementií labrada. 

Extendí mi corazón en tu umbral, dulzura de la victoria, 
doblegué en tuH rna.noH mi vida. 

Semilla en la luz d(*Hfl(;eada, 
lámpara roja d<d eriHueño, 

Hobre el mundo levantó tu Imagen, 

(coraza del dolor, eapada de la» HonrlHUH, albUH el'ímeraH. 
Cantando la miuírte de la (realza 
tiró mi llanto en el río. 

MI Juventud fuó fbfírba de laa flautaH, 
pinrrta de brorurí* de la abrgría. 

El tiempo H(! (brtuvo para unir nueatraH vldaH. 

En tuH manoH, rnlHterloHa amapola, doblegué mi alma, 
fiero tú, ba(rba dormida, la heríate Hln (fuercr. 

Tú miraban lan filedran, el camino, el lnHtant(*; 
yo el alba, ramo del único fruto de oro. 

Ancla (raída de la eHp(rra. 

Lámpara rota d(;l ennueño 
buerta cerrada de la alegría. 

MI dulce victoria tronchada. 

Arjuí la poetlna dice “ancla rota de la enpera”, “lám- 
para roja del ennueflo", “puerta de bronce de la ale- 



LAH l’ÍJK'l’IHAH (l.nr Kl'iiiio) 


Kiíii", "\\v/, (l(!Hfl('cn(la’‘, y olriiH |»i'<‘< Iohuh (jiic 

loH VIM’HOH 111) conoí’lllll. Soll ItcllOH mtllulai' 

i'Íhiiioh (|iin liKljcan una inniilalidad Irabajtula; lalior 
(In nrl'('|)n( (|iia roílna a la piedra prnclpHii de la Idea, de 
lili mayor eneanlo, lalirando a eliieel la Kitarda de oro 
de la l'oriiia, ,. Sin einluirKo, la poeaía de Harali Ho- 
lló, yo creo jioder iiHemirarlo. no llene hii maynr eon- 
HlKlcnelii, en un luinihlo de eHeitela o en una mayor de- 
lenelóii en la filigrana de la Joya literaria. Su fiier/a 
1 rtiHeendenle eatil mi el nervio anlinador de hii verao; 
nervio (|ue no He alliiienla de la tnaleria dele/,nal)le ni 
lleiH^ HU apoyo en Ioh HeiilliiilenloH que radteaii mt la 
vÍHe.era donde (!upldo llene hii nido; hIiio que lirola del 
HaKrario eapirlliial y en el alma inlHina llene hii iiHleii- 
lo; y eH por ento por lo que la poenía de Harali Hollo 
Hegiiirá HII niarelia aHeeiideiite liaela el niaiiaiillal de 
la lii/., iná.H grande la poeafu mlenlraH in¿H (•xti'iidldiiH 
tenga lan alan de la inenle; indH rolaiHla, nilentruH ma~ 
yor Hea el eaiidal de hii generoHidad; y iiii'íh fina y milH 
laira lii.iiil)li'‘n, inleiitraH iiiAh fainlliareH He le vayan ha- 
eieiido eoii el diario y eontiniio iralo, Ioh graidOHuH 
diieiideellloH que deHiioJan floren en el altar ImiilnoHO 
de la fanlaHia. .. 


III 

lailNA IjriNI 

lliililar de la eHerlIora lailHa lailnl en una lahor 
Hería. Su figura Inleleelual en InleiiHii y eqnoelda. Sin 
eiiilairgo, no lodiiH miih fiteeliiH hoii IndiHeutIduH, lo eiial 
eH un piiHo lileii IntereHanle para el voliiinen de la per- 



MKIM'KhKH IMN'IM» 


hodiiIIiIimI. Cimixlo un Htu' hiiitmiio iiluin'n, <ui <'1 Iim'i'u- 
iH) (li'l it'iUwiJti, iiiiVm t'iitU|M> (lol i|U(< ('iirn<H|i()U(|i< ii la 
^('itorulldad. oa rt'nla i’uiiiúii ol (luc i'rc'/raii loa 
li'ultta, y |»ara alio uxlaü'ii doa fací orna : la |iri»pla di- 
l'ItMillud d«' lli'Kar irlunt'aloa a lodoa loa líiultaa, y la 
olt'iula. do i'oai'cU’ui otiiuitlKa, qiio prodiico oii laa iniil- 
llludt'a ('I uxri'ao di' ai'l I vldadoa, aolu'o lodo al lliui(> pora 
pocllvua di' óxllo, 

lailaa l.iilal tiaoló i>ti na aiiililoulo do Irahajo; po- 
ro i'ii un atnldi'iiir do Irahajo lioal lll/.ado, y por lo lan- 
ío, Olí roholiKa. o por lo iiionoa oii aollliid do ilo^ 
folian, ;.Y dofoaaa do i|iih''ii y por ipii’'? 101 oxiraiiji'ro 
lio aiiolo lahorar. por rogla uoiioral. ooii K<‘i'»doa fa- 
ollldadoa. y iiii'ia ai'iii on i'pooaa proii’'rllaa, ooiiio oiiiiii’ 
do loa padroa do la poollaa lloKiiroii a Moiilovidoo. 
'I'ralaii ooiial|,(o, loa oapoaoa hiilal, iiii oatidal <lo lalou- 
lo. lio profiiiidoa ooiiooliiilPiiloa pi'‘daKi''Klooa. l'IIoHi’iflooa, 
aoololi'iKlooa, y i'alo oaitdal do oiilliira oalaha orloiila 
do liarla, lina IiIooIokIii di< llhorlad y do Idoaa proKio- 
alatiia oii o| aonlldo moral, ipio no oalarlaii naliiral- 
iiionto do aoiiordo ooii loa projuloloa y la roll^^loaldad 
aiiihlotil.o oiiioiiooa. Mo flKiiro yo ipio loa oapoaoa Ijiilal 
londriaii ipio liioliar oonira laa ooal iinihroa, laa Idoaa 
do fanal lamo, olorloallamo, mllllarlamo, olo., ipio loa 
oolooaríaii al piiao, franoa harrora npoallora, llaoo po- 
ooM iKiia, loyoiiilo nn liomonajo do rooordaolóii ilodloa- 
do 011 lOiiIro llloa al oahalloro l.iilal, ipio ojoroló ol ma- 
Klalorlo on ai(iiolla pohiaolón, mo onlori’' do oi’mio ol 
(lohiorno do la Uopi'ihlloa, lo liahla doal II nido do an 
pnoMlo. a oaiiaa do lo pooo uralaa ipio oran a loa dlrl- 
Ronli'a do la Naoli'm, laa Idoaa llhoraloa dol profonor 



2-1 


1>AS J’OKTISAS (l.er Krupo) 


Lnisl, consideradaH por aquellas autoridades, como di- 
solventes. . . 

Para hacernos más perfecto cargo de lo que ten- 
drían que sufrir los esposos Luis! (;on sus Ideas avan- 
(dstas, bastaría echar una ojeada a nuestro medio 
en la época actual, donde todavía, y pese a nuestro pal- 
mario progreso, las personas que tienen ideas libera- 
les (ín los i)uehlos, y más aún si son mujeres, son to- 
madas con resistencias y apartadas como peligrosas 
de los círculos de la llamada altura social. ¡Cosa tris- 
te que obliga a claudicar miserablemente a muchas 
personas, que disimulan sus ideas y convicciones con 
tal de rodearse de ciertos elementos de posición, que 
de otro modo la señalarían con anatema...! Así ve- 
mos con frecuencia sobre todo entre las mujeres — 

escritoras, doctoras, poetisas, etc., que echan en oca- 
siones doble llave a sus íntimos sentimientos, a sus 
convicciones más sinceras, con tal de no perder un do- 
rado prestigio, entre personajes de brillo cuya protec- 
ción social les agrada o les conviene. Pos esposos Luisi 
no fueron así. Lucharon bravamente contra la reac- 
ción que turba las conciencias y embota las volunta- 
des. Trabajaron con ardor en cuestiones educativas y 
sociales, y (uiidaron de dar a sus hijos una educación 
que, desde luego, tampoco estaba concorde con las cos- 
tumbres de la época. Estudiar, para poder luego va- 
lerse a sí mismas. Adquirir tales conocimientos, cul- 
tura tal, que (;ada uno de los seres que habían colocado 
sobre la tierra, pudiera luego defenderse sobre ella, 
con las armas más nobles y más duraderas. 

l^a hija mayor de los esposos Lulsl, hoy la cono- 
cida Dra. Paulina, fué la primera mujer que siguió la 



MlfiltCKDIfiH IMNTO 


aií 


carrera de inedleliia en la Uein'ihllea del UniKuay; 
y, o mucho me miulvoeo, o prohahlemeiite |)odr(amo« 
añadir que en el Ufo de la IMata. 

IvOH oapoHoH lailHl |)UHlei-on, pucH, en acción el ver- 
dadero femlnlHino, lodaH hiH Idean qm^ hoy, dcHpuÓH de 
-i'uarenta añon ne eunlinúan predleairdo como juntaH y 
neccHarlaH, nln tnii'oiilrar en lodoH la mlHina y ile((frml- 
minl(‘ aito^lda. ¡C.ui'inlo lucharían! ¡Cin'inlo lendrían 
(pn^ Hiifrlr! ¡(¿uó AnperoK Ich reHiillarían Ioh Irliinfon y 
(|uó dlfíelIcH loduH hiH aeimHlonen! I)(! ahí lal vcü una 
l'raHe que un día cHcuehó de lahloH del ju'oplo Hcñor All- 
tel l-íUlnl, (|uií me hizo muelut efecto: "Nonolron me 
dijo -- ImplanlamoH <m nueairo hoKai' “el |)udor de Ioh 
afííctoH", y JaindH acíiHtumhrAhamoH a demoHtrar iiiich- 
tran (unoídoimH, K'iardando el cariño familiar, la t(U'- 
nura, lan exploHlonen tíahiH que (ui otruH famllhiH hh 
exteriorizan ináH o meiioH ruldoHamente, bajo la. doble 
llave de niu'Hlro recojílmlento". han blJa.H de Ioh (íhpohoh 
LuIhI («Htudian perhiKoKÍa, medicina, denu-bo. . lam 
UnlverHldadcH y Ioh InHtItulOH hc llenan con huh nom- 
brt^H... EHludlar, Incitar, Hubir, K»^iiar añoH venciendo 
laa dlatrlbiiH, Iiih envidia, tal vez Iuh biirla-H. , . y lodo 
en plena Jiiviíiitud, tm Ioh dían belluH de la vida, hIii po- 
der ver cómo Ioh árboleH ae cidtren de broten en la pri- 
mavera, ni HUHpIrar con ntmanlbdnmoH JuvtmlleH a la 
primera caída dtí lan httjan, pttrtpm no bay Ibunpo para 
mirar al cbdo, ni al palHaJe, ni a la ennoñatdón, y lan 
pupllan JuvtmlbtH dominan e| ardor d<i nu mlrajt', para 
dejar Hobre lan pdiíluaH de Ioh llbron la llamarada lu- 
Hlíitente que ha de abnorber la Idea y fundirla <m la ma- 
teria grlH, , , ! 



I/AH I’OIOTIHAH (l.dr «riipo) 




y una (1(* laH hljaH de; Iok ('.HposoH IjUÍsI, |)r(!CÍHamen- 
((! la íHK! llevaba un nombre de semejantí! eufonía, liUl- 
sa, Hitidó la |)ot!HÍa y eaeribló verHOH. , . liiilHa lailsl te- 
tiía el Hopio d(! la Insplracdón, Henlía el arte y la belle- 
za, (|ue eH aenllr la |)0(!HÍa, y huh versos comenzaron a 
llamar la aUmclón. I’or qué comenzó a resonar en los 
círculos lnt(!leclual(‘s la poesía de Luisa Lulsl? Induda- 
blernenlí! i)or(iu(! I,(!nía valores. No cabe el pensar que 
su Influencia cotno profíísora pudiera tener Intervención 
(Ui su éxito, pu(!s muidlas profesoras de todos los tlem- 
pos han escrito versos y ios han j)ubllcado, sin obtener 
éxito ni popularidad, l^a poesía de Luisa Lulsl despertó 
el Interés <iue despiertan las cosas que valen, y en ellos 
se fijó el público y la crítica, logrando que se le edlta- 
sííii libros en Muropa y en la Argentina, recibiendo a|)lau- 
sos de Intelectuales de lejanos |)untos, y viéndose co- 
locada en un puesto elevado <mtre los mejores |)oetas 
d(d Uruguay. 

Se ha dhdio, sin embargo, de la poesía de Luisa 
liUisi, (jue está basada en Ideales filosóficos, que tiene 
demasiada literatura y que se mueve en un j)lano ine- 
tafíslco y conca'ptual. Yo le encuentro a la poesía de 
Luisa Lulsl más intcíré^ que todo esto. 

La poesía de Luisa no es tendenciosa ¡cosa que, a 
mi modo de ver, no sería un perjuhdo, siempre que so 
utilicen las bellas formas para hacer llegar mejor a la 
conciencia humana la bondad de ideales sociales o fi- 
losóficos!, pero cobra un Interés más personal la poe- 
sía de Luisa, |)or(iue no nos Indica en ella ningunos ca- 
minos, ni nos señala puntos de orientación, sino que se 
conforma con haciernos conocer veladamente las inquie- 
tudes de su alma, las angustias de su vivir moral, y las 



MlfillCKDI-IH IMNTO 


a? 


bnunaH (lolorf)HiiH ('ii'ciindun hiih cDiior-lirilítnloH «ui 
el laiHcar (•onHlatii <• dff una verdad , . . ! 

Kn la jioeHÍa de lailHa IíIiIhI, no eneiienl.ro ehulU' 
;uenL«* prurito de (fnHefian/a, niño dolor de mujer ln(<•■' 
¡(U’tual qu(t He Hleiile naufruKando en d(a;(tpeloimH ineia- 
fÍHhtaH, Hiti la KttKurIdud poHillviHia y Hin un HftKuro uhI- 
dero mÍKtleo. . . IntereHunle poHÍel(')n de poetlMi, (|ue la 
dlHtliiKue d(4 la ruta anialorla hIii proponi'u'Hido, {MU^Hto 
(jiie en oeanloiieH He nota hii deneo de llitii^ar a rdla, tal 
ve»! para eoiu^raelarni* (um el plinto de hiH iniill Ituden, o 
(pili'ui Hahe hI ohedeeleiido a ráfa^aH reaten de amor o 
de Heni ItnenlallHUio . . . 

Vo ereo ei,niprender el Interior Ha^rarlo po<'dleo de 
LuIhu, y m(> lo ItnaKlno aHÍ; Alma, eomprtuiHlón, Henil' 
miento, (lonflKuraelon normal de mujer, y di* exeepelón 
en au altura moral. ('omlen/,a hii vida Hometida a una 
dlHcIpllna íamiiiae. eon la rlKlde/, neoeaiirla para lia- 
eer Hentir la ncecMldad del trabajo, ¡mú,H aún! la de hu* 
lieraelún. lailHa LiiIhI enludla ileMde niña en l'orma ab- 
Horbente, IJbroH en lan «whIiih de Ioh JuKuefeH; earlIllaH 
entre lUH ropiiH de luH miiñeeaH; elanen emi punluallda- 
deH matemúl lean, anulando Ioh JueKUH o lan eltiiH de 
amor, , , KxAmeneH de KraveH ílnalldadeH, borrando Ioh 
horlzontoH HentlmeiilaleH, . . Y lailHii Hueña eon la bo' 
Meza y, plenna e.n el amor. . . Tero huh díaH eorren ho~ 
bre la l'rima vera. , Vuelan ln;H lioriiH en Ki'uve<ladeH 
ItiHOHtenlbleH por ilúbllen brazoH de mujer, y torna huh 
oJoH a luH InnienHblaibsH, dejando (‘xlialar hu ai'eiito Im- 
preKuado de denidaeloueH . 

¡Alma InmeiiKa, Natura!... ¡Toda mi alma.,,! 

(!on tu IrKiuletud ardiente, 



LAS I’OIOTISAS (l.cr unipo) 




en el dolor de la tormenta aciaga, 
con la paz de las noches estivales, 
y la esperanza de tus mañanas! . . . 

¡Alma Inmensa, mi alma! . . . Que contiene 
todas las fuerzas de la Vida . . . Alma 
que no cabo en mí misma y se derrama, 
para abrazar todas las formas 
en imposibles llamas...! 

Dame (d s(*croto do tu ser, Natura; 

dame el secreto de tu vida llana, 

luminosa y sonriente; 

sin estos bruscos saltos de energía; 

sin estas tristes pausas; 

dame el secreto de tus hierbas mustias 

que en perdurar se afanan; 

la armonía suprema de tus noches; 

tu dulzura y tu gracia; 

y la serena majestad que duerme 

en las pupilas mansas 

del ganado tranquilo y reposante 

que prosigue tu ensueño en sus miradas! . . . 

Todo tiene un secreto misterioso 

que es fortaleza y calma; 

Alma Natura, ¿en dónde está el secreto 
(¡ue me dó la armonía y la esperanza?... 
Alma Natura, yo también soy una 
criatura tuya, débil y cansada: 

¡Dame el secreto de tu paz suprema 
y funde mi Inquietud en tu mirada! . . . 


Luisa Luis! clama aquí por lo que en ella es obse- 
sión . . . El secreto de la paz de la Naturaleza, de la 



MliiltriÜDIüH IMN'I’O 


aii 


(|iijnlii(1, (Íí^l (InHí'iutHo! Wltli iiiiM ci'lal lira diMill y ciiii- 
nadii! tóUft arii uim iioaLlwt, un aliña Idaima y aiilll, 
dtdlcada y Bniiilinniiial, nin^ llnKd aiaí daada Ion iilaiioH 
tíidiranatijrftlaH a dolida no alaaii/a niiHHlra iiiijdla dura 
da nilrajaa iM»HÍtlvirt(a«, . . ! ¡Y la aliMorldó la raalldad! 
¡V Ja vanidd al Iraliajo! ¡Y la dolila^d in. I'iihi-zu, da lan 
coHiia, ! ¡Y la aliail(') la Indoiiialda voluntad da| |)aa- 
tlno! ... 

Y antonaan IjiiHad, aiiiialaiila y daHolada, la vardad 
niáa alta <|iia la Vida, (|na la lanía ya aiitra laa inaiioa 
dobJa^ada y danliaclia f’ldid oirá In/ (|na no fiiara la 
lánipara arllflalal da laa InvaHil^aalonaa inaiarlallHiaH! 
Hiiiilli'í') afioranla y dolorida al lalldo aordiiil ijiia nii an- 
contraba anlra la aniraña lioaaa da laa niiill íl iidaH (|na 
«a dlaimtaii a zariiaüoa, ajtaatoa daraaboH y a| niianio 
pan . , . ! Y anioiiaaa aacrlbJd varwoa daaoliidoH, a iravi^a 
da anyaa aalroriiM «a daHilla la aiiiarKura da la liiaha 
diaria conlra al atíoÍMiiio iiiiiiiaiio, y (iiido axclaniar aaí: 

'l'iflNdO HAMIIIIHI 

Taii{i¡o baiiibra Infinita da aalinit y da raiioao, 
tlanibra da iia/„ da aiiaño. y da raniiiialaaldn, 
ijntBlara guardar mi alma lajoa da| viilKar anan 
an dolida «a dabata toda limaiia ambbddii. 
ijnislara lavaiilarla aomo na aAII/, aiij.iramo, 
daaiirandarma dal mundo y alaviirnia liaala liloa; 
daabaaanna an iiarfiima, llagar baata al axtramo 
Biitll da la matarla; aar panHamlanto y vo/,, 

Ma pami la ((tdaiia carnal da mi anvolinra 
i)na ma ata a la Tlarra y ma Imidda wiiblr; 
ma llaman Imiiarloaaa vocaa daada la altura 



y inaLorlalos lazoH no nic! pormlüin Ir. 

¡Oh! Mnorto lumlno»a, madre de toda olencla, 
madre de la poí'RÍa y de la llellf; 16 n: 
ya qufi la vida oH(;ura iiu* ne^ó toda creencia 
(lime tú la |)alal)ra de la Revelación. 

Y dhdendo de analaK de calma y deseo de no ser 
más ya, pobre átomo movible en la escala sin término 
de un vivir sin re|)OHO, se Inclinó hasta la boca del abis- 
mo insondabl(> y dijo así; 

¡OH! QOK I)III.(!K RKROSO... 

¡Oh, (|ué duhtí! reposo el de la muerte 
bajo el chorro de plata de la luna! . . . 

(iu('i flor(í(;er de astros y perfumcis, 

(1U(! renacer de auroras! . . . 

Y el (juleto deslizarse del arroyo 
|)or los (;auces azides de las venas, 
y las |)U|)llas fijas d(> la noche 
abiertas en el alma, 
y el alma, florcíclda en las ((strcllas 
en una i)az sin fin y sin ensueños! . . . 

¡Ob! qué dul(!e quietud, y qué (;alla<lo 
mlstíTlo, en esta aceptación definitiva 
y en este confundirse con las cosas! . . . 

¡El alma d(! la |)0(*tlsa (‘stá cansada de luchar! La 
pedafíOKii ha V(*ncldo a la diosa d(í ropajes azules que 
mora en (d alma d(* cada po<dlsa! El cascabel de la Ju- 
ventud n'cllna su dorado (raparazón en la cubbu-ta fíri» 
de los libros de la (‘scuelu. El dios amor ha doblado 



MKIK’KMKS IMNTO 


:il 


tainl)l«'‘n las alas sobn; las IIuhIoikíh marclillas, dormi- 
do al susurro do las loooloiios dol Cohíglo . . . ! 

Y 08 oiiloiKS's (|uo la ixKdisa al soiillr, como (>1 pro- 
tagonista d(* la comt'dla “.lazz”, dií iVlarcol l’a^nol, qm; 
ha (•vucifh'.ado la Vida a la (Moiicia, cuando oscrllxí los 
ásperos versos (ion ((uo describo el encuentro con el 
Amor! Y titula su verso así: 

MK DI-IKIION, AMOR 

Me dljííron. Amor, cuando era niña: 

"¡es más grandcí (iu(! Dios!” 

Y yo eb|)eral)a verl(‘ vesthio de poesía 

y escuchar melodiosa y tonante. lu voz, 

Me dijeron: “Su rostro ilumina los mundos”. 

Y yo esperaba un día contemplar tu (>splendor. 

Y i)ara hacernu! dluna de tu ImjxuMo divino, 
aclcalí! inl espíritu y ahondñ en mi tiorazón. 

Me vestí de (íS|)eranza, me toquñ d(í armonía; 
y todo el alma presa de un sagrado temblor, 
me dlsi)use a acoKert»* en (ístado de (Irada 
como a la Eucaristía en fiesta de Pasión. 

¿Viniste?... Acaso un día te llegaste en slbuiclo; 
nliiKÚn ])erfume a incbuiso dijo tu (X)ndlción. 

í>a estrella de lu frente, como a los Reyes Ma^us, 

No me dijeron en lenfíuají* de luz; "¡Este soy yo!" 

Y pasaste a mi lado... y yo seguía esperando 
el milagro divino de su sa.c,ro es|)lendor: 

y un día, reclinando mi fnmte en un recazo 
creyendo (pu» (>ra (d tuyo, ¡iim recibió el dolor! 
¡Amor!.. ¡Amor!... ¿Viniste?... Nunca más en 

|m| vida 

escucharó el acento de tu divina voz; 



32 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


y un día me habían dicho. Amor, cuando era niña: 
“¡Es más grande que Dios!...” 

¡Como siempre qu€ no se recibe a los huéspedes 
a tiempo, el viajero se cansa o nos llega de mal talan- 
te ... ! Al amor no puede hacérsele esperar ni un día 
ni una hora! No es posible escoger el momento, ni ofen- 
derlo esquivando su presencia con la réplica del deber 
y de la intangibilidad de las vidas consagradas a altos 
destinos. . . Entonces su irascibilidad surge y se venga 
de nosotros de manera implacable. El cerebro no se lle- 
va bien con el corazón. Son dos vecinos que llenan sus 
cometidos materiales, pero que se quieren bien poco 
en el terreno sentimental. O pensar mucho o querer 
mucho. O pensador o amador. Y cuando desde la in- 
fancia se ahoga en germen el sentimiento sagrado, de- 
jando el escucharlo “para después”, o llega luego des- 
trozándolo todo en violenta reacción indomable, o 
dolorido y melancólico ya, lamentando imposibles en 
una salpicadura de sangre y de hiel. . .! 

Como aseveración de mis palabras, surgidas de mi 
detenido estudio sobre las poesías de Luisa Luisi, leeré 
la que titula “Porqué soñé el Amor”, que nos demues- 
tra bien claramente cómo la poetisa soñó con el amor, 
cómo nació para ser una sensible amadora, y su 
Vida, obstinadamente severa en obligaciones, le arenó 
el camino de la sensibilidad poética que hubiera debido 
cubrirse de Margaritas . . . 

PORQUE SOÑE EL AMOR. . . 

Porque soñé el Amor más grande que la Vida, 

Amor, renuncio al fin a conseguirte; 

porque soñé la Vida más grande que esta vida. 



MKUííKMKH l'INTO 


HS 


Vida, (íH jii'í'cIho (laaiaallrta , . 

jMorir, para vivir todo mi aiilodo! 

jMorir, para Hcntlrmi^ c.ompltaamonlr anuida! 

¡Morir, |»ara liojar liitocaiia en hii viudo 

mi alma, (|iii‘ cada dia lia de liuilar miilllada! . . 

Mimilu llliorliwlora de toda «•on.l Iiigcncla, 
almoliiti) (pie le alzan l’ri'iili' a mi coliardia, 
dame a lielier iiii Horito, la mlid de la exlHleiicia 
¡Amor, Kinria, ludiezu, im un (‘norme día! 

No Importa (pie la po(‘llHu reaccione al fin eHcrl- 
hlendo hu triunfal poenía "Amor, vlnlnte al fin!", por- 
ipie enta llegada del divino viajero no logiVi Haturar to- 
da la obra po('dlca de LuIhii IjIiIhI con la InleiiHldad de 
lierfume (pie a otriiH oliraa de jioelun pudo Impregnar 
para la Eternidad! 

Podría argüIrHenie (pie hay mu(dian profenoriiH y 
(loctoraH, (pie encrilien verHoa; p(‘ro lo ipie en 
difícil cH encontrar mujerea dedlcadaa Inleiiaamenl (> a 
obraa (denlífleaa o aocloli^gleaa, y ipie eacriban con ea- 
fro exclU'Blvamenle aenllmental y emol Ivanieiile ama- 
torio o aenaiial, llaala. abora, laa )) 0 (‘llaaa (pie bemoa 
conocido baclendo aonar con altura de lnaplracl(')n la 
cuerda aentlniental, no pertenecen a laa obreraa did lii- 
telecl uallamo, ni ae han dejado abaorber por la vorági- 
ne del trabajo, l’oela y poellaa eipilvale a no a(‘r In- 
teloetualnienle nada iná,a (pie (‘ato. 1‘or lo mi‘noa iiaila 
iiiáa (1(‘ manera almorbeiile, dominante, (llrlg(‘Ul(‘. , ! Y 
l.iilaa lailal no fiu'i durante au nlfu^/-, au a(lo|eHc(‘ncla 
y au primera Juv(Mitud, una macal ra, una profeaora i'iiil- 
cament(‘, en (d áentldo aenclllo y '‘aal roniánilco de 



34 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


mujer joven que tiene a los niños ajenos sobre su cá- 
lido regazo: sino que desde los tiempos primeros de 
su hogar tuvo que luchar con otras inteligencias de her- 
manas mayores que traían premios, que figuraban en- 
tre las mejores, que alegrarían los rostros paternos con 
las medallas, con los diplomas, con los puestos adqui- 
ridos a fuerza de trabajar, de estudiar, de madru^gar. . . 
Luego, comenzaría la lucha con la Vida, con las con- 
discípulas, no todas afectuosas, con el profesorado, no 
siempre conprensivo; lucha por los puestos, por los 
ascensos, por la gloria en fin, porque cuando se tiene 
talento y aspiraciones, no es siempre fácil dejarse pos- 
poner. . . Y todo esto cansa y sofoca, y llega un mo- 
mento en que el espejo nos muestra los ojos secos y 
el lazo azul de las ilusiones resbalando de los cabellos, 
hasta rodar en el vendaval . . . ! 

Pero yo creo por el contrario de algunos críticos 
que han dicho que la poesía de Luisa Luisi es fría y 
conceptual, que esta poetisa siente el amor en su poe- 
sía de manera más alta y más grande que muchos 
otros poetas que dedican al sentimentalismo lo mejor 
de sus inspiraciones. Luisa no tiene secas las fuentes 
de su inspiración amatoria. Cantó al amor con 
todas las fuerzas de un alma desesperada de no 
hallarlo como lo soñaba; y porque lo soñó magní- 
fico y lo idealizó tanto, no lo supo tal vez cantar con 
los nervios y la sangre que tiene la realidad...! La 
poesía de Luisa no es sensual. Canta al vino del amor, 
con la adoración del inca bajo la mirada solar. . . Los 
racimos dorados brillan entre los pámpanos de esme- 
ralda, y la lira suena idealizada por el momento, so- 
ñando en majestades imposibles... Exprimido en la 



MlfllKÜ'iOlDH CINTO 


¡tfi 


iiojm (liiirlft, til UKi'lí» licor deja a vtutcB Ion lalilou i'c- 
«ecoB, luiru bu liiíluuiicla bc buIic a la uuuiLc, y eallciila 
la BauKi’e con el calor de biib vlialldadcB, l'or <ibo la 
pooBÍa BeuBuallBla caula Idea al amor, l*ed(>Blre y sa- 
grado, dIoB y fiera, barro y boI, e| amor bcubiuiI <|ue la^- 
Ba y que hiere, lle^a mejor a la mullllud e» verBOB cb- 
criloB i>or mauoB iremanleB di^ auKimlla. .. 

LulBa lailal lo colocó muy alio, ho veiou'ó como a 
uii Dios, lo iucléiiBÓ cou BU alíenlo, y al llegar a cau- 
larlo, lal ve/ iio le díó bu mÓB cóllda idiicelada. . . l'iu’o 
no itor no Honlirlo, bIuo por doiniiBlaiio eMiIiiinrIo . . . 

V un día, el DcbHuo quiao marcar a l,iulBa lailBl 
cqii un Bello de de,B(daclóu . . . 

Una euferuiedml IráKlca la dobló, ha iuób irlBle 
para un poeta (|ue anhela nfcorrer lalUudcB en vijelon 
de ¿Kulla. ¡lai mÓB doloroBu para un eHpírliu Ihmo de 
anheloB de movimlenío, que puede proporcionar un uiób 
comprender y un mayor admirar 

HuB pho'uaa Be (juedaron InmóvIleB, Una (|uielud 
Iráijhai. la Invadió de golpe, en díaa en qne la plenitud 
de una ju ventud prnleroaa bacía lal Ir bub BleneB y 
levantar bu peebo ante Iob pon ten i ea demaBlado carga - 
doB de luceB moriwlaB . . 

hulaa lailBÍ enfermó con un mal que pareeín, maU 
dlclón del hada perveraa de hm eiientoa de | ‘erran II : l'or 
aer demaalado Inquieta, niña que vuelaa como marlpo- 
aa! l’or aer demaalado pAjaro, mujer (|ue tleiiea (|ue au- 
frlr en la vida! l'or querer aer Angel, criatura que de- 
bea tu carne a la tierra, cpiódate ahí, Bujeta emuo un 
Arbol aln alma y aln cerebro, a la tierra polvorienta, y 
reaeca, donde ae aecaron loa hueaoB de Uíb que fueron 
('(lino tq, envldloBoa del aire, , ! lOao debieron det-irle 



36 


LAS POETISAS íl.er «rupo) 


a la poetisa las brujas oscuras de los cuentos de hadas!, 
¡eso le clamarían los gnonríos malvados que vienen del 
Norte...! Y allí quedó sujeta, sintiendo el sabor de la 
tierra y el punzante dolor que en su alma iban dejando 
las largas rúbricas de las palomas por sobre la ancha 
página del Cielo azul . . . ! 

YEDRA AMARGA 

Es una yedra amarpa que se enrosca a mi tallo 
y hunde tercas raíces dentro del corazón, 
es una yedra amarga que me chupa la vida 
y no llega siquiera a culminar en flor. 

Muero, callada y quieta, bajo las verdes ramas 
que ahogan mi existencia en su abrazo sin fin. 
Pero el abrazo enorme, que sacrifica y mata, 
es la razón suprema que me obliga a vivir. . . 

Yedra amarga, monstruoso parásito, adherido 
a mi ser por tenaces raíces de dolor: 
siento un placer oculto en morir de tu abrazo, 
yedra amarga que nunca llegarás a dar flor. . . 

Su angustia es torturante, y la poetisa la vuelca 
en versos de infinita amargura... 

YO SOY LA PIEDRA INMOVIL... 

Yo soy la piedra inmóvil, junto al camino vivo, 
el árbol envidioso de la nube andariega: 
estoy sentada y muda al borde de la vida, 
mientras la senda sigue su marcha hacia el futuro, 
l'asan inquietos seres: caminantes, arrieros, 
parejas enlazadas y familias contentas: 



MERCIiDES PINTO 


37 


chiquillos juguetones hirvientes de energías; 
pasan ancianos, pasa la juventud; se van... 

Pasan... pasan...! Yo siempre en mi lugar estoy; 

soy la piedra sentada un día y otro día; 

el árbol, engarzado en la misma actitud; 

árbol. . . persona. . . piedra. . . ¡Ya no sé lo que soy! 

Dedica estos hermosos versos a la Victoria de 
Samotracia. 

A LA VICTORIA DE SAMOTRACIA 

Oh! ¡Victoria, Victoria, mármol divino, - 
como yo condenada a la inmovilidad; 
con toda el alma puesta en las alas abiertas, 
mutilada en el ímpetu supremo de volar! . . . 
¡Ansia de movimiento! ¡Anhelo de elevarse, 
de correr, de subir en vuelo magistral...! 

Deseo doloroso a fuerza de imposible 
de andar. . . de andar. . . de andar. . . ! 

¡Oh Victoria, Victoria de Samotracia, 
imagen de mi vida, toda inmovilidad; 
en el mármol divino, hecho cárcel del vuelo, 
ansia desesperada, enorme, de volar...! 
y plasma su encendido horror de muerta en vida con 
estos versos sintéticos que tanto pueden expresar. . . 

INMOVILIDAD 

El tiempo, para mí, detuvo el vuelo. 

Ya no soy más del mundo. . . 

Soy lo Absoluto y lo Definitivo, 
en su inmovilidad. 



LAS POICTISAS (l.er Krupo) 

Ardo callada y quieta como un cirio; 
soy sólo un pensamiento; 
ya no tiene sentido la existencia 
vulgar del episodio. Soy eterna 
y soy inconmovible. 

Me he libertado de ia vida. 

Soy la Inmovilidad. 

¡Arde callada y quieta como un cirio!, ¡es sólo un 
I)ensamie'nto! Las horas pasan lentas sobre el alma de 
aquella criatura que ve desde la blanca galería del Sa- 
natorio cómo pasan por la carretera los carros llenos 
de frutos de huertos, caminando hacia el mar. . . Cómo 
corren por el camino los niños llenos de vitalidad...! 
C.ómo van lentamente rumbo al acaso, las parejas de 
jóvenes encendidas en resplandor...! 

Y ella quieta, ardiendo como un (;irio! Con sólo 
el pensamiento en espantosa actividad . . . ! Y su frente 
|)álida sin un beso de amor! Y su corazón estremecido 
bajo su mortaja de inmovilidad...! El espectáculo del 
Sanatorio durante tres años de sufrimiento, ahincó en 
el corazón de la poetisa el afán de conocer el más allá, 
y el terrible misterio del vivir y del morir leído en los 
ojos de los moribundos, le fué llenando el í>echo de la 
angustia de las despedidas eternas sin Eternidad...! 

Luisa se hace mística ante la inmensidad del Des- 
tino de las criaturas, y llama a Dios sin creer 3n él, 
ni ser posible que acuda a su llamado. 

ESTAS TAN HONDO. . . 


Estás tan hondo, estás tan hondo 
que apenas si sospecho donde estás; 



MERCEDES PINTO 


39 


tu VOZ lejana y dulce no me llega 
sino como una vaga claridad. 

Tenaz, te busco en mí, hondo y más hondo. 

Yo sé que alguna vez has de llegar. 

Del abismo sin fondo de mi alma 
alguna vez ascenderás. . . ! 

Ah! misterioso Dios que te sepultas 
en la mjs negra oscuridad, 
al traerte a la luz de mi conciencia 
tiemblo de mu tilarte en tu Divinidad. 

Estás tan hondo, estás tan hondo, 
que a veces pienso que no estás. 

¿alguna vez te apiadarás? 

Este es el sentir de la poesía de Luisa Luisi y la 
explicación de ese exceso de metafísica que se le en- 
cuentra. Si Luisa llevase una tendencia filosófica a sus 
versos, podría argüírsele de proselitismo o de literatu- 
rismo apoético. Pero Luisa Luisi es sincera y sin- 
ceramente ha hecho su obra, dándola al público con- 
forme iba saliendo de su inspiración. Metafísica, por- 
que metafísico era su momento. Triste porque así era 
el estado de su corazón. Las circunstancias y la Vida 
hicieron tal vez que una mujer que podría haber escri- 
to versos de amor impregnados de ternura sensual, o 
poesías aromadas de ardor místico, haya realizado su 
obra entre oscuros anhelos del espíritu y tanteos sen- 
timentales. Pero mérito enorme es, a no dudarlo, ne- 
gar a la popularidad su parte de carne en el festín li- 
terario, y poder sin embargo, adquirir ün nombre ilus- 
tre entre los grandes, y .traspasar fronteras, y verse 



40 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


siempre en un plano superior de dignidad y considera- 
ción intelectual.' 

Luisa Luisi, como educadora ha alcanzado altos 
puestos dirigentes, habiendo sido durante varios años 
Consejera Nacional de Enseñanza, presentando proyec- 
tos de importancia suma y realizando obra que ha de 
perdurar. 

Como prosista, ha escrito un buen volumen de crí- 
tica, con acertados juicios, quizá algunos con dema- 
siada inclinación a la benevolencia, y publica conti- 
nuamente importantes ensayos y trabajos de crítica en 
las más difundidas revistas literarias de Europa y 
América. 

Su modalidad intelectual es, pues, intensa y pro- 
fusa, y su nombre quedará en el Uruguay como el de 
una de las mujeres de mentalidad más segura y de es- 
piritualidad más interesante. 

IV 

MARIA EUGENIA YAZ FERREIRA 

Al nombrar a esta poetisa al comienzo de esta con- 
ferencia, dije lo que ahora voy a repetir: No soy ni 
compañera rival, ni discípula idólatra. . . 

La vida de María Eugenia Vaz Ferreira, creció en- 
tre dos plantas terribles en sus contradictorias influen- 
cias: el incienso y la cicuta. Incienso de admiración, 
de adulación, de amor desmedido. . . Cicuta de envidias, 
de odios punzantes, de mezquinos intereses envenena- 
dores. . . 

Es público y notorio que María Eugenia Vaz Fe- 



MERCEDES PINTO 


41 


rreira sufrió de los que la envidiaban, las pequeñas in- 
jurias que van amargando las vidas de orientes mag- 
níficos. En cambio tuvo durante mucho tiempo la adu- 
lación de la alta sociedad, la admiración de los artistas 
y el amor sin límites de las almas puras de sus discí- 
pulas. 

Así dicen las crónicas. Así cuenta el mundo. Así 
puede juzgarse desde afuera con la pupila limpia de 
toda preocupación. 

Los cronistas también están contestes (entre ellos 
Zum Pelde, Luisa Luisi y el erudito escritor que oculta 
su nombre bajo el seudónimo de “Lauxar”) en que pa- 
ra María Eugenia Vaz Ferreira fué un nuevo sol que 
proyectó sombras sobre su claridad, la aparición en el 
cielo de la poesía uruguaya del estro de Delmira Agus- 
tini, y comentan que la injusticia cometida por los in- 
telectuales, posponiéndola, hubo de causarle profundo 
dolor. Deduciendo estas causas, la lógica de algu- 
nos críticos saca como consecuencia que a María Eu- 
genia la perjudicaron en su vida que pudo ser más fe- 
liz y más larga, y en su obra que pudo tener más ex- 
tensión, primero la adulación sin cuento y la admira- 
ción de los que aplaudían sin reservas sus extravagan- 
cias, y después, el momentáneo olvido de los que la 
desplazaron por otro nuevo valor, (para volver luego a 
ensalzarla después de su desaparición . . . ! ) 

Pero de todo esto que dice la crítica y que el público 
comenta, no he escuchado ni leído todavía el sano y 
verdadero comentario que deje las cosas en su justo 
lugar. Como no se puede culpar de las cosas en un 
sentido de vaguedad a “ellos”, a las “gentes”, a “al- 
gunos” . . . hay que concretar diciendo la verdad des- 



42 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


nuda. Lo que mató a María Eugenia Vaz Ferreira fué 
el ambiente, la rutina, y el prejuicio arraigado en las 
sociedades. Esa rutina y ese prejuicio, que tiene cuerpo 
de goma para los fustazos de los que quieren comba- 
tirlo, y se retuerce sin desaparecer, para esconderse en 
los rincones, para disimularse en las familias, y desde 
allá, agazapado, prepararse a saltar de nuevo sobre la 
sociedad e invadirla, sometiendo a las conciencias y 
ahogándolas. . . ! 

Seguramente que María Eugenia Vaz Ferreira, de 
vivir en París o en Nueva York ni hubiera muerto jo- 
ven, ni se hubiera enfermado, ni hubiera pasado tan 
triste y desoladamente su vida...! Su inspiración no 
hubiera tenido un único tema de desesperanza! Su ho- 
rizonte se hubiera ampliado en rutas insospechadas. . .! 

Pero todavía se acostumbra en los pueblos a me- 
dir a todos los seres con la exacta medida de las con- 
veniencias, y lo mismo dá para señalarlo si se atreve 
a salirse de la ruta marcada, juzgar al ser ignorante 
o al insignificante, que juzgar a la mentalidad genial, 
que no entiende de lazos, que se agota bajo las cadenas 
inútiles y que pierde sus fuerzas que debería emplear 
en ascensiones de águila, para que camine a saltitos 
de perdiz, sin salir jamás del cordón de la vereda. . . ! 

Dice el escritor Alberto Zum Felde refiriéndose a 
la tragedia espiritual de María Eugenia, que fué la tra- 
gedia de su tremendo orgullo humillado. ¡Y eso está 
claro y es natural! ¡Nunca ocurren esas tragedias a 
los seres anodinos o vulgares! ¡Y entre estos, induda- 
blemente, hay quien posée orgullo! Pero sus decepcio- 
nes encuentran al fin y al cabo la justicia necesaria 
en el propio reconocimiento de su mediocridad. No ca- 



MERCEDES PINTO 


43 


be duda que el que nada produce o produce mal, por 
orgulloso que sea, le ha de llegar un momento en que 
dude de sus fuerzas que flaquearán ante la imposibili- 
dad de producir, y se convencerá al fin — con las com- 
paraciones, con la introspección lógica, con el cómpu- 
to de valores que todos los seres van realizando a lo 
largo de la vida, — de que no es el genio que se había 
soñado; y es completamente imposible que durante mu- 
cho tiempo un mezquino poetastro anodino se crea con 
los mismos derechos a la fama, que pudieron tener en 
su hora un Amado Ñervo o un Rubén Darío! 

La venda tiene que caer en un momento dado. Y 
entonces la espuma de las vanidades se reduce y no 
sale del vaso de la conciencia en impetuoso resbalar. . , 

Pero, a los cerebros geniales no puede ocurrirles lo 
mismo. Cuando es el talento desmedido lo que obliga 
a inmrrir en lo que las gentes llaman “extravagan- 
cias’ , la incomprensión del vulgo produce una angustia 
de ahogo, y se experimenta en el espíritu la sensación 
asfixiante de una mordaza injusta, ofensiva y sin reac- 
ción ventajosa para nadie . . . ! 

Rara vez las excepciones (de haberlas confirmarían 
la regla), en raras ocasiones, repito, se encuentra al 
ser que realiza en su vida cosas fuera de lo corriente, 
entre las personas vulgares, de mentalidades sin dis- 
tinción, ocupadas en faenas sin importancia o de or- 
den exclusivamente material. Por regla general son el 
señor cualquiera o la mujer sin importancia, quienes 
no se saldrán nunca de las pautas marcadas por seve- 
ros antepasados ordenancistas de sociales leyes iho- 
cuas... Será muy difícil el encontrar al hombre mo- 
nótono y ordenado entre los hombres geniales. Podrá 



44 LAS POETISAS (t.er grupo) 

haber un científico, un sabio, un investigador, muy or- 
denado, muy monótono, muy limpio y muy preocupa- 
do “del qué dirán”, yo no lo dudo. Pero es que se puede 
ser científico, inventor, investigador, sabio de renom- 
bre mundial, y no tener dentro del cerebro la chispa 
del genio, ¡que podrá no haber inventado nada, ni te- 
ner sabiduría adquirida, pero que arderá por sí sola en 
llamarada fulgurante y se destacará entre mil por su 
divino resplandor. . . ! 

El hombre genial, la mujer que posee el genio, se- 
rá un día limpio y al día siguiente podrá dejar con in- 
diferencias caer el polvo sobre su vestuario. El “¡no 
importa!” está prendido en los labios del genio. Al 
hombre mediocre, en cambio, ¡todo le importa! todo 
tiene el mismo interés superior para el hombre mez- 
quino; y salirse de las reglas sociales, y pasear por si- 
tios fuera de la costumbre estatuida, y regresar a des- 
horas de lo programado por las normas usuales, son 
para el hombre y la mujer mediocres, cosas enormes, de 
alta trascendencia, que obligan a tomar serias medidas 
a los cabezas de familia, y a fruncir el ceño a las se- 
veras matronas de los barrios centrales! 

Yo no sé si esta será también una disgregación de 
lo programado para esta clase de conferencias. Ignoro 
si podrá pasar mi conferencia a las impresas páginas 
de un libro. . . Pero realmente esto no me asusta mu- 
cho. Tampoco soy yo un ser cualquiera que se angus- 
tia de pensar en una publicación donde su nombre se 
vea destacado entre los ilustres escritores de campa- 
nillas. Si va, muchas gracias. Si no, ¡qué le vamos a 
hacer! Lo que a mí me interesa en este momento, co- 
mo en todos los de mi vida, es fustigar la incompren- 



MERCEDES PINTO 


45 


sión, flagelar la rutina, dar ancho vuelo a las ideas 
buenas, sin pensar que puedo o no gustar, que he de 
agradar o no, que siempre habrá alguno entre todos 
que acoja mis ideas, y un espíritu fraterno que me di- 
ga: ¡Está bien el decir la verdad salvadora donde quie- 
ra que sea, como Jesús en el palacio de los doctos, sin 
mirar a la severidad de los rostros condenatorios, y 
sólo atentos a la claridad del camino que es preciso tra- 
zar para mañana! 

Hemos de pensar que la desventura y la muerte 
de la genial mujer que se llamó María Eugenia Vaz 
Ferreira, se debió a nosotros todos, a la sociedad for- 
mada por nuestras premisas pretéritas y nuestras ca- 
denas inútiles. La incomprensión de la sociedad fué 
su verdugo. Yo he leído admirada una anécdota que 
cuenta la erudita pluma de “Lauxar”, sobre María Eu- 
genia, en el libro titulado “Motivos de crítica”, que 
dice así: 

“Una tarde, al anochecér, me crucé en la ciudad 
con ella; me acompañaba una persona de su relación, 
que la detuvo. Ella era muy joven; estaba contenta; 
acababa de realizar una hazaña inocente, y la contó 
riéndose, como siempre se reía, con toda su alma ju- 
bilosa, con todo su ser feliz. Había llegado sola en 
tranvía a las afueras de Montevideo; había decendi- 
do sola del tranvía, ante un grupo de gentes severas; 
y en medio de la calzada, sola, imperturbable frente 
a la estupefacción de todos, había esperado y .tomado, 
sola, para regresar, el primer tren que volvía al cen- 
tro. Había sido como la travesura de una colegiala que 
se aburre en la austeridad monótona de la clase pesa- 
da! y la rompe con el grito de su fatiga rebelde a la dis- 



4ü LAS POETISAS (l.er grupo) 

ciplina; “Vengo de épater le bourgeois!” nos dijo triun- 
falmente. Toda María Eugenia Vaz Ferreira está en 
esa anécdota. Ella fué siempre la mujer que no se 
aviene con la rigidez inútil. En un mundo en que todos 
se defienden escondiéndose, ella se mostró siempre 
cual era, natural, alegre, expansiva, rebelde, turbu- 
lenta. Tuvo la superioridad de la franqueza. Entre mu- 
jeres que hacen del artificio una coquetería, ella, que 
fué mujer de alma grande, tuvo la coquetería de mos- 
trarse, abierta de corazón, con el encanto supremo de 
una personalidad original y fuerte. Pareció rara. Las 
señoras graves fruncían ante ella el entrecejo mien- 
tras los hombres y las niñas la rodeaban con aplauso 
y con mimo. A todos seducía su gracia, a todos impo- 
nía la rectitud de su espíritu. Para los más fué la poe- 
tisa, la literata, ella que tal vez sólo hubiera querido 
ser, en toda la plenitud de su alma sincera, la mujer 
de gran corazón y gran inteligencia que asomaba en- 
tre sus risas”. 

Esta página, escrita por un hombre de talento que 
la conocía, tiene para mi aserto sociológico una im- 
portancia inmensa. ¡Ella hubiera querido ser, dice 
Lauxar, en toda la plenitud de su alma sincera, la mu- 
jer de gran corazón y gran inteligencia que asomaba 
entre sus risas. . . ! Luego, hubo un tiempo en que Ma- 
ría Eugenia se reía, en que se reía de una manera des- 
bordante, ingenua y traviesa. ¿Y qué ocurrió después 
l)ara que su poesía orgullosa y mayestática se tomase 
desesperanzada y amarguísima . . . ? 

A ese espíritu genial, y naturalmente, i>or lo mis- 
mo, ansioso de libertad, deseoso de amplitud, anhelante 
de serenidad, le fué cercando poco a poco eso mismo 



MKKCKDKS PINTO ' 


47 


que encontró “Lauxar”. Para todos era ya solamente la 
poetisa. ¡Una poetisa en aquel tiempo! La primera mu- 
jer que se atrevía a ser grande y a salirse de la jaulita 
dorada para abanicar las alas enormes sobre las cimas 
y las lejanías. . . ! 

Ya estaba marcada. La brasa inclemente de la po- 
pularidad curioseante, la señaló con su quemadura. Lo 
que decía, lo que pensaba, lo que quería, todo era ex- 
traño, porque venía de la poetisa, de la escritora, de 
aquella que se había atrevido a apartarse del monton- 
cito blanco del ordenado rebaño, y que se había subido 
sola al montecillo empinado desde donde podía contem- 
plarse toda la llanura...! 

Y sus sentimientos se fueron quedando sometidos 
a la opresión de garra, de los que colocaron en su cin- 
tura la argolla que la destacaba del coro vacuo de 
las demás mujeres. 

Ella sola destacándose, ¡y además, soltera! 

¿Os dais cuenta de lo que esto significa? 

Dicen que María Eugenia fué casta. ¿Y de qué mo- 
do espectacular no tendría que serlo para poder llevar 
ese convencimiento pleno de su pureza a la masa ig- 
nara, que presiente siempre algo tremendo detrás de 
todo movimiento de mujer que se salga de lo corriente, 
detrás de todo gesto que no haya sido exactamente 
igual al que tuvieron, han tenido y continuarán tenien- 
do, todas las mujeres que desde Eva pueblan la tierra, 
con el compendio de las prácticas sociales entre las 
manos...! Yo imagino la castidad de María Eugenia 
Vaz Ferreira tan segura y determinada como la de 



•18 


LAS POETISAS íl.er Krtipo) 


Juana do Arco, obligadas las dos a proclamarla a los 
vientos de la fama, para poder compensar el no pa- 
searse en rueda de monotonías por la redonda plazo- 
leta del mundo, al son de la retreta unísona de la es- 
túpida musiquilla social...! 

De no ser así, de ser otro el mundo civilizado y 
otras las costumbres, de la castidad de María Eugenia 
no habría que hacer cuenta, porque con decir “murió 
sin contraer matrimonio”, bastaría, como basta a to- 
das las señoritas de la que ha dado en llamarse la 
buena sociedad. 

Jamás se oirá decir en el velorio de una joven 
soltera de sociedad, el comentario adjunto de: “era 
casta”. Sería denigrante, asombroso, imprudente... 
¿Por qué todos los críticos se atreven, entonces, a pro- 
clamarlo en voz alta, de María Eugenia Vaz P'erreira? 
¿Ppr qué se habla a voz en grito y se ha escrito en 

todos los tonos, sobre la castidad de esta mujer? se- 

/ 

ñores. Ved en esto mismo la mayor desvergüenza so- 
cial. Es necesario advertirlo así, porque una mujer 
que escribe, suscita dudas siempre entre los elemen- 
tos conservadores. Porque una señorita que sale sola 
a la calle, en sitios donde las demás no lo acostum- 
bran, comienza por llamar la atención, y termina por 
levantar alerta a la desconfianza...! Porque una mu- 
jer, aunque sea un genio, aunque sienta dentro de su 
cerebro y de su alma la fuerza irresistible de la divi- 
nidad, si habla con los hombres, si comenta ciertas 
(uestiones, si ríe más que la generalidad, o sostiene 
amistades fuera de lo común, hay que señalarla con 
reticencias, hay que asombrarse de ella, y para evitar 
las dudas, y para convencer a los murmuradores, se 



MEIU’IODKS IMNTO 


49 


tiene que gritar que es buena, que es pura, que es cas- 
ta, como podría contarse la maravilla de un lobo que 
no muerde, o una víbora que no tiene veneno. . . 

Si María Eiu^enia hubiera vivido en un mundo 
donde sus i)asos no fueran contados; si no hubiera 
necesitado jamás “epatar” a la burguesía, porque via- 
jar sola en tranvía hubiera sido una cosa sin ninguna 
importancia: si el entrar en un café se considerase u)- 
mo un deseo sin ningún alcance, y el levantarse tem- 
prano cuestión de gustos, y el trasnochar, de cíapricho 
sin trascendencia, entonces María Eugenia hubiera po- 
dido realizar su obra con una completa independencia, 
y no hubiera tenido interés en hacer “(!osas raras” pa- 
ra asombrar, porque no hubiera levantado asombro, ni 
curiosidad siquiera si realizara cada uno lo que le venga 
en deseo, siempre que no moleste, ni hiera a los de- 
más. . . 

Y eso fué su primer |)aKo hacda la desventura. La 
hostilidad de unos y el aplauso desmedido de otros. To- 
tal, incompresión social, señalando extrañezas, en lu- 
gar de procurar hacer cada uno lo que le ocairra, rom- 
piendo normas ridiculas que no conducen a nada prác- 
tico. 

Círculo apretado sobre sus pies de gacela, fué la 
murmuración levantada hacia cosas sin ninguna im- 
portancia. . . ! No hay nada que exalte más la rebelión 
en las almas grandes, (¡u<í la crítica que hacia ellos 
deslizan los insignificantes. El espíritu de grandes vue- 
los tiene en sí fuerzas para resistir la desgracia, para 
desafiar el peligro, i)ara acometer gigantescías empre- 
sas, ¡pero tiene miedo, sin embargo, del insistente vue- 
lo amenazador del mosquito! No hay nada que anona- 



DO 


LAS POKTISAS (l.w íírupo) 


do lauto al espíritu de grandíss amplitudes, eomo el 
elilsme cobarde o la inurmuraclóu estúi)lda venida de 
seres (|ue no han podido realizar nada en la vida, que 
a nada se han atrevido, y (lue necesitan dirección y 
compañía hasta para hacter un viaje de dos kilómetros! 

Ved a <!S 08 hombres a (lulenes la fama coronó en 
los grandes centros Intehíctuales del mundo, cómo nau- 
fragan al correr de loa años en los verdes pantanos 
cenagosos de loa |)uebl(Hdllo8 nativos! Ellos guerr(‘a- 
ron, esíTlbieron, i)rodujeron, lucharon y triunfaron con 
armas iioderoaas en las tierras amplísimas de la nieve 
o del sol. . .! Allí dieron el fruto de su cerebro en obras 
Inmortales! Allí la Fama se vistió de fiesta y la Gloria. 
S(! aromó de rosas para recibirlos. . . Pero de pronto, 
en la madurez de la vida, aquel ser de excepción sien- 
te añoranzas de su poblado. . . Regresa afanoso eti el 
carro triunfal. . . Pero. . . allí preclííamente, en el círcu- 
lo ruin donde nació el genio, se le nnnpió al carro la 
jirlmera rueda, y el sobrinlto zurdo del comisarlo o la 
sobrina del ama del cura, harán los i)rimero8 insignifi- 
cantes nudltos en la cuerda durísima que ha de estran- 
gularlo. . . ! 

Y esa decepción suicida, no la sienten con Igual in- 
tensidad los espíritus mezquinos, i)ara quienes las me- 
jores alas son las de ¡lerdlz- Esos viven contentos dcí 
las murmuraciones, e Impasibles ante la calumnia. SI 
no fuera así, muchos pueblos jiequeños habrían des- 
aparecido de dolor, en la historia! Pero no; no desapa- 
recen, ponpie viven en un ambiente que les es pro- 
picio! 

En camblq, no hay desesjieraclón mayor para el 
(lue sobrepasa las vulgares tendencias, que la mirada 



MJÍKfMíDIflS l'INTO 


r,i 


recelosa de los (iiie nada valen, o la crítica acerba de 
los que nada son. . .! Ksa es la primera zarza sembra- 
da por la sociedad al paso de María Eugenia, la genial. 

La segunda fué la cuestión sexual. Dice el escri- 
tor Alberto Zum F'elde, en su último libro "Proceso In- 
telectual del Uruguay”, al referirse a María Eugenia 
Vaz Ferrelra 

“Esa dura castidad de la poetisa, esa absurda y 
desolada negación del amor físico, provienfi sólo del 
tremendo orgullo de su alma, o responde también a al- 
gún oculto f£u;tor pslco-flslológlco, a una especio de In- 
sensibilidad erótica, a una extraña Inhibición de su li- 
bido...? Sea como fuere — continúa Zum Feble — , 
ello es una de las causas prlnelpales de esa tragedia (jue 
ensombrece y arrastra la última etapa de su vida, como 
antes fué la causa de aquella su guerrera dureza de ama- 
zona lírica, bajo la brillante armadura de sus versos 

El escritor ha dejado en duda la clave extraña del 
alma de María Eugenia, y yo sin embargo creo que en 
María Eugenia no había oculto ningún factor pslco-fl- 
slológlco, ni insensibilidad erótica, ni Inhibición del li- 
bido. Continuamos encontrándonos, al tocar este punto, 
con la contradicción trágica de su genialidad indiscuti- 
ble y la chata vulgaridad de las costumbres sociales. 

María Eugenia en su primera juventud, espere al 
amor. En su decllnaídón otoñal, se Impregna de des- 
esperanza... Ese orgullo, esa espera del ser extraor- 
dinario la tienen Unías las mujeres a los 15 años, ¡Es 
la espera (|ue ha dado en llamarse "del príncipe azul"! 
La diferencia es quft las señoritas burguesas se con- 
forman pronto con un iimrldo, y unas matan por com- 
pleto al príncipe de sus sueños y se resignan con lo 



52 


bAS POETISAS (l.er grupo) 


que ha venido en su defecto, y otras lo desplazan, na- 
da más que para recordarlo de nuevo, pasado el tiempo 
y en circunstancias asequibles. . .! 

Pero en algo se ha de diferenciar la mujer genial 
de la que no lo es. . . María Eugenia no necesitaba un 
marido. Tenía, sin embargo, preparada el alma para 
el amor. Y no uno cualquiera, sino el suyo, el que co- 
rresponde a un alma de mujer de excepción, que bue- 
no o malo para las demás, hubiera podido reunir las 
características por ella deseadas... ¿Lo encontró Ma- 
ría Eugenia? Y si lo encontró, ¿en qué condiciones? 
Hay una poesía de María Eugenia, que titula “Los des- 
terrados”, y dice así: 

LOS DESTERRADOS 

Una fría tarde triste 
yendo por lina apartada 
ruta, al través de los turbios 
cristales de una ventana 
yo lo vi gallardamente 
curvado sobre las fraguas. 

El cabello sudoroso 
en ondas le negreaba 
chorreando salud y fuerza 
sobre la desnuda espalda. 

Le relucían los ojos 
y la boca le brillaba 
henchida de sangre roja 
bajo la ceniza parda. 

Y era el acre olor del hierro 
luz de chispas incendiarias. 



MERCEDES PINTO 


53 


rudo golpe del martillo, 
vaho ardiente de las ascuas, 
que las mal juntas rendijas 
hasta mí fluir dejaban 
con ecos de cosa fuerte 
y efluvio de cosa sana. 

“Dios de las misericordias 
que los destinos amparas, 
cuando me echaste a la vida 
¿por qué me pusiste un alma? 
Mírame como Ahasvero 
siempre triste y solitaria, 
soñando con las quimeras 
y las divinas palabras . . . 
Mírame por mi camino, 
como por una vía apia 
de sonrisas incoloras 
y de vacías miradas. . . 

¿Por qué no te plugo hacerme 
libre de secretas ansias, 
como a la feliz doncella 
que esta noche y otras tantas 
en el hueco de esos brazos 
hallará la suma gracia?” 

Así me quejé y a poco 
seguí la tediosa marcha, 
arropada entre las brumas 
pluviosas, y me obsediaban 
como brazos extendidos 
los penachos de las llamas 
y unos ojos relucientes 
adonde se reflejaba 



54 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


el dorado y luminoso 
serpenteo de las fraguas. 

Al caminar de la peregrina, la obsesionan como 
brazos los penachos de la llama, y la mirada llena de 
intensa luz, le quema todavía el recuerdo, dejándole el 
calor de la visión, en el alma. . . No son todos los versos 
de María Eugenia fríos y duros como el metal. Leamos 
la poesía titulada 


H E R O I CA 

Yo quiero un vencedor de toda cosa 
invulnerable, universal, sapiente, 
inaccesible y único. 

En cuya grácil mano 
se quebrante el acero, 
el oro se diluya 

y el bronce en que se funden las corazas, 

el sólido granito de los muros, 

las rocas y las piedras 

los troncos y los mármoles 

como la arcilla modelables sean. 

A cuyo pie sin valla y sin obstáculo 

las murallas amengüen, 

se nivelen los pozos, 

las columnas se trunquen 

y se abran de par en par los pórticos. 

Que posea la copa de sus labios 
el licor de la vida, 
el virus de la muerte, 
la miel de la esperanza. 



MERCEDES PINTO 


55 


las beatas obleas del olvido, 
y del divino amor las hostias sacras. 

Que al erótico influjo de sus ojos 

se empañen los cristales, 

la nieve se calcin,e, 

se combustione el seno 

virginal de las selvas 

y se empenache con ardientes ascuas 

el corazón de la rebelde fémina. 

Que al rayar de su testa iluminada 
resbalen de las frentes 
las más bellas coronas, 
los lábaros se borren, 
repliegue sus insignias 
la faz del estandarte 
y vacilen los símbolos ilustres 
sobre sus pedestales. 

Yo quiero un vencedor de toda cosa, 
domador de serpientes, 
encendedor de astros, 
trasponedor {ie abismos. . . 

Y que rompa una cósmica fonía 
como el derrumbe de una inmensa torre 
con sus cien mil almenas de cristales 
quebrador en la bóveda infinita, 
cuando el gran vencedor doble y deponga 
cabe mi planta sus rodillas ínclitas. 


El deseo del amor brota en ardor de conquistadora, 
que es el mismo que han experimentado casi todas las 
mujeres en sus primeros sueños de amor...! ¡Ver a 
nuestras plantas a un triunfador, a un poderoso, a un 



56 


LAS POETISAS (l.er grupos 


grande en algo y por algo! María Eugenia lo expresa 
así en sus magníficos versos, pero no porque esta fue- 
ra la exacta medida amorosa de sus aspiraciones, sino 
porque su inspiración le llevó a esta forma de expe- 
sión, como otras poetisas han. coronado a su ilusión 
de rosas, los han hecho llegar hasta ellas en barco de 
plata, o los han vestido de trovadores. . . ¡Y sin embar- 
go, no era esta exactamente la justa realidad de sus 
aspiraciones. . . ! 

Pudo María Eugenia sentir, en verdad, el deseo de 
un hombre fuerte, virilmente hermoso, que tuviera al 
mismo tiempo luz suficiente en la mente como para 
poder atraerla. . . Pero, volvemos a repetir, ¿lo encon- 
tró? Y si lo halló, ¿en qué condiciones? María Eugenia 
era joven, soltera, de familia distinguida en la socie- 
dad, de religión absorbente... ¿pudo en estas circuns- 
tancias escoger ella misma el objeto de sus preferen- 
cias? ¿qué imposibilidades, qué compromisos atarían 
a su ideal? ¿Es libre la mujer para trazarse el porvenir 
de su propia vida? Por otra parte, ¿tenía María Euge- 
nia vulgaridad de espíritu para aceptar al primero que 
se le ofreciese por esposo? Otra cosa más, ¿pueden 
enamorar a una mujer de la altura moral de María 
Eugenia, hombrecitos vulgares, incomprensivos o que 
tuviesen faltas espirituales o personales poco perdo- 
nables por gustos depurados? Aún otra cosa; ¿Serían 
muchos en aquella época los hombres de buena pre- 
sencia, de inteligencia y de buena posición, que se acer- 
caran, con miras al matrimonio, a la escritora, a la 
poetisa, cosas que aún hoy asustan un poco a algunos 
caballeros . . . ? 

Entonces, no hay más remedio que acusar también 



MERCEDES PINTO 


57 


a la sociedad de' este otro motivo de la desventura de 
María Eugenia Vaz Ferreira. De no haber pertenecid-" 
a esa dorada sociedad, no hubiera tenido que detener 
los latidos de su corazón, que cubrir las alas del deseo, 
que ocultar las más lógicas sensaciones de la Natura- 
leza, hasta deformarse y caer en el polvo del camino 
como una pobre ave muerta en la noche! 

¡Oh, si Gregorio Marañón hubiese conocido a Ma- 
ría Eugenia! Si su soberbio libro científico “Amor y 
Conciencia” hubiera podido tener entre sus páginas la 
egregia figura de esta desventurada víctima social! ¡No 
lloréis, no, a María Eugenia Vaz Ferreira, sociedad que 
la ha traicionado! Como el Rey Boadbil bajo los mu- 
ros de Granada, lloremos todos nuestra debilidad ante 
su miseria, por no haber contribuido con la sal de nues- 
tros cerebros a la liberación de la mujer, de la enre- 
dosa madeja de las preocupaciones sociales...! 

Y llega luego para María Eugenia la tercera ofen- 
sa de la sociedad. Todos los críticos están contestes en 
afirmar que para María Eugenia Vaz Ferreira trajo el 
ocaso de su gloria en vida, la aparición de otr?, estrella 
femenina de primera magnitud. La escritora Luisa Lui- 
si dice en un juicio sobre María Eugenia Vaz Ferreira 
lo siguiente: 

“María Eugenia empezó a ver disminuido su rei- 
no hasta entonces ilimitado. Pero como su corazón era 
noble y amplia su inteligencia, ella misma reconoció 
el talento de su nueva rival; y no se desdeñó de procla- 
marlo. Donde empieza el drama real de María Eugenia, 
que no fué un mezquino drama de amor propio sino 
un hondo dolor de arte incomprendido, fué al consta- 
tar la terrible injusticia artística que desde la aparición 



IjAS l’OHTISAS (l.ftr Rnipo) 

de la poesía de Delinira empezaron a cometer los hom- 
bres. No sería digno del comentario elevado y sincero, 
el dolor de una mujer pospuesta en sus éxitos sociales 
por una rival más Joven o más hermosa. Pero la ex- 
traña desviación artística que sufrieron los críticos, aun 
hieji intencionados, al Juzgar la poesía femenina de 
acuerdo con ese tipo de poesía, que surgía y que al- 
canza extraordinario poder en Delmira, no a causa del 
elemento sexual que en ella predomina, sino precisa- 
mente a pesar do ól, cosa que no supieron diferenciar 
los críticos, ese tipo de poesía elevado a canon intrans- 
grcdible, fuá llenando lentamente de Justificada amar- 
gura el alma altiva y orgullosa de la poetisa. No era 
solamente la vanidad del artista pospuesto; era so- 
bre todo el dolor del artista negado en sus más caras 
idealidades. No era la mujer que sangraba sangre del 
alma; por más que fuera tiiniblén la mujer que san- 
graba: era la artista aclamada única hasta entonces, 
que viera negada de pronto, como Jesús, toda su obra’’. 

Pues bien; tampoco esto le hubiera ocurrido a Ma- 
ría Eugenia de haber existido en un ambiente más am- 
plio, en otra época más comprensiva. Está muy bien 
lo que dice Luisa Tmisi de que la poesía de Delmira al- 
canza extraordinario poder, ¡no a causa del elemento 
sexual que en ella predomina! sino u pesar de él, pu(^s- 
to que se ha podidp comprobar — como cosa lógica, 
además — el fracaso rotundo de otras poetisas que se 
han deslizado por pendientes de materialismo sin po- 
seer la genialidad. . . Pero la sociedad masculina no lo 
comprendió así, y pospusieron la delicada poesía de 
María Eugenia ¡no ante otra voz de genialidad que so- 
naba en la altura! sino sólo al rumor de la fiera carnal 



MEIICIODES PINTO 5!> 

que le trafa presa entre los dientes. , . La so- 
ciedad es culpable también de esta transgresión, por- 
que hay campo siempre para la llegada de nuevos as- 
tros en el cielo espléndido del arte, y los verdaderos 
valoree no pueden perderlo porque otros nuevos aparez- 
can en el mismo plano ¡más, sobre todo, siendo tan di- 
ferente y marcando cada uno rumbos tan particulares 
y personalísimos! El insecto de la mediocridad devoró 
poco a poco las raíces del árbol gigante. La hormiga 
entró, cegándola, en la desafiadora pupila del águila! 
¡Y el ambiente la ahogó! 

La tragedia de María Eugenia es como la de esos 
fenómenos de crecimiento, esos hombres gigantes que 
son el espanto de las viejas campesinas y la curiosidad 
de los muchachos. . . ¿Se ha conocido algún ser más 
desventurado que el gigante? Nada le viene bien; no 
le sirven las medidas comunes; su cabeza necesita som- 
breros que no los hay en el pueblo; su pies precisan 
hormas desmesuradas. Sus manos, al agitarse, cau- 
san el pavor de los niños. . . ! Su cabeza, al elevarse por 
encima de los demás, distingue cosas que los otros no 
pueden ver, y al no poder nadie descubrir lo que él ve, 
piensan que el gigante está loco y sueña visiones in- 
comprensibles. . . ! 

Y es porque mientras todas las gentes contemiilan 
solamente la luz de la lámpara, el gigante, des- 
cubre el polvo que se extiende sobre la pantalla... 
Mientras el vulgo admira el elegante menaje de la casa, 
el gigante ve el tejado viejo y apuntalado ya . . . y en 
cambio, en tanto que el resto de los seres ve con dis- 
gusto que la lluvia ha hecho en los caminos un barro 
negro, pegajoso y sucio, el gigante hunde las manos 



■60 LiAS POETISAS (l.er grupo) 

en las esmeraldas de los árboles recién lavados, y ex- 
tiende hacia las nubes blancas sus dedos que el rocío 
ha podido adornar de brillantes...! 

¡Y esa fué la tragedia de María Eugenia Vaz Fe- 
rreira! Pensar en gigante, sentir de una manera gi- 
gantesca, y encerrarla en una jaula de alondra! Tenér 
alas para traspasar las montañas, y querer cortárselas 
con tijerillas de bordar...! Venir a la tierra con una 
inteligencia poderosa y tener la desgracia de nacer mu- 
jer...! Y esto basta por sí solo para transformar un 
espíritu inadaptable a las sinuosidades de las vidas pe- 
queñas, constreñidas en aspiraciones limitadas! Es su- 
ficiente la incomprensión para hacer estallar el cere- 
bro de cristal del gigante...! 

Hace muy poco tiempo, en esta misma tribuna, mi 
dilecto amigo y poeta, EJmilio Oribe, acusaba de la en- 
fermedad que agobiaba al sabio Dr. Carlos Vaz Fe- 
rreira a los desengaños recibidos, a las luchas injustas, 
a todo el mezquino mar de pasiones, de envidias, de 
incomprensiones, que durante mucho tiempo había ro- 
deado su vida clara de educador y de Apóstol. . . ! 

Yo, hoy también, acuso a la sociedad de la terrible 
enfermedad y de la muerte prematura de María Euge- 
nia! Cuando se es bueno, no se reciben con tranquili- 
dad las diatribas. . . Cuando se siente la Inspiración 
aletear en nuestros labios, se amargan las palabras con 
la ceniza de la envidia ajena. . . Cuando el genio nos 
levanta los hombros hasta sentirnos capaces de empa- 
parnos la frente de divinidad, nos puede desgarrar las 
alas el tocamiento impío del mezquino censor...! y es 
entonces cuando se escriben versos como estos: 



MERCEDES PINTO 


61 


LA RIMA VACUA 
Grito de sapo 

llega hasta mí de las nocturnas charcas . . . 
la tierra está borrosa y las estrellas 
me han vuelto las espaldas. 

Grito de sapo, mueca 

de la armonía, sin tono, sin eco, 

llega hasta mí de las nocturnas charcas . . . 

La vaciedad de mi profundo hastío 
rima con él el dúo de la nada. 

¡La tierra está borrosa! Es decir que la tierra, 
que también importa, se ha colocado en un lejano se- 
gundo término . . . ! Las estrellas, es decir, lo superior, 
el soplo intangible, el fecundante rayo de la gracia, 
está oculto por entero, ¡le han vuelto las espaldas! Y 
sólo persiste, insistente y monótono, el grito perverso, 
el negativo grito de las charcas . . . ! 

¡Sociedad mezquina que la desconociste! ¡Religión 
fría que no la acogiste; María Eugenia muere, de 
a.mor¡ ¡Dicen que era católica! ¿Dónde está la ter- 
nura de una religión sentida en su poesía deso- 
lada? ¡Su religión, como toda su desventurada actua- 
ción social, era un producto más de las altas esferas a 
que pertenecía...! ¡Pero su corazón se sentía ajeno a 
una llamarada que no le dió calor! Ella deseaba amor 
y al no encontrarlo como lo soñó, cayó en una 
trágica angustia que la llevó de la mano hasta 
el fin. . . Else orgullo de que hablan los críticos, lo hu- 
biera quebrantado María Eugenia ante el hallazgo de 



02 


LAS POETISAS (l.er grupo) 


SU ilusión, como lo dice en forma magistral en estos 
versos: 

HOLOCAUSTO 

Quebrantaré en tu honra mi vieja rebeldía 
si sabe combatirme la ciencia de tu mano, 
si tienes la grandeza de un templo soberano 
ofrendaré mi sangre por tu idolatría. 

Naufragará en tus brazos la prepotencia mía 
si tienes la profunda fruición del océano 
y si sabes el ritmo de un canto sobrehumano 
silenciarán mis arpas su eterna melodía. 

Me volveré paloma si tu soberbia siente 
la garra vencedora del águila potente; 
si sabes ser fecundo seré tu floración, 
y brotaré una selva de cósmicas entrañas, 
cuyas salvajes frondas románticas y hurañas 
conquistará tu imperio si sabes ser león- 

y en otros versos, titulados “Serenata”, la poetisa se 
siente más dulcemente amorosa que nunca, y con sua- 
vidad de sedería dice así: 

SERENATA 

Te gusta que esté a tu lado, 

te gusta mi canto alado 

aunque tú no me lo digas, mi amor; 

eres triste peregrino 

amas la gloria del trino 

y yo soy un ruiseñor. . . 

La misma fuente murmura 



MERCEDES PINTO 


63 


tu ventura y mi ventura 
aunque tú no me lo digas, mi bien; 
y aunque no me digan nada 
ni tu voz ni tu mirada, 
todo tú me dice: “¡Ven!” 

Alguna cercana noche 
o alguna noche lejana 
romperá mi pico el broche 
secreto de tu ventana, 
y con las alas tendidas 
para remontarte en ellas 
llevaré nuestras dos vidas 
a fundirse en las estrellas. 

Verás qué dulce fulgor 

aunque tú no me lo digas, mi amor; 

EJstos versos no tienen la infinita angustia de “Ba- 
lada de un escéptico” o de otros versos suyos llenos de 
desolación. Son juveniles, gráciles, y hacen pensar en 
un corazón cálido, rebosante de lierna solicitud. . . 

Lo mismo que los versos, su vida. . . 

Reía de un modo impetuoso . . . Tenía una alegría 
desbordante, dicen de ella los que la conocieron en su 
primera juventud. . . Decía frases amargas. . . Gustaba 
de hacer burlas sangrientas, — cuentan algunos que la 
trataron en la madurez ... Y siempre, en todas las épo- 
cas su corazón lleno de sinceridades, de lealtades, de 
amistades! . . . 

Niña empezó su ruta con ef pie hacia sagradas as- 
piraciones. . . 

Mujer que llegaste al puerto de la amargura con 



64 


LAS POETISAS U.er grupo) 


el rostro mojado de lágrimas y la frente tocada de res- 
plandor. . . 

Corazón poeta que rasgabas la noche con tu voz, y 
pudiste quedar como una estrella viva en el canto es- 
telar de tu patria. . . y aún más allá. . . 

Yo te saludo reverente como a un espíritu de se- 
lección, que recogió las voces de los caracoles de nácar, 
y el rumor de acompañamiento que emite el buche de 
las palomas, y con estos murmullos formaste el engar- 
ce de tu lírica pura, como si hecha estuviera de la pla- 
ta de las montañas lavadas por el golpear perenne del 
río . . . 

Fino espíritu de María Eugenia, cuando yo llegué 
a tu país, descansabas ya bajo la verde gramilla del ce- 
menterio. . . Tú no me amaste porque tus ojos nunca 
pudieron fijarse en los míos. . . Pero yo te admiré en tu 
genio sin par, y sufrí tu dolor de mujer y de triunfado- 
ra, y por eso les digo a los que no te comprendieron, 
que lloren tu pena, y a los que te amaron, que no te 
glorifiquen sólo en el recuerdo prestándose a formar 
en filas unísonas por sobre la tierra dura de frialda- 
des y de incomprensiones; sino que en nombre de Ma- 
ría Eugenia y por su obra gloriosa, rompan ligaduras, 
entierren prejuicios, pulvericen opresiones malentendi- 
das, y cumplan el designio que da a los seres alas de 
ángeles: 

, El anhelo de volar y volar 

cada vez hacia rumbos más altos! . . . 

He terminado. * 


Mercedes Pinto. 



Las poetisas 

( 2.0 grupo ) 




M.a Carmen I. B. de Muñoz Ximénez, 
Esther Parodi Uriarte, Sofía Arzarello 
de Fontana, Alicia Porro Freire, Ofelia 
Calo Berro, Layly Daverio de Bonaviía, 
Ana María de Foronda, María Adela Bo- 
navita, Esther de Cáceres, Edgarda Ca- 
denazzi y Clotilde Luisi de Podestá 


Por 

Giselda Welker 




Las poetisas 

grupo) 


El eclecüciHnio ea la condición priniordiai en un 
crítico. Toda crítica apasionada deja d(' nicrccí'r ei 
nonii)re de crítica desde (>1 inoniento en (|uo su autor, 
ai colocarse excluslvainente en un determinado punto 
de vista, más (pie una crítica serena, inicia una con- 
dena o un ditirambo. Alguien lia diciio. no sin razón, 
(pie la condición esencial de un crítico estriba en aaber 
colocarse en el estado de ánimo o en el punto de par- 
tida inteleclual de <’ada uno de los* autores cpie él de- 
bará tratar, aumpie sin aiiandonar su propio credo es- 
tético. El más sano eclecticismo es acpiel que sabe des- 
entrañar la mejor parte de lo (pie, siendo bueno, pue- 
de estar en conflicto formal o esencial con el canon 
artístico del (pie (Humuita; pero no, como muchos creen, 
es eclecticismo el encontrar todo bueno de lo (|ue in- 
tegre determinada tendencia o varias a la vez. El ver- 
dadero crítico delie salier extrai'r lo bueno de lo bue- 
no. aumpie ello esté, repito, en contradicción con su 
estética y no jior esto dejar de roinmocerlo. No sin di- 
ficultad traté de em|iaparme en este concepto, al re- 
cibir de la (tomisión Nacional del (Centenario la lion- 
rosa designación para tratar el tema que lioy me ocu- 
pa. IjO que entonces me propuse, lie tratado de llevarlo 



6 


LAS POETISAS (2.’ grupo) 


a cabo al escribir mi conferencia, y si hago esta acla- 
ración previa, ello es debido a que deseo que los que 
me escuchan entren con mi mismo espíritu a explo- 
rar esta parte de la fragante comarca que es la poesía 
femenina del Uruguay. No se trata de exponer mi cri- 
terio personal e íntimo, que ello no tendría interés 
más que para mí; sino de mostrar a los ojos de la gen- 
te de espíritu culto, sensible e inquieto ante las mani- 
festaciones de la Belleza, un núcleo de fisonomías li- 
terarias femeninas de nuestro país, y de las cuales al- 
gunas son poco conocidas fuera de los reducidos ce- 
náculos literarios, familiares o sociales donde actúan. 
En ellas tendremos ocasión de contemplar los más brus- 
cos contrastes, las más distintas coloraciones, las más 
divergentes sensibilidades, animadas, no obstante, por 
un solo móvil: la inconmovible y eterna belleza que a 
través de los siglos ha venido rodando como lluvia de 
desgranadas perlas sobre los labios privilegiados por 
el don del canto. La Belleza, el placer estético, el afi- 
namiento sensitivo, que como dijera nuestro gran poe- 
ta Emilio Oribe, en su conferencia sobre Delmira Agus- 
tini, no es de hombre ni de mujer, sino de la Belleza. 
A través del deslucido vidrio de mis palabras, trataré 
de hacer brillar los exquisitos lirismos, las cualidades 
sorprendentes, las extrañas angustias, los inesperados 
júbilos, las visiones transparentes que integran las rea- 
lizaciones y las ideas de estas finas y geniales mujeres, 
honra de nuestras letras, acaso las más ricas del mun- 
do en buena producción poética femenina. Y aunque 
he tratado de lograr diferenciar bien sus valores, mu- 
cho temo que tantas y tan ricas variaciones espiritua- 
les no encuentren en mi expresión sino un eco mono- 



niHKLDA WKLKKR 


(’orde R incapaz de trasmlllr law Honnram vlbracloncH 
de 8U Bignlflcarlón poética. 

• «# 

1900. Lo» primero» lu»tro» del »lglo (jue comien- 
za traen conaigo lo» má» fundaméntale» cambio» en 
la literatura y poesía Internacionales : e«to «In men- 
cionar las arte» plástica» y la música, que sufren es- 
tremecimiento» causante» de cambio» de aHiwcto tan 
radicales como lo» que la» fuerza» telúrica» a veces 
ocasionan en la superficie de la tierra, por cósmico ca- 
pricho. La humanidad pensante se ve acometida por 
la más afiebrada inquietud por ver algo nuevo, afán 
sintomático de superclvlllzación y hasta de decadencia, 
en cierto» caeos en que la sensibilidad está absoluta- 
mente hlperesteslada. Es así cómo vemos acoger con 
adoración fetichista todo lo que presenta un sello de 
novedad sin que sobre la calidad se hagan distingos, y 
por un momento, felizmente breve en la historia lite- 
raria mundial, todo se ve traspuesto, envuelto, confun- 
dido en el torbellino. Como en todas la» grandes reac- 
cione», se toca tan pronto el límite de lo exquisito co- 
mo de lo grotesco. Pero de más está decir (|ue estos 
bruscos cambios, este general atolondramiento, este 
uesorden, han gestado el nuevo orden, en el que están 
floreciendo todas las juventudes literarias del mundo. 
A todo esto, parece como si el espíritu femenino se 
encontrara ausente de la brega y no sintiera la general 
conmoción, refugiándose en un romanticismo ya pre- 
térito, o en un post-slmbollsmo que muy pronto habría 
de serlo. Francia, cuna de toda» la» revoluciones Inte- 
lectuales, que acaba de enamorar a su» poetas con el 
esbelto monstruo de acero que es antena de París, ape- 



s 


LAS I*(>KTIHAS (2.*’ j^rupo) 


lias h1 i)uo(Jh mostrar «n sus falanges poéticas a una 
(londesa de Noallles, tímidamente moderna y tímida- 
mente pagana; tímidamente poeta y tímidamente mu- 
jer, una llosemonde (lérard llostand, ampulosa y re- 
tórica, a una Helene Vacarescu, por otra parte ruma- 
na, lírica y fina, pero sin in(|uietud. Ni siquiera una 
sola de ellas sufre* la benéfica influencia renovadora 
del medio (ui (|ue actúa. En las artes i)lá8tica8 pasa lo 
contrario, y ya vemos al lado de Apolllnalre y de Coc- 
((‘íiti, de i’icasso y Juan (Iris, de Satle y de Strawinsky, 
(les¡>untar el talento fenomemal de una Marle Lauren- 
cin o de una Irene l^agut. Italia, saltarlna en sorjjresas 
desconcertantes; productora del más legítimo futuris- 
mo, no sale de la gloria de una Ada Negri exultante y 
revolucionarla, cuya benéfica influencia se ha hecho 
Hí'utir más entre las mujeres intelectuales de otros paí- 
ses. Italia, (jue a veces nos da temperamentos poéticos 
interesantes, como Amalla Oiigllelmlnettl, pero que se 
encuentran envueltos en los abrumadores oropeles i)ar- 
naslanos y pedantescos, que quitan todo valor de ac- 
tualidad a esa clase de poesía. l>e las mujeres de Es- 
jíaña nada sabemos, a no ser como novelistas, ensa- 
yistas, etc. Slemjjre la nueva musa poética calla a sus 
hijas y nos bastará echar una rápida ojeada haí*la to- 
das las demás na< ione8 europeas que no tienen habla 
latina, para ver qm* están en la misma situación — si 
no en peor - que sus hermanas de latina raza. El mo- 
ni (‘iito parece reservado a América; a Sudamérlca. Y 
una de las primeras manifestaciones del espíritu nue- 
vo, a la vez clásico y moderno, inquieto sólo ante el 
¡lleno logro de lo bello, en una mujer poeta, se muestra 
al mundo en María Eugenia Vaz Perrelra y en Delmira 



(¡ISKI.OA WIOLKKU 


II 


AKUStlni, verdaderos niihiRros de la Idea y del llris- 
ino. María Eun«nla y Delnilra, sin proponí^rselo, sin 
saber de modernismos, han sido las primeras poetisas 
modernas de America, tal vez del mundo, y las proítur- 
soras directas de la actual poesía uruguaya femenina, 
así como la jioesía masculina jiiiede enorgullecerse de 
haber tenido (!omo antepasado finísimo a Julio He- 
irera y Kelsslu. María Eunenla Vaz Perrelra y Delmlra 
AKUstlnl, casi por el milagro de sus subjetivos tempe- 
ramentos, hicieron poesía nueva y original, íntima y 
desnuda, cuando todos libaban en los sobredorados cá- 
lices exornados de falsas pedrerías de la decadencia 
francesa; binui experimento para los que de tan Into- 
xicante Influencia se libraron a tiempo, pero funesta 
para muchos que hicieron de ella la única razón de su 
poesía. Abuso probablemente del vocablo ‘‘moderno" 
jiara designar la actual poesía. Deseo que esto se en- 
tienda exclusivamente en el sentido casi cronológico 
con el que se debe designar a la poesía actual. Todos 
sabemos que no se puede hablar de moderno ni de an- 
tiguo, sino de bueno y de malo, sobre todo hablando 
de literatura. Dwía Jean (’.octeau que al decir ‘‘nos- 
otros, los modernos", catamos «mi el mismo ridículo de 
los personajes de una oj>ereta cuya acidón se desarro- 
llaba en el medioevo y que decían de sí mismos "nos- 
otros, los caballeros de la edad media”- Es exacto y 
estoy completamente de a<;iierdo (;on el Ingenioso au- 
tor de "Le rapi>el a rordre". l'ero de algún modo hay 
que designar, y el tf'Munlno “actual” más amplio en su 
K(>ntldo crítico, no lo es tanto en el cronológico, ya «lue 
sería difícil hacer caber en <^1 un período de treinta, 
años de vida literaria. En la .Argentina, la deliciosa 



1(1 


I.AH l'OIflTIHAH (2.'' «ñipo) 


AlfoiiHlnu Slornl, caimz de todo» Ioh inatlccH, desde los 
iiiiíh audttííeB y frívolos, hasta los más iiondoH y coii- 
lern,i)lat I voH, haec! hu obra fina y versátil sin verse 
Igualada por ninguna de sus eonijaitrloLas. Tan sólo 
liacíc poco IlíMiiix), hemos comxddo otro lnt,((r(!S}int (si- 
mo l.emi>eramenlo ])oót,leo femenino (!(• la Argentina, 
enLr(> los ((omi)onent,es del desajtaretddo grujx) de "Mar- 
tín Fierro". Fila es Nora l..ang(‘. En (’hlle, (íabrlela 
Mistral, yergue su áspera (rru/, sobre los ])leaehos de 
su (cordillera, macerando su ¡xícho y ensangrentando 
sus manos tvii el amor doloroso y (ui la religión, que en 
(‘sLa alma torlurada s(! vuelve» casi cruel. El amargo 
del(‘ll(! del cilicio, arramea de sus carnes gritos casi ex- 
tra-humanos, y la dul/.uru desolada de los niños des- 
validos, ixíiu! en las manos piadosas d(( (ista mujer ro- 
sarlos vivos hechos (hí lágrimas y d(( caricias En 
su ¡xaís, c,omo (‘ii el uitoslro, mudhas otnis mujccres 
tamblí'm escriben con talento y valor. Pero destácase 
slemijre (uitre (días, con no alcanzada altura, d nombre 
de la gran (¡abriela. De tíxlos los (hunás paísccs de Cen- 
tro y Sudam(''rlca, mm llega el eco de voces femeninas, 
fuertes y dedicadas. estrem(*(ddas por los ópicos ritmos 
rccvoluídonarlos o por los angólicos órganos dd mlstl- 
(dsmo. En otra de las grandes naciones hermanas, vi- 
bra (como una llama sin c<ísar consumida y noiovada 
ix)r (d ardor amoroso, una magnífica figura de miijecr; 
la brasileña Gllka Maechado; a su lado, (como polo opues- 
to. (lestá(cas(c (d subjetivo y (cend)ral (contorno p(x'»tlco 
(l(c Cex llla M(dr(dl(!S, sin nombrar a Infinidad de otras 
finas e Imjuletantes poetisas qm; ornan como una flor 
más, los exulxcrantes paisajes (hd Brasil. Y en d Uru- 
guay, más (|ue en ninguna de las otras nadomes de 



GISELDA WELKBR 


11 


América, flore<;e la poesía femenina con brío y firmeza, 
inquieta y distinta entre sí. Juana de Ibarbourou, Ma- 
ría Elena Muñoz, Sarab Bollo, Luisa Luisi, Ofelia Ben- 
venuto, nombres que hubiera querido consignar en mi 
crónica, pero que ya han sido confiados al análisis 
mejor y más capaz de otros conferencistas. Todos ellos 
nombres admirados; más o menos conocidos; más o 
menos ilustres, pero Igualmente interesantes para el 
analista .amante de todas las manifestaciones de be- 
lleza. A otro motivo muy lamentable obedece la exclu- 
sión de un nombre de mujer hacia el que todos senti- 
mos igual admiración: Raquel Sáenz. La emotiva au- 
tora de “La almohada de los sueños”, ha manifestado 
a la Comisión su firme deseo de no ser nombrada en 
las conferencias que se vienen desarrollando. Esta in- 
explicable modestia es lo que me obliga a no incluirla 
en mi crónica y es realmente con pesar que así lo hago. 
Queda, pues, satisfecho el injustificable deseo de esta 
poetisa. 

••• 

Como creo ya haber dicho antes, la fuente de casi 
todas las diversas tendencias de la poesía femenina 
uruguaya, son las dos rutas trazadas por María Eugenia 
Vaz Perrelra y por Delmira Agustini. Una de las pocas 
poetisas uruguayas que en este sentido constituye una 
excepción, es la señora María Carmen Izcua Barbat de 
Muñoz Ximenes. Esta amorosa y tierna criatura al- 
canza su más alta expresión al abordar el tema, hasta 
ahora desconocido en la poesía hispanoamericana, a 
no ser en las canciones de cuna de Gabriela Mistral: el 
de la maternidad. Pero la maternidad colmada de cas- 
tos júbilos y de dulcísimos sueños al acariciar las blon- 



12 


LAS POETISAS ( 2 :‘ grupo) 


das o morenas cabecitas de sus niños, es, con el sen- 
tido hogareño y feliz que le da esta poetisa a su lí- 
rico amor de madre, muy distinto de los desgarradores 
acentos que imprime a su poesía maternal la dolorosa 
^ Gabriela. En Gabriela Mistral es, por encima de todo, 
la mujer la que clama su amor y su dolor a través de 
las siempre melancólicas canciones con que arrulla al 
hijo; la mujer que, a través de las claras pupilas de su 
niño, ve siempre, como obsesora imagen, la torva o 
acariciante mirada del hombre que un día destilara 
la dicha y la amargura en su cáliz de barro. En María 
Carmen, no; ella es la madre por excelencia, la madre 
feliz y despreocupada, la que por la dicha inmensa de 
su cosecha de ángeles vivos, casi llega a olvidar aJ com- 
pañero amante, en sus cánticos de amor maternal. Oi- 
gamos lo que de ella dice Gabriela Mistral en inteligen- 
te y sintético análisis; “Poesía fresca, de pura salud, 
que se aproxima en excelencia a la de la gran Juana, 
hoy maestra de todas. Espontaneidad gozosa y que pone 
gozo en el lector. Una ternura inacabable a través de 
todo el libro. La “madre” asomada a la literatura, su- 
ceso hasta hace poco escaso en nuestras tierras. Y una 
bondad que circula por la poesía entera como una abun- 
dante agua de riego”. Este concepto de la gran poetisa 
de América que es Gabriela, bastaría para revelarnos 
la personalidad poética de María Carmen Izcua de Mu- 
ñoz, si él no abarcara más que uno solo de los aspec- 
tos de ésta., ya que su autora, dotada de una noble y 
grande inquietud literaria, aunque siempre conservan- 
do su inconfundible personalidad de madre, ha abor- 
dado con éxito otros temas que examinaremos en su 
debido momento. Desde muy joven, María Carmen 



Izcua de Muño* se reveló cultora do la poesía. Poro 
es después de haber sentido en sus entrañas el doloroso 
ji^bilo de la maternidad, cuando esta mujer vibrante y 
pletórioa de vida encuentra y da forma concreta a su 
ritmo interior y se hace más sonoro su canto. En ISlPi 
publica “Fábulas", libro que alcanzó muy poca difu- 
sión debido a que inim'diatamente a su publicación fue 
adquirido en la casi totalidad de sus volñmenes i)or el 
Consejo de Enseñanza, para las bibliotecas escolaren?. 
Componen este volumen un puñado de fábulas a la 
manera de La Fontaine, Samanleso. triarte, Hartzen- 
buch y otros cultores de este RÓnero. Este volunicMi. 
primorosamente ilustrado por Radaelli, está lleno de 
la ingenua gracia propia de la buena fábula y de la 
sana enseñanza que se desprende de sus fantásticas y 
etttretenidas moralejas. Sólo un gran cono<'imlento del 
alma infantil puede haber dictado estas composiciones 
tan llenas de frescura, destinadas a arrancar risas y 
reflexiones a loa Uernos léctonts do sus páginas Con- 
viene aquí destacar el hecho de que María Carmen 
Izcua de Muñoz es la primera mujer que en habla cas- 
tellana haya escrito fábulas, habiéndose siempre' en- 
contrado este género literario entre manos mascu- 
linas. En 1})22 reúne las poesías dispersas «pie había 
escrito desde hacía tiempo, y las publica en un v«)lu- 
men titulado “Alma”, agotado rápidamente como el an- 
terior. Pero su verdadero éxito, su conwtgración d<'fi- 
nitiva, se realiza al publicar, en l!)2r», su libro “Frutal". 
En él se define y se exalta sti perBf)nalldad «le madre y 
es en el desborde de su rica savia ('ii frutos nunca soña- 
dos, que el lirismo de María Carmen c'xpn'sa su amor 
hacia todas las cosas, hacia todos los seres animados 



14 


LAS POETISAS ( 2 .-> grupo) 


y estáticos, pues ella, en su ardiente frenesí materno, 
quisiera trasmitir su dicha a todo lo existente y saturar 
su carne con todas las dulzuras de los zumos frutales 
para brindarse, henchida de mieles, al hijo ávido de 
las caricias de su madre amorosísima. Uno de los poe- 
mas incluidos en este volumen, “Gallinita negra”, ha 
alcanzado tanta repercusión, que en una edición chile- 
na de las “Cien mejores poesías líricas de la lengua 
castellana” fué incluido entre éstas sin que siquiera su 
autora lo supiese. No todo es el tono maternal en este 
libro, sino que una parte de él está reservada a poesía 
de un tono más moderno, de esencia panteísta, que a 
veces presenta contactos con la poesía deificadora de 
toda cosa de Juana de Ibarbourou en su primer período. 
De esta parte, muchos poemas han obtenido gran di- 
vulgación en Sudamérica. Varios de ellos fueron can- 
tados no hace mucho tiem'po por los alumnos de la Es- 
cuela Salomé Ureña en Santo Domingo, con motivo de 
la celebración del día del árbol. En “Frutal” también 
publica esta poetisa versos de corte e idea vanguardis- 
ta en los que se hace presente la inquietud de su cere- 
bro ante los vitales problemas de la actual literatura. 
Todos sabemos que trabazón significan para la líbre 
expansión del pensamiento los múltiples cuidados do- 
mésticos que requiere una numerosa fan^ilia. Sobre es- 
tos inconvenientes, exagerados, sin duda, por la que es 
amantísima madre y esposa, ha sabido triunfar María 
Carmen Izcua de Muñoz y ha logrado construir su mo- 
rada interior entre el fárrago cotidiano y las mil pe- 
queñas preocupaciones que son la verdadera tragedia 
ae un alma que desearía estar libre de todo terreno cui- 
dado para lograr la completa liberación espiritual. Es 



ÍIIHHI.DA WICtiKIflK 


ir. 


<lr)bli', piK'H. Hu mñrllo. hJii Dlclcnihrc de piibllcn, 

' Aiilcim ib* rájaroH", v()liim<*ii (|ii(*, romo rila (il'lrmn 
rn rl prólogo, rriinr rn volunlarlu brlrrogriirbbul, irni- 
rliaH IrndrnrlaH. "Ilr InUmilado <íxt.(M’lorl/,a-r rn "Anlc- 
na (Ir I’ájaroK" mi alma miiK 11‘ormr”, dirr nii rl iiiIh- 
mo prólogo. Y aaí vrmoH paHar anic imrHlroH oJoh lan 
olHtIntaH far.rlaH dri prlHinu, hIii (|iir ninguna dr rilan 
(biHlnzca al lado dr la antrrior. Y caHl nln IraiiHlrlón, 
aHiHtImoH al drHplIrgm* dr todan (‘Hlan alan dr rolon>H 
(|ur Hon HtiH tx'i'txriH; nonl Itnmilab'H, mÍHUroH, riIoHóri- 
roH. modrrnoH, y Ion (po* no podían faltar rn un libro 
dr María Carmrn: Ion malcrnalrH. lOn huh páglmiH ba- 
llamoH mán mirdurtíz, y mÓH Irlnloza. No parrrr la mlw- 
ma, la (lur barí! ruatro afioH nr d(‘ría; "lora (bí jioMI- 
toH debajo dri ala" y abora rxr.lama; "l’aHÓ la jiivíui- 
liul, don dr roHrrbaH". I'ara dar ana Idra d(> laa fiin- 
damrnitabíH ( raiiHforimM^lonrH dr ralr rapírlln, lo* ucpjí 
¡(rimero un píamia dr "l'’nilar’ y otro (b> "Aniona dr 
pájaroB". 

F il tJ TAL 

MIh dodoH B 0 p(*rfuman con manojoa dr frr'HaH — - 
y mía labloa ar r;mbrlagan (íii un zumo frutal - obatl- 
nada y goloaa hr llrgudo a la burrta a juntar pl- 
ñna moran bajo rl froaco ¡dnar. (Ion mrdallaa de 
almendraa ('amaltó un aderezo - r hice rublaa pulae- 
raa de crlaHal dr arazá,; mr he perdido en la aenda 
dr clrurloH brritufjoa — y he cortado raclmoa por el 
viejo parral. Y luego en <d embrujo do Inmonnoa 
cocot.en>H - - oacanclando en un coro el novado licor 
— he beaado a mía hijo» - (¡uo loa traigo muy prle- 



16 


LAS POETISAS (2." grupo) 


tos — en sus caras redondas de manzana en sazón. — 
Y así, plena y colmada, acosada de mieles — con mis 
frutos de carne me he tendido a soñar — soy la ra- 
ma opulenta que da angustia a Ceres — y en mis la- 
bios de nuevo vive el zumo frutal. 

SE FUE LA JUVENTUD 

Se fué la juventud — y estoy llorando con los ojos 

— alargados — sedientos como tallos — hacia la nube 
hermética — y avara — que se lleva el tesoro — de 
la lluvia — dejándolos morir. — Hacia el divino y am- 
plio — meteoro — que volcó fugitivo — entre las ma- 
nos — sus latidos de luz — escurriéndose locos — 
por los dedos — a manera de gotas — cristalinas — 
supremas e imposibles. — Se fué la juventud — don de 
cosechas — don de frescas manzanas — pulidas y re- 
dondas. — Destrenzo mis cabellos — de ceniza — vuel- 
tos tremenda — y cálida ironía — y son un sauce vivo 

— llorando — con los brazos desgajados — y los ojos 
— sedientos como tallos. 

María Carmen ahora está muda de dolor por la 
trágica desaparición de una de sus hijas. La Muerte 
ha jugado una mala partida a esta adoradora de la 
vida. ¿Cuánto tiempo callará? ¿Acaso el dolor abrirá 
nuevos horizontes a su expresión poética? El tiempo 
ron sus bálsamos nos dirá del milagro. 

• •• 

Una de las primeras poetisas uruguayas que pu- 
blicaron libros, es Esther Parodi Uriarte, quien, casi 
contemporáneamente a Delmira Agustini, publicó su 
libro de poesías titulado “Oro viejo”. Es este un li- 



GISELDA WELKER 


17 


bro javenil y sentimental, de un' alma exaltada en la 
gracia y en la ilusión que dan los pocos años puros e 
inexpertos. Libro acusador, no obstante, de un tempe- 
ramento definido y audaz, prometedor de una obra fe- 
cunda y equilibrada, que desgraciadamente, de enton- 
ces acá, su autora ha producido tan sólo para la pro- 
pia expansión de su espíritu, publicando solamente al- 
gunos poemas en revistas y periódicos y que no han 
sido reunidos en volumen. Tal como en “Oro viejo”, 
sus actuales poemas conservan un sabor de puro ro- 
manticismo, siendo el soneto la forma favorita en que 
Elsther Parodi üriarte, vierte sus delicados conceptos. 
Voluntariamente alejada de toda tendencia moderna 
formal, sin embaído, casi sin ella saberlo, se ha re- 
novado en concepto sin variar de forma, y es así como 
la vemos a través del tiempo afirmarse hacia lo más 
profundo, y unir sus sensaciones, en cósmico anhelo, 
a las manifestaciones de la naturaleza sobre la oscura 
tierra. Uno de sus últimos poemas, soneto también, es 
este: 

RENOVACION 

Esta primavera correrá en mis venas — una nue- 
va savia. Y he de retoñar — en un mazo fuerte de es- 
pigas morenas — que en grano armonioso consiga es- 
tallar. — Al beso fecundo de las lunas llenas — la nue- 
va simiente ha de germinar — en un mazo fuerte de 
espigas morenas — para el pían moreno que has de 
elaborar. — Al viento los brazos, como dos banderas, 
— con los pies hundidos en las sementeras — veré 
muchos soles que me tostarán — y caerá la espiga al 
peso del gnrano — que ha de hacerse polvo si c-rispas 
la mano — y si lo acaricias ha de hacerse pan. 



IS 


LAS POICTISAS KMipo) 


Biiouentro nn él más (concepto, más depuración 
que en los anteriores. Más síntesis, es decir, más ex- 
presividad. Saber decir menos es saber expresar más. 
Pero como prueba de lo que ya era fuerte y personal, 
en su primer libro, he aquí este poema, publicado en 
1911, en "Oro viejo”: 


LA (IICATKIZ 

Ese rictus extraño que contrae tu cara --- y que 
presta a tu vida honda desolación -- es un cruel la- 
tigazo que su huella dejara — para mostrarse a todos 
como una maldición. I’or eso has agotado todas 
tus rebeldías — no quisiste ser pródiga de conmisera- 
ción — simplemente rodaron las cosas y los días — 
no te magnificaste en piadoso perdón. — Para todos 
huraña, fuiste conmigo buena - yo descubrí en tus 
ojos humildad nazarena y compartí tu angustia pa- 
ra hacerte feliz. Te asomaste a mi vida como a un raro 
paisaje y volviste sufriente de tu peregrinaje — 
])orqiie hallaste en mi hondura tu misma cicatriz. 

Es de esperar que Esther Parodl Uriarte se de- 
cida a publicar en un volumen lo mejor de lo que en 
estos diez y nueve años ha escrito en los ratos de ocio 
que le dejaban las tareas periodísticas y oficinescas 
a que ha estado mayormente dedicada. 

En 1923 publica su primer libro “Oro y Sombra” 
la señora Sofía Arzarello de Fontana. Es un libro ex- 
traño y desconcertante, revelador de una original per- 
sonalidad, pues se mezclan en sus tonos interiores, 
tanto como en el sugestivo título, resplandores áureos 



CflSKr.nA WKLKKK 


1!) 


y oscuridados nocturnas. Lo^ra brillantes efectos, si 
bien a veces empañados por la excesiva preocupación 
por la forma, que no logra, a fuerza de artificial, al- 
gunas veces, la rutilante perfección deseada; defecti- 
11o éste que, estoy segura habrá desaparecido en la ac- 
tual producción literaria de esta interesante poetisa, 
pues es algo sólo proveniente de cierta falta de ma- 
durez, que unos años de práctica, cuando no unos me- 
ses, Ijastan para cancelar. 

*** 

Otra joven poetisa que ha publicado bastante en 
corto plazo de tiempo, es Alicia Porro Freire, quien, 
tn 1925, Inicia la serle de sus libros poéticos con ‘‘Sa- 
via nueva”, libro de un candor y una ternura virgina- 
les y amorosos. Viene luego, en 1928, otro libro de 
vereos, “Polen”, seguido a corta distancia por un li- 
bro de prosa “Eva”, en que su autora se revela pro- 
sista hábil. Tanto “Polen” como “Savia nueva” son li- 
bros de amor humano y sereno. Sin sobresaltos cere- 
brales ni inquietudes literarias, esta niña escribe co- 
mo i)iensa, como ama, como respira. 

#*« 

Una poetisa que no podemos olvidar como compa- 
triota, aunque habitualmente habita en Huenos Aires, 
y allí publicó su primer libro, es Ofelia Calo llc'rro. Su 
primer volumen de poesías, “El árbol joven”, fué pu- 
blicado en Buenos Aires, en 1924, y es una revelación 
de buen gusto y de superioridad espiritual. Es un libro 
de pura aristocracia - - la del espíritu, desde luego -- 
elevado hacia una concepción exquisita del sentir, ya 
sea del amor, ya sea del misticismo, ya sea del pai- 
saje, tratado por ella mística y amorosament(‘. Tengo 



LAS PÜKTISAS (2.’ grupo) 


20 


entendido que Ofelia Calo Berro, actualmente señora 
de Ribeiro, prepara un libro de poemas, cuyo título 
aproximado sería: ‘'‘Estampas Ríograndenses”, inspi- 
rado mayormente en la cálida visión pintoresca del sur 
del Brasil, tierra que ya en “El árbol joven”, dícenos 
haber embrujado a la joven poetisa. “País cálido y 
fuerte que me has embrujado!”. La impresión vivida 
hace tiempo, despierta y desarrolla sus pintorescas 
imágenes en el nuevo libro suyo. 

*«* 

En 1928 dos jóvenes mujeres se hacen acreedoras 
a los premios de impresión del concurso del Ministerio 
de Instrucción Pública; una de ellas, Layly Daverio 
de Bonavita, recibe el premio de impresión para pro- 
sa, y esto tal vez contribuye a dar una falsa impresión 
del verdadero carácter literario de su libro. El hecho 
de que sus poemas estén escritos en pro§a, no quita 
nada a la calidad de su obra, que es esencialmente 
poética. Dicha obra premiada, “Párrafos del amor di- 
choso”, es obra de una poetisa, de una mujer muy fe- 
menina, la viva encarnación del amor honesto, domés- 
tico y feliz. 


La otra que mereció el premio de impresión para 
poesía, es Ana María de Foronda y Pinto, verdadero 
milagro de la literatura, niña hasta la médula, pero 
con prematuras preocupaciones y complicaciones en 
su ultra-joven poesía, en la que, a fuerza de infantil, 
nos hace sonreír cuando habla de los quince años ya 
lejanos. ¿Lejanos? ¿Cuándo? ¿Hace dos o tres años? 
Y exhibe como juguete prohibido su conocimiento y su 
predilección por cierta literatura extranjera muy fin 



tilSKI.DA WKLKIOII 


:'l 


síkIo y muy (IccuidcnLo, (|uo cHla fhiqullla, oHüipenda- 
menle talentosa, maneja como un bebé un arma do 
fuego: y resulta absolutamente ameno y encantador 
observar a esta criatura, que sdlo conoce la vida a tra- 
vi'ís de BU Intellgenfda prematura, íiolocarse en poslclo- 
iKíB de desengañada. Que me j>erdone Ana María e.s- 
toH risueños comentarlos a cbírta parte de su obra, que 
amo y admiro, i)ue8 a pesar de ello la tomo tm S(!rlo y 
la estudiaré brevfmiente. El libro de Ana María de Fo- 
ronda, titulado "Demonios Illas”, esto es, el que fue 
premiado en el concurso, asume las características de 
un fenómeno. Esa pc(iu<íña Ana María, de ojos r;i.sga- 
dos y negros, de un golpe se; nos coloca a la altura de 
una poetisa ya expcsrlmentada y dcíflnlda. No hablaré 
aquí do la Influcmída Ixu’edltarla Intelectual que podría 
actuar en esta criatura de excejxdón, sino sólo para 
recordar que es bija de Merc<!d<!s Pinto, la Inteligentí- 
sima y simpática esc^rltora canaria radicada entre nos- 
otros. Nacida en E8i>aña, Ana María llega a Montevi- 
deo, en compañía de los suyos, siendo una nlñlta y 
"aunque consc^rva en su hablar amenísimo la incompa- 
rable gracia del acento español, todo en ella dice que 
es nuestra hermanlta, por el (cariño que profesa al 
Uruguay, y jKír haber crecido y pensado en esta su se- 
gunda patria. Es Ana María una criatura vivaz e In- 
quieta, a la vez Ingenua y enigmática. Quien la (tonoz- 
ca puede ver enseguida que tras la amplia frente, mu- 
chos graves pensamientos se acumulan, y que esa mo- 
rena cabeza no contiene solamente las ideas frívolas 
propias de su edad. De ello dan fe no sólo la profundi- 
dad de BU expresión flsonómlca sino lo que ella escri- 
be. Su verBo eB Ubre; de forma casi salvaje. Nada ex- 



22 


LAS POETISAS ( 2 .‘> grupo) 


terior la preocupa; sólo la expresión de sus íntimos 
anhelos y las torturas de sus problemas sentimentales 
que apenas aparecen en su obra bajo la forma de su- 
gestiones mentales vagas y atormentadas por extra- 
ños factores. Nada hay en ella que revele las sensa- 
ciones habituales de una joven mujer de quince a 
veinte años de edad. Sus problemas no son los de una 
niña sólo preocupada por el eterno motivo de casi to- 
da la poesía femenina, el amor; sino que arraigan en 
todo lo literario, lo cerebral y lo extraño que pueda ani- 
dar en una cabecita joven como la suya. Els Ana Ma- 
ría de Foronda uno de esos seres que hacen creer en 
la teoría de la metempsícosis, y a veces, lleno de sor- 
presa, el lector, se pregunta ante lo inesperado de sus 
poemas, sino cabe creer que el alma que anida en el 
frágil y moderno cuerpo de esta criatura, haya sido 
en otras existencias la de una antiquísima sibila, la 
de un filósofo medioeval envuelto en siniestros pres- 
tigios de magia y demonología, o la de uno de aque- 
llos poetas malditos, gemelos de Poe, de Lautréamont, 
o Baudelaire. En “Demonios lilas” ya se experimentan 
las fuertes sensaciones antedichas, pero se hallan en 
ese primer libro muchas cosas pueriles, ya en el con- 
cepto, ya en la forma. Es a la espera de una completa 
depuración en su producción posterior que se termina 
su lectura. La respuesta no se hace esperar mucho y 
he aquí que Ana María tiene en prensa actualmente 
un segundo volumen de versos que lleva por título: 
“Demonios de colores”. En este libro ya la expresión 
es más fácil, más suelta; sólo en rarísimas ocasiones 
deja Ana María que se le escapen las niñerías de que 
hablé al principio de estos párrafos sobre ella. A la 



GISELDA WELKER 


23 


vez que mayor extensión de concepto, halla más be- 
llos colores con que pintar sus temas favoritos, espli- 
náticos y brumosos. Creo sinceramente que con “De- 
monios de colores” Ana María de Foronda ha dado 
un paso de los que marcan una etapa, en obra como la 
suya. ¿Qué no debemos esperar de ese hábil cerebro 
juvenil que tantos y tan graves temas aborda en su 
poesía, resolviéndolos con tanto talento? 


En 1928, y ante el asombro de todos los círculos 
intelectuales uruguayos, publica su primer volumen de 
versos “Conciencia del canto sufriente”, María Adela 
Bonavita. Precedido por un estupendo y revelador pró- 
logo de Pedro Leandro Ipuche, abre este libro sus mis- 
teriosos tesoros a la avidez intelectual del lector. Este 
libro, de un misticismo único, hondo y cósmico, a ve- 
ces escalofriante de poder sugestivo, húmedo con la 
humedad estrellada de un más allá no encerrado en 
determinados dogmas, es un libro sagrado. Este libro 
podría ser un libro de preces en una futura religión 
que no tuviera más templos que la bóveda inquietan- 
te de la noche estrellada, ni más cirios encendidos que 
los llameantes cálices vegetales, en los cuales esta al- 
ma cree percibir un mensaje extraterreno. Nada más 
interior que esta religión herida y sufriente, que esta 
voluntaria entrega del espíritu a algo divinamente do- 
loroso y que hace de la poesía el medio favorito para 
llevar la oración hasta las plantas de ese Dios, patria 
suya, amoroso, ignoto y terrible. El libro de María 
Adela Bonavita podría ser, no sólo la iniciación hacia 
una religión puramente espiritual, sino también la de 



24 


LAS POETISAS (2." snipo) 


una mística filosofía creada por un alma amorosa y 
sobrehumana. Toda una manera, muy suya, de ver el 
cosmos y amar la vida hasta en sus más ocultas fibras, 
se revela en la imagen sorprendente de María Adela 
Bonavita. Ella eleva, sin amaneramiento ni exagera- 
ción, todo lo que se contempla, hasta su esencia ató- 
mica, en el atómico caos que es para ella el mundo, y 
en el cual sólo alcanza a distinguir esta mujer que es, 
no ya un cerebro, sino una pura alma, ese algo que 
nunca se ha podido definir, sólo distingue, repito, ele- 
mentos primarios condensadores de su sentir en la ex- 
presión de sus fuerzas ignotas; sólo dos formas, como 
síntesis de manifestaciones vitales. La curva, que es 
para ella el símbolo de la vida — gracia: la curva que 
recorta las alas de un pájaro o da expresión a unos 
ojos, la línea curva y viviente de la vida misma, y la 
recta que afila las aristas de los astros, el filo de los 
minerales y el de los dardos de la muerte o el de los 
cristales de la luz. ¿De qué lúcidos abismos del pensa- 
miento nos llega esta voz que solloza en la noche ator- 
mentada, creyendo interpretar el gemido del viento y 
la múltiple voz de la lluvia, como la súplica de todas 
las existencias estáticas y mudas, y en su desesperada 
altura, se aferra a la creencia de ser ella la intréprete 
elegida para ofrendar el cósmico llanto a Dios? Nunca 
nada parecido se ha visto en materia de fe. Los gran- 
des místicos, un Fray Luis de León, una Teresa de Je- 
sús, un Juan de la Cruz, han elevado hasta las llagas 
de los exangües Cristos castellanos, preces ardidas de 
amor divino y de exaltado misticismo; pero ellos han 
llevado siempre hasta su Dios semi-humano, las angus- 
tias de su corazón o de su carne, asaeteados por la tor- 



NIHWI.MA Wrtl.KWU 


SU 


lum i«ii{»lH(ual ultratumUn, m\ amor i'aal aonmiaJ por 
iin tXoR muirlo «n la Uorra y m h idnaa y abHoluta. 

toriura t}ut> Irradia d(« aata alma «a otra; a« la da 
aaiitlr al alma da lodaa laa coaaa, daada al isuljarro 
arla haata al policromo collhH, Qua alia araa un truau 
da la lúa y dal movlmlanto miamoa. Pora Idaa puadan 
dar un pnama o doa o traa qua fuaran da la obra da 
aata Intanaa aaorltora, a qulan no remora e^ata, y qua, 
aobra todo, no ha podido var an mía fraaaa al raflajo da 
au aaplrltu (an axtraflamania lilrido y frío. 

««« 

Aparara an lt»2b a| libro da Wathar da t!4raraa ti- 
tulado "Laa Inaulaa axtrañaa". Hou valuta poamaa m4a 
o manoa, un formato «rártl y aiaganta, qua an au fra- 
gilidad rondana un mundo, (tomo an al raao da María 
Adala llonavita, aa trato atjul da una poaala rompíala- 
manta mfatira, al hian al miatlrlamo da lathar da dd,. 
c't^raa «a m4a aarano, manoa torturado; una fa mda da- 
finida y mAa tranqullamaiita mainnrdiira. Hu autora 
aa una rrlatiira da axrapcioiial Inquiatud amoroaa. La 
rarordamoa an loa tlampoa an qua buaraba volrar aua 
taaoroa da fa y da amor, militando an la axirama la- 
qularda da lo qua aa llama polftlra, y qua an rata raao 
yo llamarla máa blan Idaologla. ('rala alia, an au ab- 
na|{arldn harta loa humiidaa. anrontrar la vardadara 
rarrara da au aoraaón, Paro mal podía aadafaaar a aata 
mlatlra axaltada al matarlallamo da la ronraiK'lón hla- 
tdrloa da rlartaa taorlaa y aa aal rdmo aata mujar poa- 
ta anrontrd an la raliglón al allrlanta naraaarlo a la 
axpanalón da au aaplrttu, Batliar da dAraraa, qua pro- 
faaa daad« haoa pooo la madtrlna. aa una orayanta aln- 
oara y farvoroaa. y al primar poama da au voluntan aa 



2fi 


I.AS POETISAS (2.’ grupo) 


uná síntesis y una confesión de sus vacilaciones espi- 
rituales, filamente afirmadas en el amor al dios del 
po'brecito de Asis y de Catalina de Siena. 

“Porque amé la belleza de los seres — - el incierto 
destino de los hombres — y las manos que cogen ro- 
sas — por todo esto, antes — di mi locura de frater- 
nidad — junto a todos los surcos del mundo — nada 
más que por esto. . . ¡ay! — pero tú has encendido mi 
lámpara — ¡Dios mío! — Porque te veo en la trágica 
espera de los hombres — en la sonrisa de las mujeres 
— en la lágrima de toda soledad — por todo esto - — 
voy dando mi sangre y mi mano — la gracia elegante 
de mi fraternidad. — Nada más que por esto — 
¡Dios mío! . . . ¡ay!” 

En todos sus poemas se advierte la misma serena 
resignación ante la vida o ante la muerte, a veces nos- 
tálgicamente, como cuando dice: “Sobre la losa ■ — 
irán danzando las primaveras... — yo quieta... — 
ni siquiera — la frescura y la gracia — de sus, lágri- 
mas buenas. . . Nada. . . — Dura la piedra”. 

Ultimamente Esther de Cáceres ha publicado en 
las revistas literarias “Cartel” y “Alfar”, poemas su- 
yos, inéditos hasta entonces, en los cuales la artista 
pone todo su cariño de poeta al escribir. Uno de ellos, 
es este, publimdo en “Alfar”, la simpática revista di- 
rigida por el poeta Julio Casal: 

EN EL ULTIMO DIA DE LA ESPERANZA 

En el último día de la esperanza — en la última 
mañana de cielo — yo estaré extrañamente tranquila 
■ — sin que golpee mis sienes, vivaz, - — el miedo. — Se 



GISELDA WELKER 


27 


habrá dormido ya esta angustia — que hace que mis 
mejillas palidezcan. — Llegaré con una paz triste — 
como la del campo crepuscular — ■ y la del mar sin fies- 
ta de barcas — y sin tormenta. — Llegaré con una 
paz triste — el corazón ancho como la puerta de’ cielo”. 

Fina y nostálgica, es Bsther de Cáceres una de las 
más inteligentes mujeres que escriben en el Uruguay. 
Lástima que su libro, publicado por una editorial ar- 
gentina, haya estado en Montevideo al alcance sola- 
mente de un puñado de amigos íntimos de su autora. 


Ahora me detendré en analizar la personalidad 
de la que no vacilo en. afirmar que es la más intere- 
sante poetisa del actual momento literario. Su obra, 
muy poco conocida, es casi toda inédita; tan sólo al- 
gunas selectas revistas literarias han publicado sus 
poemas, y los que»somos sus amigos conocemos el res- 
to de su obra, que quién sabe si alguna vez estará re- 
unido en un volumen, dado el refinamiento, en este 
caso casi cruel, de su autora, al producir su bellísima 
obra sólo para su propio esparcimiento intelectual. 
Cuando Ildefonso Pereda Valdés editó su Antología de 
la Moderna Poesía Uruguaya, un noimbre latinísimo, 
sugeridor de saladas y azules costas y dorados vinos 
itálicos, nos asombraba en la parte “Poetas novísimos” 
de dicha antología, sobre todo al decir el compilador 
que se trataba de la más joven de las poetisas urugua- 
yas. Este nombre era el de Edgarda Cadenazzi y fir- 
maba un poema original y muy hermoso. Lo de la ju- 
ventud de ESgarda se coínprobó no ser una equivoca- 
ción de Pereda Valdés; en cuanto a lo de poetisa, di- 



LAS POETISAS (2.'' Ki'iipü) 


fícilmente podría ese terrible talento de Edgarda Ca- 
denazzi y su vibración cerebral, caber en el título casi 
oficial de tantas fabricadoras de rimas. Esta especie 
de poeta fantasma, publicaba de vez en cuanVlo un 
poema desconcertante y acrobático en alguna revista 
literaria entre las más selectas de todo el continente, 
lo que casi hacía creer que su autora estuviera en po- 
sesión de un excepcional don de ubicuidad, y luego, 
por un tiempo, desaparecía de la escena literaria. ¿Qué 
hacía mientras tanto? Estudiaba. Porque habéis de sa- 
ber que esta Edgarda Cadenazzi, que a decir del nota- 
ble pintor compatriota, Norberto Berdía, se parece mu- 
chísimo a “la filie aux cheveux de lin” de Debussy, es 
maestra. Cumplió los veinte años hace pocos meses 
esta mujer hermética e inquietante, fina como una qui- 
lla y como ella misma dice “dolorosa como un vela- 
men”. Edgarda Cadenazzi es inverosímilmente rubia 
y fina. Tiene algo de esas modernas muñecas de tra- 
po que en cualquier pose son estéticas y graciosas. 
Edgarda ama los trajes de colores agrisados, suavísi- 
mos, las telas cuyos colores no se pueden casi definir, 
el “rouge de Guerlain”, los guantes largos, el álgebra, 
la psicología, la filosofía, todas esas cosas que se estu- 
dian en las Universidades y que se aprenden fuera de 
ellas. Y lo más importante, admira locamente a Greta 
Garbo, a quien se parece muchísimo, tanto, que los que 
la conocen la recuerdan en muchas actitudes de la ex- 
quisita actriz sueca. No se vaya a creer que dadas las 
frívolas preferencias de Edgarda por las ciencias exac- 
tas y las cosas de moda, sea ella una criatura super- 
ficial. Lejos de ello; es tan seria, que Semanalmente 
compra todas las revistas de cine que aparecen y se 



niSKLlJA WKÍ.KER 


2!) 


enfrasca en su lectura durante horas y horas. Pues 
bien; EMgarda, hace dos años, escribía poemas casi 
científicos, en el orgullo y el amor de sus conocimien- 
tos estudiantiles y en la satisfacción de saberse supe- 
rior intelectualmente a las demás mujeres, que no sa- 
ben nada o saben poco, lo cual es mucho peor. Eran 
poemas en que siempre estaba latente su gran inte- 
lecto, su visión clarísima y su sensibilidad, enfermiza 
de tan afinada. Lástima que los poemas de dicho perío- 
do iban demasiado cubiertos por frases y palabras casi 
técnicas que les daban el valor de la rareza y de la 
audacia única de su autor, pero a veces empañaban el 
bellísimo concepto interior- Uno de los más interesan- 
tes poemas de ese período fué el que publicó en “Van- 
guardia”, revista literaria de avance, dirigida por mi 
esposo Juan Carlos Welker, y por ese fino espíritu de 
poeta que es Juvenal Ortiz Saralegui, revista que, 
como los elegidos de los dioses, murió en su primera 
juventud, es decir, en el segundo número. Este poema 
se titulaba “Poema en serio a Garlitos Chaplin” y era 
muy profundo; hasta tenía un gran sentido social; di- 
ce en una frase: “a lós barrios pobres que hasta les 
embargaron el sol — sólo llegan ambulancias”. Y al 
final del poema se halla esta frase estupendamente iró- 
nica: “La gente siempre se queda en el umbral.” En el 
segundo y último número de “Vanguardia” publicó otro 
extraordinario poema; “Canto al binomio líquido y fru- 
tal” que tenía cosas sorprendentes y bellas como ésta; 
“Tener la boca de limón — donde quieran morir los ca- 
zadores nocturnos — tener los brazos de agua para el 
reposo de los ansiosos”. La manera que apunta en estas 
frases, clara y depurada, impera en los últimos poemas 



íiAS POETISAS ( 2 .‘> «rupo) 


:ío 

(|U(! (illa lia efldrlto. lid a(iuí dos di* los últimos, comjile- 
tamiijitc Inéditos; 

IMDIBNDOLlí AL OLKAJB UN REFLEJO DE LONAS 

‘‘Soy una Isla que se está muriendo. - - Mendiga, y 
sólo tengo el beso de los elelos. - - Pregúntale a los pá- 
jaros si soñaron mi pecho — o rozaron mis días. 
Mendiga y sólo tengo la amargura del viento ■ y 
(ú qu(! eres el agua (|ue no pensó en Dios - y el 
sueño de la esiiuma que no quiere morir - - dame 
de la esperanza (|U(! alumbra como un pan - y haz- 
TiH! los ojos suaves para verlas llegar. Mendiga y 
sólo tengo la ])iedad del oleaje.” 

UN .JUBILO !»ERFE(lTO 

‘‘Oon la misma música - de los grandes i)ári)ados 
y los mismos sueños - de los gajos grises, - re- 
torna, otoño. Días de delicados pétalos Illas - - cae- 
rán sobn' mi soledad — y grandes alas de ceniza y de 
cielo so ll(i varán mi boca - con claridades de uva. 
■ - (lliclnas infinitas - - de tus maduras danzas - - me 
liarán serena -- como avispa rezando. Y mis brazos 
(lue son la frescura. — Oh tú - - serán crucifijo de lo 
que se va. - A mi vida — que es su (;ítara -- y el 

amor de su musgo -- ■ retorna, otoño (;on tu gracia 

antigua - - ((ue <ís luz de las ánforas — y reflejo de 
los damascos.” 

Estos dos poíimas evocadores, que tienen un sim- 
bolismo hermético, traslucidos de Inquietantes tintas, 
jiueden dar una Idea de la poesía perfecta de Edgarda 
Uodenazzi, jioesía que parece llegar de mucho más allá 
de los siglos i)ro8alcos, poesía estremecida en un rit- 



GISEL.DA WELKER 


31 


mo de danzas y de oscuros o dorados racimos de vid, 
de quien sabe que finas costas griegas. Bdgarda, “es- 
piga hacia la profundidad” como ha dicho Vicente Bas- 
so Maglio; Edgarda, “que ama la imagen como a sí 
misma” como ha dicho Sabat Ercasty, sólo debe a los 
que admiran su poesía el don de reunirla en un vo- 
lumen para que todos los que alcancen a apreciar su 
arte refinado y excepcional la conozcan y la amen. 


Pocos párrafos me quedan para recordar a otra 
poetisa que sólo en revistas ha hecho conocer sus poe- 
mas y que es muy interesante. Se trata de Clotilde Luisi 
de Podestá. La representación en palabras concretas 
del paisaje subjetivo, de la imagen abstracta, es la 
principal característica de los pocos poemas que de ella 
se conocen, siendo su manera sumamente original y su 
sensibilidad finísima. Tal vez Clotilde Luisi a su re- 
greso de Europa, donde ahora reside en compañía de 
su esposo, el fino crítico José María Podestá, se decida 
a dar a conocer algo más de su bella producción poé- 
tica y así nos brinde nuevas expresiones de su temi)e- 
ramento que es tan interesante. 


No se si faltan nombres en mi breve reseña. El 
tiempo limitado por una parte, por otra el esfuerzo que 
requiere el análisis de tantas distintas personalidades, 
pueden muy bien ser la causa de muchas omisiones. 
Creo haber hecho todo lo posible para lograr salvar esta 
dificultad y haber podido explicar a los que nos escu- 
chan, partioularidaldes, temperamentos y en pequeñí- 
sima parte, algo de la obra de las poetisas que me han 
ocupado. 




La poesía post - modernista 

( 2. a K'l'lir» ) 




J. Parra del Riego, 1. 
Pereda Valdez, Mario 
Ferreiro, Julio J. Casal, 
J. C. Rodríguez Pintos. 

Por 


Raúl Mones 




La poesía post- modernista 

( 2.0 grupo ) 

Juan Parra del Riego 

CANCION DE LUNA 

Penas tengo que llorar. 

Del olvido volví negro, 
pero al mar me voy corriendo 
con la sed del corazón. 

Porque abierta está hoy la sábana de la luna en la 

[ pradera 

y de mil ojos sensibles me he vestido hasta los pies 
para encontrar 
mi alma, y llorar. . . 

Desparramado corazón de los caminos 
tambor sonámbulo de unos amores 
que me han perdido 
¡que me han perdido! 

¡Corazón grave de las ventanas! 

¡Lamparín solo! 

Que en su guitarra lenta de nubes me llore hoy su alma 

y mi sombrero negro empapado de luna y muerte 

nunca salude 

más a esas turbias 

gentes malditas 

¡gentes malditas! 



6 


LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.’ grupo) 


Porque abierta está hoy la sábana de la luna en la 

[ pradera 

y aunque yo llevo en mi pecho la alta angustia, 
trompos frescos de cristal, trompos de luna, 
cantan las ranas celestes 

por el amor y la dicha de las tres niñas del pueblo; 

por las tres enamoradas 

del telegrafista tísico 

que hasta el alba solo queda 

como el ronco espanta-pájaros de las últimas estrellas. 

¡Tambor de la manzanilla! ¡Vía Láctea de las mar- 

[ garitas! 

sed dulces para la dicha de las tres niñas del pueblo 
cuando en la estación se quedan 
con un fino aire de huérfanas 
viendo el tren que se va al cielo ... 

¡qué calle larga y soñada 

de joyerías y novios que apenas pueden pasear...! 

Porque abierta está hoy la sábana de la luna en la 

[ pradera 

y a besar la mano fina de una estrella que es mi novia 
he tirado mi sombrero . . . 

¡Luna grave de los pinos, molinera de la noche, 
ya descalzo baja el día con el büen trigo del sol, 
y aunque yo llevo en mi pecho la alta angustia 
hasta el mar me voy corriendo 
con la sed del corazón. 

He aquí a Juan Parra del Riego, poeta de alcur- 
nia, un milagro más de los que se producen en Amé- 



RAÚL, MONKS 


7 


rica con tanta frecuencia, y en nuestro país más que 
en ningún otro. “Tierra de los poetas, ciudad en que 
la juventud canta con la irresistible naturalidad de la 
alondra”, decía Rafael Barrett, refiriéndose a Monte- 
video. Y todavía están San José, Meló. . . Bien es ver- 
dad que Parra del Riego nació en Huancayo (Perú) ; 
sin embargo se “montevideanizó”. Sus Nocturnos to- 
maron fiebre en Montevideo, en la fantástica llama 
aguda de esta ciudad. 

Apenas llegado aquí fundó una biblioteca de edi- 
ciones populares Rafael Barret, en cuyo manifiesto 
de fundación, con una profundidad clarísima, ubicaba 
su grito de guerra en esta ciudad de Yaz Ferreira 
(tales sus palabras) el gran renovador de nuestra cul- 
tura abismal. De un golpe nos descubría la verdad y 
la dignidad de nuestro medio, aquí donde hay tantos 
negadores de oficio. Conocimos entonces su producción 
dispersa en distintas publicaciones, e inédita. Recor- 
damos, entre otras, las siguientes composiciones; 
“Carta Sentimental”, “Los vientos del Perú”, “Loa del 
fútbol”, “Pampa Argentina” y “Nochebuena mágica”. 

Trabó amistad con algunos prestigiosos intelec- 
tuales, entre ellos Sabat Ercasty, en cuya casa se alo- 
jó algún tiempo. Trasladóse a la Argentina por unos 
meses y desde allá escribía que debíamos formar círcu- 
lo alrededor del “viejo tronco sabio de Sabat”. Pero ya 
era roído por las teorizaciones polarizantes en que 
precisan crear casi todos los artistas y se quería in- 
dependizar hasta de la admiración al “viejo tronco sa- 
bio” como si independizarse de sí mismo y de sus 
viejos amores, fuera libertad . . . ! 

Tenía ya por ese entonces la idea de darnos arte 



8 


LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo) 


moderno. Hizo anunciar una conferencia que no se 
realizó que versaría sobre “La Máquina y la Poesía”. 
Al verla anunciada se indignó. Ya empezaban a cono- 
cerse sus “Polirritmos”. “Polirritmo dinámico de la 
motocicleta”. “Polirritmo dinámico de Gradín, jugador 
de fútbol”, etc. Parece que por algún tiempo toda su 
vehemencia la empleaba en la fundamentación radical 
de un arte nuevo; pero el nostálgico que había en él 
violaba con profundidad inalienable sus propósitos. O, 
por lo menos, no era lo principal el tema: motor, sports, 
nervios, Lenin, Wilson, etc.; ni todavía la forma: ver- 
sos libres, arbitrarios de medida o de ritmo. De manera 
que no es el nostálgico de la antigua forma; es el nos- 
tálgico de la vida pasada o futura (que hay nostálgicos 
de futuro, historiadores de ideal, historiadores de es- 
peranza), o fantasmal. Unos meses antes de su muerte 
ocurrida en 1925, nos daba sus dos únicos libros: “Him- 
nos del cielo y de los ferrocarriles”, cuyo título expresa- 
ba un aspecto fuerte de su personalidad, y “Blanca Luz” 
alusivo al nombre de su esposa. 

Quedaron sin la forma definitiva del libro, los po- 
lirritmos, en los que cifraba esperanzas revoluciona- 
rias de la poesía. Toda personalidad es una revolución. 
Manifestarse con una verticalidad inconfundible es la 
única manera de ser nuevo en cualquier época. Parra 
del Riego lo ha conseguido con profundidad. No sabe- 
mos si eso se puede demostrar. 

Si nos queremos explicar su poesía, nos encontra- 
mos con su vida. Una implica la otra. 

Encontramos en su “Nochebuena mágica” el prin- 
cipio de su alta angustia: 



RAÚL monb:s 


¡NOCHEBUENA MAGICA! 

¡Nochebuena mágica! ¡Emoción! ¡Juguetes! 
Calles populares vibrantes de amores, 

Largas estocadas de luz de los cohetes 

que arriba son pájaros de alas de colores; 

mientras, jardinero 

de su árbol sonoro, 

baja el campanero 

por cada repique cien frutas de oro. 

Pero yo al rotundo son de esas campanas 
siento que despiértase el de otras lejanas 
campanas dormidas en mi corazón; 
y, entonces, me veo 

de la mano de alguien que era mi recreo 
hace ya quince años, por otro paseo 
que hacía fantástico la iluminación. 

Era en Lima, la áurea ciudad colonial . . . 

Te acuerdas, oh, madre, de la nochebuena 
tan sentimental? 

Yo aún miro la cena, 

los hilos de plata que el árbol llovía. 

Dios era en la casa 

el buen campanero de aquella alegría. 

A las doce pasa — 

el rey Baltasar — decía tu voz. 

Los hermanos se iban con la azul quimera, 
pero yo esa noche sabía quien era, 
ese galopante Rey Mago de Dios. 



10 LA POESÍA POST-MODERNISTA ( 2 ^ grupo) 

Mas hoy estás lejos... tal vez subiendo una 
cuesta que es cansancio, fatiga y tristeza, 
blanca, blanca, blanca como si la luna 
te hubiese besado sobre la cabeza. 

Me cierro los ojos por verte mejor. 

Y, entonces, quisiera, 
es tanto el dolor, 

irme hasta tu lado de una gran carrera . . . 

No sé cómo estás . . . 

Si eres la abuelita de plata del cuento, 
o la que madruga al repique vivaz 
para oir con los pájaros misa de convento: 
o, si todavía, 

desde la ventana que miraba al puerto 
como cierto día 

sigues la humareda de algún barco incierto. 

Fué injusta la vida ' 
te acuerdas?, tuvimos que irnos a luchar 
todos los hermanos de esa despedida: 
unos por la tierra y otros por el mar. 

Pero espera . . . espera . . . 

No en vano yo he roto desde la trinchera 
recosida a tiros de mi corazón 
la pólvora loca de mi primavera. 

(Mi canto es la flecha de un arco en tensión!) 

Por eso en la erguida 

voluntad de mi alma sé que volveré; 

y que entonces, madre, con toda mi vida 

con toda mi sangre te defenderé. 



RAÚL, MONES 


11 


Venceré la muerte 
conquistaré el oro 

y como en la clara tarde en que me fui, 

joven, puro, fuerte, 

por el mar sonoro 

volveré cantando después hasta tí. 


NOCTURNO N.’ 3 


Heme aquí en la gran noche de la pampa, perdido 
bajo el grandioso y loco árbol estremecido 
de las estrellas, dándoles a las sombras mi paso 
con un azul y helado corazón de payaso. 

Heme aquí extrañamente perdido y desolado 
sin comprender mi alma, con un terror callado 
frente a la profundísima noche desconocida, 
viendo que sólo absurda y atroz me fué la vida 
que ni sé por qué he amado, ni he sufrido, ni espero 
aún algo de las cosas como un aventurero. 

Heme aquí por primera vez frente a mi destino 
fantástico de pena y horror en el camino. / 

Triste de la alegría y triste del pensamiento. 

Seguro de que todo se acaba a olvido lento. 

Lejano y solitario como una tumba en mi alma 
y buscando en las noches no sé qué amor, qué calma 
por la delicadeza de los sitios sencillos, 
como uno de esos pobres enfermos amarillos 
en quienes la esperanza — ¡esperanza espantosa! — • 
es ya sólo una muerte perdida y silenciosa. 



12 


I.A POIOSIA POHT-MOOKUNiaTA Vi:' Krupo) 


En poesía poco Importará el hecho, el ucoiiteci' 
miento, la incidencia, si ese fuera solamente el conte- 
nido de la composlcitin. Quixá tamiioco la sensación, el 
síínümlento, jior sí solos no consigan la realización 
poótlca. Aunque, desde luego, separar así en incidencia 
o en sentimiento la totalidad de un verso, es un traba- 
jo arbitrarlo: solamente sirve para el análisis, mien- 
tras ayuda a sentir más, a comprender una profundi- 
dad oscura y nebulosa. 

En esta composición de “Nocdiebuena mágica”, el 
sentimiento poetizado de la incidencia (una complicación 
de nuestro primer problema) prima sobre e! contenido to- 
tal y es Parra del Riego, evidentemente, un romántico 
de legítimo sc-ntlmentallsmo. “Mi alma está triste hasta 
la muert(!” decía .JesiYs en el Huerto de Getsemaní. Y 
aquí hay poesía?, nos ¡¡reguntamos. Tenemos que apar- 
tar la frase del drama y del personaje, un poco arbi- 
trariamente, i)ara ir a un “substractum” poético, fondo 
común, máximo denominador del verso, o de la frase. 

I*ero la ¡¡oesía es inseparable de su forma, de su 
medio de expresión que es simbiosis de fondo y forma. 
Milagro de síntesis que resiste 'á las teorías y a las épo- 
cas, si es que tiene sentido hablar de épocas. Cuando 
encontramos afirmaciones como ésto: “La belleza es 
inmutable”, parecería que por no poder pensar ni sen- 
tir por épocas, le prestáramos nuestro asentimiento: 
j)ero el caso es que no podemos pensar tampoco en abs- 
tracciones (belleza, sublimidad, etc). Pensamos en apli- 
caclontís directas de nuestra admiración a determina- 
dos y concretos fenómenos emotivt>8. Y esto ya debe 
ser un lugar común de la crítica y de la estética. Pero 
es lo más difícil de comunizar. Tenemos el alma tuto- 



UArít> M0NK8 


n 


rlal, »«gún expresión de Vaz Ferrelra y queremos am- 
parar demasiado en nuíístro temperamento, toda crea- 
ción artística y la que »e resiste, cíjndenarla. Por eso 
en el cjmo concreto de Parra del lllego, y al dar la ca- 
racterística de su poesía, no nos podemos libertar del 
todo de nuestro temperamento, y nuestra crítica es una 
historia temperamental, Hl, por el contrario, quisiéra- 
mos librar al artista de los peligros de la tutorial crí- 
tica y lo amparáramos en una ontológica definición 
de lo bello, (que por otra parte no es posiblí; por cues- 
tiones de lógica y de la endemonia<la levadura de num- 
tra razón) habríamíjs, en clertí) sentido, deslndlvidua- 
lizado el arte. 

Hecha esta dlsgreslón, y Umlendo en cuenta que 
no por ella se salvan los malos (;rea/lores en ancas de 
los legítimos y buenos (para la legitimidad, tan abs- 
tracción como la sublimidad, emplearíamos nn criterio 
empírico retrospectivo como la resistencia al tlempíj) 
entremos n el canto de nuestro poeta. En “Noche- 
buena mágica^ su nostalgia es simple en el tiempo 
como en un Ouerra .Junquelro, diferente de una mucho 
más tentacular y compleja que le va invadiendo con 
todos los espectros oscuros, paulatinamente, basta lle- 
gar a la "Panclón de lyuna" que leimos en primer tér- 
mino, El romántico perrríanece (“I desparramado cora- 
zón de los íamlnos - tambor sonámbulo de unos amo- 
res — que me han perdido - íque me han pcrdidoí") 
a veces mi la oscuridad y no siempre se manifiesta con 
esa expnsilón insustituible. Insustituible en “Trompos 
frescos de cristal, trompos de luna, — - cantan las ranas 
celestes — por el amor y la dicha de las tres niñas del 
pueblo^, , , No es lo mismo ení "hasta el mar me voy 



14 


LA POESIA POST-MODERNISTA (2." grupo) 


corriendo con la sed del corazón”. Esto último puede 
no querer decir nada -más que su sentido literal, bas- 
tante vulgar y descriptivo en su literalidad. Menos afi- 
namiento espectral, tentáculos que conecten el pasado 
con el futuro en fiebre azul y en extraña historia 
anímica. 

Cuando la frase de Jesús en el Monte de los Olivos 
que citamos más arriba nos preguntábamos si dada su 
literalidad escueta y seca una frase que expresa un es- 
tado anímico de tristeza, (o de alegría; lo mismo da) 
contiene poesía, y el asunto se nos enturbió con disqui- 
siciones de otro orden. Queremos decir lo siguiente: la 
intensidad poética no está en el estado anímico en abs- 
tracto, o en historia narrativa y literal y que por in- 
dividual que fuere resultare desconectada del panorama 
especial en que los tentáculos espectrales dejaron su 
delegado anímico que reconstituirá la historia, la anéc- 
dota, la incidencia, más individualizada y fundida con el 
mismo panorama en algo indivisible. 

Esta historia anímica que constituye uno de los 
más preciosos y alucinantes dones de la poesía, des- 
bordando lo simplemente expositivo y residiendo gene- 
ralmente en los residuos espectrales que patinan de 
musgo-^de alma y de sombra, los hechos, los lugares, y 
hasta los sentimientos, la podemos notar con una im- 
presionante frecuencia en Andreieff, el maravilloso poe- 
ta-novelista ruso. Recordemos el ambiente de prolon- 
gaciones y de crecimiento tentacular en que anda el 
protagonista de su cuento “El Misterio”, cuento que ca- 
da día se penetra más, aludiendo a las ideas pedagó- 
gicas de Vaz Ferreira. También tiene relación con és- 
ta de la penetrabilidad indefinida de algunas obras de 



RAÚL MONKS 


15 


arte aquello del mismo Vaz Ferreira: “Cuandó nos va- 
mos haciendo más nobles encontramos más profundas 
las estrellas”. Y es que el alma entonces posee un ma- 
terial de espectros tentaculares, riquísimo. Recorde- 
mos cuando el fireceptor de los hijos de Noroen, habla 
del piso alto en que estaba recluida la madre de Elena, 
la niña que se había ahogado: cuando ella, misteriosa 
y de un crecimiento indefinido, toca el piano en esa 
habitación que ya se nos ha hecho de pesadilla y como 
el lugar más importante del alma de la casa. 

Ese substractum anímico, ese no sabemos qué, di- 
rigiendo por la presencia concreta de objetos, de he- 
chos, el hilo que une los hechos y los poetiza en una 
melodía infinita. O, más propiamente: la ola desbor- 
dada de los hechos literales, definidos, muertos vivien- 
do en la estrella profunda del alma han cambiado el 
aspecto limitado de lo narrativo, de lo simplemente ex- 
positivo. Después de esta larga disgresión, no sabemos 
si se comprenderá más el significado de nuestra pre- 
gunta hecha con motivo de la frase: “Mi alma está 
triste hasta la muerte” y del verso de Parra del Riego: 
“Hasta el mar me voy corriendo — con la sed del co- 
razón”. 

Y uno de los aspectos que en nuestro poeta esti- 
mamos más es precisamente ese del desbordamiento de 
lo narrativo, por la historia anímica y tentacular: . . . 
“cantan las ranas celestes — por el amor y la dicha 
de las tres niñas del pueblo: — por las tres enamoradas 
— del telegrafista tísico — que hasta el alba solo que- 
ría — como el ronco espanta-pájaros de las últimas 
estrellas”. 

No son como flores secas o papeles amarillos de 



16 


LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo) 


cartas viejas (romanticismo vulgar) receptáculos aní- 
micos del recuerdo, puntos de apoyo de una simple 
asociación de ideas; es la existencia del “doble” (1), del 
espectro de la estrella profunda; no es sólo el pasado, 
la historia nostálgica; hay además un< ensueño espec- 
tral dando profundidad al hecho, al lugar, al panora- 
ma. Cantan con música inagotable esas ranas celestes. 
Inagotable, inconmensurable música de la sombra. Jue- 
gos de ecos infinitos entre el espectro y la estrella. Ecos 
sombríos como una fatalidad. Concretos en un hecho, 
en un panorama, en una piedra, en un nombre. Des- 
bordadas en el “otro yo” por su raíz delirante y su fie- 
bre. No opera solamente con recuerdos. 

Si se pidiera más concretamente que es el “otro 
yo”, cuales son sus experiencias y su justificación cien- 
tífica, que lo legitimaran y lo libertaran del vano pa- 
labrerío, diríamos que tiene experiencias de la muerte 
y de la conciencia. De esta conciencia diurna tan mis- 
teriosa que sirve de pantalla de proyección a los fe- 
nómenos; y de la conciencia nocturna, tan profunda y 
tan elaboradora de poesía; tenemos datos precisamen- 
te por su labor. Vemos que en apariencia hay un círcu- 
lo vicioso: Poesía elaborada por el “otro yo” y éste a 
su vez identificado por su presencia en la poe«ía. No 
hay círculo vicioso. No podremos establecer relación de 
causa a efecto, pero hay concomitancia, concurrencia 
de los datos. 

Pero, esto de operar en poesía con el espectro, no 
se puede obtener de una manera voluntaria; viene co- 
mo compensación de una vida terrible, de una historia 
espantosa; tentáculos que sobrevivieron del pasado y 
se alargan irremediablemente en la sombra, en la es- 



RAÚL MOXES 


17 


peranza. Si se quisiera utilizar voluntariamente el es- 
pectro, se convertiría en “espectralina”. Y adiós poesía! 

No siempre ese desbordamiento es claro y preciso; 
por ejemplo, este verso: .oir la estrella de las gui- 

tarras de las lagunas;” ha indignado a más de cuatro. 
Nos sin’^e aquí bien la explicación de lo que es el hilo 
de una historia anímica. ¿Quién no sabe lo que es una 
guitarra, una estrella, una laguna? ¿Cómo no va a te- 
ner correspondencia, hilo conductor, gravitación lunar 
en la marea musical de nuestra tristeza, la asociación 
de esos tres elementos, de esos apoyos concretos cu- 
biertos del musgo del alma tan vieja? El romántico ei 
el sólido hilo de su poesía: “Andarín de unas sonrisas 
locamente, finamente — junto a sus hombros de luna, 
70 perdí mi corazón.” 

Entremos ahora, con la lectura de su Nocturno N.* 
8, en otro aspecto de su poesía: 

Dolorida en la luna se va la carretera. 

Me voy a sentir más hoy tu alma allí; 
dolorido en la luna que me mira y espera 
y da su solitaria paloma mensajera 
que va como acordándose de tí. 

Miro las soledades misteriosas del cielo 
y nada es más profundo que tu amor; 

Bailarín de amargura, zapateador de hielo, 
tú eres!, oh, Sirio, dulce yioüiiiBta del cielo 
lo que me ha comprendido aquí mejor. 

Voy solo. Voy cansado. Voy ciego. Voy perdido. 

Pero tu eres la luz que tiembla allá; 



18 


LA I'OKHIA FÜST-MODKIINIHTA Ci/' «rupoj 


y esta noche de luna que es música sin ruido 
me va poniendo tu alma como en un hondo nido 
sobre mi sollozante eternidad. 

Con mi sombrero negro empapado en la luna 
yo te contaré todo mi dolor. . . 
le pediré a la muerte más pavor que nos una, 
le pediré a la vida más caliente fortuna 
de besos, de locura y de temblor. 

Yo te contaré toda mi historia de hombre errante 
‘que un día al mundo amargo se lanzó. 

Era al partir alegre el joven caminante, 
más tarde, curvo y triste, pero más anhelante 
su corazón sangriento regresó. 

Y no se hizo filósofo ni aprendió el humorismo 
de los que solo quieren engañar 

Vió que en la vida sólo el olvido es el abismo 
y que su gran secreto es ser siempre uno mismo 
y con el alma cálida esperar. . . 

Y vió que el amor era la única ruta clara 
y que por eso solo hay que existir; 

— ¡oh, amada la más dulce, la que aclara y ampara! — 
yo que he partido en tu alma y he llegado en tu cara 
ya sé para qué tengo que vivir. 

Sé por qué ante la luna tieniblo como un poeta 
del tiempo de Musset y Jorge Sand; 
y a veces más que el ritmo de mi ciudad inquieta 
busco las sombras íntimas de alguna plazoleta 
donde otras cosas íntimas están. 



RAñI. MOMOS 


1 !) 


Y por qué mi alma vibra (ruando miro unas flores 
y en el fino y azul afcarderrer 

en mi eabeza zumban palabras de* colores 
y ante las joyerías, mojado de fulgorcis, 
me quedo fino como una mujer. 

Y por qué ha^o mi paso más lento en los caminos 
y en todo enríala mi alma su emofrlfin: 

y bajo las guitarras nocturnas de los i)lnos 
en la hora d<r los grandes crepúsculos marinos 
tengo una misteriosa agltachin. 

Bs el afinamiento comrxo con la profundidad. 
^Mtiillarín de aiiiurgura, zapateudor de hielo, — tú eres! 
oh, Birlo, dulce violinista del cielo — lo que me ha 
comprendido u(iuí mejor”. Esa manera de hacer mu- 
slíral la frase imagen es frecuenUr en Parra del lllego. 
Tambores, (rastañuírlas, guitarra», vlollnes; Instrumcui- 
tería gráfica, a veces, por trasjwsIclorM'S slnesLésIcas de 
la sensaídón como en el “violinista del cielo" doiub* 
casi se ve la llama aguda y vertical (h; un Intensísimo 
lamento. Exaltaclc'jn (iufflnlca, musical, que lo ll(;va a 
anteponer la ii, sostenida en el adjetivo dulce, cuando 
la situación sentida era de amargura. “Amargo” no pre- 
paraba bien el aflnambínto d(í violinista, con la exal- 
tación de la» íes, lii crescendo.. Dfícíarnos afinamiento 
conexo con la i)rofundldad, ponjue ya sabemos con qué 
paso andaba debajo d(* las (mtndlas y hasta dónd(> su 
alma se había erinobbícido en el dolor. Omio en este 
trozo de su prosa: . . .“con el árbol de mi pena clava- 
do mudo sobre mi pecho”, íís de una densidad d(! dolor 
realmente extraordinaria. T(alas sus composiciones. 



20 LA J'OKHIA »'08T MOOKHNIHTA Í2,' KrtipO) 

aun a<<{ur;llai que quieren »er optimlNtan, como loa po- 
llrrllmoH o el “Canto al Carnaval’’ noa dan en Imáge- 
njea qu(‘ participan, ora de un fuerte Kraficiamo; ora 
de una miiHicaiidad tranaportable MlneatAHic^amente a 
terror o anKuatia; ora cxm el vino e»)>ac.la1 que maneja 
prodlgioeamente en embriaguez ríe velámenea o de ve> 
lor-.ldade«, la fragilidad de ntuHttra vida; la alegría de 
la luz y del color, el vino del cielo o del viento no le 
hacen olvidar la nombra y la muerte: , . ."o en el ehar* 
eo Nolftarío de la nombra en que me entlro — ne me 
eo[rla el eoraxóh como una entrella denolada*’ , . .^^man* 
do ne me hincha el «tirazón de una nalvaje alegría, — o 
ne me quiere romper de dolor — y de melancolía^. Kn 
la “Herenata de Zuray Zurita’’ 

Tiene iiárjmdoH de luna mi agonía. 

I)e la mar yo vine de aoftar. 

Me perdí en un puerto mudo donde el día 
entaba muerto de enperar. 

Zuray Zurita, 

¿no me oyen llorar? 


A la mar rne fui con vela» de colore». . . 
De la tierra e»taba anclo de luchar. . . 
Tercí)» nuefton cazatloren 
díílorldo de camlníM» y tamborea, 
yo la quería enperar! 


Zuray Zurita, 

¿no me oyen llorar'/ 





Y 1)8 y ft Itt «Wp<»Uft; 

mí t'omit^ñ ÍA quíefA >í»í'rt»tmp, 
morílMiH4« ( AMí(i«H<ís voy trns bIIa, 
y má# m44A líoe Ia ¡y na tm Maíía! 

y (t# fíftA «ím» ía mftfí 

üumy ¡íurit», 

¿4íi í^As Uowr? 

Ma Ha mAAoUA4o 1 a mmmupft, 

Hñm Af440A y aaoaíuoa mo Ha» oaaaHa4o a olvIflAf 
t/4ftA AAttI 4 a mi AornlifAfo; 1 a loAurA, 
y mí AApA 4 a Afl4AKH: maíaa Iaa oIaa 4At mAf", 

^HfAy SÍMfltA, 

¿m »A oyAA llorAf? 

y lA 4ljAt VAUgO AAfrAftü, 

«o WA p4a4aa f'BAor4Ar, 

AAtA A AAlA 41 4(1 AAAAro loAO a1 aHo , > 

AÍAgO 4 a llABÍAf , .- 

5?«rAy ^KfítA, 

¿ñ(* m Oy»A llOfAf? 

TÍAAA Al Al Alo AMA AAmpAftA 
y «« JAÍ^ÍA tÍAf(A lA ÍAAP: 

VolAAlA 4 a <4(4AA tlA((A 4 a mAñAHA, 
lA vi . y m lA í(44o mí aíwa aIaaaííap, ' 


^AfAy íí»rHs, 

¿m m nvtm IIopap'/ 



NA I’OIflHfA l'OHT MODIOIINIHTA Krili)(i) 


Yo lio vIhIo en ulmtiH y oii ix'choH 
)i ini alacrán jxirforar . . . 

Yo he vIhIo hOKurcH (lenlxuihoK 
y a payaHOH de colorcH qiuí a la luna de Ioh teehoH 
daban un brinco cHlclar. 

Zuray Zurita, 

¿no me oyea llorar? 

Yo Icnía una alcfíría, 

con (‘1 arpa de la aurora me jionfa a caminar. . . 
IV'fflda lauKuldez de la melancolía, 
me Iha una Hcda lenta matando día a día 
y mlH oJoH Hc perdieron en laa CHlrellaH del mar. 

Zuray Zurita. 

¿no me oycH llorar? 

Mmuml ranioH Junto a la fineza de la melancolía In- 
curable una extraña vaguedad de euHueño. 

DecíamoH (|mi el título del primer libro de l’arra 
del UlcK», "lIlmnoH del cielo y de loa ferrottarrl'lea", en- 
(t(>rraba un fuerte aaiatcto de hu ¡lerHonalldad: "ÍOh Iuh- 
tinto (!Hte lo(;o deaeo de partir, lie nufrldo buata el 
llanto (|ue no au,be aallr. MI alma eatá tríate y huérfa- 
na, ya no quItTo eata cara, de {lalbb'Z de tíalco, eata 
amarKura rara (|U(‘ mata el fondo vivo de mi aer ar- 
bitrarlo, vaKuibundo, bumorlata, gozoao y vlalonarlo". 
"Mañana ya oa veré mar de loa Krandea cleloa que 
lavan laa liiTldaH de loa hombrea. . . pañueloa d(> loa 
adioaea flnoa. ¡Mar donde el corazón hace máa pura 
HU alta y aolltarla paalóii] "... "l’orque mañana, 



ItAfiJ. MONKM 


'¿a 

mft4re. maftana., madra mía, ' m« \rA m «I alba pura 
cuando ae rompa <d día," 

SofialamoM «atoa varaoa, fonifl/doa aíjijí y allá, en 
donde ae ve la omlirlaKneií do oaimelo y ulular do elolo que 
tenía í’arra del Jileco: "y en un alcohol eeleate me alO’ 
(|uá la fianeldn", "Holtí^ todaa laa volaa que tenRO de na” 
vio - y por la pampa Inmonaa me fui como en el mar", 
"V otra ve^ me empapa e| viento - con au vino el cora- 
aón", "Róbalo al relómpatto do tu cuerpo Incandoacon- 
te - (jue me ha roto en mil comotaa do una loca ele- 
vación — otra azul velocidad para mi fretite y otra 
mecha de colorea que me vuelo o| coraaófi", Y el rtoc- 
tumo N,'' b . , 


NítCTlJUNt) b 


Onda 

que ha recoKido'en la noche 
la antena eonómbula do mi corazón. 

Onda, 

lejano 

aleteo ('aliente de otra alma 
en mi alma, . , 

Uegada de un deaconocldo 
éter íntimo do fuerm y do dicha 
que empapó aóhlto mi corazón 
de una Inveníilble y miaterloaa 
fe en la vida. 

Yo era el muerto 
hombre negro de laa callea, 



24 I.A POKHfA I’OHT-MODKIINIHTA < 2 /' «nipo) 

Yo era el curvo 

andarín que fuá quedándose en las lágrimas. 
Onda 

que no sí de dónde has venido 
traída por la noche y el Bllenclo 
a mi alma. 

— Acaso, 

'bajo las sensuales estrellas del trópico. 

aflmial.lva y todopoderosa, 

te lan'/.ó al coro de islas lejano 

el corazón azul 

de un emigrante joven; 

— acaso, 

--aventurera chispa cálida — 
te arrancaste a la esperanza 
de un nocturno jinete 
de la rampa; 
acaso, 

cerca ya de la luna ártica, 
un explorador de ojos celestes 
martilló su voluntad contigo 
entre mares solitarios y furiosos. . . 

Onda, 

perdido labio de fuego 

del corazón ixorflado de la vida...! 

Onda. 

que esta noche has venido a decirme 
graves palabras de'l destino; 

NO ESCUCHES NADA. 

ANDA. 



HAflli MONICS 


2r. 


Otro a^pofíto «s el colorista: el azul de fiebre, de 
delirio, de dicha, de alegría; el rojo violento Incendia- 
do; el gris opaco y frío; el rutilante, |)rofundo, sonoro 
estremecido color celeste que da fondo a todas las ele- 
vaciones, a todos los transportes, "en este enloqueci- 
do corazón trashumante lleno de un solitario su- 
frimiento Infinito". 

El sentimiento, en ól, es la más Importante carac- 
terística. Amargura, dolor sin cursilería, de la más alta 
estirpe romántlc,a. Quistáramos, sin timidez de ningu- 
na especie, c(jmj)ararlo a los más grandes j)oetas de 
universal prestigio y no resultaría perdidoso del pa- 
rangón. NI con Poe, ni Ifelne, ni IMrío, ni Verlalne. 
Por vía de ejemplo tomaremos a Poe que Integraría, 
con seguridad, un tríptico de los po(d:as más Intensos 
del mundo. Pueno. . . No haremos nlngón parangón. 
Resulta Irnpfwlhle por la desigualdad de Idiomas. 

SI tuviáramos que hacer la crítica negativa do 
Parra del Riego, ¿quó defecto le Síulalaríamos? La va- 
guexlad. La imprecisión. En este verso: "Luna azul de 
mi sombrero: la locura, y mi ca))a de andarín: to- 
das las olas del mar.", podemos, todavía, precisar, ver 
que no es arbitrarlo ese sal/dlte obseso que lleva en el 
sombrero, en la cjibeza; y la verde ondulación del mar, 
eterna envoltura de su vlaj»! eterno: ("y mis ojos se 
perdieron en las estrellas del mar") un j)0(!0 menos 
le caerá de los hombros, que <le los ojos, pero todavía 
se unifica (ui ondulaclóti y en amparo; amparo díunasla- 
do libre, desolado, si se quiere. Todas las trasj)üshdones 
de sensat^lón o sentimiento, no pueden tener una concre- 
ta correspondencia. A veces se logran milagros como en 
este verso: "mientras, jardinero de su árbol sonoro - 



26 


LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo) 


baja el campanero — por cada repique cien frutas de 
oro” Pero esto es precisamente porque se refiere a sensa- 
ciones simples, que no han hecho espéctro. (Y aquí mis- 
mo, en esta crítica que debiera ser ciencia de las jerar- 
quías de la emoción, ponderable y precisa como cien- 
cia, nos vemos obligados a emplear a menudo y quizás 
primordialmente, los espectros y los tentáculos de la 
estrella profunda del alma; los espectros pueden andar 
en la sombra, pero los conocemos por la voz, o por el 
silencio). Y es esta la objeción que haciendo hincapié 
en lo preciso, podemos hacer a las vaguedades obscu- 
ras, no identificables como fantasmas, porque no son 
nada. Y, ¡cosa curiosa! habíamos apartado este ver- 
so: “Alma mía nocturna, firme y triste esmeralda 
— de una mano estridente de amor y de pelea. — Gui- 
tarra vagabunda donde curvo mi espalda — para llorar 
en donde nadie llorar me vea.”; ¡lo habíamos apartado 
por ininteligible! en lo de “firme y triste esmeralda, y 
por una paradoja resultó ser de una concreción hasta 
cristalizada! Y de ninguna manera ininteligible! ¿Quién 
no ha dicho: “ideal hecho carne”? He aquí, pues, el al- 
ma de un poeta triste hecha para adorno de un propó- 
sito del destino: “mano estridente de amor y de pelea”! 

No quiere decir esto que Parra del Riego no tenga 
vaguedades, y que éstas no deban ser desechadas. 

No nos resistimos a transcribir esta página de Vaz 
Ferreira: “Reacciones. Leyendo a Verlaine”. “Los pro- 
cedimientos de estas escuelas son una tentativa (es algo 
que hemos comprendido mejor después de James y Berg- 
son) para explicar con palabras nuestro t>siquismo no 
discursivo; esa realidad mental “flúida” de que no es 
expresión adecuada el pensamiento lógico, esquema, ni 



RAÚL MONES 


27 


el lenguaje, esquema de ese esquema. Por contradicto- 
rio que sea ese esfuerzo para expresar por la palabra 
lo que es rebelde a la palabra, se obtiene con él un poco, 
un principio de lo que desearíamos: sugerimos algo del 
psiqueo inexpresable. Lo que resulta hermoso y bueno, 
ya sea ese psiquismo no discursivo del común a todos 
los hombres, o a algunos — materia simpatizable, — 
ya sea del exclusivamente personal, porque entonces da- 
mos un vislumbre de nuestro tesoro interior. Compren- 
der esto, nos hace más simpático lo sincero de esas es- 
cuelas. Y también (lo que espanta e indigna, teniendo 
en cuenta la cantidad de engaño, de exageración, de 
artificio, de pose y de snobismo que se pone en esos 
procedimientos, y también la gran disposición de ellos,, 
mayor todavía que en los corrientes, para hacer me- 
cánicos y perder el espíritu) sentimos que hay una res- 
ponsabilidad inmensa en manejar procedimientos que 
muerden hasta una región tan honda de las almas. Y, 
precisamente, la verdad, la justeza, es mucho más difí- 
cil de obtener y de discernir en la expresión del psi- 
queo flúido que en la esquematización discursiva, por- 
que la falsedad no consiste ya en dar una idea por otra, 
lo que es grosero, sino en dar un matiz, un grado, por 
otro. Hay la misma diferencia que entre tocar mal el 
piano y tocar mal el violín: en el piano se toca una 
nota por otra, lo que es fácil de evitar y fácil de per- 
cibir: ese instrumento de notas fijas es el pensamiento 
discursivo, con sus ideas “solidificadas” por la acción 
de las palabras. Pero en estas otras tentativas, la de- 
terminación de lo verdadero, la discriminación de lo 
sincero y lo insincero, son cuestiones de afinación, de 
una delicadeza infinita”. 



28 


LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo) 


Esto que transcribimos no es exactamente aplica- 
ble a lo que hemos llamado historia anímica, tentácu- 
los espectrales, que ya casi no son matices del senti- 
miento, susceptibles de afinación, sino, más bien, aun- 
que no opuesto, profundidad de la expresión sin mati- 
ces, o que el matiz puede ser alterado sin cambiar la 
profundidad. Pero la precisión, la justeza exigióle, es 
la inteligibilidad de lo anímico. 

Decíamos más arriba, que en el verso: “...mien- 
tras jardinero de su árbol sonoro — baja el campa- 
nero — por cada repique cien frutas de oro.”, las sen- 
senciones, su expresión poética, era simple, que no ha- 
bía hecho espectro y esto se debe a lo objetivo del pa- 
norama, a la medida, si se quiere, en peso, en color, en 
sonido de la imagen. Y qué peso, color, sonido, puede 
tener, por ejemplo: “en un alcohol celeste me aloqué 
la canción”? Porque, aquí, celeste, no tiene color; tiene 
historia, recorrido por la estrella profunda del alma, 
por los canales tentaculares de nuestro pasado y de 
nuestro futuro, y, por lo tanto, espectrales. 

Y, todavía: alcohol, aloqué, canción, que todos sa- 
ben que gramaticalmente, discursivamente tienen una 
literalidad esquemática, y que en poesía tienen corres- 
pondencia de matiz, acá tienen espectro de alma y sig- 
no de profundidad. Esto último no lo saben todos. 

Decíamos que en “Nochebuena mágica”, su nostal- 
gia es simple en el tiempo como en un Guerra Junquei- 
ro; y bien: no era el tiempo lo que más afortunada- 
mente debíamos señalar en esa emotiva simplicidad: 
era la ausencia de espectro; no había “doble” como en 
“Alma mía nocturna, firme y triste esmeralda — de una 
mano estridente de amor y de pelea. . .” Ese modo sin 



RAÜI. MONE3 


29 


"doble” no le quita profundidad a la poesía. A, veces 
oímos decir que Mozart no tiene profundidad; que sólo 
tiene gracia. La gracia es profundidad y puede ser sim- 
ple y compleja: con “doble” o sin él. Ahora, si se hace 
cuestión de palabras. . . Observaciones de la misma es- 
pecie podemos hacer a los que dicen que Debussy es un 
preciosista, sin reparar en los abismos emocionales que 
están contenidos en su música, que además de matices y 
finezas nos presenta la profundidad de una historia, co- 
mo la que podemos sentir ante las estrellas, o ante el 
crepúsculo con todo nuestro espectro. 

Jerarquías de la. emoción, decíamos más arriba es 
el objeto de la crítica. Todo se nos complica con abs- 
tracciones de valor pretendidamente ontológioo y ya 
no podemos pensar. Y aquí, al hablar de profundidad,, 
hacemos una excursión clandestina por las a,bstraccio- 
nes. Es evidente que nos traiciona nuestra alma tuto- 
rial a los que ya sabemos que el ideal del arte es el 
artista. ¿Por qué queremos señalar la jerarquía esen- 
cial de Parra del Riego? ¿Por qué hasta nos disgusta 
una simple jerarquización por grados y queremos ir a 
las diferencias de clase? 

Poetas verticales y poetas diagonales. Así pensá- 
bamos dividir en este estudio a los diferentes autores. 

La verticalidad perteneciendo a Parra del Riego, 
emergiendo de las más profundas napas negras a los 
más celestes astros. Los demás, con la voz no tan pura; 
desgarrada, desflecáda, hasta con abrojos; o sin voz, 
emergiendo de napas conceptualistas, o sentimentales, o 
de la superficie de los trigos, hacen un recorrido menos 
hacia los astros, un poco más recostados, pegados por 
la gravitación hacia lo común; o se caen del aire hacia 



30 


LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.'' grupo) 


la tierra y contemplan con cansancio y humorismo el 
cielo y la tierra. Todas estas modalidades son legíti- 
mas. El ideal del arte es el artista. 

Esta manera personal de cada artista, no es sin 
embargo tabla, de salvación. Pero aquí tenemos un cri- 
terio empírico, para saber quienes se salvan. Precisa- 
mente, la personalidad está en ser inconfundible, iden- 
tificable entre mil. 

Puede suceder que un poeta esté completamente 
identificable por abordar un tema especialísimo, no to- 
cado por otro, en su país. Haremos la experiencia pi- 
diéndole a otra persona que lo imite; luego se los mos- 
tramos, el auténtico y el falsificado, a una persona de 
fina sensibilidad. Si no nota la diferencia es porque la 
personalidad artística en litigio no era tan ella. 

Por otra parte, también empíricamente, conocemos 
la trivialidad. Todas estas disquisiciones son para en- 
trar a tratar el más elogiado por la crítica extranjera, 
y mucho por la nuestra, de los heterogéneos componen- 
tes de este grupo post-modernista. 

Ildefonso Pereda Valdés 

De sus libros nos parece el mejor “La Guita- 
rra de los Negros”, cuyo título, escapado de “Raza Ne- 
gra”, no condice con lo más genuinamente poético de 
este autor. Leamos su poesía “Las Estrellas”; 

¡Perdidas en la noche, viajeras desconocidas 
vienen marcando derroteros de sueños! 


¡Hermanas de los planetas y de la luna 



RAÚL MONES 


31 


en un tiempo fueron juveniles e inquietas 
saltando como cabritas en el cielo! 

¡Profundas aguas de las estrellas! 

En los mares celestes navegan pájaros y aviones 
más libres que la luz y que la tierra. 

Las estrellas 

son los únicos pájaros que atraviesan la noche! 

Tiene algo de lo anímico. Y en casi todo Pereda 
Valdez hay asomo de nostalgia, de tristeza, un poco 
diluidas o, más bien anuladas por la travesura inco- 
nexa de una morisqueta. En “Destrucción” encontra- 
mos este verso: ¡Oh! gusano, acordeón sin sonidos — 
devorador silencioso de mi ojos, — te hartarás de pe- 
dazos de crepúsculo!” Es arbitraria esa evocación, un 
poco disociada del triste, enorme acontecimiento de la 
muerte, el considerar el gusano como el final del co- 
lor y de la fiesta que en el verso anterior exaltaba. Des- 
pués pasa al graficismo concretísimo mimetismo, en 
“acordeón sin sonidos”, para terminar, hermosamente: 
“te hartarás de pedazos de crepúsculo!” 

En cuanto a su libro “Raza Negra”, señalaremos el 
hilo ide viaje soñado más que recordado, en su canto 
“Africa”, que adolece de una enumeración un poco fa- 
tigosa. Unas cuantas poesías folklóricas que ponen a 
prueba la imaginación del lector, (queriendo decir con 
esto que el poeta cuenta con la colaboración sentimen- 
tal de los que se inclinan a lo nostálgico), nos presen- 
tan a I. P. Valdez co nuna acentuada ternura hacia los 
negritos. 



32 LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.’ grupo) 

Podemos enlazar perfectamente a la poesía de Fe- 
rreiro, o al ingenio de Ferreiro, mejor dicho, con el es- 
tudio idel grafiaismo concretísimo de “jOh!, gusano', 
acordeón sin sonidos...” 

No sabemos si su cultura es grande o no, y, si al- 
guna vez, por esta misma cultura, se sintió arrastrado 
hacia alguna escuela literaria, como pudo haberle pa- 
sado a Valdez, aiinque esta es absolutamente secun- 
dario desde nuestro punto de vista; que no podemos 
ser manejados por teorías, escuelas o clasificaciones, y 
que vamos al verso, al poeta representado en él. Pu- 
diera creerse que al pretender enlazar por una seme- 
janza a Pereda Valdez con Ferreiro, somos traiciona- 
dos por una cristalización, o precipitación del gusto. 
Que formamos grupos o sistemas de ideas estéticas. Pe- 
ro lo que queremos señalar es una enfermedad de la 
imagen poética. Y conste que no llamamos enfermedad 
a una característica, sino a una limitación caracterís- 
tica. 

Sería absurdo inferir, por ejemplo, que el perro es 
enfermo porque camina sobre sus cuatro patas. Esto es 
específico y aquí no hay elección; pero la imagen poé- 
tica es susceptible de variaciones electivas. Y la enfer- 
medad está en un graficismo específico. 

En el libro de Ferreiro “El hombre que se comió 
un autobús”, cuya intención humorística no le ha im- 
pedido manifestarse poéticamente, encontramos por do- 
quier el elemento gráfico, tan adecuado al chiste. He 
aquí su poema “Barcos”. . . 

Barcos: flores del mar. 


Flores con pétalos de banderas 



RAÚL MONES 


33 


y perfume de todos los puertos. 

Mar: boscaje de olas. 

Olas: ramas blancas 

de la selva horizontal de los mares. 

Barcos: flores abiertas 

en la punta del vaivén blanco y eterno 

Barcos de todas partes; barcos que deben haber 
recibido una invitación para venir a dormir en este 
puerto. 

Banderas que se saludan con tirones de .viento. 

Banderas que traían de hacer saludar a los más- 
tiles mal educados, pedantes, tiesos. 

Hélices que vinieron mordiendo con furia las aguas 
de todos los mares. 

Hélices rencorosas, mujeres a cuatro palas, insa- 
ciables en su odio, que todavía seguirán mordiendo al 
pobre mar. 

El mar: millones de veces tajado por las proas, 
millones de veces desgarrado por las hélices vertigino- 
sas y voraces y millones de veces vendado y cicatrizado 
por la Cruz Roja de la espuma caritativa de las olas. 

Barcos de todos los tamaños, con todas las ban- 
deras, con todos los olores, con hombres de todas partes. 

Barcos: casas marinas. Casas que se han ido a vi- 
vir lejos de la tierra. 

El mar da flores de barco 

Para engalanar los ojales de amarre 



34 


LA POKSIA POST-MODKRNISTA Í2." srupo) 


fie los puertos tristes, 
y, “La Ronda d;j los Palos”:- 

Tomados de la mano, 

en ron'da interminable, 

por sobre las ciudades y los campos, 

los postes telefónicos 

danzan 

la esquelética danza del zumbido. 

Agitados, 

largándose tirones 

con los dedos metálicos y largos 

por sobre las ciudades y los campos, 

en ronda interminable, 

los palos del teléfono 

danzan su baile. 

Bajo un cielo anguloso, 
sacudiendo collares de aisladores, 
empinándose sobre la estrechez de la base, 
los postes telefónicos, 
tomados por lo alto de las manos, 
juegan al Martín Pescador con las casas. 

Casi todo es de una objetividad seca, ingeniosa, que 
puede matar al poeta. 

El humorista es un aburrido de lo serio o un fas- 
tidioso innato. Porque ya no se puede quedar serio, 
de aburrido que está, nos sopla sus guasadas dinami- 
teras, o que pretenden serlo. Hay momentos en que se 
pueden tolerar y hasta hacen falta. Y esto de que ha- 
gan falta nos da la pauta de lo absurdo que sería cir- 
cunscribir el arte a una sola modalidad. Bien venido 
pues, Alfredo Mario Ferreiro. 



RAÚL MONKS 


35 


Julio J. Casal 

Julio J. Casal, autor de “llegrets”, “Allá Lejos”, 
■“Cielos y Llanuras”, “Nuevos Horizontes”, “Huerto 
Maternal”, “Humildad”, “Poemas”, “Cincuenta y seis 
Poemas” y “Arbol”. Tiene en preparación: “Cuentos de 
Marynés” y “Motivos de la Estrella”. También “Patio”. 

De más edad que los anteriores; ha vivido mu- 
cho tiempo en Coruña. Conoció de cerca los círculos 
literarios de España de alguno de los cuales él era 
centro. 

De sus poemas sacamos en consecuencia que 
se trata de un hombre que siente gran ternura hacia 
los árboles. Espíritu fino, delicado, ha puesto en sus 
poemas humo arcaico, frescura infantil, dulzura, dul- 
zura, dulzura. . . No jmdríamos saber si en su alma hay 
regiones muertas, que al decir de Gil Salguero, infor- 
man sobre la creación artística en algunos poetas. . . 

Parece que no, porque las regiones muertas dan 
un fruto tan amargo. . . Aunque esto, no siempre. Hay 
quien reconquista la dulzura por la muerte. Parece que 
Casal, como Salomón puede decir: “Tiempo de son- 
reír y tiempo de llorar, tiempo de sembrar y tiempo 
de cosechar”. Es la sabiduría del árbol. Su sentimiento 
desborda la imagen poética y no nos fijamos mucho 
en su procedimiento. Por el sentimiento nos acorda- 
mos de Antonio Machado, Jiménez, Guerra Junquei- 
ro. Sus árboles tienen una personalidad tan humana que 
dialoga con ellos y juega a las rondas. 



LA POESÍA POST-MODERNISTA (2.’ grupo) 


EL SUEÑO 

La sombra de aquel pino 

Está durmiendo 

sobre la lana 

verde y rizosa del campo. 

La sombra cambia de postura: 
sufre una pesadilla. 

Se estira en afilados dedos 
dedos como amenazas, 
o se recoge alrededor del tronco 
como un niño 
asustado de la noche. 

El árbol sueña... 

Mi corazón se enciende en la plegaria. 
Amanecer, 
libra por siempre 
del mal sueño al árbol, 
restregando sus ojos 
con tu esponja empapada de luz. 

EL BOSQUE 

Corriendo como un niño, 
llevé a la luna 
hasta la misma boca 
elástica de un río . . . 

Y me alejé en la sombra 
de unos árboles... 



RAfJh MUÑIOS 


37 


Puse mí corazón 
en los jugosos troncos. 

Los poros de mi anhelo 
se sahumaron de hojas. 

Y al regresar a casa 
mi corazón tenía 
un sano olor a roble, 
a eucallptus y a pino. 

EL HUMO VIAJERO 

En la carreta 
Iba 

tendido el árbol. 

Los bueyes avanzaban 
lentamente. El cristal 
de la aurora, vertía 
sus vinos claros 
sobre los caminos. 

La carreta pesada y quejumbrosa 
balanceaba el cadáver del árbol. . . 

A lo lejos, 

los brazos de las ramas 
alegremente se desenredaban 
de la elástica cinta de la niebla. 
El se encendería 
en el hogar amplio. 

Nunca más podría 
mecer en su blando 



38 


LA POESÍA POST-MODERNISTA (2." grupo) 


columpio de hojas, 
a la loca brisa. 

Ni daría más 
su sangre a los pájaros. 

A veces, el humo 
imprevisto y vago 
que vuela vistiendo 
con su tul, los árboles, 
es humo de un tronco 
que ha sido quemado 
y sintió una gris 
nostalgia de hermanos... 

Corazón que fuiste 
ya sacrificado ... 

A veces, te escapas . . . 
en humo hacia el campo 
del recuerdo ... A veces, 
es mi corazón 
el humo de un árbol. 

Si habíamos señalado como característica de la 
imagen de los poetas antes mencionados, el dibujo, o 
el recuerdo de una forma, por lo cual empleábamos el 
término graficismo, o mimetismo formista, en Casal po- 
demos señalar como predominante el recuerdo de cre- 
púsculo o de música para afinar su expresión sentimen- 
tal. Ahora bien: esto, aparentemente, nos acerca a aque- 
llo que llamábamos el espectro de la estrella profunda. Si 
pudiéramos hacer un electrocardiograma de la emoción, 
veríamos, aunque por los mismos trazos, una diferencia 
de raíz, una diferencia de densidad, una diferencia de 



. HAOL MONES 


39 


carga de alma, en la línea coincidente sólo en superficie. 
Como si por la línea melódica de un Franck pasara un 
Fauré. ‘ 

Experiencia imposible y absurda hasta en hipó- 
tesis. 


Carlos Rodríguez Pintos 

De Carlos Rodríguez Pintos, joven escritor que no 
ha reunido en libro su producción, conocemos: “Her- 
mano espantapájaros”, “La fiesta de los ojos”, “Un can- 
to de vida”, (que integran conjuntamente con “Un can- 
to de amor” y “Un canto de muerte”, que no conoce- 
mos, un “Tríptico”: “Nocturno del niño triste”, “El día” 
y “Aguafuertes” descompuesto en “Aguafuerte del re- 
dondel y “Aguafuerte del Tablao”. En “La fiesta 
de los ojos” el poeta es un pintor que hace un in- 
tercambio de colors y de alegría. El color no lo co- 
loca en el trance de hacer un mimetismo formista, una 
concreción gráfica. “...Que Dios mismo me ha da- 
do estas pupilas mías, para morder la pulpa rosada de 
los días — y escarbar en el musgo profundo de las no- 
ches...!” De “Un canto de vida” tomamos estos ver- 
sos “Mi pupila ama el lujo de tus soles ardientes ■ — el 
regocijo blanco de tus huertos floridos, — los oros ex- 
tenuados de tus largos ponientes, — y el azul deliran- 
te de tus cielos tendidos..” Por el canto corre una sa- 
via dionisíaca: “En la brisa salvaje, bebo tu aliento 
puro, te recojo en el grito y en el canto divino — y te 
sorbo en la sangre del racimo maduro, — en las bocas 
jugosas, en la miel y en el vino. . Después se nota un 
matiz conceptual que no sabemos si empaña o no la 



40 


LA POlíSIA POST-MOUKRNISTA (2.'' grupo) 


poesía: “Y yo te amo, vida en este cuerpo mío, — ágil 
sensual y fuerte, elástico y profundo — donde tiembla 
la vena de un fantástico río, — y se copian los ritmos 
dislocados del mundo”. Termina con fervor rabioso ha- 
cia la vida, pero antes ha pasado por inquietudes de la 
sombra: “Silenciosos y lentos, unos dedos helados ha- 
cen siembra de miedos en mis carnes morenas — mien- 
tras mis ojos puros contemplan afiebrados — los soles 
que se apagan día a día en mis venas. . Nietsche abo- 
minaba de la “moralina” que infectaba a algunos espí- 
ritus. La “conceptualina” la “ideína”, representada en 
muchos poetas por historias esquemáticas, o una de- 
claración de principios o de aspiraciones en verso, pue- 
de también desecharse. A veces pensamos temblando 
que caen en pecado de “ideína” Gabriela Mistral y otras 
grandes figuras de la lírica universal, al menos en parte 
de su obra. No es extraño, pues, que este sea el pecado 
de un poeta joven. 

En su poesía “El día” hay una obscuridad difícil de 
interpretar. Empieza por una sensación visual mezcla- 
da de sentimiento de ternura, todo en una vaguedad de 
dudosa valoración. Pensamos que aun conseguida la co- 
rrespondencia exacta, podría no ser más que un canto 
de simple exposición afectiva, sin haber conseguido la 
simbiosis milagrosa de la poesía. Lo expositivo de una 
historia no es darnos la historia con su calidad anímica. 

“Nocturno del niño triste” es también obscuro; no 
sabemos si es anterior o posterior a los “Aguafuertes”; 
si marcarán su momento actual. Lo leeremos y que se 
juzgue esa extraña historia que parece supersticiosa. 



RAÚL MONES 


41 


NOCTUÍINO DEL NTÑO TRISTE 

El corazón embrujado 
le echa la culpa a la luna 
el niño triste se acerca 
mordiendo una estrella oscura 

Silencio de raso y agua 
Cielo y cielo y cielo y cielo 
dos pájaros incendiados 
se me caen del recuerdo. 

Un viento de pinos nuevos 
me llena el pecho de Octubre 
alta me roba la frente 
y la cuelga de una nube. 

Toda la noche se suelta 
en una rosa profunda 
hacia la mujer dormida 
más allá de mi ternura. 

Cielo y cielo 
Luna y luna 

El cielo vendió a la luna 
sus amuletos de vidrio 
y ya no ve al niño triste 
vestido de paño fino. 

En un reproche de estrellas 
y una larga queja de oros 
el corazón embrujado 
le echó lá culpa al otoño. 



I,A l’OKSIA l'OST MOKKltNIH'l'A (2.' mnpo) 


'\2 

* 

A(|iif liiiy hIiiiI)I()HÍh <I(‘I iiiíhIim'Io (^on <>l ixx'l.a, 
l)((H(l(! liiogo qiK' U(ín<* flnczuH (mi la uxjjroHlón en: 
"SlU'tK^io (Je ruHO y agua - (llcílo y cielo y cielo y cielo 
(loH j)áJaroH liicondladoH - h(! nuj cacui del recuerdo.” 

“Uii vi(!ii(,o d(! jilnoH lUKiVoH nu* Ihuia el jxurho de 
oclubrc! alta nie roba la fnuiü; - y la cuelga d(! 
una nube”. A(|uí el j)oe(,a trabaja con lo HubconHcbsnle 
y Hería abHurdo Hin un iirol’undo jmbto-anállHlH, d(!Hle- 
rrarlo a la incolienuicla. 

SuH “Aguat'u(U't,(!H” Hon jMírriud.anienU! ucc(,!HlbleH: 

liA UAILAOllA 
fandango bailao y canlao 

La (uinu* dorada y fina 
<ui larga (toluiiinu lítiulda. 

Alta d(( codlciaH altaH 
la accdtuna do la cara. 

Por la (!Hi)unm azul del |>elo, 
vcnb'H, blancoH y roHadoH, . 

bajan nadando d(>HnudoB 
hcIh |K'ln(!cilloH gltanoH. 

(La rosa virgen del moño 
(;(*rr('i loH oJ<>H d(í (iHcándalo). 
l’ollerón de riiedoK blancos 
(ui la ceniza d(d aire 
abre una calle de nardos. 

HuHl.o rojo, 

Hallvazo 

de Hangní y d(! vino malo. 

S(í metieron en mlH ojos 
(uiatro páJaroH (!<' bunio. 



IIAHI, MtJNKM 


43 


Htttlíi «I í’UHi’po t'm Itt «ombra 
an la pl^l blaruta (lal muro, 
Una voz vieno do JoJíuí, 
íjuo víeno do) fin d«l mundo: 

- ¡Cüinoo llagaa do| “Caoborro" 
para lo» brazoa doanudoa! 
(para loa pooboa da a«da 
«I bortsíonte d« mualoa) 

I^oa ordtaloa doapodamn 
un alknc'io do asiulojoa: 
y onradado on laa Kultarraa 
hI Fandango d«l (’oporo 
unta on loobo do noatalf^ia 
laa ourvaa a^rlaa do| geato, 
Arriba, ddclloa al^aa, 
un ancho dolo aprotado ^ 
do crucoa y mediaa lunaa, 
Hodoble de taco y taco 
flamenco, ceñido y corto: 
y en el dlaco gria del piao 
algún reíero barrmio, 
forjú una eatrella calda 
de arabeacoa y madroftoa, 

Ivoa raagueoa 

que ae eatiran 

largoa de pereza y cante. 

La "peniya" 
que ae aboga 
tajo apagado en el aire, 
entre un Jaleo de palmaa 
y un temblor de "faralúea" , , 
y el cuerpo queda clavado, 



■44 


LA POESIA POST-MODF:rNISTA (2.'‘ «rupo) 


ácido, duro y mordiendo 
caliente rejón moreno 
en los morrilos del suelo! 

AGUA FUERTE DEL REDONDEL 

Lujo de valor con moños 
Silencio de flor con sangre. 

Se puso un dedo en los labios 
rota de cuernos,, la tarde. 

Por el aire cantan lunas 
y por la tierra verdades. 

La axila del horizonte 
se prende su rojo lírico 
y un mismo traje de luces 
el redondel y el “tendió”. 

Que el que viene por lo suyo, 
caliente de historia y vino, 
en un revuelo de estrellas 
desbrava el aplauso arisco. 

Los gavilanes y el alma 
juntos en el mismo brío. 
Relámpago de alamares 
nudo borracho <le instinto 
Por el aire lunas rotas 
y por la tierra suspiros. 

Burla, burlando, la- Muerte 
se vuelve por donde vino. 

Un trote de mulos blancos, 
un cielo dulce y feroz. 

Subiendo en rosas de púrpura, 
lirio negro, el Matador. 



KAftIi MONK8 


45 


Y en el cuerpo magro cuaja 
Tofla la sangre de Dios, 

(juc escupe sol y (íorajc. 
desde el cogote al talón! 

Hay color en ese desfile <le recuerdos y de percep* 
tos. Actúa también lo subconsciente. Hay calidad pictó- 
rica apretada en extracto. Objetiva. Expositiva. 

(í) Kn todo f-Hlo dol ospootro, dobomow aclarar para una ma- 
yor comprennlón y Jimtor.a clontirica, (|iin no ae trata do inetároraa, 
ImáKonoa, alno do coaa real no porcopl Iblo por loa aontldoa, Loa 
olcmentoa nno IntoKran ol porcepto, catadoa preaetitatlvoa y repro- 
aoritatlvoa, no noa darían noticia de oaa proaencla en profundidad. 
Tampoco ao trata do una falaa percep(ddn, No. Ba la aombra de la 
profundidad en la realidad exterior; la hlatorla del alma aln loa 
tiechoa y ain ubicación eapaclal. Podrlamoa poner un ejemplo; 
en "Macbeth", encontramoa esta fraae; "Üli! laa caataa oatrellaal”. 
Bato dicho deapuóa de todo lo eapantoao sue ha acontecido. He 
notará que no aon lúa eatrellaa laa «tue en au blatorla encierran eae 
enorme preatlglo, Eataa podrían expllcarao por un fenómeno flalco- 
((ulmlco cuabiulera; pero el alma ha vivido bajo laa eatrellaa y eata 
blatorla ea en profundidad y aln mayorea datoa. Una Inmenaa carga 
negra. Bn laa pledraa, en loa boatjuea, en loa rloa, < ii el cielo, en la 
noche, cae largo ulular. Ka nueatro “doble". B1 muerto, "líl t|ue 
filé nuedándoae en laa lágrlmaa". 







o